Laura Padula imagina cómo será ese encuentro. Es una fantasía, una concesión de su mente. Lo imagina más grande. No puede explicarlo. Tampoco necesita. Lo presiente crecido. No lo visualiza como un niño de cinco años, como ese niño de cinco años que el 7 de agosto de 2011 se eternizó. Extraña su olor, su cuello, su piel, sus labios babosos, sus cordones desatados. Hoy idealiza esa elucubración feliz. Cree que él los está esperando y que esa espera es breve, y que tal vez el tiempo en el otro plano se reduce a un parpadeo.
Laura tiene 53 años y es mamá de Joaquín y de Manuel. Y de Santiago. Su historia es la de una mujer que pensó que lo malo de la rueda de la vida ya le había tocado cuando a los 35 años contrajo cáncer de mama, la de una madre que supuso que dos desgracias no pueden caer en la misma familia. Recuerda una conversación que tuvo con Santiago, a quien apodó Tato, en la que él, curioso, le preguntaba de las cicatrices, de la cesárea, del cáncer. El tema omnipresente en la charla era la muerte y el miedo a que su mamá se muera. Fue meses antes de que ella empezara quimioterapia. Le enseñó: “Mirá hijo, lo de la muerte es así: el primero que se va espera al otro”.
La reflexión -concluye- no salió como esperaba. El consuelo pensado para desdramatizar la partida física es hoy el corolario de un proceso personal. Laura espera sin esperar. Superó el cáncer, lloró a mares la muerte de su hijo, pensó en un instante brutal que morir era una solución, se enojó con el corazón y se desenoja con la cabeza, se aferró a otra persona, le dio culpa sonreír, buscó, contra todo pronóstico, traer más vida y hoy desde la cuenta @amaramares.oficial acompaña a otras familias que pasan por duelos. La historia de una madre que sufrió, amó, vivió y hasta aprendió un nuevo idioma: el de leer las señales que le envía su hijo.
—¿Cuándo empezaste a buscar a Santi?
—Con Rodri, pensábamos que teníamos que estar bien económicamente para tener un hijo. Y eso no venía ocurriendo. Entonces un día dijimos “che, pero nos va a pasar la vida y nosotros vamos a estar esperando el momento ideal que capaz que nunca llega”.
—¿Lo buscaron mucho?
—No, fue un toque. Creo que fueron dos meses de búsqueda y apareció ahí nuestro cachorro. Nació un 14 de septiembre. Lo trajo la primavera. Y todo era bellísimo. Bellísimo.
—¿Fue amor a primera vista?
—Fue amor a primera vista. Yo no conocía ese amor. Primero la panza y todo lo que ocurre con la panza. Pero esos momentos, esos tres momentos tan icónicos en mi vida, siempre con Rodri, y generalmente para los cumpleaños, hacemos un recuento de cómo fue aquel momento porque fue de los más lindos que viví en mi vida.
—Los embarazos.
—Los partos. Y mirá que fueron cesáreas y qué sé yo. El bebito. Un olorcito. Y ese amor. Es más, cuando yo tuve a Joaco, ya tenía a Santi…

—¿Cuánto tenía Santi cuando quedas embarazada de Joaco?
—Tres y medio. Que también fue recontra buscado. Ahí ya logramos la casita.
—¿Casita dónde?
—En Haedo. Nuestra casita en Haedo. Y dijimos acá es momento de expandir. Imaginate que vivíamos en un dos ambientes con Santi y era o sacamos el microondas o ponemos al pibe, una cosa así. 37 metros cuadrados. Y de ahí nos mudamos a la casita y ahí dijimos “bueno, es el momento de familia”. Y cuando nació el chino Joaco, que le decimos el chino, fue esa sensación que se siente cuando ya tenés dos y decís “familia completa”, esto es tremendamente bello. Mucho amor y yo muy amada por mis hombres. Así estábamos, navegando en amor total.
—Todo magia. Todo lindo.
—Sí. Todo hermoso. Y así vivíamos, con esa inconsciencia de lo bello y que todo sale bien, ¿no?
—Hasta que…
—Hasta que lo primero que ocurre, que no fue lo peor que ocurrió pero fue lo primero.
—Pero en ese momento era lo peor que te había pasado en la vida ¿no? Ahí aparecieron los miedos.
—Sí, y hoy con el diario del lunes entiendo un montón de cosas que pasaron y de las que había que hablar sí o sí. Tuve mi diagnóstico a los 35 años de cáncer de mama. Conocí médicos que los amo, hay uno fundamentalmente, Santillán, que yo creo que me salvó la vida. Yo estaba sin rumbo.
