Miedo y disfrute. En un reduccionismo antojadizo, podría decirse que buena parte de la vida de Itziar Ituño —o al menos lo que deja entrever en este encuentro con Infobae— se mueve como un péndulo entre esos dos tópicos. Del pánico de aquella niña cuyos padres enviaron al psicólogo por su marcada timidez, al placer que otorga alcanzar los sueños —o los pequeños logros— cuando el temor queda atrás.
Sin ir más lejos, y en todo sentido, esta actriz y cantante —aunque prefiera definirse como “profesional del canto”— se movió sobre ese péndulo en el otoño de 2022, cuando viajó por primera vez a la Argentina para un rodaje.
“Tenía un poco de miedo —recuerda Itziar, nacida en Basauri, en el País Vasco— porque vine sola y no conocía a nadie. ‘Vamos a ver cómo me va cinco semanas fuera de casa’, dije. Me vino a recoger al aeropuerto la productora, Roberta Sánchez, y antes de llevarme al departamento me dio un paseo: me enseñó la Casa Rosada, la Plaza de Mayo. Nos pusimos a charlar, a tomar un par de birras con unas empanadas, y se me pasó todo ese pánico: esa cosa de salir de la zona de confort quedó atrás”.
El producto de aquella experiencia fue la película Pensamiento lateral, dirigida por el argentino Mariano Hueter. Se estrenará en marzo de 2026: “Es un papel muy intenso, muy tremendo: es meterte un poco tú en el agujero —dice sobre Julie, una psicóloga que al ser secuestrada se introduce en la mente de sus captores para buscar escapar—. Y se da una batalla desde el intelecto".

En su tercera visita al país, Ituño está entusiasmada con Mar del Plata. Ya conoce las cataratas del Iguazú. “Pero me falta el Perito Moreno. También Ushuaia. Me falta todo en realidad. Tengo que venir mucho. Ha sido un placer estar en Argentina. Encontrar toda esta gente que me ha tratado con esa calidez humana. Me he hecho un montón de amigas y amigos de por vida. Más allá de hacer una película se ha quedado un pozo de vivencia muy profundo”, dice.
“Sigo el cine argentino, que es un cine superestablecido, potente a nivel internacional, con mucha buena acogida en Europa —cuenta quien alcanzó la fama mundial como la inspectora Raquel Murillo en La Casa de Papel—. Entonces, que de pronto te propongan formar parte de él, te da como una cosita de ‘a ver si, como actriz, estoy a la altura de estos monstruos y monstruas, referentes tanto en teatro como en audiovisual’“.
—¿Quiénes te gustan?
—Voy a quedar fatal, pero voy a decir la verdad: a la persona que más admiro es a Rodrigo de la Serna. Lo adoro. Mi “Palermo”.
—¿Qué fue lo que te gustó para sumarte a Pensamiento lateral?
—Me gustó que me ofrezcan una protagonista. Yo tenía 48, 49 años, y no es tan fácil que te propongan a una prota, que aquí, se carga la película. Además, me hizo mucha gracia porque era una psicóloga: le llaman “Gallega". ¿Qué hace esta mujer aquí, dando clases en la universidad, que esto está plagadito de psicólogos y terapeutas buenísimos? Y dije: “No voy a decir que no a esto”.
—No quiero dejar pasar esto que dijiste de la protagonista. ¿Nos sigue costando más a las mujeres?
—Creo que algo está cambiando, pero falta todavía. Las mujeres todavía somos minoritarias en los puestos de toma de decisiones, en jefaturas donde se deciden las cosas. Falta también nuestra visión creativa sin que se nos etiquete: “Bueno, ella, la directora, hace cine de mujeres, entonces lo ponemos (al estreno) en torno al 8 de marzo”. A ellos nos les hacen así. Todavía queda mucho por pelear, pero es verdad que sí noto un cambio. Antes, las mujeres, a partir de los 45 y hasta los 60, 65, desaparecíamos como actrices porque ya no éramos interesantes. La interesante es la mujer joven, sexy, delgada, pero ese canon de belleza se está rompiendo cada vez más. Lo estamos consiguiendo nosotras. Y, ahora, una mujer madura también resulta interesante. Ya era hora: somos el 50% de la población.

