¿Por dónde comenzar la entrevista con Analía Franchín? ¿Qué priorizar? Podría ser la historia de su embarazo, que para su médico, no tiene una explicación científica posible. Quizás habría que ir por su transtorno obsesivo-compulsivo (TOC), que afectó -y seguirá afectando- su vida. ¿Y la tarde en la que salvó a su mamá, quien había intentado quitarse la vida tomando todas las pastillas recetadas para su depresión?
Esa Analía era una nena de apenas 12 años. Pero también podría ser la Analía adulta que acompañó a su hermana hasta la muerte, sin juzgarla por sus adicciones. Y es que Franchín tiene mucho para contar porque a sus 52 años, mucho ha vivido.
La integrante de A la Barbarossa, por Telefe, dice que no podría estar sin trabajar, aun cuando -por la situación económica del empresario Sebastián Ezkenazi, con quien se casó en 2009- tiene la posibilidad de no hacerlo. “Trabajo desde muy chiquita, desde los 15. Me encanta tener mi ingreso de guita. No sé si podría quedarme en mi casa viendo revistas. Lo único que me da bronca es que en la tele los feriados los trabajás igual, pero no me quejo”, dice.
—¿Y ahí no te plantás con un “quiero reglas distintas porque puedo”?
—No. La regla distinta la tengo en que me tomo casi dos meses de vacaciones en el verano. Me bancan y me soportan. Por supuesto, no cobro.
—¿La plata que ganás trabajando es tuya y solo tuya?
—La plata que gano trabajando es de los dos, pero bueno, siempre voy a estar por debajo (risas).
—Sería un mal negocio si la tuya es solo tuya y la de él, solo de él.
—No. Igual, me impongo cosas. Por ejemplo, me gusta comprarle ropa a mi hijo con mi plata, o pagar el comedor del colegio. O sea, sentir que yo también colaboro, que mi marido no va a pagar todo solamente porque tiene más plata. Me gusta sentir que tengo esa responsabilidad.

—¿Cómo sos como mamá?
—Primero, fui madre por un deseo enorme. Tuve un problema de salud, dos intervenciones quirúrgicas, y mi ginecólogo me dijo que no había ninguna posibilidad de quedar embarazada naturalmente. Fui a ver a un especialista en fertilización y me dijo lo mismo. Esa noche, después de llorar cuatro horas, quedé embarazada. ¿Cómo? Nadie sabe (risas). El deseo que yo tenía era tan grande... Sufro de trastorno obsesivo-compulsivo y hago un gran esfuerzo para no trasladárselo a mi hijo. De todos modos, soy una madre obsesiva. Estoy muchísimo mejor porque hago una gran terapia, pero siento que estuve tan encima de él que, en algunas situaciones, le anulé hasta habilidades. Es que yo ya estaba primero, ¿entendés? Si él iba a toser, yo ya estaba ahí, con el vaso de agua…
—Vamos por partes.
—Sí.
—En esas dos intervenciones, ¿estuviste en una situación de riesgo?
—La primera vez fue una conización de cuello de útero. Al año festejamos porque la enfermedad no volvía, y otra vez me sale un carcinoma in situ y no sabíamos hasta dónde abarcaba. Entré al quirófano sin saber si me iban a vaciar y no podría tener hijos. “Vamos a ver hasta dónde están los bordes libres. Sino, hay que vaciarte”, me dijeron.
—Con los bordes libres, después de eso no había que hacer nada más.
—Sí, pero me quedaba sin el cuello del útero, que es el camino que tienen los espermatozoides para poder llegar a fecundar el óvulo. De hecho, cuando voy al especialista, me hacen una prueba y era como la Panamericana descontrolada: (el espermatozoide) iba para cualquier lado, pero no llegaba nunca. Tuve controles durante el embarazo para ver si había que hacer un cerclaje porque, al casi no tener casi cuello de útero, era de riesgo. Y salió todo bien.
—¿Cómo fue cuando te enteraste que estabas embarazada?
