Hace apenas tres años, Valentino Merlo era un adolescente de Rosario que cantaba en una pileta mientras su abuela lo grababa con el celular. El video se hizo viral y le cambió la vida. Vinieron las canciones, los escenarios cada vez más grandes, las colaboraciones con artistas que admiraba y una mudanza a Buenos Aires junto a toda su familia. Hoy, mientras se prepara para presentarse en el Hipódromo de Palermo, recibió una noticia que lo emocionó especialmente: fue convocado para cantar en un encuentro con el Papa durante su visita a la Argentina.
“Cuando finalmente llegó la noticia, fue una emoción enorme para toda la familia. Sentimos que, una vez más, Dios nos estaba demostrando que siempre estuvo acompañándonos en este camino”, cuenta el joven de 17 años que creció en una familia muy creyente. La invitación tiene para él un significado que va mucho más allá de la música. Si tiene la oportunidad de hablar con el Pontífice, sabe qué le pediría: una bendición para su familia y para todos los jóvenes que están luchando por sus sueños.
Pero detrás de ese presente hay una historia de esfuerzo que Valentino no olvida. Sus abuelas, Aurora y Marta, juntaban plata para pagarle las clases de canto cuando en su casa no alcanzaba. Su papá trabajaba en una cartelería y su mamá tenía una pollería y verdulería, donde también ayudaba su hermano Tomás. Hoy los cuatro trabajan juntos en su carrera y él asegura que esa unión fue fundamental para no perder de vista de dónde viene.
El éxito, sin embargo, también tuvo su lado difícil. Después de llenar el Movistar Arena, el sueño que durante años había imaginado, Valentino atravesó varios meses de angustia, miedo e incertidumbre. “Llegó un momento donde me metí en un pozo muy profundo del que no podía salir. Pensaba que mi carrera se iba a terminar”, reconoció. En una entrevista con Infobae en la que habló de su familia, de la decisión de dejar el colegio y de las presiones de la industria musical, contó cómo logró salir de ese momento y por qué todavía está aprendiendo a disfrutar de todo lo que le pasa.
—Bienvenido Valentino. Le vas a cantar al Papa durante su visita a la Argentina. ¿Cómo te enteraste de que te habían elegido?
—Mis papás fueron los primeros en contarme que existía la posibilidad de formar parte de este encuentro tan especial. Cuando finalmente llegó la noticia, fue una emoción enorme para toda la familia. Sentimos que, una vez más, Dios nos estaba demostrando que siempre estuvo acompañándonos en este camino.
—¿Qué significa para ustedes esta convocatoria?
—Para nosotros significa muchísimo. Somos muy creyentes y siempre sentimos que Dios estuvo presente en cada paso de mi carrera, cuidándome, protegiéndome y guiándome hacia las mejores decisiones. Nunca sentimos que hubiera que forzar nada. Todo fue sucediendo de una manera muy especial, en el momento justo. A veces lo comparo con el cuento de Hansel y Gretel, donde las pequeñas señales van marcando el camino para llegar al lugar indicado. Así sentimos nosotros cada oportunidad que apareció en mi vida, como si Dios nos fuera dejando señales para saber por dónde seguir. Esta convocatoria es una de esas señales que nos llenan el corazón y nos hacen sentir profundamente agradecidos. Más allá de lo artístico, es algo muy importante desde lo espiritual y lo familiar.
—¿Qué te gustaría decirle al Papa si tenés la oportunidad?
—Primero, me gustaría agradecerle por permitirme ser parte de un encuentro tan significativo. Le diría que soy un chico que ama profundamente lo que hace, que viene de una familia de mucha fe y que siempre sintió a Dios presente en su vida. También me gustaría contarle que, desde que empezó este sueño, nunca dejamos de confiar. Que incluso en los momentos de incertidumbre sentimos que Dios nos estaba guiando y que todo tenía un propósito. Y, sobre todo, le pediría una bendición para mi familia, para todos los jóvenes que están luchando por sus sueños y para quienes necesitan encontrar esperanza y fe para seguir adelante. Creo que cuando uno camina con fe, las cosas llegan en el momento en que tienen que llegar. Y hoy siento que estar acá es una muestra más de eso.
