“De no comer en todo el día hasta llegar al estudio, hacer el programa y salir y comerme todo después. Desde ir a un médico mentiroso que decía: ‘Te voy a sacar de acá’. Yo exponía mi cuerpo a eso. Me han dado anfetaminas. He hecho cualquier cosa. Y así fueron muchos años repitiendo lo mismo. Era como mi manera de manejarme y me funcionaba. Obvio que funciona un tiempo, después no”, se sinceró Ailén Bechara en Ellas, el ciclo de entrevistas de Infobae, al hablar de los extremos a los que llegó para encajar en los estándares del medio.
Ailén es modelo, influencer y figura de la televisión argentina. Nació en Darregueira, provincia de Buenos Aires, y saltó a la popularidad a comienzos de la década de 2010 como azafata de A todo o nada, el ciclo de entretenimiento conducido por Guido Kaczka, lo que la convirtió en una cara conocida de la pantalla chica. En 2015 alcanzó mayor visibilidad al participar en Bailando por un sueño, donde llegó a la final y obtuvo el segundo puesto.
Con el paso del tiempo amplió su perfil hacia las redes sociales y el mundo de la moda, participando en campañas, proyectos de diseño y actualmente tiene su propia marca de ropa. En su vida personal, desde hace 9 años está en pareja con el empresario y representante de futbolistas Agustín Jiménez, con quien se casó en diciembre de 2024 y tiene un hijo, Francisco.
Durante la entrevista, habló sobre el desafío de la maternidad, la importancia de la salud mental y los aprendizajes que le dejaron años de autoexigencia física. También reflexionó sobre la necesidad de reconocer los logros personales y expresó que su mayor deseo es transmitirle a su hijo la libertad de ser uno mismo y de construir una vida diferente, lejos de los mandatos del pasado.

Trayectoria profesional y transformación de la imagen pública
—¿En qué etapa de la vida estás?
—Siempre mamá, siempre trabajando. Tal vez no me ven tanto en la tele hoy en día, pero en lo que puedo y en algún proyecto que me llaman, si puedo y me gusta, estoy. Ahora con un emprendimiento, de a poco, siempre en el medio, un poco menos, pero estoy muy bien.
—¿Sentís que esto de volcarte más para el lado empresarial o empezar a retirarte un poco de la exposición pública fue una decisión que fuiste construyendo o se fue dando?
—Creo que toda mi vida fue muy improvisada (risas). Lo sigue siendo. De hecho, fue improvisado caer en el casting de Guido. Después fue improvisado tomar la decisión de ir al Bailando. Siempre digo que mis decisiones son como medio inconscientes, impulsivas. Creo que así funciono en la vida. Me dejo medio llevar.
—¿Hay una cosita de intuición detrás o es puro impulso?
—Soy inquieta, soy ambiciosa y también soy muy impulsiva. Muy Aries. Y cuando tengo la corazonada, voy. Y sé que a todo le pongo como mucho de mí. Si lo hago, lo hago bien. No me gustan las cosas a medias.
Lucha con los trastornos alimenticios y la autoexigencia
—En algún momento contaste lo complejo que fue para vos entrar dentro de los cánones de ciertas exigencias físicas que sentías que el medio te pedía. ¿Cuál es el límite? Sobre todo cuando arrancaste desde tan chica.
—Yo me vine a estudiar acá a Buenos Aires y después de cuatro años caigo en el casting de Guido, en un programa donde había que estar sexy. Estábamos en traje de baño y tal vez nadie me lo exigía, pero yo misma sí. Eran cosas que yo ya traía de mi infancia. Desde muy chica, atacada por cosas como no comer. Esto de “cerrá el pico, no comas” que me decía a mí misma. Me autoexigí mucho e hice locuras.
—¿Locuras de qué tipo?
—De no comer en todo el día hasta llegar al estudio, hacer el programa y salir y comerme todo después. Desde ir a un médico mentiroso que decía: “Te voy a sacar de acá”. Yo exponía mi cuerpo a eso. Me han dado anfetaminas. He hecho cualquier cosa. Y así fueron muchos años repitiendo lo mismo. Era como mi manera de manejarme y me funcionaba. Obvio que funciona un tiempo, después no.
—¿Qué se te cruzaba por la cabeza en esos momentos?
—Siento que de chiquititas tuvimos presión, las revistas... Era ver cómo hace tal persona para estar así, las dietas de moda y yo consumiendo eso. Yo estaba muy sola también en esa época en Buenos Aires. Gracias a Dios fui saliendo de eso sola o no me acuerdo cómo, sinceramente, porque hay muchas etapas de mi vida que mi cabeza borró.
—¿Y por qué pensás que pasó eso?
—No, no sé. Tal vez cosas que quisiera borrar…
—¿Como una autopreservación?
—Sí.
—¿Como bloquear recuerdos porque duelen?
—Totalmente. También tuve, bueno, lamentablemente un padre que tuvo anorexia nerviosa, que tampoco tuvo el mejor ejemplo ni me dio los mejores consejos.