—No lo podía creer... Tuve un atraso y pensé que podía ser el estrés, la angustia. Además, no era tan pendeja, ya tenía 37 años. Estaba nominada en el Martín Fierro como conductora de radio y ya tenía mi vestido listo: cuando me lo voy a poner, no me abrochaba. Sentía más busto. “Capaz engordé en estos días”, pensé. Al día siguiente me hice el Evatest: me dio positivo y me quedé muda. “Esto no puede ser”, dije. Me lo volví a hacer... y sí. Al día de hoy mi médico, el doctor Fiorello, me dice: “Yo te llevaría a un congreso porque no lo puedo entender...”.
—Tenía que ser.
—Tenía que ser. Durante muchos años estuve en pareja y tener un hijo no era mi prioridad. Cuando empecé mi relación con Sebastián, teniendo tres hijos, y llevándolos al colegio, al doctor, ayudándolos a hacer la tarea, dije: “Ahora quiero el mío” (risas). Después pasé un embarazo muy problemático no desde lo físico sino desde lo mental, porque tuve que dejar la medicación (para el TOC).

—¿En ese momento ya estabas con medicación?
—Sí, desde hacía muchos años. Las veces que intenté dejarla, porque uno dice: “Estoy espléndida, me siento bárbara, lo dejo”, los bajones fueron tremendos.
—¿Qué es lo que provoca la medicación?
—Primero hay que entender cómo trabaja el trastorno obsesivo-compulsivo.
—Claro, porque uno piensa en la cosa divertida de…
—En la obra de teatro (Toc Toc). Perdón a los actores, pero cuando la fui a ver salí tan indignada... Es como una caricatura de una enfermedad: la gente cree que el TOC es solamente el que se lava mucho las manos o no pisa la raya. Y no. El trastorno obsesivo-compulsivo es muy complicado, jodido y doloroso: te hace sufrir mucho mucho mucho. Yo sufrí los dos tipos de trastorno obsesivo. Uno es el de la acción: tengo que hacer sí o sí una cosa porque sino, algo va a pasar. Lo que más bronca te da es que sos reconsciente de que no va a pasar nada, que eso que estás haciendo no tiene ningún sentido, pero no podés vivir si no lo hacés. Y está el trastorno del pensamiento, que es el más cruel. Por ejemplo, mi papá estaba internado muriéndose del corazón y el TOC me decía: “Ojalá te mueras”. Entonces, te querés arrancar la cabeza. Como que tenés dos cerebros: uno funciona perfectamente y el otro es el del pensamiento intrusivo. La cabeza me hacía así (gesticula).
—Es insoportable.
—Es insoportable.
—¿Se siente como una voz?
—Permanente. Es un pensamiento, todo el tiempo. Y no es algo que te lo extirpan y no lo tenés más: acá no te podés decapitar. Es muy tremendo.
—En tu caso, ¿dieron fácil con el diagnóstico?
—Me lo diagnosticaron a los veintipico y empezaron a ver un poco mi historia: se me había desarrollado en la infancia y mis papás no lo detectaron. Por ejemplo, me soplaba mucho los ojos, tiraba besos al cielo, no podía ver patentes que terminaran con el número 2. Cuando se me moría un animal, lo enterraba y lo desenterraba. Había un montón de situaciones que después se fueron potenciando, pero no los hicieron sospechar que yo sufría de esto.
—¿Desenterraste un animal porque algo en la cabeza te decía que había que hacerlo?
—Sí. Dos animales: un hámster y un perro. Yo tenía ocho, nueve años, y había enterrado al hámster con una foto mía y entonces, tenía que sacarla. Después, pobrecito, no podía volver a meter al hámster muerto, entonces lo escondí en una caja en el techo de mi casa, entonces iba todos los días a estar un ratito con él: lo besaba, lo abrazaba, lo cuidaba y lo protegía; le hablaba. Te imaginarás: el hámster ya estaba azul, podrido... Hasta que mis papás me descubrieron y me lo tiraron a la basura. No los juzgo, hicieron lo que pudieron, pero si mi hijo pasara por una situación similar le haría entender, con una ceremonia, con una despedida, que va a estar mejor en otro lugar.
—Vaya a saber si tus papás pensaron que lo ibas a volver a desenterrar, ¿no?
—Claro. Es muy probable que hayan pensado eso. De más grande, tuve dos momentos largos con un TOC muy muy severo, de no poder salir de mi casa, de despertarme a las cuatro, cinco de la mañana con las pupilas dilatadas del nivel de ansiedad y de pánico. Si vos tenés diabetes o presión, te tienen que medicar de por vida. Bueno, yo tengo este problema de salud mental, y me tengo que medicar de por vida.

