La primera vez que se vieron fue en los pasillos de un juzgado. Habían sido citados a la misma hora, en el mismo lugar. Cada familia ocupaba en silencio un rincón de ese espacio. Fueron recibidos por las mismas personas en la mesa de entrada, les dieron las mismas indicaciones, esperaban ingresar por la misma puerta para hablar con la misma jueza. Había una mujer y un hombre con los nervios de quienes acumularon quince años para que llegara ese instante. Había, en el mismo pasillo, una familia de cinco: dos niñas en edad escolar, una mujer y un hombre que llevaba envuelto en una manta de colores a una bebé de un año que tenía un chupete rosa en la boca. Todos eran desconocidos hasta ese día, hasta ese umbral de vida. Nada volvió a ser lo mismo después.
Cuando se vieron por primera vez, pensaron que eran ellos: no podían no ser ellos. Esa complicidad tácita, ese razonamiento íntimo y anhelado, era inocultable. Estaban Eve y Maxi. Estaban Adriana y Miguel con sus dos hijas. Estaba Ángeles, de apenas doce meses, que había llegado sus brazos con 24 días de vida. Eve y Maxi presumían que Adriana y Miguel eran los referentes de la familia de acogimiento. Adrián y Miguel intuían que Eve y Maxi eran los pretensos adoptantes de esa pequeña que había vivido su primer año de vida sin sus progenitores pero rodeada de amor un entorno familiar, en una casa que -como enseña Adriana- “tenga a alguien que lo vaya a tapar, le dé un beso y le diga buenas noches”.
Adriana es, desde trece años y 25 niños, integrante de los programas de acogimiento familiar, aquellas casas que alojan a niñas, niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad de manera temporaria, transitoria. Eve es, por su parte, una mujer que tenía más ganas de ser madre que de tener un hijo y esperó quince años una adopción. Es Ángeles quien las unió. Hoy, ocho años después de aquella primera vez, Adriana y Eve conservan y sostienen una historia de generosidad y amistad: son mamás de la misma niña. Fue una idea y un pedido de Ángeles que después de meditarlo y de hablarlo con su Eve, le dijo a Adriana: “Quiero que sea mi segunda mamá”.
¿Cómo fue? ¿Cómo pasó? ¿Cómo es ser familia de acogida? ¿Cómo es la transición de una casa de acogida a la familia definitiva? Las tres responden.
—Qué importante es el rol de la familia de acogida.
Ad —Sí, porque es ir sanando de a poquito con amor. Lo que a nosotros como familia nos sale tan natural, lo de todos los días. Yo siempre lo digo: que llegue de la escuela y sienta, no sé, olorcito a bizcochuelo, que a la noche tenga a alguien que lo vaya a tapar y le dé un beso y le diga buenas noches. No lo puedo contar sin emocionarme: cosas que a nosotros nos resultan naturales, lógicas, obvias, que nos salen del corazón y que estos chicos nunca lo tuvieron. Por eso trabajamos tanto en esto, en armar la Fundación, para que los niños esperen la resolución de su situación legal al resguardo de una familia.
—Vos sabés que por ahí quienes no conocen te dicen, ¿cómo hacés para que se vaya?
Ad —Es la primera pregunta que nos hace toda la gente. “¿Y cómo haces?”. “Ah no, yo no podría porque te lo sacan”. No, a ver, no nos sacan nada porque ni a nuestros propios hijos no saca nadie. Con la vida se van formando, se van yendo, y nosotros tenemos muy en claro que no nos vamos a quedar con estos niños. Que no vamos a pedir la guarda. Que no está permitido. Que solamente los acompañamos con amor hasta que se resuelva su situación. Solo eso. Simplemente eso pero que a la vez una labor tan loable, tan inmensa. Porque somos el primer eslaboncito de esa nueva vida, de ese camino de reparación. Un apego seguro que sienta las bases para el resto de su vida.

—¿Quién lo decidió en tu casa, quién lo propuso?
