Está atrapado en una paradoja. Daniel Grinbank (porteño, 71 años, padre de un varón y una nena, pareja desde hace 27 años de la actriz Andrea Pietra, hincha de Independiente: todo eso solo por empezar) dirá que está “muy orgulloso” de ser productor, ya que su profesión cumple un rol “muy protagonista e importante”.
Sin embargo, y aquí el sinsabor, asegura que el público subestima su función: “Somos vistos como depredadores”, lamenta el fundador de una de las radios más importantes de la historia, como la Rock & Pop, y el mismo que durante más de dos décadas trajo al país a las grandes estrellas internacionales, como los Rolling Stones, Madonna, Guns N’Roses y Nirvana, entre otros.
Hoy, Grinbank produce Escenas de la vida conyugal, la exitosa obra que Pietra protagoniza junto a Ricardo Darín. Y además está muy entusiasmado con la exhibición El Horizonte de Keops, una experiencia inmersiva de realidad virtual que lleva de visita a sus visitantes al esplendor de los faraones de Egipto.
El empresario también presenta Art Masters: A Virtual Reality Experience, que con la misma modalidad, permite descubrir cinco obras maestras del Museo Nacional del Prado.
“Les está yendo fantástico a las dos exhibiciones que tenemos en este momento en La Rural -cuenta-. Aparte, me siento muy orgulloso de lo que estamos presentando: es algo novedoso, de vanguardia”.
—Daniel, ¿por qué seguís trabajando?
—Primero y fundamental: amo mi trabajo. Tiendo a conectarme con el placer: gozo mucho de la lectura, de escuchar música, de estar con mis hijos, de estar con Andrea (Pietra); de salir, estar con amigos. No soy un alienado del trabajo, pero gozo con el trabajo.
—Eso es un privilegio enorme.
—Un privilegio. Siempre pude trabajar en lo que me gusta.

—Si baja un extraterrestre a la tierra y le tenés que contar quién es Daniel Grinbank, ¿qué le decís?
—Soy un productor. Y estoy muy orgulloso de serlo: en el ecosistema de los espectáculos, el entretenimiento y la cultura, cumplimos un rol muy protagonista e importante. Es también una actividad bastante devaluada en el consenso social en general: somos vistos como depredadores. Eso en lo profesional. Y en lo personal, tengo una actitud de vivir siempre apelando a una gran dosis de la libertad, un término que hoy se bastardeó bastante. Y que no dejo de conmoverme o inquietarme por lo que va pasando en el mundo, por mí, por mis hijos. Estamos en un mundo muy alocado. Hay una película que se llama El año que vivimos en peligro: le cabe al año que acaba de terminar, donde emergen líderes que parecen de caricaturas. Uno piensa: ¿dónde termina esta ficción, cuándo aparecen los buenos que nos salvan? Y no aparecen... Pero el problema no es que aparezcan estos personajes, sino que surjan a partir del voto popular. ¿Qué nos está pasando como sociedad?

—Si le tenés que contar tres momentos profesionales en los que dijiste: “Acá la rompí”, ¿cuáles son?
—Me voy a tomar la licencia de nombrar cuatro.
—Dale.
—Haber traído a Mercedes Sosa en el ’82, después de su exilio. El Festival de Amnistía Internacional en el ’88, por el 40 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que se televisó mundialmente. Y te agregaría todas las venidas de los Stones, que tuvieron algo en particular. La primera, porque fue la primera. La del ’98 fue muy emotiva porque se juntaron en un mismo escenario con Bob Dylan, algo muy mítico. Y la licencia que me tomo es por haber abordado esta área de exhibiciones que me está dando muchas satisfacciones: estoy descubriendo un mundo muy extraordinario. Y no puedo dejar de negar lo que significó Rock & Pop. Y te agrego también el teatro: en 2001 empecé a hacer producciones de Broadway. Fue una satisfacción extraordinaria cuando pude presentar Bella y bestia en el Ópera.
—¿Producir a tu mujer?