—Hay un trabajo familiar y tus dos abuelas fueron muy importantes para que hoy estés acá. ¿Qué hizo cada una?
—Muy importantes. Son un pilar gigante en mi carrera y en mi vida personal. Fueron ellas las que me inculcaron todo el tema de la música. Mi abuela Aurora me escuchó cantar una canción de Abel Pintos en la escalera de la casa de mi abuela Marta y me dijo: “Probemos, vamos a canto”. Fueron al negocio de mi mamá y ella dijo que probara, que si me gustaba seguíamos, pero en casa no alcanzaba para pagar la cuota.
—¿Y ellas lo cubrieron?
—Claro, y mis dos abuelas se juntaron para que pudiera ir. Ellas veían algo y apostaron cien por ciento a eso. Me llevaban, se iban a tomar un café mientras estaba en clase, me preguntaban cómo iba, me daban consejos de qué canciones escuchar o cuáles me quedarían bien. Básicamente, ellas también me armaron un poco la carrera.
—Fueron como tus primeras managers.
—¡Managers directamente! Hasta hoy me siguen recomendando canciones. Hace poquito mi abuela Marta me recomendó “Amor desolado”, un tango interpretado por Jorge Falcón. Me dijo: “Te queda pintado”. Tienen un oído terrible.
—Una de ellas fue la que te grabó cantando en la pileta de Saladillo. ¿Cómo fue ese día?
—Sí, fue mi abuela Aurora. Encima pasó en el lugar menos pensado: estábamos en el club y me pidió que fuera a cantar para las chicas de aquagym, que había un micrófono y un parlante y me querían escuchar. Yo estaba comiendo unas papas y fui.
—¿Dijiste que sí de una?
—Me costó un poquito. Me daba vergüenza porque tenía muchos amigos ahí. Fui, canté medio tímido y al otro día explotó todo, no entendía nada.
—¿Ella fue la que filmó el video que se hizo viral?
—Sí. Ahora, cada vez que voy a Rosario, paso por la puerta del Saladillo. Hay un mural gigante en el polideportivo donde está pintada mi cara con Coti. Es una locura, es hermoso.
—¿Esa mañana cambió todo?
—Sí, todo, por completo. Y hasta hoy no paró.
—¿Te animabas a soñar con todo esto cuando eras más chico?
—Sí, pensaba que iba a pasar en algún momento, me tenía muchísima fe, pero no imaginaba que iba a ser ahora, pensé que iba a pasar mucho más adelante. Siempre sentí el apoyo de toda mi familia y me abrieron puertas para todo lo que me gustaba hacer como natación y teatro. Le mando un beso gigante a Nora que ellos me becaron durante cuatro años y hacía comedias musicales que me encantaban. Tengo ganas de volver.
—Atención temporada 2027 con los proyectos musicales...
—Ojo, puede ser. Hay que ver el tiempo, pero me gustaría.
—Antes de todo eso había un nene que se levantaba temprano para acompañar a su papá al mercado de frutas y verduras. ¿Cómo eran esas mañanas?
—Me encantaban. Yo iba a una escuela técnica del barrio, estaba todo el día ahí, pero cuando tenía la mañana libre a veces acompañaba a mi papá al mercado de frutas de Rosario. Era gigante, un quilombo. Había que buscar las naranjas, fijarse las marcas, devolver los cajones. Mi papá me daba un papel con lo que tenía que buscar y obviamente me mandaba mis cagadas. Pero me divertía muchísimo. ¿Sabés qué destaco? El café con leche y el sándwich de milanesa que vendía un señor en un carrito. ¡Tremendo!
—¿Ibas porque te divertía o porque hacía falta ayudar económicamente en casa?
—Para mí era un plan divertido. Nunca lo tomé como una obligación aunque me costaba levantarme a las seis y media de la mañana, no te voy a mentir, pero en casa siempre tuvimos esa libertad de hacer lo que nos gustara. Yo me dedicaba a la escuela, el que más ayudaba era mi hermano, que trabajaba con mi mamá en el local, que era pollería y verdulería.
—¿Qué pasó con ese negocio?