—Dijiste antes: “Ante todo, soy mamá”. ¿Te condicionó todo esto a la hora de buscar tu embarazo o de decidir convertirme en madre?
—La decisión de ser mamá fue medio impulsiva. Pero me acuerdo que cuando me embaracé, me comí todo. Fue mi momento de decir: “Soy libre”. Volví a comer ravioles después de años de no comer pasta. Era muy obsesiva de la dieta y no se puede vivir así. Comí todo, engordé un montón. Pero no me importó. Yo era feliz. Comí cosas que por años yo misma me prohibí comer.
—Y hoy cuando mirás así hacia atrás ese proceso, esas dos etapas, una de tanta restricción y otra de tanto permiso, ¿qué pensás?
—Sigo trabajando en eso porque cuando estoy feliz es todo espléndido y me veo bárbara. Pero después cuando hay algo que tal vez en tu vida no va bien y estás triste, es como un retroceso, ¿viste? Hoy tengo una relación saludable con la comida. Nada que ver. Hoy soy otra. Pero siempre hay algo ahí. No soy libre del todo. Por ejemplo, no puedo disfrutar en una playa. No lo puedo hacer, me encantaría, pero todavía lo trabajo porque no puedo. No sé.
—¿Te referís a estar relajada con tu cuerpo en la playa?
—Exacto, en bikini, en un lugar...
—¿Sin clavarte el pareo?
—Exacto. No puedo. O sea, me encantaría. Es algo que es más fuerte que yo y que está claramente en mi cabeza. Cuando tenés al diablito y al angelito en el oído (risas) que te están todo el tiempo trabajando… Por eso es tan importante, obviamente, la salud mental. Por eso siempre digo que estoy trabajando, estoy todo el tiempo haciendo terapia y tratando de estar bien y de poder convivir en un equilibrio normal.

Crisis de pareja, separación y reconstrucción de la familia
—¿Hace cuántos años estás en pareja?
—Fran tiene 8 años y nosotros estamos juntos hace 9 años. Hace 9 años que estoy en pareja y tenemos un año y medio de casados.
—Y hubo un momento en el que se separaron...
—Sí, a los 7 años exploté y dije: “¡No quiero más!”. No porque había pasado nada puntual sino porque me cansé y le dije: “Armá tu valija y te vas”.
—¿Llegaste a echarlo?
—Sí, sí. Separación total. Me había traído toda la ropa que tenía en Cañuelas, en la casa que tenemos. Me había traído todo acá. Hice toda una logística y después volví, claramente.
—¿Sentís que fue ese impulso ariano o tenías tus argumentos?
—No, para mí tenía mis argumentos. Yo no quería saber nada. La puerta estaba cerrada, no entraba ni una hendija de luz, nada.
—¿Cómo lograron transmutar esa crisis al casamiento?
—Hablando y yo cambié mucho también.
—¿Te lo pidió él?
—No, yo me lo pedí a mí misma. Empecé una búsqueda espiritual de estar mejor yo. No toda la culpa de lo que me pasa la tiene el otro. Fue como más interno el tema. Yo cambié mucho y hoy soy otra.
—¿Cómo llegó la propuesta de casamiento? ¿Surgió de él o de vos?
—Él siempre supo que yo me quería casar y él también, pero yo estaba tal vez medio pesada hasta que dije: no le voy a insistir más, no le voy a decir más nada. Solté y ahí llegó la propuesta. Todo el mundo piensa que fue muy romántica con pétalos en la playa y no. Esas son cosas que nunca me van a pasar (risas). Pero igualmente fue linda. Me sorprendió. No me la veía venir. Me reenvió un audio donde me decían: “Bueno, ¿qué fecha querés para el registro civil?”. No lo entendía y cuando lo vuelvo a escuchar… Yo estaba en un baby shower (risas).
—O sea, ¿te hizo la propuesta de casamiento por WhastApp?
—Claro. Me reenvió el audio de la persona del registro que le preguntaba la fecha. Pero a la vez digo: “Qué lindo fue” porque me sorprendió. Todo fue emoción, llanto de alegría. Además, fue poner la fecha y casarnos. Todo así en menos de un mes. Él sabía que yo quería y organizamos todo. Fue un civil que terminó en un fiestón. En 20 días organizamos una fiesta en donde todo el mundo se divirtió. Fue todo muy tranquilo y relajado, como somos nosotros.
Pérdida de embarazos y resiliencia
—En este plan de seguir eligiéndose como pareja y familia, ¿Tenés ganas de tener más hijos?
—Sí, me imagino que una familia numerosa. Dios no me lo está concediendo, pero sí me encantaría volver a ser mamá.
—Y fíjate que me compartiste que cuando, cuando buscaste a tu chiquitín, a Fran, fue como muy espontáneo, quisiste ser mamá y enseguida llegó.
