“¿Cómo les digo a mis papás que encontraron el cuerpo de su hija?”: relatos íntimos a diez años del doble femicidio de Montañita

Las familias de María José Coni y Marina Menegazzo reconstruyen el crimen que conmocionó a Argentina y Ecuador, revisan una investigación que aún deja preguntas abiertas y cuentan cómo se vive una década después del femicidio de las dos amigas mendocinas en Montañita

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A 10 años del doble crimen de Montañita

Martina Coni entra a la página web de la Fiscalía de Santa Elena, en Ecuador. Tipea el número de expediente y revisa cada cuerpo judicial. Si no detecta anomalías, escribe los apellidos de los asesinos. Los busca uno por uno. Necesita comprobar que siguen presos, que no tienen salidas transitorias ni beneficios que reduzcan sus penas. Si el sistema confirma que nada cambió, respira. Es un aire breve. Dura treinta días. Cuando el calendario cambia de mes, siente el impulso de volver a chequear.

Desde la muerte de su madre, en mayo de 2018, Martina —la menor de cinco hermanos— dio un paso al frente. Semanas antes del final, la mujer le pidió que si en algún momento “había algo más para hacer”, lo hicieran. Martina comprendió pronto que en la investigación por el crimen de su hermana María José y de Marina Menegazzo siempre habría algo pendiente.

El doble femicidio conmocionó a Argentina y a Ecuador en febrero de 2016. A las dos amigas mendocinas las drogaron, las secuestraron, abusaron de ellas y las mataron en las afueras de Montañita, un antiguo caserío de pescadores que con el tiempo se volvió destino de jóvenes y surfistas.

Ya sin su madre, Martina consultó a los abogados, sondeó los márgenes de la investigación y se quedó ahí, en la frontera de la vigilia.

Todas las noches me pesa la duda —dice, a diez años del crimen.

Por eso, cada mes, vuelve al sitio de la fiscalía. Revisa los nombres de Alberto Segundo Mina Ponce y de Aurelio Eduardo “el Rojo” Rodríguez. Verifica que las condenas sigan intactas, allá a 5.000 kilómetros de su casa. Se detiene en el tercer nombre, el de José Luis Pérez Castro, quien insiste en su inocencia y agita el expediente desde la cárcel.

***

Para contar la vida que, alguna vez, fue una vida en la que estaban todos hay que recordar. Y recordar duele.

Para Paula Menegazzo, hermana de Marina, regresar a febrero, marzo y abril de 2016, y a todo lo que vino después, no es gratuito. Ella corrige: “es sumamente costoso”. Evocar esos meses le exige un peaje físico y mental. Sabe que le llevará horas, tal vez días, sacudirse la charla. Una cosa es el duelo crónico, la nueva piel con la que aprendió a caminar, y otra muy distinta es ponerse a rascar la cicatriz.

—La pregunta que primero aparece es ¿por qué a mí? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a mi familia? —dice.

Y enseguida invierte el razonamiento:

Pero ¿por qué no a nosotros?, ¿qué tenemos de diferente que no nos va a tocar? Si hay tantos pasando por lo mismo y cada vez más.

El doble crimen de Marina Menegazzo y María José Coni ocurrió en un país —Ecuador— y en un año —2015— en el que se registraron 56 femicidios, según estadísticas oficiales; el número aumenta según registros de organizaciones civiles. A lo largo de dos juicios se probó que las dos amigas mendocinas fueron raptadas para ser abusadas sexualmente y, luego, asesinadas.

La justicia ecuatoriana declaró culpables a tres hombres, dos del lugar: un guardia comunal —Mina Ponce— y un empleado de un hotel —“el Rojo” Rodríguez—. Les impuso 40 años de cárcel, el máximo previsto por el Código Penal de ese país.

En el segundo juicio, en 2017, recibió la misma pena Pérez Castro. Su ADN fue encontrado en la casa donde las mataron. En esa vivienda se detectaron también otros perfiles genéticos. Diez años más tarde, aún no se sabe a quiénes pertenecen.

Mina Ponce y "el Rojo
Mina Ponce y "el Rojo Rodriguez" fueron los primeros condenados por el doble crimen de Montañita.

Las familias están convencidas: detrás de las muertes operó una red de trata. Sospechan que el engranaje era una rutina ensayada. Elegir a las víctimas, robarles la plata, los teléfonos y los pasaportes, drogarlas y secuestrarlas para cruzarlas al otro lado de la frontera. Pero con ellas, dicen, el esquema falló. El error los obligó a improvisar.