Ad —Me enteré de este servicio, que en ese momento que no estaba legalizado. Se lo comenté a mis hijas, a mi marido, y al instante los cuatro dijimos “así, hagamos esto”.
—¿Tus hijas tenían qué edad en ese momento?
Ad —En ese momento 9 y 13. Sí, eran chicas. Hoy tienen 21 y 26.
—¿Entendieron fácilmente que por tu casa iban a pasar bebés y niños muy chiquitos que no se iban a quedar?
Ad —Exacto. Siempre supieron que no iban a ser hermanos. No iban a ser hijos nuestros. Prestarles nuestra casa, nuestro hogar, nuestro calorcito de hogar, nuestro seno familiar para que puedan sanar y crecer con amor. Y en lo que pudiéramos nosotros ayudar a eso.
—¿Cuántos niños y niñas pasaron por tu casa?
Ad —Por casa pasaron 25 ya.
—Vos trabajás con una Fundación particular.
Ad —Sí, yo a raíz de eso hace seis años nos gustó tanto el tema de ser familia de acogimiento que lo adoptamos como un modo de vida y veíamos que podíamos proyectarnos con más cosas. Quizás profesionalizar más el programa, la práctica. Bueno, hace seis años iniciamos nuestra propia Fundación. Se llama Fundación Ainelén Amor Familiar (@ainelenamorfamiliar)

—Eve, ¿cómo decidieron adoptar ustedes?
E —Nosotros cuando estábamos de novios con Maxi, sin saber lo que la vida nos iba a traer, habíamos dicho que queríamos tener nuestros hijos propios y que después íbamos a adoptar. La idea estaba en la pareja. Las circunstancias de la vida nos llevaron a decidir finalmente por la adopción. Trabajamos mucho como pareja, nos informamos, concurrimos a talleres. Hacíamos ejercicios que nos permitieron expandir, incorporar y gestar la idea de la adopción. A mí me costó, me tomé mi tiempo.
—¿Hubo un duelo?
E —Sí. Fue un duelo. Cuando estuve bien convencida no tan solo ya quería bebés, sino que necesitaba ya, me animaba a un niño más grande. Habíamos decidido hasta ocho años. Llevamos siete años de espera en adoptar, quince años deseando ser padres. Nosotros no queríamos un hijo, queríamos ser papás.
—¿Cuál es la diferencia entre querer un hijo y querer ser papás?
E —Querer ser papás significa darle todo eso que tenés. El hijo no es algo para cubrir una necesidad nuestra. No era nuestra necesidad. Nosotros amábamos, seguimos amando, somos muy orgullosos de ser papás de Ángeles. Hay una diferencia importante.
—¿Cómo fue ese llamado?
E —Maxi y yo estábamos en la pileta. Nosotros éramos nadadores, entonces íbamos a entrenar a la mañana muy temprano. Siete y media de la mañana estábamos los dos en el agua. Llaman por teléfono a Maxi porque yo seguía, entrenaba un poco más. Primero me llamaron a mí, después lo llamaron a Maxi que pensó que era un cliente. Entonces dijo “bueh, lo voy a atender”. Y cuando yo salí de nadar, él me llamó a mí y me dijo “nos llamaron del Juzgado”. Yo digo “bueno, cambiaron”. “No, no, no, tenemos que ir al Juzgado porque nos citaron”. Fue un llamado que no lo esperábamos. Nos hicieron una entrevista. Nos dijeron que había tres familias que habían sido entrevistadas. Y que teníamos que esperar a ver cuál era la resolución. No solo esperamos quince años la llegada de nuestra hija, sino que siete años en el listado, que nunca nos habían llamado, y después tuvimos que esperar los tres lugares. En eso nos avisan que había un cambio de juez. No nos llamaba, no nos llamaba, no nos llamaba. Le digo “Maxi, necesito que vos llames”. Yo no podía escuchar la respuesta y lo mandé a él. En el segundo intento