Volver al cuerpo propio: relatos de mujeres que se sacaron los implantes mamarios

Tras años de convivir con prótesis, Vanina Sánchez y Valeria Molina decidieron explantarse, impulsadas por síntomas de malestar y una nueva conciencia sobre su salud y autoestima. Sus experiencias exponen la otra cara de este tipo de intervenciones quirúrgicas

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Informe - Adios implantes

“Hubo un momento en que me miraba al espejo y me encontraba muy distante de mí misma. ¿Quién soy? ¿Qué son estas capas de plástico que me puse? Decidí aventurarme a descubrir quién era, pero sin todas esas cosas externas, sin esos suplementos”, confesó Vanina Ayelen Sánchez, de 31 años, una de las mujeres que forman parte de la creciente ola de personas que, luego de llevar durante años implantes mamarios, optan por removerlos y redescubrirse. “Hoy me doy cuenta que mi vida no pasa por ahí para nada”, agregó Valeria Molina, de 51 años, cuya historia de explantación también implica una transformación profunda.

Ambas hablan en primera persona sobre sus miedos y el deseo de encontrar una imagen más natural, alineada con su nuevo presente. “Era como si hubiera una carencia en mí, como si necesitara eso para convertirme en mujer”, relató Vanina sobre su adolescencia y el deseo impuesto de tener “más volumen”. Valeria, por su parte, recordó qué la impulsó a aumentarse el busto hace más de 15 años: “Me operé cuando tenía 35. Era otra persona. En ese momento, necesitaba por mi autoestima tener tetas grandes”.

Con el tiempo, el ideal de belleza se transformó y también los estereotipos cambiaron. “Hoy la felicidad pasa por otro lado”, aseguró Valeria, reencontrándose con un cuerpo que finalmente puede habitar de un modo íntegro y auténtico.

El recorrido de estas dos mujeres —de la ilusión y la presión social al aprendizaje, el miedo y la decisión de explantarse— apunta a una discusión mucho más amplia sobre el valor del cuerpo femenino, la salud, la coherencia personal y la trastienda de las cirugías estéticas. “No sabía que me costaba respirar, que no tenía el 100 por ciento de mi capacidad torácica hasta que desperté de la anestesia y sentí un 20% más de aire”, explicó Vanina.

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Ambas mujeres conservan las prótesis retiradas de su cuerpo como un recuerdo de lo vivido

La decisión de ponerse implantes: historias paralelas

En los dos relatos la decisión de colocarse implantes mamarios estuvo atravesada por los mandatos sociales y los ideales de belleza que, desde temprana edad, marcan el cuerpo femenino como un territorio a moldear.

“Desde siempre quise implantarme, desde que tengo memoria, en la adolescencia. Quería tener prótesis porque sentía que me faltaba algo”, recordó Vanina. Esa sensación de carencia fue tan fuerte que, según explicó, se transformó en una meta a alcanzar. “Lo puse en mis planes de vida, así como uno quiere una casa, un auto, una profesión, yo también quería tener prótesis”, señaló.

“Trabajo con medicina natural, con plantas, y esto –los implantes– era algo totalmente antinatural. Va hasta en contra. Me sentía que no estaba siendo coherente conmigo, con mi discurso. Cuidas el medio ambiente, no tirás papeles, reciclas y tenés dos plásticos adentro tuyo. Es como totalmente incoherente”, analizó Valeria.

Ambas coincidieron en que, en el origen, pesó bastante su visión sobre el universo femenino. “Nos van metiendo en la cabeza que necesitamos abrirnos el cuerpo, meternos estos plásticos, cerrar y sentir que con eso vamos a estar mejor, más lindas. Es terrible”, agregó Valeria.

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“Me operé cuando tenía 35 años. Ahora tengo 51. Y era otra persona. En ese momento, sí necesitaba por mi autoestima tener tetas grandes. Pero ahora me dí cuenta de que la felicidad no pasa por ahí”, expresó Valeria

La vida con implantes: cuerpo, autoestima y dudas

Durante los años que vivieron con implantes, ambas mujeres experimentaron una relación ambivalente con su cuerpo y su imagen. El primer impacto, fue positivo. “Visualmente me gustaba como me habían quedado”, reconoció Vanina sobre los resultados inmediatos luego de la cirugía. Sin embargo, detrás de esa primera sensación de realización, las dudas y los malestares comenzaron a instalarse.

“Los tuve entre siete y ocho años. Estaba acostumbrada a mi imagen y a mi cuerpo con prótesis y me daba miedo cómo iba a quedar cuando me las sacara”, relató la mujer sobre la dependencia emocional que se había generado hacia esa silueta.

Pero no todo era satisfacción. Vanina recordó la extrañeza persistente en su día a día. “Nunca las sentí realmente mías. Siempre fue muy raro. Tampoco era cómodo al hacer ejercicio y al dormir. Era como que había algo extraño ahí que no tenía que estar”, explicó. La incomodidad física se traducía en gestos rutinarios, casi inconscientes: “Sentía la silicona y se sentía diferente. Hacía el movimiento para un lado, para el otro… Realmente es como una bolsita que uno la aprieta de un lado y se infla del otro”.

