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A 60 años de la Noche de los Bastones Largos: cuando la dictadura de Onganía quiso acabar a palazos con la universidad

El 29 de julio de 1966, apenas un mes después de haber derrocado al radical Arturo Illia, el dictador ordenó la intervención de las universidades. La resistencia de las autoridades académicas, los graduados y los alumnos fue reprimida salvajemente y se inició entonces una verdadera “fuga de cerebros” que retrasó décadas el desarrollo científico argentino

La tarde del viernes 29 de julio de 1966 Onganía promulgó un decreto con fuerza de ley que ponía fin a la autonomía universitaria. Por la noche la policía reprimió y golpeó a miembros de la comunidad académica que debatían en los claustros

“La historia de los palazos que nos hicieron pasar entre una doble fila de policías ya la conocen todos, pero es curioso, porque a uno le quedan ciertos detalles sin importancia. Por ejemplo, recuerdo que yo usaba sombrero y lo tenía puesto, así que cuando pegaron los palos, el sombrero atenuó los golpes, que no me parecieron gran cosa, pero después, en la comisaría, pasé frente a un espejo donde me vi la cara ensangrentada. Y me lavé, porque me daba vergüenza estar en esa situación. La verdad es que fue verdaderamente notable con tantos palos que dieron que no hubieran matado gente, porque pegaban bien, pegaban con habilidad”, contó muchos años después el matemático Manuel Sadosky, vicedecano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales al recordar los episodios de la aciaga noche del 29 de julio de 1966 en la porteña Manzana de las Luces.

Las palabras de Sadosky evocan de inmediato una foto que ha quedado en la historia como símbolo de las brutalidades —la de la violencia y la de la ignorancia— de la dictadura que precedió al proceso genocida instaurado en el país el 24 de marzo de 1976. Muestra el momento preciso en que un grupo de profesores, graduados y estudiantes de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires sale del edificio y es apaleado por una doble hilera de policías federales armados con bastones, esos bastones largos a los que Mafalda, la genial creación de Quino, bautizó como “los palitos de abollar ideologías”. Es la foto de la Noche de los Bastones Largos.

Cuando ocurrió, el general ecuestre Juan Carlos Onganía llevaba apenas un mes apoltronado por la fuerza en la Casa Rosada, luego del derrocamiento del presidente constitucional Arturo Umberto Illia. En la estrechez de la mente oscurantista del dictador —formateada por el cursillismo católico y la Doctrina de Seguridad Nacional— las universidades argentinas no formaban profesionales o científicos occidentales y cristianos, sino que eran verdaderas cuevas donde se cocinaba la conspiración marxista internacional. De todas ellas, a su dictatorial criterio, la de Buenos Aires —la prestigiosa UBA, reconocida por su calidad educativa a nivel mundial— era la peor de todas, un verdadero criadero de subversivos apátridas.

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“El Caño” —como sus compañeros de armas llamaban a sus espaldas a Onganía, no por lo recto sino por lo hueco— creía tener pruebas de sobra de que así era. Recordaba que un año antes, cuando los marines estadounidenses habían invadido Santo Domingo para desplazar al presidente de ese país y evitar que se instaurara “una segunda Cuba”, el Consejo Superior de la UBA había emitido una declaración repudiando la invasión y en defensa de la libre autodeterminación de los pueblos. No solo eso: los estudiantes salieron a la calle y se enfrentaron con la policía, que terminó dispersándolos con gases lacrimógenos cuando querían llegar a la explanada del Congreso. Para Onganía no hacían falta más pruebas que ese recuerdo para demonizar a la universidad y, por extensión, a toda la educación pública.

Por si fuera poco, “el Caño” estaba convencido de que la UBA desafiaba el poder de la autodenominada “Revolución Argentina” que él encabezaba. La misma noche del golpe que derrocó a Illia, su rector, Hilario Fernández Long, había convocado a los docentes, alumnos y graduados a defender a las autoridades que habían elegido y a “mantener vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia”.

Fernández Long era un ingeniero dedicado a puentes y estructuras, de Necochea, demócrata cristiano, que no representaba para nada la idea de los “demonios rojos” que poblaban las aulas y las conducciones académicas que la nueva dictadura quería pintar, pero eso al dictador lo tenía sin cuidado. Después de la convocatoria del rector, el Consejo Superior de la UBA hizo pública una declaración escrita exhortando a los claustros universitarios a continuar defendiendo la Autonomía Universitaria. A nadie se le escapó que esa autonomía era un logro obtenido en 1918, durante el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen, y que el golpe militar había desalojado a otro gobierno radical. Onganía lo tomó como una provocación tan flagrante como inaceptable.

