“En los 90 he estado en situaciones límite, en compañías muy border, muy jodidas, que hoy en día me escandalizo”, reconoció Walas, icónico cantante y líder de la banda argentina de skate punk y rock alternativo Massacre, durante su paso por Desencriptados, el ciclo de entrevistas de Infobae.
Su nombre real es Guillermo Cidade y es cantante, compositor y performer argentino. Creció en un entorno familiar ligado a la música y se consolidó como una figura singular de la escena rockera local por su estilo excéntrico, su lírica poética y su marcada impronta contracultural. A lo largo de su carrera también incursionó en la actuación, el teatro y distintos proyectos, manteniendo una presencia activa dentro de la cultura popular.
Durante la entrevista, repasó sin filtros su recorrido: desde la construcción de su identidad y su vínculo con el feminismo y la cultura punk hasta sus pasiones fuera de la música y los desafíos personales que atravesó. Habló sobre el peso de la ausencia paterna y algunas de sus obsesiones personales, sin esquivar los momentos más complejos de su historia.

Infancia, familia y formación personal
“Feminista, pollerudo, ñoño, chapado a la antigua, un niño antiguo con falta total y absoluta de figura paterna”, se definió. Fue criado principalmente por su madre y su abuela, quienes influyeron de manera decisiva en la construcción de su identidad.
Su infancia estuvo atravesada por una sensación de diferencia. Mientras sus compañeros seguían las modas de la época, él se vestía “como de antes”. Incluso recuerda una foto en la que aparece con moñito. “Hoy te lo pondrías nada más que para usar con un esmoquin”, opinó.
La formación artística también estuvo presente desde muy pequeño. La casa familiar estaba llena de libros, legado de su madre, una mujer con una fuerte inclinación intelectual, y de música, herencia de su padre violinista. “Mi padre era un músico, un violinista, que viajaba por el mundo y entonces era muy ausente. Cada tanto aparecía, pero quizá me enseñó la pasión por la música”, recordó. Por su parte, su madre le transmitió el amor por la lectura y la curiosidad intelectual.
Identidad, género y feminismo en el rock
—¿Te sentiste alguna vez ese macho rockero o una señora que canta punk?
—Yo estoy gorda y confundida, digo siempre. Me considero completamente ambiguo. Fui criado por mujeres, así que no tengo nada de macho rockero, nada de fálico, nada de winner, sino que soy bastante antihéroe. Incluso “gorde”.
—¿En ese mundo machista, sentiste que eras diferente, que no encajabas?
—Nunca me importó. Mis héroes cuando era chico eran todos antihéroes, gente underground, de culto, de fanzines, de revistas en blanco y negro, para pocos, para entendidos. A mí de chico me gustaba gente como Joy Division o Velvet Underground, que eran perdedores y después se hicieron referentes.
—¿Qué lugar tuvo el feminismo en la banda?
—Los Massacre nos asumimos absolutamente matriarcales, dependientes de la mirada y del criterio femenino en la figura de Tori. Siempre alguna productora, alguna chica de prensa, alguna diseñadora. Siempre fuimos muy mixtos y te diría, matriarcales. Dependemos mucho de Tori.
—¿Cómo viviste la relación del feminismo con los varones en la música?
—Una de las cosas en las que fuimos vanguardistas es en ser feministas, cosa que hoy se puede decir. Hace unos años el feminismo más radicalizado no quería que los hombres digamos que somos feministas, no querían que los hombres participen. Ahora se entendió que para ganar una guerra necesitás soldados, no importa de qué club sean. Nosotros de chicos militábamos en el anarcopunk, y uno de los ingredientes del anarcopunk era el feminismo, los derechos de género, los derechos humanos, los derechos animales…