—En el universo artístico, el paso del tiempo es mucho más cruel con las mujeres que con los hombres.
—Sí, sí. Hay una tiranía absoluta de la estética: con ellos no pasa nada, te crecen las canas y te hacen interesante, y tú eres una dejada.
—¿Y, en lo personal, cómo te llevás con estos parámetros estéticos tan exigentes?
—Tratando de sacudírtelos de encima como si fueran pulgas, pero están un poco ahí, inculcados. A veces me descubro a mí misma mirándome en un espejo y haciendo: “Ah, sí, mi Dios. ¡Mierda!”. No. Hay que cultivar no tanto lo estético sino lo que viene dentro de la carcasa: la personalidad, el alma. Ahí está la belleza, que sale de adentro hacia afuera.
—Mencionabas que Buenos Aires es una ciudad llena de psicólogos.
—Es maravilloso.
—¿Y cómo es en España?
—Todo lo contrario. Y yo, que soy del País Vasco, es: “Tirá para adelante con lo que tú…” o “Yo no estoy loco para ir a analizarme”. Acá es todo lo contrario: la gente te habla de cosas muy profundas. Hay un salto abismal, un conocimiento del interior del ser humano. Y dices: “¡Qué bien, qué maravilla esto!”. Entonces, creo que a mí me falta terapia.
—¿Hiciste alguna vez?
—De chiquita porque era muy tímida. Como no hablaba en clase, me ponía superroja, me mandaron al psicólogo. No sabés qué trauma. Yo, con nueve, diez años, llorando a mi madre: “Má, que yo no estoy loca”; “No, hija, que no es eso. Es que eres tímida”. Me llevaron y resultó que tenía esa pequeña enfermedad, que es la timidez.
—¿Sufriste en algún momento la timidez, la pasaste mal?
—Sí. Con la timidez se la pasa mal. De pequeñita, hasta los cuatro, cinco años, andaba cantando, tranquila, y luego no sé qué pasó. Me daba con los adultos, pero con los niños, con las niñas, con mis amigos, no. Por eso te digo: necesito ver de dónde viene ese miedo a ser juzgada, a hacerlo mal. Eso me lo curó un poco el teatro, porque toda la adolescencia, además te viene la regla, te escondes para que no te vean que te has desarrollado, uff... A pesar de eso una tiene sus sueños: a mí me gustaba el cine, me encantaba el teatro.
—Esa vocación ya estaba identificada.
—Sí. Una vez, en la escuela preguntaban qué quería ser cada quien de mayor, y cuando yo dije “actriz” se rió toda la clase y yo, roja.
—Y ahora te piden un video para los cumpleaños.
—¡Mira! Ríete ahora. Ni yo misma me creo dónde estoy, porque esa niña nunca se hubiera imaginado que esto llegaría a ser posible. Después abandoné el teatro porque yo no creía que esa iba a ser mi vocación. Yo me veía tan pequeña, tan poca cosa...

—¿Por qué te veías poca cosa?
—Porque cuando eres tímido siempre te escondes, te pones en un segundo plano, hay algo que te aleja del foco: tu propia inseguridad, tu miedo a hacer el ridículo. Entonces, muchas veces agarraba mi mochila para ir a teatro, pero me daba la vuelta a mitad de camino y me volvía a mi casa. “Ay, hoy no quiero pasarlo mal”, decía, porque el teatro te enfrentaba con todo eso que te daba tanto miedo. Era como una terapia de shock. Y notaba que me venía bien para la vida porque cada vez me atrevía a más: a participar, a preguntar, a levantar un poco la voz, porque yo hablaba muy bajito. Y después me fui a la universidad.