—¿Te sentís bien con la medicación?
—Mi psiquiatra me va a odiar, pero siento que con esta dosis mínima lo manejo, me permite llevar una vida. La tomo sí o sí todos los días y me siento bien. Hay acciones que sé que voy a repetir toda la vida, pero tengo el pensamiento más controlado y me hace bien, porque eso me destruía.
—¿Y durante el embarazo?
—Lo pasé muy muy muy mal en el embarazo. Hubo días que tuve que tener un psiquiatra sentado en la punta de la cama: me tenía que prometer que una vez que yo pariera iba a empezar otra vez a tomar la medicación, que me quedara tranquila, que iba a estar bien. Igual, los últimos quince días fueron tan difíciles que me tuvieron que volver a medicar, medio como un rescate, porque el médico estaba realmente preocupado de que no llegara bien a término con el embarazo.
—¿Cuántos años tiene Benicio, tu hijo?
—Va a cumplir quince.
—¿Trajo alguna novia?
—Todavía no. Está muy tranqui. No pegó ese golpe. Pero yo, creo que en eso voy a estar muy…
—¿Suegra canchera?
—Sí, prefiero suegra canchera y tenerla controlada que… (risas). Ahí salió la palabra control, ¿viste? Prefiero eso a que se me lo lleve y no controlar nada. Obviamente, quiero apoyarlo en todo, como toda madre.
—¿Y con los hijos de Sebastián?
—Aprendí mucho a ser madre ahí. No me siento tan grande, pero también aprendo con mis nietos. Ocho nietos... Los chicos siguieron al padre y arrancaron temprano (risas).
Una Franchín distinta<b> </b>
Analía dice que no se arrepiente de nada, tanto en su vida como en su carrera. Pero que ya no haría ciertas cosas. “Cuando trabajaba en Intrusos te contaba el amorío de una y el del otro, no me importaba nada. Y hoy me parece que es completamente cancelable contar quién se acuesta quién, sobre todo si hay familias detrás", advierte.
“Ya sabemos cómo es el juego: muchas veces los famosos se prestan para que se cuente su historia de amor y le pasan la data a alguien para que diga el chimento. Eso me parece fantástico porque hay un consenso. Después, si hay una familia detrás y vos vas a salir a contar que uno le fue infiel al otro... ¿Qué necesidad?”.
—Qué bueno poder mirar para atrás y decir: “Esto que hice no estuvo bueno”.
—¡Sí, obvio! Me veo todo el tiempo para atrás. No reniego de mi pasado porque me convierte en quien soy hoy. Amo todo mi pasado: lo bueno, lo malo, y todo lo volvería a hacer tal cual lo hice. Y aprendería. Hubo una situación que me marcó mucho: la muerte de una amiguita de mi hijo. Por supuesto, no me voy a comparar con los padres, de ninguna manera, pero fue un hachazo en la cabeza, un sacudón enorme. Empecé a ver la vida de otra manera.
—¿Cuándo fue?
—Hace cinco años.
—Antes de la muerte de tu hermana, Sandra.
—Sí. Entonces, aprendí: trato de no hacerle daño a nadie y si me equivoco, pido disculpas.

—Acompañaste durante años la enfermedad de tu hermana.
—Sí, y no solamente la de mi hermana: en mi familia claramente hay una cuestión hereditaria de salud mental. Atravesé una infancia con una mamá con muchísimos problemas de salud mental, llegando a hacer lo que intentan las personas que ya no tienen más salida. La descubrí yo, a los 12 años: mi mamá estaba casi muerta y la salvé. Intuición, netamente. Una tarde estaba viendo una película con mis hermanas y a la noche venían a comer mis tíos. “Qué raro que mi mamá esté ahora durmiendo la siesta”, dije. Yo la acompañaba al psiquiatra todas las semanas y sabía que sufría de depresión. Además, mi hermana ya estaba con un problema severo de adicción, entonces era como una combinación letal. Voy, la miro a mi mamá y digo: “Está respirando”. Sigo mirando la película. A los diez minutos vuelvo y veo que no está bien. Prendí todas las luces y ahí vi el blíster de pastillas vacío. Entré en una desesperación... Corrí, vinieron los vecinos, la cacheteábamos y no se despertaba. Yo sentía que mi mamá se me moría. Vino la ambulancia y se la llevaron. Hoy pienso cómo uno va naturalizando cosas: estábamos tan acostumbrados en casa a las alteraciones de salud mental que a la noche, el asado se hizo igual. No lo estoy juzgando a mi papá: estábamos acostumbrados a que mi hermana llegara en cualquier estado, con alucinaciones tremendas; a que mi mamá tuviera estos bajones tan atroces. Entonces, pude acompañar mucho a mi hermana porque desde el primer día no la juzgué. Mis papás estaban enojados con su situación, como que ella había elegido drogarse. Y no, nadie elige drogarse. La adicción es una enfermedad, pero sé que es muy difícil entenderlo.