—Es la primera vez y es muy gratificante. Y me resulta muy gratificante trabajar con Ricardo Darín: me encanta lo que se genera. Admiro mucho a mi mujer, como mujer pero también como profesional, y esa admiración está en cómo maneja su carrera: no apelar a golpes bajos, cuidar la vida personal. Hoy, con las plataformas, y no lo juzgo tampoco porque entiendo que hay mucha carencia de trabajo, cómo se mueven muchos actores y actrices laderos cuando vienen funcionarios... Ahora se mide mucho cuál es la repercusión que (los artistas) tienen en redes. Entonces, entra el que no tiene… En las redes no es lo mismo el mismo millón de una persona porque si yo hago un escándalo mediático, obviamente eso sube.
—Pero eso no necesariamente llena un teatro después.
—Y Andrea está muy comprometida con la Red de Adopción, la Fundación Sí, con Cuatro Patas. O sea, está siempre comprometida con causas muy importantes. La parte de ego la tiene muy bien puesta. Entonces, que haya recibido todo este reconocimiento con El Eternauta... Y después, terminó un año fantástico.

—Mencionaste a la Rock & Pop. El otro día estuviste con Mario Pergolini, que dijo: “Vos a mí me cambiaste la vida”. ¿Entendés que le cambiaste la vida a mucha gente?
—Demasiada responsabilidad (risas). Me conmovió, realmente: fue un reconocimiento que me emocionó mucho. Sí siento que participé de cuestiones que sirvieron no para cambiar a la gente pero sí para abrirle la mente, para plantearle dudas: haber abierto cuestiones que llevaron a determinadas militancias, que siguen constantes hasta el día de hoy, con la Declaración de Derechos Humanos, con la dictadura militar. A veces me está yendo bien con un espectáculo, y todos dirían: “Bueno, pero este por ahí te quita un sponsor”, y yo sigo diciendo que es una locura lo que pueda ocurrir con la Ley de los Glaciares. Si hay algo de lo que no tengo ganas es volver a ese pasado empobrecedor, corrupto. Eso no quiere decir que hoy no haya corrupción, pero no quiero volver al pasado. Y esto, dentro una crisis de representación de los valores que milito y comulgo. No aferrarse a un pasado supuestamente más virtuoso, olvidándose de que esto es una consecuencia de ese pasado. Hubo cuestiones claras: disminuyó la pobreza, se pasó de una inflación del 211% a un 30%. Y hubo muchas cuestiones que no fueron debatidas. Entonces, como estamos todos acostumbrados a que es blanco o negro...
—Es agotador.
—Es agotador. Entiendo que en esta gestión (de Javier Milei) hay muchas cuestiones que se han desregulado, que eran nichos de corrupción, de un Estado omnipotente pero bobo y a veces corrupto, donde esas desregulaciones ayudaron a que se mejore o que se intente mejorar. Ahora, la resultante es que 150.000 personas de la actividad privada y 50.000 de la oficial pierden el trabajo; también la situación en la que se encuentran las Pymes. Bueno, evidentemente, no es lo virtuoso que uno esperaría.
—Contaste públicamente que en la primera y segunda vuelta para elegir presidente, votaste en blanco.
—Sí.
—¿Hoy votarías a este Gobierno para que continúe?
—En las elecciones para senadores y diputados voté por alternativas. Se están debatiendo cuestiones muy profundas que hacen al futuro, y del lado de lo que yo llamaría oposición con carácter progresista, no hay propuestas superadoras que puedan plantearse. La Ley de Flexibilización Laboral: el sindicato, como está concebido, tiene que ver con una era industrial del siglo XX, pero con toda la dinámica de cambio en el trabajo, y fundamentalmente lo digital, con la posibilidad de la gente de trabajar como autónoma, me parece que son organizaciones que están absolutamente caducas y que necesitan una reformulación. Eso, en el mundo. Encima le agrego en la Argentina el componente pseudo mafioso de algunos tipos como Moyano, los Barrionuevo, los Pata Medina; esta perpetuidad de líderes sindicales que son más empresarios que líderes sindicales, totalmente alejados de las bases. En ese sentido, proponerse un cambio es fundamental. A la vez, también digo que en lo econónimo este gobierno, más allá de no acordar con las posturas, se está más pareciendo cada vez en la falta de un plan máster a lo que era el kirchnerismo o el peronismo en los últimos tiempos, que es parche sobre parche"
—¿Te preocupa rediscutir derechos que creíamos conquistados?