de llamado nos avisan que nos habíamos adelantado al llamado y que teníamos que presentarnos en el Juzgado. Nos presentamos en el Juzgado, éramos dos momias paradas. Y de repente entra un bebé. Era Ángeles que venía envuelta en una manta muy colorida. Hay algo mágico que se produce. Cuando nosotras hacíamos las charlas siempre decía que existe algo que no se ve pero se siente. Y yo lo sentí con Ángeles, no paré de mirarla. Estaba sentada a upa de Miguel y al lado estaban Martín y Guada y yo no podía parar de mirarla. Pero era un imán que me llevaba la vista a bebé cachetón, con un chupete rosa y envuelta en esa manta llena de colores. Acá estaba Adriana diciéndole “angelito, vas a conocer a tu mamá y tu papá”. Y así, sin saber, nos conocimos en el pasillo del Juzgado. Entramos a la oficina de la jueza, nos recibió, y Ángeles no iba con nadie. No salía de los brazos ni de Miguel ni de Adriana. Y sin embargo, cuando Miguel se la da a Maxi, Ángeles se quedó tranquila, sonriente, lo miraba, jugaba con el botoncito del cierre del buzo. Y Maxi enseguida me la quiso dar y yo le dije “no, tenela vos”. Y preparé mi primer beso que estuvo guardado quince años. Y, bueno, ahora la lleno de besos todos los días.
—Adri, ¿en ese momento vos estabas viendo cómo se estaba conociendo Angie con su mamá?
Ad —Sí, sí, estábamos todos. Nosotros fuimos al Juzgado los cuatro como familia, los cinco con Ángeles. Entramos a mesa de entradas del Juzgado y Miguel la traía a ella a upa. Nos citaron a la misma hora, nos dimos cuenta las dos familias cuando estábamos ahí esperando en el pasillo que ellos eran los pretensos adoptantes y ellos se dieron cuenta de que ella era la bebé que estaban por ir a conocer.
—¿Cómo es ese momento en el que finalmente se confirma que Eve iba a ser la mamá de Angie y que vos sos testigo de cómo nace una familia?
Ad —Es fuertísimo. Es cuando decís “todo vale la pena, este es el camino”. Angie tiene registro fotográfico de todo, desde que llegó a nuestra casa. Y cada tanto pide mirar el video en donde yo le cuento que nos llamaron del Juzgado y que ya tiene una mamá y un papá. Pero no se lo cuento así, se lo cuento saltando, barrabrava, a los gritos. Y ella reacciona de la misma manera. Porque esa es nuestra meta: que los niños tengan su familia.

—¿A qué edad llegó Angie a tu casa?
Ad —24 días tenía. Llegó un 18 de noviembre del 2016.
—¿Venía de estar en hospital?
Ad —Sí. Llegó muy chiquitita, la esperamos con toda la casa decorada en rosa. Globos. Cuando empezamos a trabajar un ingreso para que un niño llegue a una familia realmente se lo espera con muchísimo amor. Angie tiene las fotos, realmente la estábamos esperando.
—¿Vos ves esas fotos Angie?
A —Sí, las veo un montón de veces. Cuando yo quiero.
—¿Y el video?
A —Y el video es como que me da una alegría.
—¿Te acordás vos cómo te enteraste de que pasaste tus primeros meses en la casa de Adri?
A —Algunos. Un poquito, no todos.
—Eras muy bebé, por supuesto, pero en algún momento vos se lo debes haber contado, Eve. ¿Fue natural el vínculo?
E —Fue natural. Todo fue natural. Nuestras conversaciones se dan naturalmente. Desde que llegó a casa siempre le dije “mamá y papá te esperaron”. Festejamos el día que nos enteramos. Ese es nuestro día de la familia. Puede haber muchos días, pero el nuestro.
—¿Qué fecha es?
E —El 14 de septiembre. Ese día empezamos la vinculación. Es nuestro día de la familia.