—Sigue estando, está todo equipado, preparado para la guerra por así decirlo. Mi mamá tenía un negocio muy lindo que con el tiempo se fue modernizando. Me encantaría que en algún momento lo pudiéramos abrir otra vez. Entrar y ver todo como quedó me genera una emoción increíble.
—¿Por qué?
—Porque pensás que hace tres años mi mamá y mi papá estaban ahí trabajando y hoy estamos cantando en escenarios enormes, haciendo lo que nos gusta. Es una locura venir de los tres Gran Rex, el Movistar, y ahora se viene el Hipódromo.
—¿Tu papá también tenía otro trabajo?
—Sí, tenía una cartelería, hacía carteles para negocios. En la pandemia se fue todo a las nubes y tuvo que cerrar. Mi hermano también lo ayudaba ahí. Después todos se enfocaron en la pollería y verdulería de mi mamá. Yo hasta hacía las propagandas con mi papá. Tenía un megáfono en el auto y grabábamos mi voz, era una risa escucharme por todo el barrio.
—Hoy toda la familia trabaja con vos. ¿Cómo se organizan?
—Somos cuatro. Mi equipo es mi familia. Mi mamá habla los temas legales con el abogado, mis papás tienen las reuniones con la gente que nos hace propuestas para los shows y mi hermano es mi productor, escribe mis canciones y también es director de escenario. Vamos aprendiendo todos los días. Hay cosas que hoy no sabemos y que mañana vamos a aprender.
—¿Y cómo es trabajar con tu hermano Tomás?
—Es buenísimo porque tenemos mucha química. No tenemos un horario fijo para trabajar, es más por inspiración. Vamos al estudio, nos cagamos de risa y hacemos música. No tengo que buscar con quién tengo química porque es mi hermano, eso lo hace mucho más fácil.
—¿Cuándo descubriste que Tomás también hacía música?
—Yo no sabía que él escribía ni que cantaba, había probado con la barbería, trabajaba con mis papás y nunca me había mostrado nada. Un día estábamos en la pieza y me dijo: “Vení a escuchar esto”. Me puso una canción que era “Tu foto”, la que después sacamos con Q’ Lokura. Le pregunté quién la cantaba porque me parecía que era un artista conocido y me dijo: “Soy yo”. No le creía. Empezó a cantar y fue una locura. Dije: “No, esta familia es increíble”.
—En algún momento la música se convirtió en un negocio familiar. ¿Cómo manejan eso, quién administra los ingresos?
—Yo siento que es de todos porque el trabajo es de todos. Siempre digo que los que más se merecen todo esto son mis papás, mi mamá y mi hermano. Mis papás siempre me dicen: “Esto es tuyo, vos hacé lo que quieras. Nosotros te vamos a aconsejar, pero no te vamos a decir qué hacer”. Y yo les digo que no me expliquen nada, porque nadie va a cuidar más lo mío y lo de mi hermano que nuestros papás.
— En algunas familias se vuelve díficil, viste lo que pasó con Tini. ¿Hablaron de cómo cuidar ese vínculo para que el trabajo no termine afectando a la familia?
—Sí, lo charlamos, no te voy a mentir. Y está bueno porque hablando las cosas es mucho más fácil. Se entiende todo. Yo siento que trabajar con mi familia me da mucha más libertad, estoy más relajado y puedo disfrutarlo más.
—Después de que se viralizó el video, ¿cuál fue el siguiente gran cambio en tu vida?
—Venirme a vivir a Buenos Aires y dejar el colegio. Fueron las dos decisiones más importantes.
—¿Cómo se charló eso?
—Lo pensamos muchísimo, estuvimos como tres días hablando del tema. Yo soy como cualquier joven, no me gustaba tanto estudiar, aunque había materias que sí me gustaban, pero me lo replanteé mucho porque decía: “Tengo que dejar la escuela, es un montonazo”.
—¿Fue una decisión tuya o de tu familia?
—Fue una idea mía, se la planteé a ellos y lo hablamos entre todos. Con el que más charlé fue con mi hermano, porque es con quien hablo las cosas más profundas.
—¿Te costó tomar la decisión?
