Antonio Grimau: “El amor no es como ayer, pero eso no significa que no sea de todos modos muy agradable y deseable”

El actor habla sobre cómo cambian el deseo y los vínculos con el paso de los años. Repasa sus conquistas, los enredos amorosos y los nuevos ritos de la intimidad. También reflexiona sobre el camino recorrido, sobre sus pérdidas y momentos dolorosos, y de una vocación intacta que tantas veces lo salvó

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Antonio Grimau: “El amor no es como ayer, pero eso no significa que no sea de todos modos muy agradable y deseable”

El amor muta, el deseo se complace de otra manera. Los roles familiares se modifican, la amistad redefine sus códigos. Las necesidades cambian: algunas pierden sentido, otras deben reformularse. La energía no siempre acompaña. Porque la tercera edad tiene sus particularidades: la vida más allá del umbral de los 60, los 65 años, es distinta. Pero no por eso es menos vida. Y a sus 81 años, Antonio Grimau lo sabe.

“Hace poco escuché a una señora en televisión que dijo: ‘A nuestra generación, la ciencia le ha dado 20 años más de vida’. Bueno, honremos esos 20 años que tenemos de yapa”, dice el actor, casi como un mantra, o un desafío.

En el Multiteatro, y junto a Raúl Lavié y los Osvaldos, Santoro y Laport, y con la dirección de Federico Palazzo, Grimau pone sobre el escenario una obra que habla de todo esto, y de mucho más: Vamo’ los pibes. “Está buenísimo que hablemos de esta etapa —advierte—. La obra tiene mucho humor, ternura y emoción, y es como un homenaje a la gente de la tercera edad”.

Proyectar y proyectarse: Antonio habla de lo imprescindible de perseguir un horizonte, como decía el escritor Eduardo Galeano, porque eso nos obliga a caminar, a no detenernos, a seguir. “Se trata de eso: de tener mañana. Y me emociona decirlo porque es la clave: no dejar que el reloj se pare. Continuar, en todo lo posible, teniendo proyectos y mirando al mañana”.

Claro que esta etapa suele invitar a la reflexión y los balances. Y Grimau —actor de enorme trayectoria, emblema del teatro y galán sin fecha de vencimiento— también lo hará en esta entrevista con Infobae.

Hablará del dolor por las muertes tempranas de sus padres y su hermana, y del desgarro por el fallecimiento de Lucas, el hijo que tuvo con Leonor Manso. De cómo la vocación lo salvó, antes, después y ahora. De la timidez que nunca lo soltó. De aquellas aventuras pasionales y de su actual calma amorosa. Del peronismo, de la cultura. Al fin, de una vida bien vivida. Y cuyos capítulos, sigue escribiendo.

Antonio Grimau: "Por naturaleza siempre
Antonio Grimau: "Por naturaleza siempre fui muy enamoradizo."

—Con Lavié, Santoro y Laport, ¿se autoperciben pibes?

—Todavía...

—Vos, ¿en qué te sentís un pibe?

—En que todavía puedo seguir trabajando.

—¿Es una elección?

—Sí, sí. Una elección por encima de todo. Una voluntad y unas ganas... Y además, para mí, desde que encontré la vocación a los 16 años, siempre ha sido una tabla de salvación, hasta el día de hoy.

—En ese momento, a esos 16 años, ¿era una vocación o primero fue una necesidad?

—Primero fue una necesidad. Así lo viví. Con el tiempo comprobé que era una vocación muy fuerte, al punto de que todavía hoy me sigue dando mucho placer laburar y ensayar, con todo el sacrificio que implica.

—Incluso en las noches de dos funciones.

—Sí. Realmente nos planteamos, sobre todo con “Cacho” Santoro, si íbamos a poder resolverlo. Pero es tal la energía a favor del espectáculo que eso te da muchas ganas.

—¿Puedo volver a ese nene?

—Sí, claro.

—Qué bueno que esa necesidad después se convirtió en vocación. Y qué privilegio encontrar una vocación y poder desarrollarse desde ese lugar.

—Fundamental. “Salvífico”, como dice una muy buena amiga mía.

—¿Sos un hombre religioso?

—No demasiado. Más bien, agnóstico.

—Entonces el teatro fue un lugar de fe, un lugar que salvó, que estuvo siempre.

—Sin dudas. Sobre todo porque venía de una adolescencia muy golpeada.

—En un tiempo muy corto murieron tus padres y tu hermana.

—En siete meses...

—Muere tu hermana de un cáncer; tu padre, de cirrosis. Y tu mamá, ya con un dolor enorme.