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Onganía metió a la policía por la fuerza en las facultades de la UBA: estaba convencido de que la Univeridad de Buenos Aires desafiaba el poder de la autodenominada “Revolución Argentina” que él encabezaba

El decreto y los palazos

Las facultades quedaron en tensión, pero el dictador se tomó su tiempo para responder, hasta que la tarde del viernes 29 de julio, promulgó un decreto —con fuerza de ley—, el 16.192, que debía “poner fin a la autonomía universitaria” y, aunque no mencionaba la palabra intervención, dispuso algo que podría considerarse insólito si no fuera por lo perverso: las universidades pasaban a depender del Ministerio del Interior, en cuya órbita estaban las fuerzas de seguridad, en vez de la cartera de Educación. Para seguir en sus cargos, los rectores debían transformarse en interventores a las órdenes de ese ministerio. Acostumbrado a los emplazamientos militares, Onganía les dio 48 horas para decidir si aceptaban seguir en sus cargos bajo esas condiciones o renunciaban.

Ante la intimación dictatorial, autoridades, docentes y estudiantes confluyeron en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales, Filosofía y Letras, Medicina, Arquitectura e Ingeniería para decidir medidas de resistencia. Estaban debatiendo en los claustros cuando la Policía Federal comenzó a cercar el lugar. Las tropas de la guardia de infantería al mando del general Mario Fonseca se desgranaron por los alrededores de la histórica Manzana de las Luces, en pleno centro porteño, donde 161 años antes se habían desarrollado acciones de resistencia durante las invasiones inglesas y por entonces se levantaba la sede de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires.

A las diez de la noche, Fonseca dio la orden de largada de la “Operación Escarmiento”, como la llamó, y las tropas entraron a bastonazos en la sede de la Facultad. Rolando García, el decano de Exactas, se les plantó a los policías. Lo hirieron en una mano de un bastonazo. Otros docentes, estudiantes y graduados intentaron resistir, pero los redujeron a los golpes. Poco después los hicieron salir con las manos en alto y pasar entre las hileras de policías para seguirles pegando. La escena de la foto.

Al mismo tiempo, en la Facultad de Filosofía y Letras, que tenía su sede en la avenida Independencia, la guardia de infantería también amenazaba con actuar. Los estudiantes, concentrados en el hall del viejo edificio, decidieron resistir. De pronto, la puerta de la facultad cedió a los golpes y entró un contingente policial. También repartieron mandobles. Uno de los que estaba esa noche de viernes en la sede de Filosofía y Letras era Horacio González, que recibió un tremendo golpe en la cabeza y cayó desplomado al lado de sus compañeros. Cuando salió del shock, minutos después, sus compañeros lo sacaron de la facultad para llevarlo a un hospital y así evitó que lo metieran en una celda de comisaría.

Luego de la represión policial comenzó la mayor “fuga de cerebros” de la historia argentina

Renunciantes y colaboracionistas

Encorsetado en su pensamiento oscurantista y su estrechez de miras, Onganía no imaginó que su brutalidad iba a generar una ola de repudio no solo dentro sino también fuera de las fronteras del país. El 30 de julio, el profesor estadounidense Warren Ambrose, invitado extranjero en la Facultad de Ciencias Exactas, envió una carta al editor de The New York Times, que la publicó de inmediato. Aterrorizado por lo que acababa de vivir, Ambrose relataba: “Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas, que resultaron ser gases lacrimógenos. Los soldados (N. del A.: confunde policías con soldados) nos ordenaron, a los gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer de pie, con los brazos en alto, contra una pared”, escribió.

Y en el párrafo siguiente agregaba: “El procedimiento para que hiciéramos eso fue gritarnos y pegarnos con palos (…). Todo el mundo (entre quienes me incluyo) estaba asustado y no tenía la menor intención de resistir. Nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles (…). Yo, como todos los demás, fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo, y en donde pudieron alcanzarme”.

Luego de ser publicada en el diario neoyorquino, la carta de Ambrose fue reproducida por otros medios de América Latina, Europa y Estados Unidos. La difusión del brutal ataque de la dictadura a profesores y estudiantes universitarios provocó también expresiones de repudio de muchas de las más importantes universidades del mundo. En los días siguientes, alrededor de la mitad de los docentes de la Universidad de Buenos Aires presentó su renuncia como protesta ante la intervención y la violencia. Eran miles de profesores. Desde el Ministerio del Interior la decisión fue cerrar las facultades.

