“Ahora murió y puedo contarlo”: el secreto familiar jamás revelado por Gastón Portal

El productor, director y guionista se refirió a un capítulo no conocido de su vida . Explicó además por qué decidió escribir Cyrana, su primera novela

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Gastón Portal con Tatiana Schapiro en Infobae

Este hombre que se define como “muy solitario” y procastinador, que cuando promediaba los 20 años puso en práctica dormir lo menos posible -unas cinco horas- porque no quería “perder un tercio de la vida sin darme cuenta”, cuenta con un mundo propio tan basto como protegido. “Metido ahí, es el lugar donde más cómodo me siento”, confiesa Gastón Portal, un productor, director y guionista que encuentra en la escritura la mayor expresión de su creatividad.

Y sin embargo, no se animaba: autor de una infinidad de cuentos, nunca había encarado una novela, un tanto –se sospecha- por pudor, y más por tenerle “mucho respeto a la literatura”. Hasta que un día lo supo: “Lo único que podés hacer es lo que te sale. Y ahí, te aliviás como artista”.

Cyrana, editada por Planeta, tuvo su génesis en plena pandemia, cuando el encierro lo motivó a escribir una historia que iba más allá de los límites de un cuento. Una de sus hijas, la pequeña Gala, fue su “editora personal”: sentada a upa, “hacía como que escribía conmigo, y hasta leía”.

Inspirada en Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, Cyrana trata sobre una adolescente de 15 años (Emilia) quien, abrumada por una profunda soledad, recibe la inesperada ayuda de su mamá (Cris): juntas crearán un personaje virtual para, de algún modo, escapar de aquel tormento. Y que Emilia logre expresarse. Hasta que todo se complica, claro. Demasiado.

Así, Portal tratará problemáticas como el grooming y las fobias sociales, pero también el vínculo entre madre e hija. “De alguna manera, ambas son la misma persona en diferentes envases, que viven mirándose en ese espejo de la otra: una mirando cómo va a ser, y la otra, cómo era ella sin haberlo visto antes. Sé que un varón escribiendo sobre mujeres podía llegar a molestar. Y tomé un recaudo por una cuestión de sensatez: todo lo que tiene que ver con la sexualidad de Cris y Emilia está escrito por mujeres. Fui hablándolo con mujeres. Son experiencias y relatos, no hay una letra de mi imaginación de hombre en lo que podría haber sentido una mujer”.

Gastón Portal publicó Cyrana, su primera novela junto a Editorial Planeta
Gastón Portal publicó Cyrana, su primera novela junto a Editorial Planeta

—¿Cuál era el punto de partida en vos para contar esta historia?

—Hay dos temas que circulan dentro de mí, que escribo pero sin haberlo premeditado. Uno, la identidad. No solo la identidad robada, los desaparecidos, algo que siempre me obsesionó, sino también las diferentes identidades que vamos teniendo a medida que crecemos. No sabemos bien quiénes somos, ni nosotros nos conocemos; todo ese barullo siempre me resonó. Y el otro tema es la relación madre-hija, madre-hijo: hay algo en ese vínculo muy estrecho y especial para mí, que obviamente tiene que ver con mi infancia. Nunca hice terapia, pero no me hizo falta para entender por dónde venía.

—¿Cómo era tu infancia, con tus viejos?

Tuve una infancia muy feliz pero muy particular porque mi viejo (el recordado Raúl Portal) era un tipo de clase media, músico, bohemio, y se casó con una nena bien de una familia muy bien, con una oveja negra. La familia de mi madre estuvo totalmente en contra de ese romance. Se casaron, se fueron a vivir a un departamento, y me tuvieron a mí: soy hijo de dos locos, en el mejor de los sentidos. Y mi vieja tuvo un problema en el parto, que se llama eclampsia.

—Algo muy peligroso.

—Te pega en el bocho, fuerte. Y no podía… no estaba preparada para tenerme. Era un poco riesgoso. Y mi viejo, después de una escena fuerte, me agarró y me llevó a la casa de mi abuela materna y le dijo: “Sara, esto no puede seguir así. Tenelo. Yo tengo que trabajar, no puedo”.

Gastón junto a Raúl y Lulú Portal
Gastón junto a Raúl y Lulú Portal

—¿Tu mamá había tenido una depresión post parto muy fuerte?