—¿Por dónde pasaban tus miedos en ese momento?
—Primero no verlos crecer. Los miedos eran morir, perdérmelos y que ellos sufran. El impacto de mamá se muere. Imaginármelos sufriendo y una vida de sufrimiento. Yo me imaginaba eso y Rodri con dos nenes chiquitos. Era un cuadro espantoso. En ese momento todavía pensaba que era muy importante en la vida de ellos. Es algo que después cambió totalmente. Si bien me encanta verlos, asistirlos, tenerlos y colaborarles entiendo que es un compartir, no que yo soy necesaria.
—¿Cómo fue el tratamiento?
—Me re salvó el humor. Y además como entendía que estaba con mis hijos muy chiquitos tenía que ser muy lúdico. Yo interpretaba eso. Entonces, por ejemplo, uno de mis amigos, Alfred, peluquero, me vino a cortar el pelo cortito así, pelar, en el living de casa y mis hijos participaron con los mechones, y jugaban. Mamá está haciendo el tratamiento.

—¿Ellos sabían que mamá estaba enferma?
—Sí, sí. Hay algo que siempre dije que fueron las palabras justas y correctas: mamá tiene cáncer, mamá está haciendo quimio, a mamá se le va a caer el pelo. Cuando venían las preguntas trataba de responder y ahí la llevábamos.
—¿Cómo fue el tránsito por la enfermedad?
—Hubo momentos muy tremendos de la quimio. Hubo una de esas quimios, la tercera, que fue la única vez que yo sentí que me moría, todo estaba mal. Me empecé a hinchar mucho, pero hinchar-hinchar. Hinchar Fiona. Hinchar lengua. Hinchar la cara. Mis amigos, mi familia que entraba a verme, estaban detonados de llorar... Ese día me lo súper acuerdo porque Rodri me lleva a la guardia y ahí el chico que me atiende, me toma los signos y me dice “están preparando la habitación”. Le digo “no, escuchame, vivo recontra lejos, yo tengo que ir a mi casa, bancame, voy y le aviso a mis hijos que mamá se va a tener que internar y vuelvo”. “No -me dijo-, no podés salir de acá porque corrés riesgo de enfermarte y no tenés defensas”.
—Debías estar neutropénica. Con los glóbulos blancos muy bajos.
—Sí. Y ahí prepararon una habitación donde entraba solo una enfermera… Y Rodri enseguida “Lau, me quedo con vos”. No, yo estaba re enojada. Ahí sí me agarró enojo, furia. Le digo “no tengo ganas, anda que lo importante lo tenemos en casa, yo me arreglo”. Tenemos el celu, que en ese momento no eran los celus de ahora. Hace de esto 17 años. Y estuve sola. Dije “esta la tengo que pasar”. Y me ponían unas vacunas cada cuatro horas. Tengo cosas hermosas como que mi viejo me contó un cuentito, vos fijate la magia que ocurre en el medio del caos.
—¿Qué quiere decir que tu viejo te contó un cuentito?
—Yo no me podía dormir, estaba hablando con él y me dice “hija, tranqui, apoya la cabeza que yo te voy a contar un cuentito”. Hacía miles y miles de años que no ocurría. Fue re loco porque me sentí niña.
—¿Entendiste que te podías morir?
—Sí, ahí entendí que me podía morir. Ni cuando me diagnosticaron ni cuando me operaron. Fue ahí.
—¿Cómo fue entrar a esa operación?
—Uh, fue tan veloz… Imaginate lo que fue darle un beso a mis hijos. Fue heavy. Pero la peor parte se la llevó Rodri, mi compañero. En esa caminata al quirófano, a Rodri le tuve que decir “no vas a encontrar una como yo, pero si te tenés que enamorar, enamorate, tenés mi ok”. Él llorando, yo llorando, un desastre.
—Pero le diste el permiso.
—Sí. A mí me parecía importante, no sé por qué. También, esto de que uno se cree tan importante en la vida del resto. Porque hoy no sé si haría eso. Hoy soy otra claramente. Pero en aquel momento me pareció que tenía que dejar todo en orden. Como cuando vas a parir que decís limpio las cortinas, lavo aquello, porque es todo un movimiento.

—Sale bien la operación. Arrancan las quimios. En algún momento dieron un diagnóstico que estaba todo bien.