—(Muere) del corazón, naturalmente. Y por eso mismo, cuando apareció el teatro tuve una necesidad enorme de meter la cabeza en eso.

—Ese niño trabajó en muchas cosas.

—Sí, en muchas cosas. Estuvo la necesidad de ganarme el mango porque yo decidí no estudiar a partir de un tercer año de industrial, y fue mi hermano, que también era mi tutor, el que me dijo: “Entonces tenés que trabajar”. Y en ese derrotero de distintos trabajos hubo de todo: trabajos que tenían cierta gracia y otros terriblemente sufridos.

—Por ejemplo, ¿cuál?

—La fábrica de fideos: fue horrible. Los fideos se secaban con tanques que se cargaban de carbón, y ese calor provocaba un humo que, al rato, te terminaba doliendo la cabeza mal. Era muy muy feo.

—¿Qué tenías que hacer con los fideos?

—Tenías que secarlos en zarandas, con una manera de repulgarlos que nunca aprendí, y darle un peso especial a cada porción para después envasarlos, ya endurecidos por el calor. Por supuesto, nunca la emboqué: de diez que hacía, todos pesaban distinto. Y me retaban porque no daba nunca con el peso.

—¿Qué edad tenías?

—14 años. Fue una elección no meditada. Era un rechazo: la experiencia en el primario había sido muy mala, no me gustaba estudiar, y decidí no seguir el secundario. Con el tiempo, me arrepentí: medité como se debía y me di cuenta de que había sido un error, que era un hueco en mi formación muy sensible, muy profundo.

—¿Y por qué no lo retomaste nunca para terminarlo?

—Porque mi estudio ya se refirió en particular al trabajo del actor y eso me ocupó el 100%.

—En lo social, ¿cómo te iba de chiquito?

—Ahora, de grande, estoy aprendiendo un poco a socializar. Siempre fui un tipo muy para adentro, muy tímido e introvertido, una suerte de lobo estepario que le huía a la gente. También en eso me salvó la actuación: más de una vez me decía cómo puede ser que yo sea tan introvertido y sin embargo, suba a un escenario sin importar. Pero siempre está el refugio detrás del personaje y ahí funcionaba. Con mi propia personalidad siempre me costó mucho moverme socialmente.

—¿Algo del sufrimiento en la primaria tuvo que ver con lo social?

—En la primaria era un gordito simpático: salvaba mis errores con esa simpatía. Pero a la vez, sostener eso era un trabajo arduo.

—En la primaria, ¿ya estaba el seductor que después conocimos?

—(Risas) No, no.

—¿No había un conquistador con las profesoras?

—Tal vez inconscientemente, sí. Se me notaría claramente el desasosiego, el desamparo, y por ese lado tal vez enternecía. Lo habré usado después en la adolescencia, seguramente.

Antonio Grimau sobre la muerte
Antonio Grimau sobre la muerte de su hijo: "Tanto la madre como yo hicimos todo lo que pudimos por rescatarlo de algo de lo que él no pudo rescatarse"

—¿Te acordás cuál fue la peor función de tu vida?

—No hubo una función completa. Pero hace poco en Punta del Este, haciendo La piel de Judas, con Susana Giménez, yo bajaba de una escalerita de cinco, seis escalones, y se me enganchó un taco de las botas que usaba. Rodé como una bola. Y fue tragicómico porque Susana se tentó muchísimo, como es lógico, pero a la vez también se desesperó mucho. Me levanté y lo único que me pasó fue que se me torció un poquito un dedo de la mano derecha, nada más, aunque fue una caída importante.

—¿Qué se hace en un momento así?

—Y... se trata de continuar como sea. Hubo gente que me dijo: “¿Era parte de la obra?”; “No, ¡ojalá! De ninguna manera”. Tengo un pasado deportivo bastante intenso y sé de qué manera caer, una cosa instintiva en el cuerpo, de acomodamiento: en el aire te vas preparando como un gato para que la caída no sea demasiado lesiva.

—¿Susana te la pudo seguir?

—Sí, sí. Se tragó la tentada y siguió como si yo fuera su marido, como era en la obra: “¿Te pasó algo, querido?”. Y zafamos. No, una cancha...

—¿En dónde no te sentís un pibe?

—En muchas cosas: en lo deportivo, en la intimidad. Sé que ya no rindo como rendía. El amor no es como ayer, por supuesto, pero eso no significa que no sea de todos modos muy agradable y muy deseable.

—¿Andás noviando?

—No. En este momento, no. Ponele que esté picoteando.

—¿Te gusta más “picoteando” o “chongueando”?