—Muchísimo. Mi mamá no la acepta hasta el día de hoy.
—Quiere que termines.
—Sí, obvio. Yo le hice una promesa: cuando cumpla 18 tengo que terminarlo de manera virtual.
—Como mamá también quiero que lo termines y me traigas el diploma. ¿Lo querés terminar por vos o por tu mamá?
—Por mi mamá. Pero también me gustaría estudiar algo aparte de la música, o algo que me ayude en mi carrera. Marketing, por ejemplo. Me gustaba mucho la robótica, también arquitectura, abogacía. Me gustaría estudiar otra cosa para saber más y que también me sirva para ayudar a mi familia. Además te saca un poquito de todo esto, está bueno desconectarse, sino te mata.
—¿Cómo fue la mudanza a Buenos Aires?
—Fue un cambio enorme. Nosotros vivíamos en Rosario y todas las semanas teníamos que venir a Buenos Aires por reuniones. Escuchábamos propuestas, volvíamos a Rosario y al otro día nos llamaban para otra cosa. Era viajar todo el tiempo. Llegó un momento en el que tuvimos que decidir qué hacer.
—Dejaron la pollería, la casa familiar y se mudaron. ¿Cómo te adaptaste a esta nueva vida?
—Bien, aunque siento que mi punto medio es Rosario, donde vivía era tranquilo, había gente, había ese quilombito, pero leve. Capital es mucho para mí, viniendo de Rosario. Y en Escobar, donde vivimos ahora, no pasa nadie (risas). Por suerte tengo el estudio en casa, me llevo bien con mi hermano, con mi papá y con mi mamá, y nos divertimos, porque si tengo que salir, no veo a nadie.
—¿Seguís disfrutando como antes cantar?
—Hay veces que me concentro mucho en los errores, en cómo quiero que salgan las cosas. Soy muy estricto y no lo disfruto porque estoy 100% enfocado en que todo salga bien. Este año me sirvió para aprender a disfrutar más las cosas pequeñas. Al principio fue todo muy de repente, no entendía nada.
—Tras dejar la escuela y mudarte, ¿el siguiente quiebre en tu vida podrían ser los Gran Rex? ¿Qué sentiste con toda esa gente que fue a verte a vos?
—Sin dudas. Creo que caí mucho más en el último. Ahí me bajó toda la información de los anteriores y dije: “No puede ser”. Siempre vuelvo a pensar que hace dos años estaba soñando con todo esto y creía que iba a ser mucho más grande cuando lo consiguiera. Y está pasando ahora: escuchar a toda la gente cantar, verlos con el gorrito, gritando, me encanta.
—Te sorprendió que todo llegara tan rápido, pero siempre soñaste con que iba a pasar.
—Sí, aunque me cuesta decirlo. Me lo imaginaba, lo soñaba, pero no a esta dimensión. No pensaba tener un Martín Fierro tampoco. Sí se me cruzaban pequeñas cosas por la cabeza, como pensar: “¿Te imaginás cantar con tal artista?”.
—¿Con quién soñabas cantar?
—Con Abel Pintos. Tuve la suerte de cantar con él en los Juegos Suramericanos. También con la Sole, con Cacho de Los Palmeras y con un montón de artistas que estoy muy contento de que sean parte de mi carrera. Con Abel la pasamos increíble. No fue solamente subir a cantar, también había que actuar e interactuar con la gente en el escenario. Y bueno, ir a los Martín Fierro estuvo increíble.
—¿Choluleaste a alguien que soñabas con conocer?
—Con el que más choluleé, y te vas a sorprender, fue con Agustín Lacupé, que fue el primero con el que hice una colaboración. Le pedí un saludo para mi abuela. Es el único. Después traté de guardarme ese lado fan, porque si largo toda esa energía hago un quilombo (risas). Soy muy cholulo. Capaz me ves tranquilo al lado de un artista y por mi cabeza pasa: “No puede ser, gritá, pedile una foto, un saludo”. Pero me lo guardo.
—Las redes sociales hicieron posible que aquel video tuyo cantando en la pileta llegara a muchísima gente, pero también generan una presión enorme por las reproducciones y los seguidores. ¿Cómo manejás eso?