—Exacto, sí. Fue gravísimo. Y le recomendaron irse a Córdoba. Hasta los seis años yo me crié con mi abuela en una mansión de cuatro pisos en Belgrano R. Estaba mi abuela, el ama de llaves y yo. Mi viejo iba siempre, pero laburaba. Y después, se engancha con mi madre del corazón. Yo tendría seis años y me voy con ellos a un ambiente, pero un ambiente real: con un biombo en el medio. Y yo estaba feliz, porque los chicos quieren estar con los padres. Con mi vieja biológica no tuve casi relación hasta que a los 14 años me agarraron ganas de conocerla. Me escribía algunas cartas, tenía una relación pero muy así, suelta, y mi viejo siempre me habló bárbaro de ella. Ella se había casado con un hippie, había tenido dos hijos; vivía en un pueblito chiquito, Los Cocos, en Córdoba. A partir de ahí tuve una relación extraordinaria con ella, hasta que murió: yo tenía 22 años. El libro, Cyrana, está dedicado a mis dos madres: Matilde, que es la biológica, y Lucía (Labora), la del corazón.

—Sara, la abuela con la que vos vivías, era la mamá de Matilde.

—Exacto.

—¿Y con Sara seguiste teniendo vínculo?

—Sí. Ella creía que era mi madre. O sea, yo, en el bocho, tenía un quilombo porque tenía un montón de madres…

—¿Cuando tu papá quiere llevarte a tus seis años, no hubo problema?

—Fue un quilombo total. Mi abuela, llorando. Seguí yendo a lo de mi abuela hasta que murió y vendimos la casa. Mis primos vivían al lado, ¿entendés? Me crié muy solo.

—Y llega Lucía a tu vida.

—Y fue extraordinario.

—Fue tu mamá.

—Sí. Te diría que más que Matilde. Y de hecho yo no contaba mucho esta historia porque no quería, de alguna manera…

—Lastimar a Lucía.

—Sí, exacto. Ahora murió (en diciembre de 2023) y puedo contarlo.

—¿Le dijiste fácil “mamá” a Lucía?

Nunca se lo dije. Cuando la conocí, todos le decíamos Lulú. Mi viejo me llevó a un campo con todos mis primos para, sin habérmelo dicho, yo diera el okey o no de la relación, ver si iba bien o no. Y no solo hubo feeling conmigo, sino también con todos mis primos.

—Se los ganó a todos.

—Era una persona realmente increíble, que maravillaba a todos. Tenía una personalidad fortísima, pero a todos trataba de ayudar. Y quedó Lulú: nunca le dije… O sea, sí le decía “mi vieja” o “vieja”, no sé qué, pero nunca le dije mamá. Imaginate: carne de cañón para un psicólogo, que no recuerdo haberle dicho “mamá” a ninguna persona.

Gastón Portal junto a sus tres hijos
Gastón Portal junto a sus tres hijos

—Cuando a los 14 años te dieron ganas de conocer a Matilde, ¿tu papá y Lulú estuvieron de acuerdo?

—Total. Sí, sí. Me criaron con una libertad y una honestidad llamativa. Yo trato de emular eso con mis hijos: no los trato como chicos y les digo la verdad que sea.

—¿Y cómo fue ese encuentro?

—Extraordinario.

—Ya había un vínculo telefónico.

—Sí. Y epistolar: todavía tengo sus cartas. Y nada, fue como si hubiéramos vivido juntos toda la vida. No hubo ninguna charla, nunca un reproche: “¿Por qué hiciste eso?”. Nunca sentí ningún tipo de rencor, ni nada.

—¿Nunca te enojaste?

—Nada, nada.

—¿Y a ella cómo la llamabas?

Matu.

—Y conociste a tus hermanos.

—Sí. A partir de ahí, fueron mis hermanos. Tuve una relación bastante paternal con ellos porque después me los traje a Buenos Aires. Tota y Nano: les llevo diez y ocho años.

—Cuando Matilde muere, tus hermanos todavía eran chicos.

—Sí, eran chicos. Siguieron viviendo en Córdoba hasta el secundario, cuando los traje a Buenos Aires. Yo ya hablaba con Matilde de hacerme un poco cargo y darles un futuro más abierto que el que podían llegar a tener en ese pueblito. Es interesante, una historia interesante…

—Y una historia que estaba muy guardada: nunca la contaste públicamente. ¿Creés que tiene que ver con esto, con la partida de tus padres?

—Sí. Como en el medio mi vieja, Lulú, era muy conocida (trabajaba como productora) y todo el mundo la tomaba como mi vieja, al punto que me decían: “Ah, te parecés más a ella”, pensaba que le podía llegar a doler. Y entonces, ¿para qué contar?

Gastón junto a su papá Raúl Portal
Gastón junto a su papá Raúl Portal

—¿Cómo viviste la muerte de ambos, de Raúl y de Lulu?

—Y… no sé. Creía que estaba preparado y, por supuesto: uno no está preparado. Y fue fuerte. Mi viejo se vino a pique durante los últimos años, yo viví con él toda esa decadencia, y por eso para mí no fue terrible como podría haber sido. Él estaba ya en un delirio enorme y yo tenía charlas de horas, dentro de su delirio.