—No, “chongueando” no me gusta. Tampoco me gusta demasiado “picoteando”... No, no, estoy conociendo gente (risas).

—¿Y estás conociendo mucha gente?

—No, no. No me da el cuerpo para conocer mucha gente. Y es lo que te dije hace un rato: por esa cosa que tengo de estar más que nada cobijado en mi casa. Soy muy casero, disfruto mucho de mi casa: la hice con todo amor y muy a medida, a mi manera. Entonces, le rajo a las reuniones sociales, a las fiestas multitudinarias y demás. No son mi fuerte.

—¿Pero por el placer de estar en tu casa o porque sos medio fóbico de lo social?

—En algunos aspectos soy todavía medio fóbico y en otros, porque realmente disfruto mucho de mi tiempo solo en mi casa, con mis cosas. Le dedico mucho tiempo a pintar, a la lectura.

—Los encuentros amorosos y las citas, entonces, son en tu casa.

—No necesariamente (risas). Puede haber otros lugares.

—Has sido un seductor durante años.

—He sido. Ya no. “Cuarteles de invierno”.

—No te creo.

—“El reposo del guerrero”.

—No te creo...

—¿Cómo querés que te lo ilustre? (Risas). “El general no tiene quién le escriba”.

—¿Es por elección?

—En gran medida sí. ¿Sabés qué pasa? Es verdad: yo he recorrido mucho el sendero del amor. Y justamente por eso, hay muchas cosas que ya conozco: sé el comienzo, el desarrollo y el final. Y ya no me interesan. Tiene que ser algo muy especial para que me conmueva. Por supuesto que están esas personas y esas circunstancias especiales, pero ya no salgo a buscarlas. Cuando aparecen, encantado. En realidad nunca las busqué, tuve la suerte de no tener necesidad. Pero ahora tampoco saldría a buscarlas.

—Cuando no las buscabas porque no tenías necesidad, ¿te metiste en muchos quilombos?

—Muchísimos quilombos. Y eso también agota, sí.

—¿Se te superpuso mucha gente?

—En algunos casos... Sí, se juntó el ganado, como dicen brutalmente.

—¿Alguna vez saliste escapando o escondido de algún lugar?

—No, no. Tuve suerte. No corrí riesgos mayores (risas). Pero era hablar de Vamo’ los pibes...

—Los pibes tienen un pasado, y bienvenido sea ese pasado, que es el que hace que todavía uno se sienta pibe.

—Es verdad. Y además es verdad que por naturaleza siempre fui muy enamoradizo. Percibo particularidades en determinada mujer, y por ahí hay un deslumbramiento que se desvanece rápido, pero que en el momento parece fuertísimo. Ahora ya estoy acostumbrado y me digo: “No, pará, que es apenas un deslumbramiento pasajero”.

—Ese enamoramiento adolescente que uno siente.

—Sí. Pero antes, yo perseguía ese deslumbramiento como un gran amor y me equivocaba porque era un estallido, una cañita voladora, y nada más.

—O sea, un enamorado del amor.

—Sí. En gran medida, sí.

—Recién hablabas de cómo cambia la intimidad con los años. ¿Eso afectó, o te conectó con otra parte tuya y reacomodó?

—Sí, claro. No se deja de disfrutar, pero desde otro lugar: otros tiempos, otras formas, sí.

—¿Hay un duelo?

—No, no. Ya te digo: hay reemplazos. Te diría que uno ya no pretende logros que no le interesan. A mí nunca me interesaron los torneos sexuales, jamás. De verdad, nunca fui un apasionado de ese tipo de cosas. Y ahora, mucho menos. Además, ¿sabés qué pasa? Hay un tipo de una moral muy fuerte en mí, y nunca entré en cosas extrañas porque me da un poco de rechazo la idea de cuerpos mezclados o cualquier fantasía que se fuera de la pareja.

Antonio Grimau junto a Tatiana
Antonio Grimau junto a Tatiana Schapiro en Infobae

—Pasaste cosas redifíciles en tu vida.

—Muy difíciles, sí.

—Y hoy estamos discutiendo mucho en materia de salud mental, tratando de que nos escuchen. Hay un debate que tiene que ver con la Ley de Salud Mental: debemos entender que las adicciones son una enfermedad, no una decisión.

—Es muy estremecedor. Es una realidad que asusta porque no aparece una manera de resolver ese flagelo. Da mucho terror y mucho miedo, mucha angustia.

—¿Y qué le decís a esos papás?

—Es difícil... Es difícil porque hablar de poner el hombro, apechugar frente a esa situación, ponerle fuerza, ponerle garra, son palabras que no sé si alcanzan ante esa realidad tan dura. Es muy difícil.