—Sí, sí. Todo venía saliendo bien. Hice otras operaciones que tenían que ver con reconstrucción pero ya era tratar de verme mejor. Y estábamos muy acostumbrados al quirófano, pero era de otra manera.
—¿Cómo se habló de muerte con los chicos?
—Joaco era muy chiquito, dos años. Con él prácticamente no pude hablar. Él no tiene recuerdo de esto. Pero con Santi sí. Santi me hablaba mucho de las cicatrices y yo le contaba de la cesárea, qué mama, qué dolor y qué sé yo. La cesárea es una marca, listo. Y además es una marca de vida. Y en esa conversación, me dice “¿pero esa, la del cáncer ma? Esa fue de muerte”. “No, esa no es de muerte, es de vida. Porque yo gracias a esa operación, esa cicatriz, ahora estoy viva”. Y empezamos un poco a hablar de la muerte, todavía me faltaba a mí atravesar la quimio. Y le digo “mirá hijo, lo de la muerte es así: el primero que se va espera al otro”. En realidad en ese momento pensaba “si me llego a morir que por lo menos él sepa que en algún momento nos vamos a encontrar”.
—¿Vos lo creés: que el primero que se va espera al otro?
—Sí. Lo que sí, el cuento no salió como yo esperaba. Porque yo era la que tenía que irse y tenía todas las fichas para estar esperando ahí a quien tenga que venir. Y pasaron dos años después del cáncer…
—¿Esos dos años cómo fueron?
—Hermosos.
—El cáncer también ordena prioridades, ¿no?
—Sí, prioridades. Familia. Los fines de semana eran netamente fines de semana. Amor full porque además vos te das cuenta ahí todo lo que te rodea. Todos estuvieron muy al pie del cañón con mis hijos apuntalándolos cuando yo no podía físicamente. Yo me sentía una heroína, que podía con todo.
—Uno pensó que lo peor ya había pasado.
—Sí, sí. Yo además estaba convencida de que si tenía que recibir algo malo ya lo había recibido. Lo peor ya pasó, listo, ya rendí esa materia.
—Sí, estadísticamente no me puede pasar más.
—Nada más. Nada más.

—¿Y qué pasó Lau?
—Pasó que pasaron dos años. Esteban, nuestro mejor amigo, amigo de Rodri desde muy chiquito, padrino de Tato. Se había separado y había alquilado un departamento. Hacía como seis meses que vivía ahí y no conocíamos el departamento. Y ese sábado dijo “che, amaso pizzas, vengan”. Nos cambiamos los cuatro. Estuvimos en el depto amasando las pizzas. Me acuerdo de que estaba la tele prendida. Bailamos. Estaba Joaquín Sabina de fondo. Yo bailé con los chicos. Yo era la graciosa siempre y ellos “mirá lo que está haciendo Lau”. Y Tato ahí me dice “ma, ¿me puedo quedar a dormir?”. “No -le digo- de ninguna manera. No trajiste el cepillo de dientes. Mañana tenés un cumpleaños”. Ahí Rodri me mira un poco cómplice como diciendo “qué estructurada por favor”, y ahí caigo en lo que estaba haciendo. A quién le importa el cepillo. Yo le veo la cara y le digo “bueno dale, quedate”. Y Esteban me dice “dejalo al chino también”, que estaba dormido. Joaco tenía 5 años y Tato tenía 8. Entonces Joaquito dormido, le digo “no, no, me lo llevo así”. Entonces Rodri lo fue a buscar a Joaco, lo cargó a upa y besitos.. Y algo muy, muy impactante es que cuando estamos cruzando la puerta, Tato me dice “¡Ma! ¡Ma! ¿me das otro beso?”. Entré, le di un beso y me fui. Nos levantamos el domingo, yo empecé llamando, llamando, llamando, no contestaba. Teníamos un asado en el club con amigos y yo ya estaba muy intranquila. Rodri también. No me lo mostraba pero también. Y fuimos para el departamento directamente porque dijimos “no tiene batería”, empezás a pensar cosas para justificar. Bajamos en el depto y Rodri empezó a tocar timbre, no le contestaba, dije “seguro que no tenía leche”. Vamos hasta Bonafide, vamos hasta McDonald´s. Nos encontramos recorriendo el barrio sin éxito. Llegamos al club, porque digo capaz que fue al club. Y ahí, en esa mesa larga de amigos, con preocupación, todo estaba enrarecido, yo le digo a Rodri “¿no habrá pasado algo con esas estufas?”.