—¿Cómo sigue después de ese momento de la vinculación? Porque ahí la conoces pero después cada uno se tenía que ir por su lado.
E —Claro, la conocimos y la jueza nos dice que teníamos que vincular. Nosotros vivimos en Lanús y Adriana vive en La Plata. Así que dijimos “ningún problema, nos vamos a La Plata”. Viajamos 18 días felices a La Plata. Mientras tanto, en casa tenía un batallón preparando la casa para recibirla a Ángeles. La pintamos. Hicimos todas cosas lindas para que el día que la jueza determinara pudiera ya estar bien en casa. Cuando mis hermanos y mis amigos se enteraron de la noticia me llovían cosas porque todo el mundo la esperaba. Lo transitamos, ya te digo, de forma natural. Adriana nos abrió la puerta de su casa. Compartíamos el almuerzo. Lavábamos los platos. La ayudábamos. Adriana nos permitió todo el tiempo cumplir nuestro rol de padres. A mí me gustan mucho los libros y me acuerdo de que el primer día le compré uno a Ángeles, Más allá de las estrellas, y nos sentamos con ella en el piso del comedor de Adriana totalmente libres a conectarnos con ella a través de un cuento, que también tenemos cuando papá le lee el cuento, cuando jugábamos a hacerla sentar, la sacábamos de la cuna y la intentábamos hacer caminar. La vinculación se dio natural. Adriana nos proporcionó todo. Cuando te digo todo es todo. Tengo su carpeta de salud. Sus fotos. Sus anécdotas. Conozco el día que se enfermó, los broncoespasmos, las fiebres, las reacciones.

—Qué le gustaba comer, cómo le gustaba dormir.
E —Todo. Que le costaban las noches. Que se despertaba llorando. Que le gustaba la upita. Que era una nena muy tranquila. Y a nosotros como papás toda esa información nos ayudó a poder conectarnos seguros y no temerosos de cómo será, si le gustará, si no le gustará. Hay que poder correrse.
Ad —Exacto. Por ahí los dos primeros días son días en donde le vas contando todo porque le querés contar todo junto y ya después te vas corriendo, estás en tu propia casa pero corriéndote, tratando de que ellos, los futuros papás, se hagan cargo de las necesidades en este caso de Ángeles. Ellos iban viajando a La Plata todos los días: tenían cuatro, seis horas de viaje por día. El resto de las horas del día lo pasaban en casa. Y ahí nos hicimos una gran familia porque era desayunar, comer, uno cocinaba, el otro lavaba los platos, el otro trapeaba el piso, yo me iba a buscar a las nenas al colegio, ellos se quedaban levantando la mesa, la hacían dormir. Se dio una convivencia realmente muy armónica. Ella no gateaba con once meses y empezó a gatear con ellos en plena vinculación en casa. Realmente fue un proceso hermoso.
—¿En algún momento dio inseguridad, celos?
E —Jamás. Jamás. Todo eso que yo no pude ser durante once meses, Adriana fue por mí. Le dio todo eso a mi hija. Yo siento gratitud. Nunca sentí celos. Nunca me dio envidia. Al contrario, Adriana a mí me proporciona seguridad. Porque cuando Ángeles llegó a casa lo primero que hizo fue un broncoespasmo y yo a la primera persona que recurrí fue a ella. Porque era ella la que la conocía. Yo siempre recurro a ella porque ante cualquier cosa que nos ocurre con Ángeles es mi primer referente.

—Ángeles, vos creciste por supuesto en tu casa pero sabiendo que hay otra familia que también es tu familia. ¿Cómo fue eso? Contame.
A —Bueno, en unos años yo pensé que Adri, el padrino y mis dos hermanas sean mi familia. Y lo pensé mucho así que lo decidí y quise que fuese mi familia.
—¿Querías que Adri también fuese tu mamá?
A —Sí.
—¿Y a quién se lo dijiste?
A —A ella.