E improvisar significó matarlas.

***

La ropa de María José Coni estaba doblada. Tenía el perfume del jabón, la prolijidad de lo recién lavado. Martina, su hermana, había cumplido. Limpió y guardó cada remera y cada pantalón que tomó prestado de los cajones de su hermana, mientras ella estaba de viaje. Podía hacerlo, siempre que devolviera cada prenda en el mismo estado en que la había encontrado. Pero el cuerpo que debía habitar esa ropa no aparecía. El 28 de febrero de 2016, en una habitación en Godoy Cruz, Mendoza, Martina miraba toda aquella ropa como pidiéndole una respuesta.

—Mientras escuchaba lo que decían —dice Martina— miraba mi pieza. Las cosas de “Jose”. El placard abierto, la ropa. No entendía qué estaba pasando. Yo había doblado todo porque ella ya volvía, para que no me retara… Estaban todas sus cosas, todo lo que la estaba esperando.

Martina habla y su relato no muestra desgaste. Evoca ese momento como si hubiera ocurrido ayer. Ayer, cuando tenía 16 años y fue la primera en saber.

Diez años atrás, su número de teléfono aparecía en flyers replicados en páginas y redes sociales para pedir datos sobre el paradero de su hermana María José y de su amiga Marina Menegazzo. Y ese número fue el que marcó la secretaria del ministro del Interior de Ecuador para informar que habían hallado los cadáveres de las dos amigas argentinas.

—Corté el teléfono y me quedé pensando: “¿Cómo le digo a mi mamá y a mi papá que encontraron el cuerpo de su hija?”.

Martina no sabe cuánto permaneció en la habitación que compartía con su hermana. Unos gritos la sacaron del trance y ya no hizo falta que dijera algo. Salió al living y vio a su madre revolear una silla, tirarse al piso. Vio a su hermana mayor, María Emilia, alzar a su hijo y llevarlo a otra habitación. Vio a su padre mirando por la ventana. Lo escuchó despedirse: “Descansá en paz. Espero que no hayas sufrido”.

Sobre la mesa había una notebook abierta. En la pantalla, en una serie de tuits, el ministro ecuatoriano José Serrano Salgado hacía pública la noticia.

Martina fue a la cocina a buscar un vaso de agua para su madre. Cuando volvió, la vio ponerse de pie. Entonces la escuchó decir: “Necesito saber qué pasó”.

—Fue al baño, se secó las lágrimas y salió de ahí como si volviera a ser mi mamá —reconstruye—. Recién volvió a llorar el día del último juicio. Murió su hija y ella se dedicó a saber qué pasó.

En la casa de los Menegazzo la noticia también llegó por teléfono. Esta vez, a interlocutores adultos: los padres de Marina. Pero eso no evitó que otros familiares se enteraran sin preaviso ni red, si es que una noticia así puede tenerla.

El hermano y el cuñado de Marina ya estaban en viaje hacia Ecuador para buscarlas. En una escala del trayecto, mientras se preparaban para abordar un avión en Chile, el hermano vio un televisor. En la pantalla, leyó: “habían encontrado el cuerpo de la segunda mendocina”.

El hermano de Marina corrió a un baño. Se descompuso. La tripulación detuvo el embarque y el avión quedó en tierra mientras evaluaban qué hacer. Llamaron a Mendoza. El hermano habló con su madre. En esa conversación, decidieron continuar el viaje.

Marcos Menegazzo, el hermano, y Cristian Pisano, el cuñado, llegaron a Ecuador con una mochila de camping y varios mapas.

—En la mochila habían metido de todo: cuchillos, sogas… . Pensaban que quizás iban a tener que buscarlas en la selva —describe Paula Menegazzo—. Mientras tanto, nosotros nos quedamos [en Godoy Cruz] tratando de armar un plan, imaginando por dónde podían ir. Hoy lo pienso y suena absurdo, pero en ese momento uno piensa que va al rescate.

La familia también había impreso cientos de folletos con la cara de las chicas y la leyenda: “Desaparecidas— Ayudanos a encontrarlas” para pegarlos por todo Montañita. Con la noticia del desenlace, los cuchillos, las sogas, los folletos, los planes perdieron su función. Eran, de pronto, herramientas para un futuro que ya no iba a suceder.