—¿Por qué te vinieron las estufas en la cabeza?
—Mira, había una estufa que no fue esa el problema, pero había una estufa que yo a Esteban le dije “che, apagame esto”, antes de irme.
—Vos estabas con Joaquín en el club.
—Yo estaba con Joaco. Estaba mi amiga Vivi que fue muy, muy, muy importante en esto que te voy a contar ahora, porque yo estaba en el club con Joaco, estaba con mi sobrino Jorgi, de la misma edad de Tato que lo estaba esperando para jugar, estaba con un amigo de Tato que también se llama Santi, el hijo de Vivi y Vivi. De repente Rodri me mira como diciendo “no podés pensar eso pero algo ocurrió”, hubo un clic. Rodri se fue a hablar por teléfono con los papás de Esteban que tenían llave y de repente me dice “Lau, los padres están yendo para allá, voy para allá”. Le digo “bancame que yo voy también”. Y ahí viene Joaco, se me prende y me dice “dónde vas, yo voy”. Entonces ahí me encuentro diciéndole a Rodri “anda vos, yo me quedo acá porque no quiero que Joaco vea nada que no tenga que ver”. Con una contundencia… Y me quedo sentada en la mesa del club de cemento en las parrillas con mi amiga Vivi, con el teléfono, sentada. Joaco no se me despegaba. En ese momento, corre, se va a una cancha, y ahí suena el teléfono.
—¿Vos sabías?
—Sí. Yo sabía que algo estaba muy mal. No tenía ninguna certeza de lo que yo sentía pero yo sabía que algo estaba muy mal. Y ahí suena el teléfono, atiendo y Rodri me dice “Lau, están los dos muertos”. Ahí yo empiezo a correr. Grito. Corro. Mi amiga corre conmigo. “Te va a pasar a buscar Luciano -que es el esposo de Vivi que había ido con Rodri-, andá a la puerta del club que te pasa a buscar Luciano”. Yo corría. Mi amiga atrás mío. Yo no entendía bien, yo hasta ahí dije “esto es un error, acá hay un error, es otro depto, es otra gente, murieron otros, esto no es con nosotros”. Entonces mi amiga gritaba, lloraba, la agarro y le digo" amiga, cuidame al chino ahora". Ahí entendió que tenía otra misión. Yo no podía. Se da vuelta y se va. Yo empiezo a correr. Me desligué de eso, me fui. Pasa Lu, me subo en el auto en la parte de atrás. Él estaba solo adelante, yo me subí atrás. Y le digo “decime la verdad, esto no es verdad”. Y él me decía “sí Lau, es verdad”. Y yo empiezo a patalear, a gritar. Llegamos a esa escena nefasta de policía, gente. Y ahí lo veo a Rodri tirado en el piso llorando. Le digo “¿vos los viste?”. No se me caía una lágrima. Le digo a la policía “dejame pasar”. Lo próximo que me acuerdo es que me subí arriba del techo del patrullero a los gritos “dejame pasar, dejame pasar, dejame pasar”. Me agarraron así de los pantalones y me dijeron “vas a entrar”. Yo entro, era un edificio sin ascensor, era por escalera, yo subo así. Abro la puerta, gente y ahí los encuentro a los dos. No lo reconozco a Esteban. Trato de sacarlo porque estaba abrazando a mi hijo, y ahí Rodri me dice “es Esteban, Lau”. Y la escena que yo encontré fueron ellos dos tirados en el baño en la bañadera. Lo vi a mi Tato que tenía golpeada la frente. Me senté en un sillón a ver todo lo que estaba ocurriendo. A tratar de entender. Y yo hacía horas había estado ahí bailando y esto no me entraba en la cabeza. Y ahí entendí cómo había sido. El desperfecto fue en el calefón. Tato se había quedado dormido y yo sabía dónde porque a él le gustaba ver los dibus. Entonces estaba del lado de la tele. Y ahí había una marca de vómito. Y mi hijo al ser tan chiquito se intoxicó primero con monóxido de carbono. Esteban al ver que mi hijo estaba vomitando, sin darse cuenta de lo que estaba pasando, porque no te das cuenta, no tiene olor, nada. Él pensó que estaba descompuesto. Entonces lo agarró, lo llevó al baño, prende la ducha, porque llegó a prender la ducha, y ahí había una ventana de esas que tocás y se abren... Si él hubiera hecho eso… Él abrió la ducha para mojarle la carita a mi hijo, para reanimarlo, y ahí cayeron los dos y murieron los dos.