—¿A Eve? ¿Te acordás qué le dijiste?
A —Le dije “tengo una idea, Adri quiero que sea mi segunda mamá y el padrino que sea mi segundo papá, y que Marti y Guada sean mis dos hermanas”.
—¿Y qué dijo mamá?
A —Y lo aceptó.
E —Ay me encantó. Me encantó. Porque eso está en su corazón, está en ella. Uno no le podría decir jamás que no.
Ad —Yo soy mamá Adri.
—¿Cómo le contaste a Adri esto?
A —Cuando tenía ocho años estaba en su casa y como estaban mi padrino y Adri les quise decir mientras yo estaba en la mesa. Les dije “Adri, padrino, me encantaría que sean mis padres, que también que sean mis padres”.
—¿Y a vos qué te pasa?
Ad —Nada, con las salidas que tiene estoy siempre al borde de morirme todos los días (risas). De morirme de un ataque de amor. Es tremenda. Tiene muy clara. Ni hablar de que es así por la generosidad y la apertura que tienen su mamá y su papá. Porque nosotros en ningún momento nos referenciamos a los niños como mamá y papá, jamás. Solo nos referenciamos por nuestros nombres. Yo soy Adri y mi marido es Miguel para los niños que están en abrigo. Nunca mamá, nunca papá. Pero ella pidió permiso a su mamá para llamarnos mamá Adri y papá Miguel.

—Eve es enorme. Tiene una generosidad y una seguridad.
Ad —Pero porque está súper bien posicionada. Porque obviamente que para nosotros como familia de abrigo es maravilloso tener este vínculo porque somos una familia ensamblada, no dejamos de vernos nunca. Vacacionamos juntos. Vacacionamos las dos solas también. Es maravillosa la relación que tenemos. Pero eso justamente viene por la apertura y la generosidad que tienen ellos con su hija.
—Pasaron 25 chicos por tu casa. ¿Con todas las familias el vínculo continúa?
Ad —No. Muy pocas.
—Es algo en el sistema que está fallando hoy, ¿no?
Ad —Yo creo que sí. Bueno, nosotras en la Fundación tenemos un taller mensual que es para acompañar y capacitar a familias que quieren adoptar. Y en parte se trabaja esto, no solo por los niños de acogimiento sino por los niños que están en el sistema para adopción, la importancia de sostener los vínculos. Hay que poner el foco en el niño, no en los deseos o en las inseguridades de los adultos.
—Uno puede no llegar a esta situación ideal pero sí respetar ciertas cuestiones que son importantes. ¿Cuándo no sucede por qué creés que es?
Ad —No sé. Quizás no siempre desde el vamos se da este vínculo que se dio entre nuestras familias, pero podría darse igual una continuidad del niño con su familia de abrigo sin generar un vínculo. La verdad es que no lo sé. Siempre es por parte de los pretensos adoptantes, por la nueva y definitiva familia del niño que se corta el vínculo. Quizás inseguridades, miedos, temores. O quizás no tener tan en claro que con esto se le puede generar al niño una nueva sensación de pérdida. ¿Dónde está la familia con la que viví un año, dos años, tres años?
—¿Pasaron por tu casa niños que revincularon?
Ad —Sí, hemos tenido situación de restitución. En mi caso la mayoría fueron igual resueltos con adoptabilidad.
—¿Y cuando sucede la restitución da miedo?
Ad —Y uno por ahí tiene un poco más de inseguridad ¿no? Pero bueno, también tenemos muy trabajada esa parte. En principio aceptar. Aceptar es una palabra que trabajamos siempre en la Fundación. Si estás acá tenés que aceptar porque la resolución no es nuestra. Muchas veces es del organismo de niñez y muchas otras del Poder Judicial. Y nosotros tenemos que aceptar esa resolución y trabajar en función de esa resolución.
—¿Hacen falta familias?
Ad —Siempre. Siempre.
—¿Cuántas familias tienen hoy?
Ad —Hoy tenemos 25 familias.