—Nadie elige drogarse, ni deprimirse: no es un tema de voluntad.
—Por supuesto. Entonces, por favor: no juzguemos. Lo que me pasó con mi hermana es que ella había sufrido desde muy chiquita porque su papá biológico la abandonó: la arrastró una cuadra con un auto, estuvo internada. Desde ahí quedó mal, suspendida en esos cinco años que su papá la abandonó. Una vez estuvo presa en Ezeiza y yo la iba a ver: “Decime un día de tu vida que recuerdes como feliz”, le dije. Y no pudo recordar ninguno. Entonces le dije: “Lo único que te prometo es que hasta el día que te mueras te voy a sostener la mano en la situación en la que sea”. Y se la sostuve hasta el día que se murió, sin juzgarla.
—¿Ana, vos sanaste todo eso?
—Yo sano permanentemente. Con el tema de mi mamá, con el de mi hermana, desde muy chiquita entendí lo que pasaba en mi casa y asumí un rol de adulta. Y en el proceso me fui sanando porque no lo fui escondiendo, metiéndolo debajo de la alfombra, tapándolo. Siempre fui muy expresiva, muy de contarlo. Obviamente: me duele, sufro, la pienso mucho a mi hermana. Ahora mi mamá no está bien de salud, se derrumbó muchísimo con mi hermana: cada tanto le manda un mensaje a su celular. Todo eso, yo lo fui sanando. No me quedan cosas pendientes. Es algo que le critico mucho a mi mamá: ella tuvo una vida muy extrema, de cicatrices en el cuerpo, y siempre dice “Pero yo tuve...”. “Bueno, tuviste. Ya está. ¿Cómo resolvermos eso, cómo lo trabajamos para sacar algo mejor?”, le digo.
—No quedarte con esas cicatrices.
—Claro. Las tengo, pero que no sean un ancla para mi vida actual.
—¿Le hablás a tu hermana?
—Sí, le hablo. También a mi papá. ¿Sabés qué me pasa? La vi en un momento en que se dio cuenta de que se iba. Yo la llevaba al hospital, la traía, la subía, la bajaba, la ponía, la iba a ver. Ya tenía tanto dolor en el cuerpo porque, pobrecita, los tiempos que estuvo en la 1-11-14 se expuso a todo para conseguir su dosis: situaciones de violación, quemaduras con cigarrillos. A los 15 años la vi a mi hermana tirada en una zanja. Después vi todo lo que le hacían: le ponían vía, catéter, y nada le dolía. Pero le vi algo en la mirada, como que se dio cuenta, y eso fue lo que más triste me dejó. Yo prefería que ella se muriera en un estado de inconsciencia, sin ver el daño que se había hecho en su vida, como diciendo: “¡Puta, cómo desperdicié la vida!”. Eso a mí me redolió. Pero bueno, no fueron elecciones.
—No pudo.
—No pudo.
—Y hay un punto en el que uno tampoco puede más. Ni hablar con esta Ley de Salud Mental, que te deja absolutamente desamparado.
—El otro día le escribí a la mamá de Chano: “Te apoyo en cualquier movimiento que hagas para cambiar esta Ley de Salud Mental”. La he visto a mi hermana un año y medio antes de morir en una situación que no podés creer el estado físico, mental... Con una cuchilla, totalmente ida: no sabía dónde estaba, con mi mamá al lado. Llamé al SAME, y estaban atados de manos. Porque yo le decía: “Sandrita, ¿querés venirte a internar?”. “No quiero, no quiero”, me decía. ¿Y sabés lo que me dijo la psiquiatra del SAME? “Si no se clava la cuchilla, no puedo hacer nada”.