—¿Quién había dado aviso de lo que había pasado ahí?
—Los padres. Nadie tuvo el valor, la valentía. Esos papás de Esteban que los creíamos re cercanos no tuvieron la valentía. No pudieron. No supieron. Es su tema, no me voy a enroscar con eso. Lo tendrían que haber llamado a Rodrigo “venite para acá, esto es un desastre”.
—¿Te enojaste con Esteban?
—Sí, estoy. Pienso en él y pienso “me defraudaste”. Y cuando lo paso por la razón entiendo perfectamente que su intención no era morir con mi hijo. Pero no sé cómo explicarte, yo cuando lo paso por la cabeza lo re entiendo, pero cuando lo paso por el corazón no tengo palabras. ¿Sabés qué? Ahí aparece el humor y digo el día que yo llegue, va a sonar una sirena: “está viniendo Laura, corré”. Porque es mi amigo...
—Distinto hubiera sido si él se salvaba…
—No, él no se podía salvar porque él no me podía llamar diciéndome “Lau, se murió Tato”. No podía. Eso no podía ocurrir. Si esto era así, tenían que morir los dos, él no podía cargar, no era vida para él. Él lo amaba. Por eso cuando yo me enojo, después me doy cuenta de que todo mi enojo no tiene ningún fundamento. Pero bueno, alguien tenía que tener la culpa en este relato.
—¿Y con vos te enojaste?
—No. No porque yo no tenía ningún indicio de que ahí estaba algo mal. La relación de ellos era realmente muy hermosa.
—Lo dejaste a dormir como cualquier mamá deja a dormir a su hijo en la casa de alguien.
—Claro. Y de hecho lo seguí haciendo con el chino. Después me tocó…
—Pero aparecieron los “hubiera”. Si hubiera tal cosa. Si hubiera tal otra.
—Al principio de toda esta nueva vida todo era caos. Caos. Caos. Caos. Yo no tenía forma de remontar la vida. No tenía forma de pensar en futuro.
—¿Cuántas veces reviviste ese beso?
—Muchísimas veces. Cada vez que lo relato yo me vuelvo a hundir ahí. Y vos sabés qué trato… cantaba una canción, todo tiene sentido, todo, todo, todo, que se llama “La despedida” de Daddy Yankee que estaba re de moda y él estaba muy reaggetonero y qué sé yo. “Antes que te vayas dame un beso”. Después escuché esa letra, aún hoy la escucho que es un tema que es súper extraño de escuchar. Después vino todo lo que son las señales: yo aprendí a leer señales para sobrevivir.
—¿Cómo fueron esos días?
—Horribles. Horribles, espantosos. El dolor en el pecho yo lo siento como si fuera un elefante que me pisaba el pecho y no me dejaba respirar. Así por meses.
—¿Cómo fue decirle al Chino?
—Ese mismo domingo Vivi se hizo cargo del Chino. Todos intuían que algo raro pasaba. Y yo me acuerdo de que era la noche ya porque mi casa estaba llena de gente, y le digo a Rodrigo “vamos a buscar al chino”. Y nos fuimos a lo de Vivi, yo no pude bajar, no tenía fuerzas. Ahí el Chino entra, abro la puerta del acompañante y lo siento en mi regazo. Y le digo “hijito, Tato se murió, no lo vamos a ver más”. Así. Entonces hace una respiración. Mar, mar, mar, llanto. Y ahí volvemos a casa. En mi casa no tenía el dominio de nada. Ocurrían las cosas. Un grupo de amigas mandaba comida, alimentaban a Joaco, a nosotros. Era gente llorando, nosotros llorando, gritando. Recuerdo llamar a mi médico y decirle a mi mastólogo, “Francisco se me murió Tato”. A él se le había muerto un hijo, entonces yo sentí la extrema necesidad de contarle. Me acuerdo que me aparté en mi casa para hablar, para que nadie me escuche, y le dije “yo no puedo ser tan desubicada, yo no puedo volver a tener cáncer”. La gente me decía “no llores porque podés tener cáncer de nuevo”. Yo decía “¿cómo hago para no llorar?”. Ahí entendemos con Rodri que podíamos morir con Tato, y morir lo digo hasta quizás no tan literal. Si bien en un momento tuvimos ganas de morir, más yo que ellos. Seguramente recordás algunos casos de esos papás que mueren con el hijo muerto, que viven parcos, tristes. Esa mirada sin luz. Y decíamos “¿cómo hacemos para jerarquizar lo que nos importa realmente ahora que es nuestro hijo vivo?”.