***

En la noche del 9 de enero de 2016, en la víspera del cumpleaños setenta del padre de Marina, la familia organizó una fiesta en una casa de fin de semana. Marina llegó con su equipaje. Al día siguiente, después del mediodía, subiría a un micro que la llevaría al otro lado de la cordillera, a Santiago de Chile, donde abordaría un avión para llegar a Lima.

El festejo se estiró hasta la madrugada. Hubo música, baile, mesas que se corrían para hacer lugar y conversaciones que se superponían. Marina se movía entre todos.

—Fue una noche de verano espectacular —recuerda Paula Menegazzo—. Lo que nos reímos y bailamos. Marina se la pasó diciendo que mi papá había organizado todo para despedirla y que, cuando volviera, le teníamos que hacer otra fiesta igual.

Para el viaje, Marina le había pedido prestada una mochila. Paula la había usado para recorrer Europa y, por su peso brutal, la había bautizado “el muerto”.

Antes de entregarle la mochila, soltó una advertencia:

—Más vale que me la devuelvas sana y salva.

Sonrió.

—Encima malísimo: te la llevás y se llama “el muerto”. Así que espero que no te pase nada.

Un mes y medio después, cuando la vida ya había cambiado de forma, el Gobierno de Ecuador publicó en internet las fotos de los objetos hallados junto a los cuerpos. Detrás de la casa donde las habían asesinado, entre la vegetación, Paula vio su mochila.

La mochila apareció entre la
La mochila apareció entre la vegetación, detrás de la casa donde las asesinaron.

Esa certeza forense, sin embargo, todavía no existía. Aquella mañana del 10 de enero el horror era una idea impensable. El día barría los restos del festejo mientras Marina ajustaba los cierres de sus mochilas. Había que cargar el peso en la espalda y salir hacia la terminal de ómnibus.

En paralelo, en la casa de los Coni, María José le resprochaba a su hermana Martina que no la acompañara hasta la terminal. Martina intentó restarle importancia: “Si nos vemos dentro de unos días”. Y avisó: “Voy a aprovechar a usar tu ropa”.

Después del mediodía, un grupo se amontonó en la plataforma 14 para el abrazo final. Estaban las madres, algunas hermanas, una tía. También, un hombre que dormía en la plaza contigua a la terminal. María José y Marina lo visitaban los domingos para llevarle comida en sus rondas como voluntarias de la fundación Puente Vincular.

La amistad entre ellas había nacido a sus 12 años, en el colegio. Eran dos piezas opuestas unidas por la risa. María José, tímida y metódica. Marina, espontánea y extrovertida.

***

Durante meses, María José y Marina habían planificado el viaje junto a otra dos amigas. El recorrido las llevaría por Perú y Ecuador. Salir del país representaba mucho más que unas vacaciones: a los 21 y 22 años, se estaban probando por primera vez lejos de casa.

Vieron el continente abrirse paso. Conocieron un mundo que las precedió. Probaron platos típicos. Se metieron al mar. En Perú, ascendieron hasta Machu Picchu y contemplaron las ruinas entre las nubes. Cruzaron la frontera con Ecuador y llegaron a Montañita, estuvieron cinco días y siguieron viaje por la costa. Se dirigieron hacia la Sierra. Visitaron Quito. Practicaron bungy jumping en un pueblo a tres horas al sur de la gran ciudad. En Cuenca pasaron el día jugando al Twister y de ahí fueron a Guayaquil, donde se separaron. Dos amigas debían volver a Mendoza para rendir exámenes y María José y Marina regresaron a Montañita.

El registro había sido constante. Fotos, audios y videos llegaban a diario a los celulares de los padres, los hermanos, las amigas. Esa bitácora en tiempo real duró hasta la tarde del 22 de febrero.

La primera alarma fue digital.

—Gracias al tilde azul supimos el horario preciso del último mensaje y por eso empezamos a decir: “Hay algo raro, hay algo raro” —reconstruye Paula.

Hoy ella advierte sobre el riesgo de ocultar esas marcas de lectura.

Si hay algo que yo pudiese decirle a la gente es: “no saquen las alertas que nos mantienen unidos”. La gente las corta para que el otro no se enoje si uno lee o no lee, contesta o no contesta, pero se pierden una señal de seguridad vital. Nuestro límite fue el doble tilde de las tres de la tarde. A partir de ahí quedó un solo tilde.

