Agregar Infobae enGoogle

“Me decía que sin mí se hundía hasta que lo vi abrazado a otra”: el precio de amar hasta desaparecer

Hay algo hermoso en cuidar. La empatía no es un defecto, ni la vocación de servicio un error. Pero cuando ese impulso se vuelve compulsión, entonces ya no estamos hablando de amor. Estamos hablando de un pacto desigual, donde uno da lo que no puede, solo para que el otro no se derrumbe

Algo en su frase final me conmovió: “Ya no soy la ambulancia de nadie” (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Me decía que sin mí se hundía. Que yo era su paz. Su ancla. Y durante mucho tiempo, le creí. Me sentía elegida, necesaria, imprescindible. Hasta que una noche lo encontré borracho, abrazado a otra, repitiendo entre lágrimas: ‘No es lo que pensás’. Fue exactamente lo que pensé. Y también fue el final. No solo de esa relación, sino del personaje que venía interpretando desde que tengo memoria: la salvadora de los demás”.

Ese testimonio me lo compartió una mujer de 47 años que conocí hace un tiempo en un taller sobre vínculos. Podría haber sido solo una historia más, de esas que uno escucha, asiente, se conmueve y deja pasar. Pero algo en su frase final me conmovió: “Ya no soy la ambulancia de nadie”.

Desde entonces no dejo de pensar en cuántas personas viven así, atrapadas en vínculos donde el afecto se construye a fuerza de asistencia, como si ser útil fuera la única forma legítima de ser amado. Y no hablo solo de mujeres. Aunque el mandato cultural de “cuidadora” suele caer sobre ellas con más peso, también hay hombres que repiten este patrón: se desviven por ser necesarios, por estar disponibles, por resolverle la vida a otros, esperando —a veces sin saberlo— que ese sacrificio les garantice un poco de amor.

La trampa es sutil y poderosa. Porque socialmente aplaudimos a los que se entregan, a los que no dicen que no, a los que se ponen el mundo al hombro. Nos cuesta identificar cuándo ese cuidado genuino se vuelve dependencia emocional y cuándo el dar se convierte en una forma de desaparecer.

Detrás de muchas historias de “salvadores crónicos” hay infancias en las que el amor fue condicionado: se sentían vistos solo cuando hacían algo bien, cuando no molestaban, cuando cubrían las carencias de los adultos que debían cuidarlos. Aprendieron temprano que el afecto se gana, que el lugar en el mundo hay que merecerlo. Y crecieron pensando que si no sirven, sobran.

Pero esa lógica, que puede ser funcional en ciertos contextos, se convierte en una prisión en los vínculos afectivos. Porque uno no puede construir una relación sana desde la deuda o la compensación. El amor real no debería requerir que uno se desangre emocionalmente para que el otro lo note.

Conozco mujeres que fueron madres de sus parejas. Hombres que se convirtieron en terapeutas de sus novias. Personas que estuvieron ahí, siempre, sosteniendo vínculos enfermos con la esperanza de que algún día ese esfuerzo se tradujera en reciprocidad. Pero no. El amor que se obtiene por utilidad es frágil y, lo que es peor, genera una dinámica cruel.

Claro que hay algo hermoso en cuidar. La empatía no es un defecto, ni la vocación de servicio un error. Pero cuando ese impulso se vuelve compulsión, cuando uno ya no sabe quién es más allá de su rol de soporte, entonces ya no estamos hablando de amor. Estamos hablando de un pacto desigual, donde uno da lo que no puede, solo para que el otro no se derrumbe.

A veces lo más valiente no es seguir ayudando, sino correrse. Reconocer que uno también es un ser humano que necesita ser mirado, a veces sostenido, y sobre todo, elegido para compartir, y no porque uno es necesario.

La mujer del comienzo me dijo algo que no olvido: “Me costó años entender que podía ser buena sin dejarme vaciar”. Y creo que ahí está el núcleo de esta reflexión. A entender que no somos más valiosos por lo que damos, sino por lo que somos. Que ser salvadores puede ser una adicción y que como toda adicción, produce mucho dolor.

No venimos a esta vida a salvar a nadie, sino a crecer, poder compartir, y encontrarnos con el otro.

* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli

Más Noticias

Detuvieron a un acusado de una entradera en Laferrere: secuestraron armas, municiones y el auto usado en el robo

El sospechoso, de 25 años, fue arrestado en Isidro Casanova. La investigación comenzó tras el asalto a una mujer y su madre, que fueron sorprendidas por varios delincuentes armados mientras dormían

Cuatro delincuentes asaltaron a un jubilado en su casa de La Plata mientras miraba el partido de Estudiantes por Copa Libertadores

Ocurrió el jueves en una vivienda de avenida 13 entre 33 y 34. La víctima tiene 72 años. Lo ataron y lo amenazaron de muerte durante casi una hora

La Masacre de Flores según Campanella: un asesino que prendió fuego a una familia entera y el sobreviviente que renació tres veces

En febrero de 1994, un familiar que reclamaba una deuda millonaria roció la casa de los Bagnato con combustible y desencadenó una tragedia. Matías Bagnato tenía 16 años y ahora está cerca de los 50: cuenta su historia en una nueva serie producida por el director de “El secreto de sus ojos”

Dos heridos en accidentes en CABA: un colectivo y un auto chocaron cerca del Obelisco y un camión quedó destrozado en una autopista

Las colisiones ocurrieron durante la mañana del sábado, uno en 9 de Julio y Santa Fe que dejó como saldo dos hospitalizados, y el otro en la autopista 9 de Julio Sur donde un camionero logró salir ileso a pesar de los daños de su vehículo

Crimen de Nancy Godoy: dictaron prisión preventiva para los acusados mientras el cuerpo sigue sin aparecer

Se trata de Ireneo Zarza, Nahuel Rojas y Felipe Sandoval, acusados del delito de femicidio. El listado lo completan Rosa Leguizamón, imputada de homicidio simple, y Ernesto Ezequiel Bordón, preso por falso testimonio