Valeria también sintió cómo las percepciones sobre su imagen evolucionaban junto con los cambios físicos de la vida adulta. “Yo cuando me operé tenía 15 kilos menos. También lo que pasa en menopausia es que te empezás a ensanchar, te hacés más señora. Me veía en el espejo y me veía con el cuerpo de mi abuela, grandota y con tetas grandes. Ya no me gustaba y decía: ‘Acá hay algo que está sobrando’”, expresó.

No fue solo una cuestión de autoimagen. Aparecieron señales físicas y síntomas inesperados. “Empecé a tener dolor articular, dolores de cabeza, cansancio, problemas gastrointestinales, problemas cognitivos, como neblina mental, falta de concentración, sabor a metal en la boca”, enumeró Vanina, reconociendo que, en ese entonces, nunca asoció esos malestares a la presencia de las prótesis. “El cuerpo estaba pidiendo ayuda y su lenguaje son los síntomas”, afirmó.

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“Desde siempre quise implantarme, desde que tengo memoria. Lo puse en mis planes de vida, así como uno quiere una casa, un auto, una profesión, yo quería también tener prótesis”, contó Vanina

El proceso de explantación: miedos, cirujanos y transformación

Llegar a la decisión de explantarse implicó para ambas una etapa intensa de búsqueda y un desafío en materia de salud. “Fue importante buscar un doctor que esté especializado en explante, porque no quería pasar por un túnel de juicio. No quería recibir comentarios que me hicieran dudar o que fueran negativos sobre cómo podía ser el aspecto que me quedara después del resultado”, contó Vanina.

La urgencia fue un motor inesperado para Valeria, quien tomó la decisión definitiva tras el diagnóstico de ruptura de una de las prótesis. “Fui con la idea de explantarme y me enteré que tenía una protesis rota. Eso me generó bastante ansiedad porque ya no queria tener esos plásticos adentro y mucho menos si estaban rotos”, aclaró.

La constatación física del daño tornó imposible seguir postergando el proceso y la cirugía vino acompañada de un sentimiento de alivio inédito: “Cuando ví lo que tenía adentro me chocó muchísimo. Le pedí al cirujano que me dé las prótesis para terminar de tomar conciencia de lo que hacemos las mujeres por estética. Reconozco que cuando lo hice, fue porque lo necesité, como muchas mujeres”.

En ese recorrido, poco a poco emergió una nueva perspectiva: la libertad de decidir sobre el propio cuerpo, incluso cuando eso implica cuestionar elecciones previas. “Fue difícil, pero buscaba volver a mi cuerpo. Sabía que, aunque el miedo estaba, ya no quería tener más eso en el cuerpo”, sintetizó Vanina.

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Valeria Molina tomó la decisión definitiva de explantarse tras el diagnóstico de ruptura de una de sus prótesis

Reconstruirse: el cuerpo después del explante

El momento de volver a mirarse al espejo, después de años de convivir con prótesis mamarias, fue una experiencia tan impactante como reveladora. El reencuentro con la imagen propia, ahora sin artificios, estuvo teñido de emociones diversas: miedo, alivio, incredulidad y, finalmente, una naciente satisfacción.

“Fue como arrojarme a la pileta. Era difícil imaginarme sin prótesis cuando ya había pasado tanto tiempo. Pero lo que realmente quería era cuidar mi cuerpo”, afirma Vanina, evocando las semanas previas y posteriores a la operación. Además, reconoció que la adaptación no fue inmediata. “La piel está diferente, las curvas habían cambiado, mis mamas pasaron por dos operaciones, una de implante y una de explante”, detalló.

Valeria vivió un golpe emocional vinculado a la fuerza del hábito. “Cuando me vi, me puse a llorar. Hace 16 años me veía de una forma y de golpe verme de otra… Fue un llanto lindo, como una mezcla de shock y alivio, diciendo: ‘Ya está, ya me saqué esto de adentro mío’. Fue fuerte, muy fuerte. No sé qué va a pasar cuando me ponga la bikini en el verano, pero igual estoy muy feliz”.

Los síntomas incómodos y limitantes, en gran parte, se desvanecieron. “Tenía cansancio extremo, dolor en las articulaciones. Apenas me explanté empecé a sentirme otra”, compartió Vanina. En la misma línea, Valeria agregó: “Tenía dolores musculares, falta de aire, pero pensé que era menopausia y la verdad es que todo eso se me fue. Bajé tres kilos en una semana, me noto mucho más deshinchada”.

Al igual que Valeria y Vanina, muchas mujeres hoy guardan las prótesis retiradas como un recordatorio tangible de los caminos que han recorrido: trofeos de una travesía personal, objetos de reflexión y de un punto de inflexión. “Es parte de mi altar, porque es recordar el proceso y abrazar todas las versiones: la que me llevó a colocarlas, la que me impulsó a quitarlas y la que fue parte de todo ese tránsito”, concluyó Vanina.

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