—¿Hay que tener dinero para ser familia de acogimiento?
Ad —No.
—Los pañales son caros.
Ad —Todo eso lo costea la Fundación, sí. Tampoco hay que tener un dormitorio exclusivo para el niño o la niña que llegue. Hay que tener amor. Mucho compromiso. Mucha responsabilidad. Y aceptar someterse a un proceso de evaluación, eso desde ya.
—No estar inscripto para adoptar.
Ad —No estar inscripto para adoptar. No tener antecedentes penales.
—¿Tener hijos?
Ad —Tienen que tener hijos. Para nosotros es un requisito excluyente. Tienen que tener hijos. Y no tienen que ser deudores morosos alimentarios.

—¿Cómo fue creciendo Angie?
E —Ay, Angie fue creciendo, nosotros siempre hablamos de esto que ella es una niña feliz. Le transmitimos siempre seguridad. Acompañamos su historia en el momento que ella lo planteó...
—¿Qué planteó?
E —Planteó el nombre de su progenitora. Primero fue “la señora que la llevaba en la panza”. Y hace unos días planteó “la señora que le dio la vida”. Planteó cómo sería su vida, se imaginaba. ¿Podemos hablar de eso?
A —Sí. No me molesta.
—¿Te dio curiosidad?
A —Sí. Un día cuando estaba paseando con mi mamá, estábamos charlando y ella hizo una pregunta que yo nunca la pensé y ahí estuve pensando en esa señora y pensaría si ella me quería, me llevaría a su casa. Y me imaginaba que tenía un hermano.
E —¿Y cómo iba a ser que me dijiste?
A —Iba a ser…
H —Yo lo digo. Ella pensaba que no iba a tener la vida de reina que tiene ahora, que no la iban a querer como la queremos. Y que por suerte tiene una familia tan grande que la ama tanto. Entonces nosotras tenemos una conexión, un diálogo muy profundo para sus nueve años donde estas preguntas salen porque veníamos con todo esto: “¿qué me preguntará? ¿voy a hablar de mi vida?”.
—¿Era por nuestra charla?
E —Claro. Entonces salió esta conversación que yo sabía que en algún momento iba a pasar.
—¿Estabas preparada para eso?
A —Sí.
E —Con Ángeles siempre estás preparada. Porque es una niña muy curiosa. Necesita saber y mamá siempre le cuenta la verdad. Tenemos una foto en el comedor que Adriana nos había sacado en la vinculación y a través de esa foto ella hizo una pregunta, si había estado en mi panza, y yo le dije que no.
A —Yo le pregunté: “¿por qué no estaba en tu panza?”. Y ahí me dijo todo esto.
E —Claro, porque a mamá no le crecen bebés en la panza. Ahí le contamos la historia. Que ella no había estado en mi panza pero que nosotros teníamos muchas ganas, muchas ganas de ser papás y que un día llegó un llamado y que la conocimos en el Juzgado y que a partir de ese día la amamos con locura y estamos siempre juntas. Y bueno, creció así, con esa naturalidad, esa espontaneidad que tiene.
—¿A qué edad de Ángeles preguntó por primera vez?
E —2 años y medio. Era muy chiquita. Me acuerdo de que la respuesta fue la verdad siempre pero le costó. Se fue arriba, se acostó, miró la tele, le hablaba, no se movía, se fue con Pepe. Un día. Otro día igual. Necesitó procesar, le dimos el tiempo, el espacio y la seguridad de que estábamos ahí. Y fue suficiente. Ese fue el comienzo donde ella toma plena conciencia, si bien ella lo sabía por los videos, por las charlas, por el vínculo, por todo.
—Ahí se pone en palabras.
E —Exactamente. Y ella ahí lo entendió y cuando tuvo la necesidad me preguntó cómo se llamaba la que la había llevado en la panza. Cuando tuvo la necesidad, ¿cómo llegó? Que estaba en el hospital. Y fue creciendo con seguridades y por eso tenemos esta naturalidad de las preguntas y la seguridad en las respuestas.