—Cursaste Sociología.
—Sí. Estuve seis años en la universidad. Después viene la posibilidad de entrar en la fábrica donde trabajaba mi padre. Y mi madre, emocionada: “Hija, un puesto de trabajo para toda la vida”. Para ella era algo grande porque, en una ciudad industrial como Basauri, que ya se han ido cerrando todas las industrias, era lo que te daba el sustento, era tener un trabajo bueno. Entro y en la primera semana me quería morir. ¿Te acuerdas de Chaplin en Tiempos modernos, que se le pasaba todo sin hacer y él corría? Era una cadena de montaje... ¿Cómo le llaman aquí? La nevera.
—Heladera.
—Heladera. Y refrigeradores, termos. Yo hacía esas de hotel, chiquititas. Era un horror. Cada vez que veo una me da una rabia... Me hizo sufrir. Yo soñaba, tenía pesadillas por la noche. Después te das cuenta de que el cuerpo se acostumbra a todo, que tienes la capacidad de hacer eso y que, además, te sobre tiempo. Pero empiezas a sentir la alienación y dices: “No hago más que dormir, ir a la fábrica, salgo cansada, tomo un cafecito con amigas, me voy. Y otra vez. Y otra vez”. Y ahí estás, como en una rueda, con una desesperanza, una angustia vital. Estuve un año en el que aprendí lo que es la solidaridad entre los trabajadores; también las rencillas, las envidias, el protegerte, el “no hagas más porque sino los de arriba van a pedir que hagamos siempre el máximo. No corras, tranquila. Ya van a venir igual a apretarnos la tuerca”. Toda esa cosa aprendí.
—Viste ahí, en directo, muchísimo de lo que vos habías estudiado en la universidad.
—Exacto. Además, siempre he sido una persona que no se calla nunca. He visto la discriminación a las mujeres. Tenía un compañero que era bastante vago y no hacía lo que le correspondía, entonces, me caía a mí y yo no daba abasto con lo mío, ni con lo de él. Me viene el encargado: “Si llego a poner un hombre en tu puesto estaría sacando todo…”. Me planté: “¿Me estás diciendo que porque soy una mujer no estoy haciendo mi trabajo? Eso es machismo, sexismo, pa, pa, pa...“. El señor mayor se quedó mirándome, se dio la vuelta y se largó. Después, la historia tuvo consecuencias: me cambió a un puesto peor. Pero yo seguía diciendo lo que pensaba. Con las injusticias no puedo. Tampoco he sido de estar siempre ahí, buscando la polémica, pero si me buscas, a lo mejor me encuentras.
—¿Estabas en la fábrica cuando quedaste en el primer casting?
—Sí. De hecho, me escapé. Tendría 25, 26 años, y me llaman para hacer el casting de una serie en la televisión vasca que era mítica, una telenovela hecha en euskera. Fui porque mis compañeros, que estaban a punto de jubilarse y veían ese culebrón, me dijeron: “Sal de aquí. Ojalá te elijan, vamos a estar todos pendientes”. Me dijeron que no.
—¿Dolió?
—Dolió, claro. Volví a la fábrica, les conté a mis compañeros señores: “Qué pena”. Un mes después me llamaron para ofrecerme otro papel y todos celebrando: trajeron queso, vino, porque había muchos que eran pastores, lo hacían ellos.
—¿Qué dijo tu papá?
—Mi papá siempre bien. Mi madre me dijo: “Piénsalo bien, hija, porque a lo mejor estás dejando un puesto de trabajo para toda la vida por uno que te va a durar poquito”. Y le dije: “Si no lo intento ahora, no lo voy a intentar nunca. Y si todo va mal, creo que a la fábrica puedo volver”.
—A vos no te hacía feliz imaginarte toda la vida ahí.