Trayectoria musical: inicios, Masacre y evolución artística
Desde su adolescencia, Walas eligió el camino de lo diferente. Mientras la mayoría jugaba al fútbol en la Argentina del Mundial 78, él se volcaba al skate, una práctica individual y minoritaria por entonces. “Era distinto en el colegio, en todos lados. No funcionaba en equipo. Lo colectivo lo hice recién cuando formé una banda, en su momento Masacre Palestina, y ahí sí necesité de coequipers”, recordó sobre la génesis del grupo.
En los primeros años de la banda, Walas no ocupaba el rol de cantante. Tocaba la guitarra y fue recién después de un tiempo que se animó a tomar el micrófono. Su vínculo con Tori, su pareja y mánager, marcó un antes y un después tanto en su vida personal como artística: “Primero fuimos novios, después convivimos y nos casamos. Recuerdo que la boda fue monumental, vinieron muchas figuras de aquel momento”.
Uno de los hitos en la trayectoria de Massacre fue la grabación de dos discos en Londres durante los años 90. Esa experiencia le permitió sentirse lejos de los prejuicios y explorar su costado más glam desde la vestimenta y la actitud. “Me sentía libre de ir por la calle hecha una loca”, admitió.
Con el tiempo, su estética se volvió cada vez más llamativa y desafiante. “Después me hice completamente glam. A pesar de estar gordo, me puse calzas de mujer. En una época usaba calzas de leopardo, rojas”, recordó. Guantes, gorros, vinchas y sombreros forman parte de esa identidad que sigue reivindicando lo raro, lo freak y el espíritu punk.
Economía personal, dinero y experiencias de supervivencia
—¿Qué pasaba con el dinero en la época de los comienzos?
—Yo la verdad que no culpo a nadie porque nosotros éramos unos pendejos que no nos importaba nada. Poetas bohemios que no nos interesaba nada y dábamos lugar a que haya productores, managers y qué sé yo, que se llevaran la guita de las recaudaciones, mientras que nosotros en ese momento llenábamos todos los lugares. Tocábamos siempre en lugares para 500 personas. El Arlequines era un lugar en San Telmo donde entraban 500 personas y nosotros lo llenábamos hasta las re bolas. Nunca nos llevábamos un peso.
—¿Nunca te llamaba la atención que no cobraban lo que valía el show?
—Cemento entraban mil personas y nosotros lo llenábamos a las re bolas. Y yo me acuerdo que en ese momento era un pendejo de 20 años y me quedaba contento si me daban para la cerveza, el taxi y el telo. Y en algunos casos yo ni lo pagaba porque pateaba con un grupo de chicas que eran más grandes, eran azafatas y pagaban hasta ellas porque tenían buenos sueldos, buenos viáticos.
—¿Cómo te fue a lo largo de tu vida la relación con el dinero?
—En un momento entra Tori, mi mujer… la salvadora. Y entonces, a partir de la primera fecha que entra Tori, que me acuerdo que fue en la calle Corrientes, en un lugar que se llamaba Rojas, a partir de ese primer momento vimos una cosa que no habíamos visto nunca hasta el momento, que era plata. Termina el show, viene Tori al camarín y nosotros decimos: “¿Qué es esta novedad? ¿Qué es este factor que jamás existió y se llama dinero, plata?” (risas). Entonces sí, a partir de ahí sí laburamos, vivimos de esto, de la recaudación, de los derechos de autor, del merchandising …
—¿Tuviste momentos difíciles o de supervivencia?
—Yo no solo he dormido en la calle, sino que he dormido adentro de un auto, un Peugeot 504 y he dormido en la caja de un flete, en la caja mudancera de un flete. He dormido varias noches ahí adentro. Me han echado de mi casa… He sido lo que hoy se dice reciclador o cartonero en la crisis del 89 antes de la convertibilidad. Me dedicaba a ir por el barrio, juntar revistas y venderlas por kilo. Cuando no tenía un sope, no tenía laburo y todavía no veía un peso de la música.

Paternidad, legado familiar y vínculos personales
—Fuiste padre muy joven, ¿no?
—Sí, yo tenía 21 años y la mamá de Alan, 26. Para cualquiera que tenga 20, 21 años, a una mujer de 26 la ve a años luz. Con ella tuve un noviazgo y tuve a mi hijo, que hoy es un tatuador de los mejores de Buenos Aires.
—¿Te costó asumir el rol de padre?
—Yo era muy chico y entonces no tenía muchas ganas de ser padre. En mi caso se repitió un poco la historia de mi propio padre ausente. Por suerte hubo una abuela presente que me ayudó con Alan.
—¿Y tu papá sentís que tu padre te dejó un legado?
—No me dio por lo pronto figura masculina y encima tampoco tenía tíos que me llevaran a la cancha y ese tipo de cosas. Pero mi padre era un músico y quizá me enseñó la pasión por la música. Desde chico me mostró que había una guitarra, un piano. Y después mi vieja me mostró la intelectualidad. Mi vieja era una intelectual que vivía entre libros. Mi casa estaba llena de libros…
Creencias, miedos y conspiraciones
El costado más excéntrico de Walas se manifiesta en sus intereses por lo desconocido y lo paranormal. Reconoce que le fascinan los fenómenos extraterrenales y las teorías conspirativas, aunque a veces le generan temor. “Debajo del Uritorco tenemos la ciudad de Erks, que es una ciudad milenaria”, aseguroó. Según su visión, Erks es “extradimensional, está como en otro plano dimensional” y forma parte de una serie de lugares prohibidos o desconocidos como Lemuria o la Atlántida.
Estas creencias conviven con una autopercepción de necesitar algo en qué creer. “Necesito creer”, afirmó, aunque también reconoce que cuando el tema se vuelve muy conspirativo, se aleja por un tiempo. Para él, la existencia de civilizaciones anteriores y ocultas, tanto bajo tierra como bajo el mar, es motivo de asombro y reflexión.
El juego de preguntas rápidas
—¿Andar en skate o cantar?
—Cantar.
—¿Mate o birra?
—Mate.
—¿Cemento o Luna Park?
—Luna Park.
—¿Tori mánager o Tori pareja?
—Tori pareja.
—¿Pizza fría o comida gourmet?
—Comida gourmet.
—¿Botas o zapatillas?
—Botas.
—¿Terapia o pogo?
—Terapia.
—¿Perros o gatos?
—Gatos.
—¿Compañero favorito de MasterChef?
—Andy Chango.
—¿Un recital lleno o un tema perfecto?
—Un tema perfecto, un temazo.
—¿El mejor piropo que te dijeron?
—Estratósferico.
—¿El insulto más creativo que te tiraron?
—El insulto más creativo es el mismo que me digo yo: gorda.
—¿Provocar o pasar desapercibido?
—Provocar.
—¿Corazón o cabeza?
—Cabeza.
—¿Verdad brutal o mentira piadosa?
—Mentira piadosa.