Los premios Franchín
Dueña de una versatilidad absoluta Analía pasa de la charla profunda y reflexiva al tono liviano que le permitió reírse a lo largo de los años de algunos de los momentos más bizarros de la TV.
—¿Viste que ahora tenemos un Martín Fierro para un montón de cosas?
—Sí.
—Te quiero proponer acá hacer los Premios Franchín.
—Me encanta.
—¿Mejor panelista de televisión?
—Pía Shaw.
—¿Mejor conductor o conductora de televisión?
—Santiago del Moro.
—Sos la madrina de su hija Santa.
—Sí. No sabés lo que es... ¡Te volvés loca! Es bravísima, salió a la madrina. No entendés el carácter que tiene. Lo lleva como quiere.
—¿Santiago no es así?
—No. Santiago es muy ansioso pero tiene buen carácter. Pero Santa se llevó puesto todo, olvidate.
—¿Mejor programa de streaming?
—No consumo mucho streaming, cuando tengo tiempo a la noche prefiero poner una serie, pero me parece que es algo que vino para quedarse total. Algunas veces lo vi a Ángel: me gusta lo que hace en Bondi, saca una parte muy diferente a lo que hace en LAM. Me gusta mucho cuando hace las entrevistas.
—¿Momento televisivo que te dio vergüenza ajena?
—Uff, hay tantos. Dejame pensar... Bueno, la pelea de Mauro Viale con (Alberto) Samid me dio mucha vergüenza. Y seguramente, algunos episodios míos en televisión también...
—¿Sí?
—Sí, obvio. Hicimos un programa con Silvina Luna y Monchi Balestra en Canal 9 que duró nada más que 15 días. Ese es el momento más bizarro. “¿De qué va el programa?”, preguntaba. “Quedate tranquila que va a ser un programón”. El primer día me pasan la rutina antes de salir: me tenía que subir a una moto con un pollo crudo que después, le pasaban algo de fuego y quedaba cocido. Me puse a llorar antes de salir al aire... Estábamos con Silvina Luna, mi amor, que en paz descanse, y yo le decía: “Boluda, no podemos salir a hacer este programa”. Y salimos. Me subí a la moto en el estacionamiento de Canal 9, que es enorme, y pasé con el pollo crudo, me cambiaron rápido el pollo, y aparecí con el pollo cocido. El nivel de vergüenza ajena y propia que sentí no te puedo decir... Tremendo, tremendo.
—Vamos a buscar ese video.
—Es muy probable que lo encuentres (risas).
—Es maravilloso.
—Tremendo.
—¿Peor panelista de televisión?
—Tengo el nombre pero no lo diría, no jugaría con el trabajo de alguien.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre.
—¿Peor compañero que tuviste?
—En algún momento Nancy (Pazos) fue una peor compañera, pero después la vida nos dio tantos años juntas que ya pegamos la vuelta y hoy no es una mala compañera.
—Hoy es un juego televisivo.
—No, no es un juego. Cada una mantiene su postura, pero estamos más grandes y no nos agredimos. (Viviana) Canosa en un momento fue muy mala compañera, pero era una tele muy competitiva donde todos querían estar en el piso de Intrusos y entonces había mala onda. Pero no tengo un recuerdo de decir: “Uff, qué tremendo”.
—¿Pelea que más disfrutaste?
—¿Mía?
—Tuya o de otros.
—Estoy en un momento en el que no disfruto de las peleas. Nunca las disfruté. Tendría que pensar en una pelea…
—¿Wanda e Icardi?
—Me hincharon las pelotas. Perdón... Me recontra aburrieron. Siento que terminamos creando monstruos que después, hay que seguir alimentándolos.
—¿Con Diego Brancatelli en el programa, nunca te peleaste?
—Sí, muchas. Pero lo que siempre intento es no ir al golpe bajo: no suma, no representa un compañerismo, no es de lealtad. Vos podés exponer tus ideas sin golpear debajo de la cintura. Y en ese sentido creo que con Branca hemos debatido mil veces y ninguno pegó abajo de la cintura.
—¿Cuando hay temas que le duelen a una persona, preferís evitarlos?