—Enseguida llegó y la verdad que fue un embarazo soñado. Me acuerdo que los primeros tres meses que yo tenía muchas náuseas, vómitos, dolor de cabeza, pero los tres meses se cumplieron y automáticamente fue una maravilla. Todo perfecto. Fran fue perfecto. El embarazo, tenerlo, un nene bueno, saludable, sano, gracias a Dios.
—Y cuando volviste a encarar la idea de volver a buscar un embarazo, ¿cómo fue ese proceso?
—Perdí dos embarazos. En el primero fui a hacerme la eco y me dicen: “No hay latidos”. Fue un balde de agua fría porque no te la esperás para nada. Estaba de 12 semanas y me costó un montón salir de ahí. Al otro día te dicen: “Si no lo expulsás, hay que sacarlo”. Tuve que ir al sanatorio, lo sacan y lo mandan a estudiar. Fue todo traumático.
—¿Ya tenías a tu hijo Fran cuando pasó esto?
—Sí, ya lo tenía a Fran. De ese embarazo perfecto pasamos a esto. Después, cuando vuelvo en lo que fue mi tercer embarazo, Agustín me hace la propuesta de casamiento. Ya estaba embarazada y me iba a casar embarazada. Pero voy a una ecografía con mi suegra, de ahí nos íbamos a la prueba de vestido, y yo sabía que había una probabilidad de que vuelva a suceder. Pasó otra vez. Fui llorando a la prueba de vestido. Era como que no caía. Al otro día, de vuelta a quirófano...
—¿Te da miedo intentarlo otra vez después de dos pérdidas? Porque solo las que pasan por esto saben lo doloroso que es.
—No sé si me da miedo. Sé que Dios me lo va a mandar cuando tenga que ser, en el momento que tenga que ser. Mi primer pérdida me vino a enseñar un montón. Yo también cambié. Fue una transformación. Ahí siento que empezó mi cambio. Yo creo que todo te viene a enseñar algo.

Reflexiones sobre la infancia, el perdón y la construcción personal
—Si pudieras rescatar un momento de tu vida como si fuera un archivo de diapositivas para volver a vivirlo, ¿cuál elegirías? ¿Y uno que preferirías no haber pasado?
—Tal vez mi infancia, que hasta un determinado momento fue hermosa, en mi pueblo, con mis abuelos, la vida sana de una nena en Darregueira. Todo lo que vino después, desde los 12 años hasta que me fui de mi casa, fue como un caos. Eso no lo quise. Hoy soy quien soy, pero no lo volvería a pasar, por todo lo que implicó el sufrimiento.
—¿Ese caos estuvo relacionado con tu familia, lo que mencionaste de tu padre?
—Por un montón de situaciones. Hoy digo: “Gracias a Dios pasé por todo esto porque soy quien soy”. Mi mirada ante el mundo cambió. Eso no lo volvería a pasar, pero por todo lo que implicó el sufrimiento. Hay cosas que te marcan a fuego. Muchas veces siento que sané y las vuelvo a traer y no. Es llanto, es nudito en la garganta y son temas que cuando mi mamá y mi hermano vienen a visitarme vuelven a salir, hablando para reflexionar lo que tuvimos que pasar. Son temas que creo que a toda mi familia la marcó a fuego.
—Cuando uno se convierte en un adulto realmente es cuando deja de responsabilizar a los demás por lo que a uno le ha pasado. Pero también hay instancias en las que creo que es sanador sentarte y decir: “Che, ¿sabes qué? Por esto, esto y esto me cagaste la vida. ¿Te ha tocado hacerlo en algún momento?
—Creo que no. Porque mi viejo falleció y cuando yo maduré, mi viejo ya no estaba. O tal vez sí, antes de que se vaya tuvo como un pedido de perdón hacia mí. Pudimos hablar un par de cosas, pero no esto de a calzón quitado, de decir: “¿Por qué hiciste esto?”. No tuve la posibilidad, tal vez porque era otra Ailén, más inmadura.
—¿Pudiste perdonarlo?
—Calculo que sí. Hizo lo que pudo. Es muy fácil juzgar y cada uno hace lo que puede.
—Eso se entiende más cuando uno se convierte en mamá, ¿no?
—Sí, también pensar en que podría haber terminado mal y, sin embargo, estoy bien. Estaba la posibilidad de que yo termine muy mal todo esto y terminé bien, estoy bien, siempre voy para adelante y soy positiva. Siempre estoy tratando de mejorar mucho con Fran, de decirle: “Hablame, contame, nunca ocultes tus emociones, nunca ocultes quién sos”. El tema comida también nunca lo traté como un premio ni como castigo. Quiero que sea libre en eso. Quiero que todo fluya.
—Si pudieras hablar con la Ailén de hace 10 o 15 años, ¿qué le dirías?
—¡Mirá todo lo que lograste, nena! ¿Por qué no sos un poco más feliz? A veces nos olvidamos todo lo que queríamos lograr. Le diría: “¡Mirá todo lo que lograste! Y sola porque no le pediste nada a nadie".