—Aprendí que los números son lo peor que puede existir en este rubro. Porque hoy en la industria te seleccionan según los números que tenés: reproducciones, dinero, seguidores. Todo pasa por ahí.
—¿Alguna vez te angustió sacar una canción y ver que no tenía las reproducciones que esperabas?
—Sí, muchísimo. Y hasta hoy me pasa, obvio, porque uno trabaja con todo el amor y espera algo increíble, y de repente no pasa. Ahora lo estoy tomando un poquito más normal porque lo charlo con mi mamá y con otros artistas, y a todos les pasa lo mismo. Una vez me dijeron algo que me quedó: esto es como una montaña rusa, a veces bajás solamente para tomar impulso y volver a subir. Es fácil decirlo, pero cuesta estar ahí abajo.
—¿Con qué canción te pasó que esperabas mucho más de lo que finalmente sucedió?
—Con “Rubia mala”, de Huayna. Le tenía toda la fe, le puse todas las fichas. No le fue mal, pero esperaba otra cosa. A mí me pasa que cuando espero algo muy grande, después no llega. Entonces prefiero guardarme un poco y tener las expectativas más bajas. No allá abajo, pero tampoco tan altas.
—¿Te angustió en ese momento?
—Llegó un momento de mi carrera en el que me metí en un pozo muy profundo del que no podía salir. Empecé a sobrepensar un montón todo, pensaba que se me iba a terminar, que estaba allá abajo y no podía volver a subir. Estaba en blanco, no sabía qué canción hacer, qué se escuchaba, no entendía qué hacer.
—Es re importante lo que estás diciendo porque le pasa a un montón de chicos. Hay que pedir ayuda.
—Re, obvio. Lo mejor es hablarlo, yo lo hice con mi mamá y mi hermano. Me replanteé un montón de cosas. Fue un momento en el que todo había pasado tan de golpe que no sabía para dónde ir. Me pasó después del Movistar Arena. Pensé que era la cima, lo máximo que podía llegar a conseguir.
—Es llamativo que te haya pasado después de cumplir uno de tus mayores sueños y no cuando algo salió mal.
—Sí, pasó cuando cumplí mi mayor sueño. No fue al otro día, fue a la semana siguiente. Empecé a pensar: “¿Y ahora qué? ¿Qué queda? ¿Qué va a pasar después de esto?”. Fueron un par de meses en los que sobrepensé muchísimo. Veníamos dando pasos agigantados y de repente dije: “No sé qué quiero”. Por suerte esa tristeza ya se fue.
—¿Daba miedo que algo de lo que había salido tan bien se pudiera arruinar?
—Sí, daba miedo. Mi mamá me decía: “Vos disfrutalo, porque esto en algún momento va a dar la vuelta”. Hoy estás arriba y mañana podés estar abajo. Pero también la vida es muy injusta siempre, y eso lo aprendí desde chico por las cosas que pasaban en mi barrio. Capaz que al otro día no está más alguien que querías, como le pasó a mi papá.
—¿Qué cosas te tocó vivir?
—A un amigo de mi papá lo mataron. No estaba metido en nada y son cosas muy injustas. Yo de chico no salía mucho a la calle porque mi mamá, mi papá y mis abuelas trataban de que ocupara mi tiempo haciendo actividades: canto, natación, andar en bicicleta, ir a la casa de mi abuela, ayudar a mi papá o a mi mamá.
—¿Alguna vez sentiste que estabas en riesgo por la inseguridad en Rosario?
—Siempre, hasta antes de venirme a vivir acá. Pasaban un montón de cosas, vivimos situaciones muy feas con mi papá y mi hermano. Una vez, a pocos metros de donde estábamos, pasó una moto disparando. Fue una locura. Cuando les conté algunas de estas cosas a mis amigos de Buenos Aires no lo podían creer. Yo no lo tomaba como algo normal, pero eran cosas que pasaban en Rosario en ese momento.
—¿Hoy sentís que recuperaste esa seguridad?
—Yo me siento seguro con mis papás, obvio. Y también con el público, con los fanáticos no tengo ningún problema: me acerco lo más posible.