—Sí, totalmente. Cuando trabajaba en Intrusos te contaba el amorío de una y el del otro, no me importaba nada. Y hoy me parece que es completamente cancelable contar quién se acuesta quién, sobre todo si hay familias detrás. Ya sabemos cómo es el juego: muchas veces los famosos se prestan para que se cuente su historia de amor y le pasan la data a alguien para que diga el chimento. Eso me parece fantástico porque hay un consenso. Después, si hay una familia detrás y vos vas a salir a contar que uno le fue infiel al otro... ¿Qué necesidad?
—¿Te googleás a vos misma?
—No, no me googleo. No reniego ni nada, pero a veces hay datos erróneos, cosas fake, y no me quiero hacer malasangre.
—¿Sexo a la mañana o a la noche?
—Cuando tenemos ganas. No le pongo horario.
—¿Cómo andas de ganas?
—Bien. Muy bien. Pero empezar a atravesar la menopausia no fue fácil, eh. Y obviamente, estoy en manos de un profesional que me compensa porque sino, pobre, era un embole para mi marido.
—¿A qué famoso bloquearías de WhatsApp?
—No suelo bloquear gente. Los archivo (risas). Antes, doy la cara: “No me hinches más”.
—La peor cita de tu vida.
—Hace muchos años. Tendría 20, 22 años. Le había puesto una expectativa genial y llegamos a un hotel. “Voy al baño”, me dijo. Y fue tremendo porque estaba descompuesto y yo no pude lidiar con el olor. No pudimos hacer nada. Me bloqueé, me anulé. Y se dio cuenta, claramente. Seca a punto pasa de uva. Nunca más lo vi.
—En ese momento te bajó la menopausia.
—Olvidate (risas).
—¿Terapias alternativas?
—Todas. Todas. Todas las que se te ocurran, dianética, reiki, constelación. Voy a probar la biodecodificación. Acupuntura. Flores de Bach. Piedras. Todo. Todo. Todo lo que se te ocurra. Mi marido una vez me descubrió: vino una amiga y me dijo: “Che, tengo una reflexóloga que a través de los pies te lee tus ancestros”. Yo estaba embarazada, accedía a todo con tal de estar más tranquila porque no tomaba la medicación. Me iba contando y me iba haciendo en los dedos no sé qué, la verdad que mi familia era mi bisabuela que se había muerto quemada viva en una silla de ruedas. Todo siempre muy trash viste, muy trash. Mi tío que creo que la mató a mi abuela posta que creo que la envenenó. Todo siempre era muy así. Entonces me dijo: “Mirá, voy a hacer una cosa, yo te voy a prestar unos muñequitos que son así, tipo vudú, que los vas a poner abajo de la almohada todas las noches una semana y le vas a decir ancestros por favor libérenme la cabeza, váyanse, no me molesten. Nunca se los presto a nadie”. Le dije: “No, yo no puedo ir a mi cuarto con una bolsa abajo de la almohada, mi marido ve estos bichos va a flashear cualquiera”. “Bueno, entonces dejalos abajo de la cama, que no los vea”. Bueno. Listo. “Y después la bolsita la quemás”.
—¿Entonces?
—Bueno. Yo me despierto un día en el campo con un ataque, voladura de cabeza total, total, y cazo los muñequitos enojadísima con los ancestros y les digo yo a ustedes los voy a hacer cagar fuego. Era otoño porque estaban las hojas, viste, quemándose y qué sé yo. Mi marido se había ido a correr entonces yo me fui por el otro lado que sabía que él no iba a correr y en un momento me caza así agachada en el fuego diciéndole: “¡Váyanse! ¡Déjenme! ¡Libérenme!” Y se para al lado y me dice: “Anita, qué estás haciendo”. “¡Quemando los ancestros!” No bueno, bueno. Mi marido ha desarrollado una paciencia enorme conmigo. Fui mala con la señora porque la verdad no me animé a decirle que había quemado los muñequitos, se los tenía que devolver.
—¿Hay placeres culposos?
—Sí, pero mi psicóloga se encarga de decirme que la culpa es un sentimiento inventado por uno.
—¿Si vas a un karaoke qué canción cantas sí o sí?
—Alguna de Fito. Y Raffaella Carrá, obvio.