—Mucho, en todo sentido. Creo que hay un retroceso y un terraplanismo insoportable.
—Vacunen a los chicos.
—Vacunen a los chicos, por favor. Están volviendo cuestiones que no podían volver. Cuando me dicen que no hay plata para los discapacitados y a la vez, hay más presupuesto para los servicios de inteligencia, se está mirando comprar submarinos para reemplazar el ARA y se compraron aviones en Dinamarca para cuidar el espacio aéreo... Sí, hay plata; lo que pasa es que en el presupuesto está mal distribuido. Entiendo que no tiene que haber déficit fiscal, que fue depredador, que generó inflación; se comieron la caja de ANSES. Pero en una economía, es fundamental en qué gasto la plata. No se está discutiendo en profundidad algunas cuestiones que no podrían entrar en discusión.
—De todas formas podés decir que se bajó la inflación, que los índices de pobreza están mejor. No te quedás en ese blanco o negro insoportable en el que estamos metidos.
—No. Si los que tenemos opiniones que no encuadran en alguno de los dos vértices de la grieta, nos callamos... Los que estamos en el medio somos mayoría, sobre todo reivindicando estos valores. Por lo despiadadas que son las redes, el que no cae en un lado cae en el otro, y estar en el medio es muy difícil en esta época. En la grieta, se necesitan mutuamente porque ante el fracaso de la gestión lo que te queda es: “Mirá que la opción es el otro”. De los dos lados es así.
—Vuelvo al extraterrestre. Le dijimos los mejores momentos. ¿Y si le tenés que contar tus tres fracasos, tus tres: “Acá la pifié”?
—Uno muy grande, que lo tengo muy presente constantemente, fue Depeche Mode en La Plata: ahí sí la ligué de rebote. Se descompuso el rack de efectos de las pantallas, los técnicos de Depeche Mode subestimaron la cuestión, y en lugar de desconectar e ir directamente a un circuito cerrado para un estadio, trataron de intentar remendar eso. Fue muy frustrante porque era de fácil solución. Y como la gente no sabe dónde es la jurisdicción de uno y dónde es la jurisdicción de otro, siempre piensan que el productor no tuvo…
—¿Qué pasó con ese show?
—No anduvieron las pantallas.
—Y la gente se enojó.
—Y quedé como el malo de la película. Como productor, tengo la obligación de tener una mirada más allá de mi cotidianeidad inmediata. De hecho, trabajo mucho en tratar de prever cómo es. Por ejemplo, en Rock & Pop en un momento levanté la programación porque entendíamos que estábamos totalmente sin horizonte, reiterándonos. El único que quedó en esa programación fue Mario (Pergolini): le expliqué lo que quería hacer, que era una transición, y lo aceptó. Y después pudimos hacer otra Rock & Pop, que fue un baño de frescura. Pero ese fue un momento…
—¿En qué año fue?
—Habrá sido seis, siete años después de empezar, en el ’85. La crisis de siete años en los matrimonios.
—Y te bancaste eso.
—Sí, me banqué. Pero era el peor depredador. Y en tiempos en que no existían las redes. Si hubieran estado las redes, hubiera sido insoportable.

—¿A qué artista no volverías a traer?
—Tuve dos decisiones en mi vida, por cuestiones ideológicas. Una, yo tenía exclusividad de River y sabía que eran muy reales todas las denuncias de pedofilia que tenía Michael Jackson, y que arreglaban. No soy un tipo de bajar línea, pero para mí ese es un límite. Entonces dije: “Yo no lo produzco. Cedo a un tercero el estadio y que vaya”. Y la segunda tuvo que ver con Roger Waters. Yo era su histórico productor, y cuando apoyó a Putin con la invasión a Ucrania, dije: “Busquen a otro productor, yo no lo quiero hacer”.
—Roger Waters tiene un sesgo muy antisemita.