—No me siento orgullosa de ponerle una puertita a una nevera porque no siento a esa nevera mía. Es todo muy impersonal, no me siento realizada. Después, mi madre lo entendió: esa fábrica luego cerró y a los 40 y pico de años me hubiese quedado desempleada. Mis respetos para la gente que trabaja así.
—¿Qué le pasó a esta Itziar que venía trabajando en una fábrica, que era esa nena tímida que soñaba actuar pero no creía que fuera a suceder, cuando de repente empezó a ganar más que sus propios padres?
—Yo alucinaba y mi padre, más, aunque le decía: “Me da mucha vergüenza esto”.
—¿Lo podías disfrutar o, con tu conciencia social, todavía daba un poco de culpa?
—Al principio te daba un poco... Después entiendes que la exposición que tienes no es la misma y la riqueza que generas, tampoco.
—¿Cuál fue el primer gran gusto que te diste?
—Irme de viaje a Egipto, 15 días, con un novio que tenía. Vi las pirámides, los templos. Cuando estaba en la fábrica me hacía listas de los países que iba a visitar cuando cobrase: Egipto, Tanzania, Kenia, Australia... todos, todos.
—¿Los conociste a todos?
—No. No me ha dado el tiempo. Pero ahí sigue la lista.
—Por tu conciencia social, en algún momento recibiste amenazas por decir lo que pensás.
—Sí. Y amenazas feas: “Cuidado, no vayas a ir sola por la calle, no te vayas a encontrar con una manada”.
—¿Con qué tenía que ver?
—Pues, todo el tema de conflicto que tenemos en el País Vasco. Es curioso: cuando de repente llega la paz y todo se tranquiliza, cuando la gente ya estaba para hablar, para comunicarse, es cuando me sucede todo esto. Pero claro, en Madrid. Porque una parte seguía queriendo tener ese conflicto donde escudarse para tener un enemigo, y ya no lo tenía.
—¿Lo denunciaste?
—Sí, sí. No me han hecho mucho caso, pero por lo menos consta la denuncia. Es muy difícil probar que detrás de muchos bots hay una estrategia organizada de una parte muy rancia de la sociedad española que todavía es nostálgica del franquismo, y yo estoy en las antípodas. De ahí viene todo eso.
—¿Tuviste miedo a la cancelación?
—La primera vez sí, ahora ya no. Me fastidia que haya cazas de brujas, censuras, que se cancele a una persona por pensar de determinada manera, sea la que sea.
—¿Y cómo te llevás con las redes sociales?
—Siempre me han dado como un poco de repelús. Me costó entrar al WhatsApp porque tenía la sensación de qué raro que nos quieran meter a todo el mundo un pequeño ordenador en el bolsillo. Tuve que entrar porque me quedaba afuera de los planes. Pero no tengo Facebook, Twitter o X, como se llame ahora, porque eso sí que me parece absolutamente tóxico. Solo tengo Instagram, que era lo que yo veía como más bonito porque eran fotos, pero de pronto se ha transformado en otra cosa. Sigo ahí porque me vendieron la moto de que los directores y las directoras de casting y muchas productoras miran el número de seguidores a la hora de contratarte o no.
—¿Qué te pasó a vos con todo lo que se vivió en el mundo con La casa de papel?
—Un poco de todo... Primero me alegro, luego me da miedo; luego me harto. Luego me da rabia: quiero recuperar mi vida anterior. Después me reconcilio con eso y digo: “Por algo pasan las cosas, algo tengo que aprender. Voy a surfear esta ola lo mejor que pueda; después, si necesito terapia, iré”. Y después, agradecida, porque todas las puertas que se abren hacia la aventura y hacia el mundo es también gracias a eso.
—¿Te generó incomodidad esa masividad?
—Mucha.
—¿Por qué?
—Esa verticalidad desde la que de repente te miran, ¿no? Como si tú estuvieses ahí arriba. Yo concibo el mundo de manera horizontal y pienso que cada quien es el protagonista y la protagonista de su vida, que es lo más importante.