Ad —Sí, cuando tiene ganas de saber algo me manda audios. Me pregunta.
—¿Qué te pregunta?
Ad —“¿Comía mucho cuando era bebé?“- Me cae con cada pregunta... “Sí -le digo-, tomabas un montón de mamadera”. “Te estoy preguntando si comía -me dice un día- no te estoy preguntando por la mamadera” (risas).

—¿Qué me querés contar de tu historia, Angie?
A —Bueno, no sé. La verdad no sé porque me olvido de algunas cosas.
—¿Querés que mami te ayude?
E —¿Te acordás el videito que hicimos del día del acogimiento familiar? ¿Qué dijiste?
A —Sí me acuerdo que cuando yo tenía ocho años, Adri me propuso algo de Instagram que tenía que decir las palabras de dos minutos. Y yo escribía para no olvidármelo pero me lo acordé y ahí dije todo.
Ad —¿Qué contaste, te acordás?
A —Conté que soy Ángeles. Fui un bebé de acogimiento, me llenaron de besos y caricias. Siempre me tuvieron a mi lado. Y otras cosas que no me acuerdo.
—¿Qué te pasa cuando la escuchás?
E —Yo siempre soñaba tener una hija pero la vida me regaló algo mucho más de lo que era el sueño. Porque cuando querés ser mamá siempre anhelás que tu hijo sea… Ángeles desborda. Desborda todo lo que nosotros como papás hubiésemos esperado. Espontaneidad. Seguridad. Porque hay que tener mucho valor. Nosotros le dijimos que estábamos muy orgullosos de que ella se sentara y que tenía que ser ella, y que tenía que disfrutarlo. Ángeles me sorprende. Me sorprende con las reacciones. Me sorprende con sus preguntas. Me sorprende con su vocabulario. Con las adversidades que se nos fueron presentando en nuestra vida y cómo las resuelve.
—Ese temor que manifestó de alguna manera de lo que podría haber sido su vida sin ustedes, ¿qué te generó a vos?
E —Que eso podría haber sucedido. Me generó, dije “opa, está en la cabeza de Ángeles”. Nosotros un día tuvimos una charla en donde le enseño a pensar si es la realidad o si es una opinión. Y yo le dije “¿es la realidad Ángeles? No, es tu imaginación. Corrámonos de acá y miremos la realidad”. Me dijo “claro, porque yo tengo una familia hermosa”. Y seguimos paseando a Esmeralda, la perrita. Entonces yo sé que van a aparecer dudas, inseguridades, pero estamos ahí para ayudar con las dudas, para resolver las inseguridades, y si mamá no puede buscamos ayuda.
—Ella entiende que tiene dos familias. Que tiene hermanos. Que tiene primos. Que tiene dos mamás. ¿Ustedes qué sienten de las familias de cada una?
Ad —Nosotras sentimos que nos conocemos de toda la vida, es increíble el vínculo que se dio. Ya te digo, ellos son tan generosos, somos tan familia que nosotras dos vacacionamos solas a veces en verano. Nos vamos solas quince días a la playa. Las dos solitas.

—¿No da miedo cuando tu nena se va sin mamá?
E —No porque se va con ella. Mira, nos pasó algo. Ángeles y ella se quedaron una vez en Mar del Tuyú, ella venía corriendo en la playa y se fractura el codo. Me llama llorando, no le había pasado ni con las hijas.
Ad —Nunca, jamás una hija mía se quebró.
E —Dijo “la tengo que llamar a Eve, ¿cómo le digo?“. Hablé con Ángeles, le dije ”bueno Ángeles, mamá viaja". Yo ya estaba mirando en el celular pasajes para irme a Mar del Tuyú. “No vengas”. “¿No querés que vaya mamá?“. ”No, me quiero quedar con Adri". Dije “bueno, quedate con Adri”. Y se quedó hasta que un día la fui a buscar. Pero pasaron quince días después. Ella estuvo con Adri, con el yeso, con todo lo que implicaba todo el verano con el yeso.