—¿Quisiste morir en un momento?
—Hubo un momento. Yo nunca fui depresiva. Nunca tuve esos pensamientos. Pero yo no recuerdo si fue al día siguiente o al otro, fue en el garaje de nuestra casa, en este sinfín de gente que me encuentra Rodri y le dije “esto no puede continuar, éramos cuatro, nos vamos los tres, no sé cuándo, pero ya se me va a ocurrir”. Rodri me mira como diciendo no sé si te sigo pero sí… Y ahí aparece Joaco en cuatro patas, empezó a caminar en cuatro patas como si fuera un animalito. Y lo vimos y no nos dijimos “che no, esto es una locura”, lo sentimos. Hay un montón por qué seguir. Vamos a tener que tener la valentía de aprender a vivir con esto y continuar con esto. Con este dolor que nos va a acompañar toda la vida. Pero no podemos arruinar la vida de Joaquín. Y ahí un poco empezamos a encontrarle, una mini vuelta. Tampoco era salvadora porque…
—El dolor está.
—Hay que estar mal. A mí cuando me preguntan “¿cómo hiciste?”. Estuve mal mucho tiempo, me enfrenté al dolor y estuve en el pozo profundo. Y lloré y pataleé, grité y empecé con este mecanismo de herramientas y lloraba en el auto porque quería llorar y que el Chino no me viera explotada. Si bien mi cara era de llanto permanente. Yo me levantaba a la mañana estallada. Me levantaba y el primer pensamiento era “che, ¿esto es verdad? ¿Es cierto que murió y hay que avanzar?”. A veces sentís que te estás volviendo loca. Yo sentía muchas veces que llegaba con el auto y decía “ahora lo encuentro a Esteban y me iba a decir ‘che, fue un error’”. Cosas que después decís “pero ¿por qué tengo estos pensamientos tan ridículos que sé que son imposibles pero ocurren?”. Y también ocurría mucho espontáneamente encontrarme con la escena nefasta, la escena de abrir el departamento y encontrarlos. Y sentir frío.
—¿Hubieras preferido no ver eso?
—No, tenía que verlo. Tenía que verlo porque me hubiera quedado con la fantasía de que esto fue un error. Yo tenía que ver para entender que esto era real. La cabeza necesita comprender lo que está sucediendo, entonces te manda frases: “che, ojo que si estás pensando en otra cosa… pin, alerta, pasó esto”. ¿Para qué? Para que te des cuenta de lo que ocurrió porque fue un shock, porque fue impactante, porque va a llevar un tiempo, no sabemos cuánto, largo, denso, donde tenés que entender qué pasó, llorar bien y estar bien hecha pelota para después hacer algo con eso.

—Joaco estuvo.
—Nos agarramos un motorcito. Tiene toda la pulsión de vida. Nos necesita. Cuando te ponés a pensar fue re egoísta lo que hicimos pero hoy que pasó tanto tiempo, digo “hijo, qué mochilón”. Hoy ya podemos andar solos. Yo no quiero que tenga la carga. Nos vio hechos pelota. Mi hijo, que tiene ya 19 años, me manda un WhatsApp “ma, no te vi bien el otro día, ¿qué pasó?”. Está muy atento.
—En algún momento, el dolor no se va por supuesto, pero una empieza a vivir y a sonreír.
—Sí.
—¿Daba culpa ser feliz?
—Sí, al principio sí. Y yo sentía que me reía y digo “no me puedo estar riendo”. Una mamá que se le murió un hijo no se puede reír. Y también empecé a entender, cuando pasó el tiempo, que yo vivo la mía y nadie va a venir a vivir en mis zapatos. Nos merecemos ser felices y los momentos de felicidad capaz son micro momentos. Los agarro, me los morfo, me rio a boca abierta. Soy de las que bailan. Soy la primera que está en la joda. Siempre fue así, pero me extrañé mucho tiempo. Mucho tiempo me extrañé. Me extrañé no siendo yo.
—¿Y cómo nació el deseo de una nueva maternidad?
—Sentía que estaba ahogando a Joaco. Hay una escena con el chino que estamos en un sillón, está Rodri de un lado y yo del otro. Y le estábamos dando besitos. Muchos besitos. Yo ahí le digo “dale, uno ama a los hijos pero no estás piqui, piqui, piqui”. Acá estábamos metiéndole punchi.