Desde Mendoza, la inquietud mutó en un rastreo frenético. Las familias buscaron a quienes las habían visto por última vez. Martina abrió la computadora, aprovechó la sesión iniciada de María José y revisó sus mensajes de Facebook. Buscaba una pista, un chat reciente, un nombre nuevo. Nada.

Los padres llamaron a la compañía telefónica. Los celulares estaban fuera de servicio. El registro de las antenas reveló que los aparatos nunca habían salido de Montañita. Migraciones tampoco tenía cruces fronterizos asociados a sus nombres. Interpol lanzó una alerta internacional.

El 25 de febrero era la fecha límite. Ese día debían subir a un avión en Lima para volver al país. Ese mismo día, en las afueras de Montañita, un hombre —más adelante se supo que era hermano de uno de los condenados— se metió entre los juncos y encontró un bulto grande envuelto en plástico negro. Adentro había un cadáver.

Cuarenta y ocho horas más tarde, a escasos cuarenta metros, apareció el segundo.

Eran ellas. Las familias iban a saberlo recién el 28.

En una primera etapa, llegaron cuatro familiares a Ecuador. Uno de los hermanos de Marina y su cuñado. La madre —Gladys Steffani— y uno de los hermanos de María José, Felipe Coni.

Desde un principio descreyeron de la versión oficial y encabezaron una investigación paralela. Cada día buscaban testigos y pruebas. Relevaban escenarios: el último hostel en el que habían estado, la esquina donde las vieron, el almacén al que supuestamente habían ido a comprar, el lugar del crimen. Entrevistaban por separado a la mismas personas en días diferentes para chequear si mantenían la misma versión. Tomaban notas, sacaban fotos y grababan todo con sus celulares. Por la noche se reunían en el hotel para compartir la información y armaban el plan para el próximo día.

Ninguno pensó en irse ni en repatriar los cuerpos hasta saber qué había pasado. Diez años más tarde, la respuesta sigue incompleta. Están seguros de que ni María José ni Marina se trasladaron hasta las afueras de Montañita, hasta la casa donde las atacaron, por propia voluntad, como se quiso instalar en un inicio.

Recién 38 días después del doble femicidio, regresaron a Mendoza. El 31 de marzo de 2016 fueron velados los restos de las chicas. El sepelio se realizó el 1°. La realidad podía ser todavía más cruel:

—Siempre tuvimos dudas con el cuerpo de Marina —dice Paula—. La segunda autopsia, la que hicieron los peritos internacionales y se suponía infalible, decía que medía 1,57. Marina medía 1,54. Le hicimos una tercera prueba de ADN acá [Mendoza], en secreto. Tuvieron que sacar muestras de los huesos porque no tenía huellas dactilares, ni pelo, ni dientes. La enterramos un viernes a las tres de la tarde sin estar seguros. Recién a las ocho de la noche de ese mismo día sonó el teléfono para darnos la certeza.

***

Una imagen de María José
Una imagen de María José Coni y Marina Menegazzo, las dos jóvenes argentinas asesinadas en Montañita, Ecuador.

Los asesinatos cobraron resonancia internacional. En Argentina y en Ecuador, muchos culpabilizaron a las víctimas y a sus familias. Hubo una expresión repetida: “viajaban solas”. Solas, aunque eran dos.

Esa “condena moral” bajó desde el propio Estado. A principios de marzo de 2016, durante una feria en Berlín, la subsecretaria de Turismo ecuatoriana, Cristina Rivadeneira, justificó el horror ante la prensa internacional.

—Yo soy mamá. A estas chicas seguro que les iba a pasar eso en cualquier lado porque de ahí se iban a ir haciendo dedo hasta Argentina —declaró—. Les iba a pasar algo tarde o temprano.

El escándalo la forzó a renunciar a los pocos días.

—Empezaron a juzgarlas a ellas —dice Martina—. Que dónde estaban los padres, que seguro se drogaban, que por qué viajaban solas a un país peligroso. Pero salir a conocer el mundo no le da a ningún hombre la autoridad para matarnos. Si aceptamos esa regla, listo: tenemos que vivir adentro de una botella.

La botella como refugio y condena. No hace tanto, la vida de una mujer parecía tener un único horizonte: ser esposa y madre. Salir de esa matriz, cruzar la frontera con una valija o una mochila en la espalda, era una desobediencia. Una infracción que el sistema todavía cobra con sangre.

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