Ad —Estábamos todo el día en la habitación con el aire acondicionado comiendo helado.
—¿Se pelearon alguna vez ustedes dos?
E —Nunca.
Ad —No. Y pasamos situaciones críticas eh. Porque Maxi tuvo un ACV a los tres añitos de Ángeles. Ahí también estuvimos, creo que eso nos terminó de unir.
E —Ni hablar. Eso nos fortaleció porque mi lugar seguro era ella. Yo tenía que hacer de papá. Así que bueno, por eso te digo que yo cuando la veo nos enorgullece. Porque después tenés que ensamblar. Ella se encontró con otro papá. Era el mismo pero en otra versión. Entonces toda esta cosa que tiene Ángeles de poder revertir esas situaciones. Ella llevaba al papá a la rehabilitación. Ella se ponía con él y lo ayudaba con los ejercicios de la mano.
—Angie, ¿quién de las dos es más hincha?
A —(Risas).
—¿Quién de las dos cocina más rico?
A —Las dos. Las dos por igual.
Ad —No sé, cuando viene a casa me dice “Adri, pasale esta receta a mamá”.
A —Y un día me preparó un omelette y estaba muy rico.
Ad —Como mi omelette no hay. Es el más rico.
A —Y a mí me gusta cocinar también.
—¿Qué más te gusta hacer Angie?
A —Yo estoy en un equipo de natación y…
—Como tus papás.
A —Sí. Y también estoy en un grupo de una orquesta y toco el cello.
—Me encanta. ¿Y quiénes son tus mejores amigas?
A —Mis mejores amigas, Charo, Jose, Nahuel, Tommy Cárdenas, Fran y Ludmila.
—¿Y la materia que menos te gusta del colegio?
A —Matemáticas.
—¿Cómo te llevás con tus hermanas?
A —Me llevo bien. Son más grandes pero yo a veces me quedo a dormir, a veces, en la casa de los tíos.
—¿Y ellos tienen hijos también?
E —Sí.
—O sea que ahí hay primos. Se armó una familia re grande.
A —Sí.

—Quiero saber cuál es tu comida preferida.
A —La lasagna. Y a veces el ramen.
Ad —Yo pensé una milanesa con papas fritas.
—¿Y qué querés ser cuando seas grande?
A —Antes pensaba que cuando sea grande en el futuro quería ser veterinaria pero ahora que cocino cambié de opinión.
—¿Qué te sale rico?
A —Un día se iba a ir a bañar y quería comer… “¿Qué querías con aceitunas? El omelette con aceitunas". Y le dije “mamá, ¿puedo cocinar?“. Y me aceptó y ella me ayudaba con los ingredientes y yo le iba preparando.
—¿Me vas a invitar a comer un omelette con aceitunas?
A —Sí.
—Te tomo la palabra. Te tomo la palabra.
A —Sí.
— ¿Hay algo de lo que no hayamos hablado que les parezca importante decir?
E —Yo vuelvo y quiero remarcar mucho el tema de las familias. ¿no? En ese sello emocional que dejan en los nenes y nenas. Ellos pueden pasar mucho tiempo sin verlos pero hay algo, esa huellita, que les perdura para toda la vida. Es una gran labor pero el resultado es invisible porque no lo ves pero está ahí guardado y cuando ellos se acuerdan de quiénes eran, brota todo ese amor que lo tenían ahí guardado. Entonces las familias de acogimiento tienen esa gran función en la vida de los niños, en dejar esa huellita.
—Es importantísimo lo que decís y es importante que lo empecemos a charlar como sociedad. ¿Vos querés saludar a alguien, querés mandarle un beso a alguien?
A —A todos los que estén viendo esto. A papá, a mis tíos, a mis primos y a mis hermanas.
Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com