—¿Cuántos años tenía ahí?
—Si todo pasó cuando tenía cinco, tendría siete. Nuestra vida giraba muy en torno a Joaco, como demasiado. Digo “qué lindo sería repartir este amor”. Y empecé a fantasear con esto. ¿Si en vez de muerte en mi casa hay vida?

—Y contra todo pronóstico.
—Yo seguía haciendo un tratamiento que era una medicación vía oral que debía continuar un tiempo más por el cáncer. Esperé al momento donde me hacían las recetas a mi consulta con mi oncólogo y le digo “escuchame, no me hagas la receta porque no voy a seguir tomando la medicación: voy a intentar ser mamá de nuevo”. Si bien con Rodri nos hacía ilusión pensar en tener un hijo, yo no le había dicho concretamente “voy a dejar el tratamiento”. ¿Por qué? Porque me daba miedo. A mí todo me salía mal. Entonces le dije “tengo intenciones de ser mamá de nuevo pero es algo que lo tengo que charlar con él, lo que vos tenés que saber es que voy a dejar la medicación. Vos me hablás de estadísticas, yo no conozco a nadie que le haya pasado lo que nos pasó. Yo lo voy a intentar. Yo creo que puede ser muy bueno para mi vida. Y pienso que lo que puede llegar a pasar triplica lo que puedo llegar a sentir de miedo”. Me dice: “te doy seis meses de ventana”. Nunca había tenido problemas de fertilidad pero ya tenía 40 años y la quimio era como una bomba en mi cuerpo. Antes de salir me dice “andá a ver a esta gente”. Me da el contacto de un centro de…
—Fertilidad.
—Felicidad decía yo, no me salía fertilidad. Llamé, pedí una cita y me atendió el director. Le cuento nuestra historia y nos cargó al hombro. Empezamos ya directamente con tratamiento porque era muy difícil. Ese tratamiento no duró seis meses, duró dos años. Yo inyectándome. Todo salía muy mal. La estimulaban y generaba un óvulo y todo nulo viste. Pero nosotros sentíamos que había una lucecita.
—Ahí avanzaron con la ovo donación.
—Sí. Ahí mi médico me dijo" Lau, esto no va más, pero hay otra alternativa: la ovo donación". Vamos. Vamos, genial. “¿Rodri está de acuerdo?”. “Sí, vamos”. Pum. Ovo donación, tres embriones. Y yo ahí le pregunté “escuchame ¿hiciste algún chequeo psicológico sobre la chica que donó? Porque yo no quiero un lío, entendés”. Todo con mucho humor negro. Mi médico se reía. Yo me reía. Pero todo era armonioso.
—Había un proyecto de vida.
—Que te enfocaba distinto. Bueno, ahí tres embriones. Y justo para el momento de la implantación mi médico cerraba el quirófano por protocolo. En enero él se iba de viaje y yo me iba en febrero. Entonces dijimos “congelá los tres, vengo en marzo y me implantás los tres”. Ya dije “voy a ser madre, listo”.
—Era un montón, trillizos quería tener.
—Sí, trillizos. Había tres, dame tres, quiero tres. Y nos fuimos al Sur ese año en auto y el Chino en el auto cuando estábamos volviendo me dice “ma, vos tenés un bebé en la panza”. Falta poco pensaba yo. Y a los pocos días que llegué me hago un test y estaba embarazada naturalmente. Llamo a mi médico, le cuento. “Venite ya”. Porque además todo me salía mal, entonces seguro estaba mal implantado. Yo feliz pero cautelosa. No quería andar amando al cohete. Y sí, estaba bien, estaba todo re bien. Mi médico no lo podía creer, yo tampoco. Y continuó el embarazo, yo con 42 años.
—Con un tratamiento oncológico en stand by. ¿Todo lo que pasa hormonalmente durante el embarazo no podía afectar?
—Sí. Sí. Pero no afectó.

—Y llegó Manuel. ¿Lo amaste inmediatamente?
—Inmediatamente.Habíamos pautado el día que tenía que nacer, era cesárea programada, y él quiso nacer antes. Y yo como era una mamá vieja, no le avisé a nadie que me sentía mal y vivo muy lejos de la clínica. Entonces solo a mi vieja le digo “acompañame que no me siento bien, pero seguro que me mandan a casa”. Me hice la canchera y fui sin bolso. Tengo dos partos encima y 42 años, para que me digan “volvete a casa”. Yo no voy a ser la tonta con el bolsito. Llego y me dicen “estamos preparando el quirófano, va a nacer”. A Rodri le digo “amor, viste que no te dije que me sentía mal, va a nacer”. “¿Qué hago?”, me dice. “Y venite (risas), sería bueno”. Nosotros de nuevo en una sala de partos. Tenerlo acá, el olorcito. Tener esa posibilidad de nuevo de vida. Fue más de lo que yo hubiera soñado.