—¿Con tu viejo te enojaste alguna vez en tu vida?

—Sí, sí. Estuvimos un año sin hablarnos.

—¿Por qué?

—Y… porque había cosas que no me gustaban. Él era un tipo muy especial: era extraordinario, pero también era… Es muy difícil explicarlo porque nunca conocí a alguien más contradictorio que él.

—Muy libre en algunas cosas y muy cerrado en otras, ¿no?

—Absolutamente. Con una mentalidad de libertad absoluta, e ideológicamente estábamos en las antípodas. Cuando yo empecé a leer y a escuchar, entendí que, bueno, estoy en las antípodas de todas mis familias (risas). Todos son un poco derechosos, digamos.

—Hoy, tu viejo estaría con Milei.

—No creo, porque las cosas que está haciendo Milei, que rozan la perversidad, nunca las hubiera aceptado, ¿entendés? Al mismo tiempo fue él quien me incentivó a que yo tuviera la ideología que quisiera, con una libertad que es muy inusual en un padre con un chico de 13 años. De hecho, yo fui su jefe a partir de veintipico de años.

—Nombramos a Milei, y antes hablabas de los desaparecidos, que siempre te movilizó. ¿Qué te pasa con este revisionismo de los 70 que estamos viviendo?

—Yo, primero, trato de no tener vereda, de manejar con sensatez. Y trato de entender: si el 50% vota a esa persona, es porque hay algo que hay que escuchar. Pero creo que una persona que piensa más en números que en letras, difícilmente pueda entender a un pueblo. La poca empatía y la perversidad con que están trabajando y están mostrándose, me demuestra que no es buena gente. No hay forma de que eso llegue a buen puerto. Ojalá, por lo menos, que baje la inflación. Pero es muy difícil que gente mala pueda entender a los que no piensan como ellos, porque la gente mala tiene una perversidad implícita. Eso que hacen con el Salón de las Mujeres…

—El Día de la Mujer.

—Eso que hacen con el INCAA, con el Gaumont. No solo dicen: “No vamos a poner plata porque nadie ve las películas”; no quieren que esas películas se vean. Es ideológico. Pero como digo esto, también digo del bando del kirchnerismo: hay cosas que me gustaron mucho y otras nada, y tiene que plantearse por qué creó este monstruo entendés. Esto es Víctor Frankenstein. Y veo mucho espejo en las perversidades.

—Se festeja el cierre de Télam, por ejemplo, que deja sin trabajo a un montón de familias. Criticamos tanto las formas del kirchnerismo, pero acá las formas también son horribles.

—Absolutamente. Disfrutan de ese sufrimiento. Es como el rasgo más claro del psicópata: disfrutar e invisibilizar al otro. No sufre por el otro porque el otro no existe entendés. Igual, no creo que sean lo mismo los dos bandos. El kirchnerismo tuvo máxima responsabilidad en que aparezca gente así, pero esto que estamos viviendo con… Una cosa es el revisionismo. Hay cosas increíbles que pasaban en este país antes del golpe de Estado. Increíbles, increíbles… Y en democracia, como La Tablada. Estoy totalmente de acuerdo que tendrían que estar en cana los que atentaban contra el poder democrático, pero de ahí a creer que eso justificó el terrorismo de Estado. Los desaparecidos. Disfrutar robar bebés, torturar, violar a cualquier mujer que les gustaba porque aparecía en una libreta de un tipo que era de la Juventud Peronista. O sea, es emulable al nazismo. Eso lo tengo clarísimo. Entonces, que ahora vengan personas como esta señora Villarruel, que hacía reuniones con Videla, es realmente vivir una pesadilla… Como esas cosas que decías: “Ya terminó esto”, y vuelve a aparecer el monstruo. Estamos retrocediendo mil espacios en derechos. Con la soberbia y la maldad que disfrutan quitarles derechos a las mujeres. Creen que les quitan derechos. No los quitan más, olvidate.

—Para que alguien que no nos imaginábamos, un outsider absoluto, sea presidente, tiene que haber una autocrítica del gobierno anterior.

—Es un fenómeno mundial. Viví en Estados Unidos la época de Trump, y era exactamente igual. En estas últimas décadas se otorgaron muchos derechos que estaban postergados, y hay mucha gente que odia eso. Pero estaba callada. Ya no pueden ser xenófobos abiertamente, por ejemplo. No pueden ser racistas abiertamente, pero siguen siendo racistas. Siguen siendo elitistas. Siguen odiando al pobre. Milei dice: “La igualdad de oportunidades es una aberración”, y es una frase que va a quedar en los anales de la literatura argentina. Bueno, en Estados Unidos vino un loco que les dijo: “América es de ustedes, no de los negros, los latinos”. Y ese pueblo dormido, que es muy grande en todos los países, en Argentina también y por eso se está viendo eso, sale a decir: “Sí, sí, es verdad, es eso, es eso”. Y listo. Y hagan lo que hagan, no importa; ya son ciegos.