—Se posicionó cada vez más en un fanatismo irracional al punto que lo hubiera levantado después, cuando negó el 7 de octubre, que es una bisagra terrible de depredación. Más allá que vendrán del otro lado: “Bueno, pero lo que pasa con Israel, con los palestinos, lo que pasa con Cisjordania, y que es antes del 7 de octubre”, un mal no justifica el otro mal.
—Esos son límites y decís: “Acá no importa si pierdo. Es no”.
—Es no porque no podría trabajar con alguien que me esté revolviendo el estómago con lo que está declarando.
—¿Sos el hombre al que más entradas le han pedido?
—Y... en una época sí, porque ahora es todo más corporativo, entonces, es menos personalizado.
—¿Y cómo se dice que no?
—Cuando salíamos a la venta, a todos los conocidos les mandábamos un mail: “Sabiendo que se van a agotar las entradas, y que me vas a decir ‘Quería comprar pero están agotadas’, te damos la posibilidad de comprar ahora. Por favor, no nos escribas cuando dentro de 10 días no haya más entradas”. Te estoy hablando de períodos donde no existía la venta online.
—Había una preventa para los que después mangueaban diciendo “me quedé sin entrada”. O sea, te anticipabas al pedido.
—Sí.
—Igual, después la demanda siempre aparecía.
—Aparecía, pero estaba el mail: “Yo te avisé”. Obviamente, aparecían otros que sentían que tenían que ser invitados.
—¿Daniel Grinbank compra entradas para los shows?
—Muchas veces me invitan. Lo que pasa es que tengo una hija de 15 años que es muy de ir a recitales, más tres sobrinas que también son de recitales, entonces se van juntando (las entradas). Se hace engorroso.
—Claro: tampoco da para pedir veinte entradas.
—Exactamente. Sé que cuatro puedo pedir. Sé que en alguno puedo pedir dos. Pero qué sé yo, ya compré mis entradas para Rosalía, sabiendo que se iba a agotar. Tengo muchas ganas de ir a verla.
—¿Qué te ha llevado a ver tu hija que decís: “Ay, esto no, Ani”?
—Algún reggaetonero. Pero en general tiene muy buen gusto. Mis dos hijos me han dado una información muy fuerte en lo musical. Y con Ani compartimos la playlist en Spotify, por lo cual descubro muchas cosas: tiene un gusto exquisito y de pronto, me encuentro con Ray Charles en su playlist. Es una exploradora. El otro día, en la síntesis de cuántas horas estuvimos consumiendo Spotify en 2025, nos dio 90 días, entre ella y yo. En un año, 90 días completos de escuchar música.

—¿Qué mirada tenés de los canales de streaming?
—Es muy interesante en cuanto a la renovación de lo que significa en términos digitales. Y como todo, hay buenas cosas, hay malas cosas. Todos los medios y todos los liderazgos necesitan transformarse, cuando estás arriba, porque te terminás cansando. Esto es una opinión de la dinámica de lo que tienen que tener los medios. También es verdad que hay una determinada cuestión que en un momento puede surgir como innovadora, transgresora, de lo más básico, y teniendo a generaciones de consumo más chicas. Bueno, “la primera vez que salís podés tener relaciones o no”, y “si no te mira a los ojos, si te mira a los pechos, quiere decir que quiere tener sexo inmediatamente”: ese tipo de cuestiones, que son como diálogos muy cotidianos, en algún momento van a agotar. Y esas mismas generaciones van creciendo porque vos vas envejeciendo con tu audiencia. Entonces, necesitás ponerle otros condimentos.
—Esas charlas que hoy vemos en streaming, que para nuevas generaciones son muy frescas y muy novedosas, nosotros las escuchábamos en la radio.
—Había mucho. Nosotros teníamos en Rock & Pop una trasnoche que conducía Eduardo de la Puente, de enlaces, que era como un Tinder de avanzada. Me voy más atrás: en AM, Luisa Delfino. Te escucho era enlace de almas solitarias, de almas en pena.
—O la charla de mesa radial. ¿Hace cuánto tiempo que Andy Kusnetzoff la hace en la radio? Mario hizo Vorterix y empezó con streaming.
