Sobreviví a la quimio. Ahora lucho contra la burocracia

Las cinco pacientes mueren diariamente en el país, donde Abemaciclib solo está cubierto por el Hospital Militar y el sector privado, según el testimonio de una sobreviviente de 29 años limeña

Ilustración de una mujer con cabello oscuro que coloca su mano en el pecho, junto a un gran lazo rosa sobre un fondo rosa.
Una mujer realiza una autoexploración mamaria junto a un lazo rosa en una ilustración sobre la concientización del cáncer de mama. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Me llamo Karin Pardo, tengo 29 años, soy administradora y vivo en Lima. En octubre, el mes del cáncer de mama, el mensaje que más se repite es la prevención, y está bien que así sea: detectar a tiempo salva vidas. Pero quiero contar lo que pasa después, cuando ya te diagnosticaron, ya te trataron y, aun así, sigues luchando.

En agosto de 2023 encontré un bulto en el seno izquierdo durante un chequeo ginecológico. Dos veces me dijeron que era algo benigno. Conseguir una ecografía me tomó cerca de un mes, y fue posible porque mi madre, que tiene más de 60 años, hizo la cola por mí. La biopsia que confirmó el cáncer llegó recién en junio de 2024, casi un año después. El diagnóstico: cáncer de mama en estadio III, subtipo HR+/HER2−, con alto riesgo de recaída.

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Desde entonces pasé por quimioterapia, una mastectomía radical con extracción de ganglios, la extirpación de trompas y ovarios, que me llevó a una menopausia quirúrgica definitiva antes de cumplir 30, y radioterapia, que tuve que pagar de forma particular porque en mi centro de salud no había citas disponibles.

Ilustración en acuarela de dos manos con guantes azules que sostienen un lazo rosa frente a una bata médica blanca.
Una persona vistiendo una bata médica y guantes azules sostiene un lazo rosa como símbolo de la lucha contra el cáncer de mama. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Muchos creen que ahí termina la historia. No es así. Para pacientes como yo, la lucha continúa después de la quimio y la radio. En los casos de alto riesgo como el mío, la probabilidad de que la enfermedad regrese puede llegar al 57%, muchas veces convertida en metástasis. Vivir con esa cifra no es sobrevivir tranquila: es contar los días, hacerse cada control con miedo y postergar planes sin saber si habrá tiempo para cumplirlos.

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Existe una terapia que me la prescribieron se llama Abemaciclib y sumada al tratamiento hormonal, reduce significativamente ese riesgo. Tiene respaldo científico internacional, ha sido evaluada por agencias como NICE en el Reino Unido y CADTH en Canadá, y forma parte de los sistemas públicos de salud de Colombia, México, Brasil, Argentina, Uruguay y Costa Rica. En el Perú, solo el Hospital Militar la cubre. En sector privado la cubre y el precio es aproximadamente de 14 mil soles al mes, durante dos años. Para la mayoría de familias peruanas, es simplemente inalcanzable.

Y aquí está lo que más me duele. Si mi tumor hubiera sido HER2 positivo o triple negativo, el sistema público me ofrecería un tratamiento para prevenir la recaída. Pero como mi cáncer es HR+/HER2−, el subtipo más frecuente, alrededor del 61% de los casos, no tengo alternativa. Mi riesgo es igual de alto; lo único que cambia es la etiqueta. Hoy, en el Perú, la posibilidad de prevenir una recaída no depende de cuánto riesgo enfrentas, sino del subtipo que te tocó. Eso no es una decisión médica. Es una inequidad.

No estoy pidiendo un privilegio. Estoy pidiendo lo mismo que ya reciben otras mujeres con cáncer de mama de alto riesgo.

Un profesional de la salud sujetando con delicadeza una placa de mamografía y ecografía transparente frente a una pantalla de luz blanca limpia
Un profesional de la salud sujetando con delicadeza una placa de mamografía y ecografía transparente frente a una pantalla de luz blanca limpia (Imagen Ilustrativa Infobae)

En octubre de 2025, mi hospital envió a la Red Nacional de Evaluación de Tecnologías Sanitarias (RENETSA) la solicitud formal, la llamada pregunta PICO, para que esta terapia sea evaluada en pacientes con mi perfil. Ha pasado un año. En ese tiempo, la solicitud ha ido y vuelto por observaciones administrativas, y la respuesta ha sido remitirse a una evaluación anterior, hecha para un perfil clínico distinto al mío. Mientras tanto, el reloj sigue corriendo.

Hoy recibo el tratamiento gracias a una donación, y sé que es temporal. Sé también que muchas mujeres en hospitales públicos de Lima y de regiones no tienen ni eso: sus médicos han presentado solicitudes similares que siguen sin respuesta. No soy un caso aislado. En el Perú, cada día unas 21 mujeres reciben un diagnóstico de cáncer de mama y cinco pierden la vida. Una parte de ellas comparte mi subtipo y mi riesgo, y también espera.

Por eso, en este mes en que todos nos vestimos de rosa, pido algo concreto. A las autoridades del Instituto Nacional de Salud y de RENETSA: que fijen una fecha para evaluar esta terapia en pacientes con cáncer de mama temprano HR+/HER2− de alto riesgo, considerando nuestro perfil clínico real y no uno que ya fue evaluado. Al Ministerio de Salud: que impulse esa evaluación con la urgencia que exige una enfermedad en la que el tiempo lo es todo.

No pido que se apruebe nada sin sustento técnico; la evidencia existe e incluye años de seguimiento. Pido que se evalúe. No pido que me regalen nada. Detrás de cada expediente en espera hay una mujer con planes, con familia y con ganas de vivir. Yo quiero llegar a los 30, a los 40 y a mucho más. Que mi futuro no lo decida un subtipo ni una bandeja de trámite.

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