Gastón Portal sobre la paternidad: "Es como si estuviéramos en un campamento permanentemente: vamos todos juntos, vemos películas a la noche"
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—¿Por qué volviste de Miami? Estuviste viviendo allá unos años.

—Estuve dos años y medio, sí.

—Con la familia: tu exmujer y los chicos.

—Sí, exacto. Empecé a trabajar para productoras de Estados Unidos y de México, y me sirvió mucho. Pero después tuve que venir acá a filmar La noche mágica, el largometraje con Natalia Oreiro y Diego Peretti. Y vino la pandemia, me separé; ya no tenía sentido. Tenía la construcción laboral hecha, con todos los lazos, y lo bueno de la pandemia es que nos explicó a todos que podíamos laburar desde nuestras casas.

—¿Y te gusta vivir en Argentina? Porque mucha gente tiene la fantasía de irse, y vos, teniendo la posibilidad, elegís quedarte acá.

—Me adapto a cualquier cosa y me divierto, le encuentro la vuelta, pero a mí no me gustó vivir en Miami. Vivir en Argentina es extraordinario: no conozco un país en el que se viva mejor. Obviamente, si no tenés plata vivir, en cualquier lado es terrible; te estoy hablando desde el privilegio. Pero privilegio contra privilegio, vivir en Argentina es extraordinario. Estoy fascinado. Y también soy muy urbano: me encanta Buenos Aires.

—¿Cómo te trata la soltería?

—Muy bien, muy bien.

—¿La estás disfrutando?

—Sí, sí. Es como una especie de sobredosis de libertad. Estuve 24 años en pareja, entre mis dos matrimonios y mi noviazgo. Cuando me encontré solo, fue como volver a vivir. Disfrutaba caminar por la calle: inexplicable, podía mirar... Todo era increíble. Ir a un lugar y volver a la hora que quería. Ahora, la verdad es que me parece difícil estar en pareja. Estuve seis meses de novio y muy bien, pero con mucha libertad. Lo hablaba con (Joaquín) Furriel, que somos muy amigos. Estábamos tomando unas copas, los dos solos, y llegué a una conclusión: estar casado debería ser esto, estar separado pero convivir un par de días con tu mujer. Después, casas separadas, si podés tener dos casas. Cuando no tengo a los chicos los extraño, y tengo una libertad absoluta que la uso para laburar, para todo. Y cuando estoy con los chicos, estoy con unas ganas… como si los viera después de un mes.

—Bueno, hay algo en el noviazgo: la vida diaria, la cotidiana, te lleva puesto.

—¡Los primeros seis meses son extraordinarios!

—Por eso la última pareja te duró seis (risas).

—Seis meses: ¡perfecto! (risas). Marina; le mando un beso grande. Realmente divina.

—¿Y cómo anda la paternidad?

—Bárbaro. Esto es lo que te digo: extraordinario. Tenemos mitad de semana cada uno, y de hecho ya no tengo ayuda doméstica: cocino, lavo los platos con ellos. Es como si estuviéramos en un campamento permanentemente: vamos todos juntos, vemos películas a la noche.

Gastón Portal junto a Tatiana Schapiro en Infobae
Gastón Portal junto a Tatiana Schapiro en Infobae

—Aparte del libro, ¿cómo viene el 2024? Hay una película este año también.

—No sé si llegamos… Pero sí, estoy trabajando dos películas grandes para dirigir. Una con guion mío, y la otra, un guion con mi gran amigo del alma que es Javier Castro Albano, con quien escribo desde los 17 años.

—¿Estás lejos de la televisión?

—Sí, sí. Hace mucho que quería dejar la tele porque se transformó en algo muy aburrido. Cuando hacíamos tele y creamos las productoras independientes todos juntos, en la época de Polka, Cuatro Cabezas, Tinelli, la originalidad era el valor supremo. Vos ibas al director de Programación con una idea original que no había estado en ningún lado, y te decía: “Vamos por ahí”. Pero cuando empecé a llevar ideas y la originalidad les daba miedo, y querían que les dijeras que fue probado en otro lado, ahí dije: “Terminó la tele”. Y eso pasó hace dos décadas, mínimo.

—La última. ¿Qué le dice este Gastón a aquel que tenía seis años, y todavía vivía con su abuela?

—Nada. No le dice nada. Se tira a jugar con él.