—Y sigue. Hoy (el streaming) se encasilló, quizás: hubo una proliferación muy muy grande, no hay espacio para todas. También dio un acceso de mucha facilidad: antes, cuando tenías un medio, necesitabas homologarlo por lo que hoy es ENACOM, en esa época, COMFER.
—En el streaming hay ciertas facilidades: enchufás y salís al aire.
—Y por eso hay tantos. Como también todo lo digital democratizó, de alguna manera. Spotify sube 100.000 temas por día. ¿Cómo hacés para que tu tema tenga una relevancia, una trascendencia? Por eso cada vez más importante el departamento digital que vos tengas en la empresa.
—¿Es más importante el departamento digital que el talento del músico?
—No, son componentes. A ver, el talento del músico, para lo que llamamos la obra creativa, no necesita de mánager, de comunicadores, de prensa. Ahora, en la medida en que vos querés monetizar o querés una trascendencia, ahí entra el rol del productor y el mánager con los distintos instrumentos que tenga. Incluso son cambiantes, porque TikTok se volvió fundamental para difundir y hace seis años, no existía. Entonces, hay que entender también la dinámica de la difusión, la transformación, adónde querés ir.
—¿Tenés un equipo que trabaja con vos con todo eso?
—Sí, tenemos un equipo que trabaja en forma inmediata y otro que trabaja mirando un poco el futuro, saliendo del día a día, buscando para dónde vamos, tendencias, con la obligación de salir permanentemente de los algoritmos. Es un desafío, pero también una necesidad.
—¿Por qué?
—Porque los algoritmos tienden a mostrar un solo tipo: Spotify sabe más de tus gustos que vos. Entonces, lo que te aparezca como temas a escuchar, o en Netflix, las películas que te recomiendan, están totalmente (marcadas) por la experiencia que una computadora vio de cómo es tu consumo cultural. A la noche, en tanta oferta (de películas y series), me quedo dormido buscando salir del algoritmo. Si uno se retrotrae, ya cuando ibas a un videoclub medianamente sabías, y por ahí oscilabas en dos o tres películas. Además, sabías que las tenías que devolver a las 48 horas o te penalizaban.
—Y había que rebobinar.
—Exacto. Hoy es tanta la oferta que tenemos... Pero cuando a los 15 minutos no encuentro (qué ver), me voy a Los Soprano: no me falla, caiga en el capítulo que caiga. O un Breaking bad.
—¿Cómo trabaja este equipo al que le pedís que salga del algoritmo?
—Así como existe una cultura reinante, hay una cultura alternativa. Buscar una alternativa en esos nichos: ver cuáles no han sido bien manejados y pueden tener otro tipo de trascendencia. Es un ejercicio, sin lugar a dudas. Afortunadamente, Rosalía les armó un quilombo de novela a los algoritmos porque sacó este disco, LUX, que no les entra en el encuadre normal, entonces se les disparan otro tipo de algoritmos que son fantásticos.
—¿En todo este avance de la tecnología, te asusta la inteligencia artificial?
—Es como todo. A mí lo que más me asusta es el dulce de leche, porque me hace engordar (risas). La IA es un instrumento. Ahora, también es verdad que con la inteligencia artificial, así como hubo movimientos importantísimos como el inicio de la máquina a vapor o cuestiones que fueron bisagras en la historia, este es el primero que está apareciendo como que va a disminuir puestos de trabajo. Y en un mundo que de por sí, ya hay muchos problemas de trabajo. Entonces, va a requerir no del Estado bobo, pero de una inteligencia de cómo aplicarla y que no se lleve puesto todo. Va a requerir de mucha mucha sabiduría. Siempre, en todas las cuestiones, y con el dulce de leche también, obviamente, con distintas consecuencias, siempre todo es cómo lo manejas. El límite que te ponés. Tenemos que trabajar mucho en la educación: tienen que cambiar los planes escolares, tienen que ir a otros accesos de lo que hace a la formación. Porque en la medida que generemos seres con empatía, vamos a tener muchos menos riesgos ya sea con la inteligencia artificial, ya sea la concentración económica.