—Hablamos de una canción que no funcionó como esperabas. ¿Cuál fue la que te sorprendió por todo lo contrario?
—“Tu foto”, muchísimo. Era mi primera canción propia, escrita por mi hermano. Hasta ese momento venía haciendo mixes de covers y “Tu foto” estaba incluida en uno de ellos. Decidimos sacarla por separado, pero yo tenía mis dudas porque no sabía cómo iba a funcionar. Se la pasamos a los chicos de Q’ Lokura y terminamos cantándola juntos. Me acuerdo de que antes de arrancar les dije: “Hagan como que la conocen”. Al mes fui a Córdoba, empezó el punteo y la gente se volvió loca. La cantaron todos. Yo miraba a mi hermano y no lo podía creer.
—Además del éxito, era la primera canción propia de ustedes.
—Claro, que le vaya bien a tu primer tema propio es un premio increíble.
—Con tantos shows, viajes y compromisos, ¿en qué momento podés ser un adolescente como cualquier otro?
—Cuando me junto con mis amigos.
—Ahí no sos Valentino Merlo.
—El tema es que yo soy Valentino siempre, como me ves acá. Con mis amigos soy mucho más divertido, muy cargoso. A veces creo que la gente se cansa de mí y no me lo dice. Yo les digo: “Si soy cargoso, decímelo y me quedo quietito en la silla” (risas). Con ellos saco mi lado más adolescente.
—¿Pudiste hacer amigos acá?
—En Rosario tenía un solo amigo de mi edad, que se llama Pela, que le mando un saludo. Siempre me juntaba con amigos de mi hermano o de mi papá. Acá me costó bastante, más en la zona donde vivo que es gente típica de barrio privado. Conocí a mucha gente, pero amigos de verdad rescaté muy pocos y ese grupo son los más.
—¿Y qué dirían tus papás si les pregunto cuándo aparece tu lado de adolescente pesado?
—Que soy pesado siempre (risas). Soy muy cargoso con mi mamá. A veces ella está limpiando y yo voy a molestarla, y me dice: “Pará, que estoy limpiando”.
—Contemos que está atrás de cámara la familia y que dicen que ocho horas del día sos un adolescente.
—Me mataron, me mataron.
—¿Tus papás siguen siendo tus principales fanáticos?
—Sí, olvidate. Estar cantando, mirar para atrás y verlos bailando es lo más. Y también mirar para el costado y recibir las indicaciones de mi hermano, que es el director de escenario. Me va diciendo qué estoy haciendo mal y me da consejos. Estar todos juntos es increíble.
—Hay una cosa re sana en estar todos juntos e ir avanzando, cuidarte y acompañarte.
—Re y con mi familia mucho más.
—¿Qué soñás para lo que viene?
—Lo que pasa es que me acostumbré a decir que mi sueño era el Movistar Arena. Me acostumbré a nombrar un montón de cosas que ya cumplí. Obviamente sé que quedan muchísimas más, pero siento que todavía tengo que descubrir qué quiero ahora. Me voy dando cuenta en el día a día y me voy sorprendiendo.
—¿Y te la bancás o te genera ansiedad?
—Muchísima. Yo soy muy ansioso y quiero saber ya cuáles son mis próximos sueños. Pero también es una aventura, porque vas trabajando en un proyecto X que capaz no es un estadio, y al día siguiente aparece algo que ni se te había cruzado por la cabeza.
—Tenés un presente alucinante. El 5 de diciembre vas a estar en el Hipódromo.
—Todos invitados. Las entradas están a la venta por Plan Out. Ahí van a ver un poquito toda mi historia y me van a ver actuar. Me gusta sacar como ese lado mío. Van a haber tres momentos en el show que cuentan tres momentos de mi historia: mi presentación; el momento donde me voy a ese pozo que no puedo salir de sobrepensar un montón y para lo último, el momento que estoy viviendo ahora. Estoy contando mucho, me van a matar, pero va a estar tremendo.
—La próxima venís con tus abuelas, felicitaciones a tu familia y que se vengan todas cosas muy lindas.
—Vamos nomás. Los amo. Muchísimas gracias por todo. Sépanlo que los amo.
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