—Lucas, tu hijo, murió en el 2010. ¿En ese momento pensaste que hoy la situación en la Argentina iba a ser otra?

—No, porque ya se sabía que esto iba en crecimiento y que detenerlo iba a ser muy difícil, como lo está siendo. No tuve esperanzas. Desgraciadamente. No tengo respuesta frente a algo tan potente, tan indetenible, donde la gente que se debería o que se está ocupando de eso tampoco tiene respuestas.

—¿Le hablás a Lucas?

—Sí, todo el tiempo.

—¿En tu cabeza o en voz alta?

—De las dos maneras, de las dos maneras...

—¿Le contás tu día, le agradecés, lo extrañás?

—Sí. En distintas circunstancias aparece la necesidad, que es muy frecuente, y lo hago. Y me da mucha tranquilidad, mucha paz.

—Pudo correrse un poquito el dolor, que no se va nunca por supuesto.

—Nunca.

—¿Pero en ese hablarle, hay algo de tranquilidad, además de dolor?

—Hay tranquilidad, si se le puede llamar así, en cuanto a que tanto la madre como yo hicimos todo lo que pudimos por rescatarlo de algo de lo que él no pudo rescatarse. Y cuando la persona no quiere, nadie más puede...

—Eso está absolutamente claro.

—Fatalmente.

—La persona no puede: tiene tomada la voluntad.

—Sí. Y esa es tal vez una de las peores equivocaciones para esa gente: “Yo puedo solo”. Y no, no...

—Cuando fue la muerte de Lucas, ¿con quién te enojaste?

—Es raro que yo me enoje. Como no tengo una religiosidad profunda, tampoco me enojé con Dios. Tal vez me enojé conmigo mismo por creer que haber estado más cerca de él hubiera sido de ayuda. Pero gente muy importante, profesionales, me dijeron: “No es así. No te culpes porque no sirve de nada, no pasa por ahí”.

—¿Ya lo pudiste entender?

—Sí, sí. Me llevó mucho tiempo, pero creo que lo pude entender.

—Tenés cuatro nietas. ¿A ellas les contaste vos quién era Eva?

—Puede ser que a alguna de ellas, no sé si a todas. Pero sí.

—¿Hay algo del cariño al peronismo que se transmitió a tus hijos?

—Sí. No sé si en todos los casos lo adoptaron o estuvieron de acuerdo, pero la realidad que yo viví en mi infancia es única: no puedo negarlo ni tengo interés. Era un país floreciente, feliz. Y muchas cosas de los horrores del después de ese Gobierno no volvieron a ocurrir. Soy testigo presencial de ese proceso.

—¿Hoy te seguís definiendo peronista?

—Sí. Justamente, por esa experiencia. Con errores seguramente, con defectos: había cosas que yo después en la madurez impugné y me parecieron fuera de lugar. Pero en general, sigo siendo testigo. Y un testigo a favor.

—La última vez que nosotros hablamos estábamos en plena pandemia, esperando las vacunas. Alberto Fernández empezaba un gobierno en un momento mundial imposible y me acuerdo que tenías esperanzas.

—Sí, en ese momento sí.

—¿Y después? ¿Qué mirada tenés hoy?

—Y... después hubo desilusiones. Desilusiones profundas, sí.

—¿Cristina?

—Y... es un caso: yo muchas cosas todavía no me explico. Me gustaría que un adepto a Cristina me lo explicara alguna vez, por que no me explico, no me explico... Interrogantes que tengo. Me gustaría. Todavía no he encontrado la persona o el momento de ese encuentro, y esas preguntas que tengo dando vueltas.

—Hablabas del mañana. ¿Qué deseas para este 2026?

—Cambios. Cambios profundos, de raíz.

—¿Pero cambios tuyos, personales, o cambios a nivel país?

—Cambios a nivel país. Cambios míos... A esta altura, ya he dado todo, ¿qué más? Ya está. Creo que uno, humildemente, desde la profesión y la seriedad con la que la ha encarado, ha dado lo mejor de sí. Y lo sigue dando. Si fuera así en todos los rubros, estaríamos perfectos.

—Cosas lindas a nivel país, pero con pocas esperanzas al respecto.

—Y... me gana un poco la desilusión. Debo confesarlo.

—Te dejo ser presidente por un día, podés sacar tres decretos.

—No me metas en eso, soy actor...

—Uno: los jubilados.

—Sin dudas. Vamo’ los pibes. El otro: un mayor desarrollo de la cultura. Y que vuelva la ficción. Ya está.

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