—¿Fue todo felicidad o hubo contradicción?
—Fue todo felicidad. Y te digo más, yo recuerdo estar en la habitación dándole la teta, porque el oncólogo me dejó darle tres meses la teta. Después volví con todo al tratamiento. Y yo estoy dándole la teta a Manolo, nos estamos conociendo en esos momentos donde todo es mágico. Se abre la puerta, era de noche, y entra mi mastólogo, el que me salvó del cáncer. Entra y me dice “te lo re mereces”. Lloró conmigo. Con Rodri lo teníamos en el medio de la cama y decíamos todas las noches “tuvimos un bebé”. Yo no te puedo explicar lo que pasó. No tengo palabras. Yo trataba de explicarle a Joaco que me quedaba con ganas de ser su madre y para vivir la que venga. Pero esto era no solo decirlo en palabras sino decirlo en hechos: “me animo a amar a otro hijo”.
—¿Pudiste soltar los miedos?
—Sí. Yo podía traumarlos y decir “che, dormir se duerme acá” o podía hacer que ellos tengan una vida normal y entender que la que tenía problemas era yo.
—Porque a un hijo le puede pasar algo cruzando la calle, en el colegio.
—¿Pero qué hacía yo? Me armaba una red sin que los chicos supieran. Entonces esa mamá que lo invitaba… primero que imaginate todo lo que tenía que pensar en invitar a mi hijo, temita de ellos, que vayan a terapia también. No obstante, yo necesitaba confirmaciones. “Che ¿cómo es tu calefacción?”. Y se tenían que bancar esas preguntas. Y capaz que, vos fijate qué idiota que pregunte eso porque de nuevo que me pase eso tiene que ser, no puede ser. Pero…

—Vinieron todas cosas lindas. Vinieron señales también.
—Vinieron señales. Aprendí un lenguaje. Me pasaron cosas muy contundentes que aprendí a leerlas.
—¿Cómo qué?
—Tato tenía una fijación con París y Francia.
—No habían ido nunca pero a él le gustaba.
—Jamás. Jamás. No podíamos. Nuestras vacaciones eran Miramar y punto máximo. Era el primer Día de la Madre, horrible, como toda primera vez, primer cumpleaños, primer todo es horrible, vino la familia a casa, hicimos un asado. Se fueron, nos quedamos solos. El Chino quiere andar en bicicleta, nosotros vivíamos en Haedo casi Palomar, un barrio muy normal. Y el Chino quería ir a andar en bicicleta y nosotros estábamos en ese momento donde caminar era tremendo. Entonces iba arriba de la vereda, el Chinito adelante y nosotros dos atrás mirando al nene cómo andaba en bicicleta hasta la plaza que quedaba a dos cuadras. Ahí el chiquitín con la bici pisa algo y yo lo escuché, ni le di bolilla, pero Rodri fue y lo agarra. Me dijo “Lau, vení”. Una Torre Eiffel de llavero. El Día de la Madre. Y en mi barrio.
—El primero que se va espera al resto.
—Sí, el primero que se va espera al otro. Y sin que nosotros imaginemos nos está esperando nuestro Tato. A mí me gusta pensar que el tiempo allá dura un parpadeo. Capaz que acá son muchos años, pero es un toque que vamos a estar separados. A veces fantaseo con ese encuentro. Me lo imagino más grande. Me imagino cosas que imaginamos que solo tienen sentido para nosotros. Extraño. Extraño su olorcito. Extraño su cuellito. Su piel. Sus labios babosos. Sus cordones desatados. Lo extraño. Qué te puedo decir. Me imagino a veces nuestra vida con él y digo claro, era demasiado, que si así logramos todo esto de continuar, de avanzar, de ser felices, imaginate con él.
—¿Dejaste de sentir culpa por ser feliz?
—Sí. Ahora soy adrede (risas). Ahora soy porque quiero y me encanta.
—Y todo se valora.
—Sí, cada minuto.
—¿Volverías a ser su mamá mil veces?
—Recontra. A pesar de todo el dolor. Es aprendizaje pleno.
Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com