—¿Alguna vez te quisiste bajar de la serie?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era muy intensa, muy intensa. Y hay veces que no duermes por repasar [el guion], sobre todo en la primera temporada, claro: había menos medios y había que dar el do de pecho todo el tiempo.
—Esa primera temporada no fue de Netflix.
—No. Y de ahí la parte ingeniosa de la primera temporada, que es con la que yo me quedo. Pero el nivel de exigencia era tal que entrabas de repente en colapso: “No puedo con esto. No me puedo aprender semejante texto para mañana”. Y lo hacías. Después te ibas con tu presión a llorar a tu casa un rato y desahogarte, y volvías a agarrar los textos del día siguiente y ¡bum!, levantarte a las cinco de la mañana habiendo visto el capítulo anterior para ver qué tal lo has hecho y sin haber dormido mucho. Fue tremendo lo que se movió ahí. Pero es que lo hicimos bien, lo hicimos bien...
—¿Dudaste antes de aceptar hacer la segunda temporada?
—No, no. Cuando me llamaron fue como: “¡Guau, vamos!“.
—¿Cambiaron las condiciones de negociación para la segunda?
—Claro: era Netflix, con su sueldo. Y hacíamos un capítulo con tiempo, hacíamos las secuencias con mil planos. Se hacía hasta pesado porque veías que no avanzábamos nada. Estábamos acostumbrados al rock & roll de antes y me acuerdo de estar con Rodrigo: “Llevamos toda la semana en este pasillo así”. Y ya te agarraba la locura, la borrachera de la risa de chistes, porque además Rodrigo es muy chistoso. Era llorar de risa y costaba mantener un poco esa tensión que tenía en exceso la primera temporada. Eso nos pasó.
—¿Te diste algún gusto importante, te lo permitiste? Porque hay un cambio ahí, con esta masividad en el mundo.
—En la segunda temporada nos llevaron en primera a Tailandia, a rodar, y yo alucinaba por cómo nos estaban tratando: “Solo falta que nos den un masaje en los pies. ¿Pero qué es esto?”. A lo bueno te acostumbras rápido y dices: “Ahora tengo que irme yo de vacaciones, ¿y me voy a ir a Perú en turista? Me voy a ir en primera y me voy a dar el gusto”. Fui con la manta diciendo: “Ah, qué privilegio es esto”.
—Hubo disfrute. Y hubo un reacomodarse también, seguramente.
—Me acuerdo que “Helsinki" (Darko Peric) me decía: “Lo que pasa es que cuando tú vienes ahí, del arroyo, te queda esa mentalidad de ‘no malgastes, no derroches’. Es mentalidad de pobre. Vamos a comer a este restaurante así, de lujo”. Y me iba con él, a comer a un restaurante de Tailandia.
—Esa mentalidad se queda, ¿no?
—Se queda. “Tú guarda para cuando no haya”. Mi madre nació en la posguerra, donde había necesidades, pasaron hambre, lo pasaron mal, y no había que derrochar. Entonces, tengo esa herencia. A veces me da rabia porque tengo la tendencia de guardar por si acaso, por si viene una tercera guerra mundial. ¿Tanto guardar? ¿Para qué? Me voy a dar un lujo de vez en cuando: un masaje, un spa. Igual, hay algo innato: soy incapaz de gastarme una barbaridad en unos zapatos.
—No te voy a ver con el bolso de 20.000 dólares.
—Nunca, nunca, nunca. Soy vintage, segunda mano.
—Moda circular.
—Eso es. Voy más por ahí.
—Para cerrar: ¿qué le dirías a esa nena que era tímida, que le costaba hacerse amigos, que encontró en el teatro un refugio, de esta que sos hoy?
—Le diría: “No cambies el paso, sigue por ahí. Gracias por haber agarrado la mochila y haber seguido ahí, en el teatro”.