Sin embargo, mientras muchas autoridades renunciaban, otras se acomodaban sin pudor a los nuevos tiempos: las de las facultades de Ciencias Económicas y las de Derecho y Ciencias Sociales pegaron el salto y pasaron a colaborar con el nuevo rector-interventor nombrado por la dictadura, Luis Botet, un abogado amigo del almirante Isaac Rojas que solía presentarse como “el juez de la Revolución Libertadora”. “En la Universidad de Buenos Aires, mientras se purgan cátedras, laboratorios, equipos de trabajo y se producen cientos de renuncias en algunas de sus facultades, en otras se respetan más las continuidades, no hay grandes conmociones, incluso se puede encontrar el estrechamiento de vínculo”, explica el economista y doctor en Ciencias Sociales Martín Unzué en su trabajo sobre La otra cara: los apoyos al golpe de Estado de Onganía en la comunidad académica de la Universidad de Buenos Aires.

Comenzaba una sangría para el desarrollo soberano de la ciencia y la tecnología argentinas. Los institutos de investigación de la Facultad de Ciencias Exactas eran desmantelados. Desde laboratorios de ciencia básica hasta aquellos que tenían convenios con gobernaciones o instituciones de todo tipo: uno que trabajaba sobre el control de granizo y la producción de lluvia artificial en Mendoza, otro de ecología del Chaco, otro de industrialización de la pesca atlántica y también los que hacían programas de cálculo para YPF, Gas del Estado y de Agua y Energía.

Un estudiante herido luego de la salvaje golpiza de la Policía Federal

Fuga de cerebros y mucho más

La intervención y el vaciamiento de las universidades perpetrados por la dictadura de Onganía tuvieron un tremendo impacto en el desarrollo científico del país. Muchos de los mejores docentes y científicos decidieron irse al exterior para escapar del oscurantismo que caía como un velo sobre la Argentina.

En un trabajo que realizaron para los cincuenta años de La Noche de los Bastones Largos, la química Silvia Braslavsky y el matemático Raúl Carnota detallaron la sangría que sufrió la UBA a partir de allí: “En la primera semana de agosto (de 1966) se produjeron 1.378 renuncias de docentes en la UBA: 391 en Exactas y Naturales, 305 en Filosofía y Letras, 268 en Arquitectura y Urbanismo, 180 en Ingeniería, 66 en Derecho, 35 en Ciencias Económicas, 34 en Medicina, 20 en Agronomía y Veterinaria, 14 en Farmacia y Bioquímica, 2 en Odontología y 63 en los Institutos dependientes de Rectorado”.

El 29 de julio de 1966, Carnota cursaba sexto año en el Colegio Nacional Buenos Aires, en la misma Manzana de las Luces, se acercó con otros compañeros a la facultad de Ciencias Exactas: “Estuve ahí con un grupo de estudiantes del Nacional, en la doble fila de bastones y pasé la noche en la comisaría 22. Mi primer contacto con estudiantes de Exactas fue en la celda, sabía lo que estaba pasando pero igual escuchaba y me asombraba todo lo que decían sobre las circunstancias políticas”, relató al presentar el trabajo.

La intervención de la UBA también marcó el principio del fin de “Clementina”, la primera computadora instalada en el país. Llegada en 1961, era una computadora de 18 metros de largo y dos de altura, pesaba una enormidad, y era el orgullo del Instituto de Cálculo, de la Facultad de Ciencias Exactas y de toda la Universidad. “Realizaba cálculos matemáticos para establecer pautas en el sistema de ahorros y préstamos, para el estudio de los ríos patagónicos, para resolver cálculos astronómicos, como por ejemplo establecer la órbita del cometa Halley. Unas cien personas trabajaban con la máquina, bien dispuesta a efectuar censos comerciales, análisis del funcionamiento de reactores nucleares, investigaciones cardiológicas y traducciones, como ser del ruso al español”, la describió Carnota. La fuga de cerebros la dejó sin especialistas capaces de hacerla funcionar y la falta de fondos la condenó a no tener mantenimiento. El 6 de junio de 1971, la revista dominical de La Nación publicó “Una lágrima por Clementina”, un artículo en el que informaba sobre su desmantelamiento y anunciaba que se reemplazaría por otra, cosa que no ocurrió porque la licitación fue cancelada.

Las consecuencias del ataque de la dictadura de Onganía contra las universidades, del cual la foto de la Noche de los Bastones Largos ha quedado como un símbolo, se prolongarían mucho más allá de los casi siete años que duró la dictadura de la “Revolución Argentina”. Con el tiempo, el desarrollo científico del país volvió a recuperar la importancia y el reconocimiento internacional que había tenido antes, pero nunca ha dejado de estar acechado por oscuros intereses económicos y, en ocasiones, por políticas gubernamentales que buscan destruirlo una vez más.