Día Mundial de la Alimentación: la paradoja de un país que tiene tanto y donde tantos tienen tan poco

El INEI reportó que millones de personas carecieron de acceso regular a comida suficiente y nutritiva, una situación que obliga a hogares con bajos ingresos a reemplazar productos de mayor calidad por opciones más baratas

Dos agricultores en un campo de maíz seco; cuatro pescadores en un muelle con botes; un hombre y una mujer en un puesto de mercado con verduras.
El fenómeno climático El Niño afecta la agricultura con cultivos secos, la pesca con menor actividad marítima y los mercados peruanos con escasez de productos. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Hay algo profundamente contradictorio en celebrar el Día Mundial de la Alimentación en un país como el Perú. Somos reconocidos internacionalmente por nuestra gastronomía, presumimos de nuestra biodiversidad, de nuestros productos agrícolas. Sin embargo, mientras mostramos al mundo lo extraordinaria que es nuestra comida, millones de peruanos siguen enfrentando dificultades para llevar alimentos suficientes y nutritivos a sus mesas.

Y no hablo solamente de quienes pasan hambre. Hablo también de esa madre que debe decidir qué alimento dejar de comprar porque el dinero no alcanza. De las familias que reemplazan productos nutritivos por otros más baratos, no porque lo prefieran, sino porque no tienen otra alternativa. De los agricultores que trabajan la tierra durante meses y que, pese a producir nuestros alimentos, muchas veces tampoco pueden garantizar una alimentación adecuada para sus propias familias.

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Según el INEI, en 2025 el 30.5% de la población peruana enfrentó inseguridad alimentaria moderada o severa. Detrás de ese porcentaje hay millones de personas que viven con la incertidumbre de no saber si mañana podrán alimentarse como necesitan. Y esa debería ser, por sí sola, una razón suficiente para que el Día Mundial de la Alimentación no sea únicamente una fecha de celebración, sino también de profunda reflexión y exigencia.

Un campo dividido entre un cultivo anegado por la lluvia bajo nubes oscuras a la izquierda y tierra seca y agrietada a la derecha.
Un paisaje agrícola en Perú presenta la división entre parcelas anegadas por lluvias y terrenos secos por la falta de agua. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Pero este año hay algo más que debería preocuparnos. A nuestra persistente inseguridad alimentaria se suman las consecuencias de fenómenos climáticos y ambientales que están poniendo en riesgo aquello de lo que dependemos para sobrevivir: la producción de nuestros alimentos.

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En las últimas semanas hemos visto cómo los incendios forestales avanzan por distintas regiones del país. Cusco, Apurímac, Junín, Ayacucho y otros territorios enfrentan emergencias que no solamente destruyen vegetación y ecosistemas. También amenazan cultivos, animales, fuentes de agua y los medios de vida de comunidades enteras.

Me resulta doloroso pensar que, mientras discutimos otros asuntos de la agenda nacional, hay familias que están intentando evitar que el fuego alcance sus viviendas o sus campos de cultivo. Muchas veces con herramientas precarias, con el apoyo de sus vecinos y exponiendo su propia vida.

Dos hombres y una mujer con sombreros observan un campo de maíz seco y agrietado junto a un río crecido; al fondo, casas, un camino y montañas bajo cielo nublado.
Agricultores en Perú observan un campo de maíz reseco y un río crecido por el fenómeno El Niño, que causa sequías y lluvias intensas en la región. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Y mientras unas comunidades enfrentan el fuego, otras viven bajo la amenaza de las lluvias intensas y las inundaciones.

El Niño Costero vuelve a recordarnos lo vulnerable que puede ser nuestro sistema alimentario frente a los cambios del clima. Las lluvias extremas pueden destruir cultivos, interrumpir carreteras, afectar los mercados y dejar aisladas a comunidades que dependen del intercambio y la comercialización de sus productos.

Cuando hablamos de inundaciones solemos contar las viviendas afectadas, los kilómetros de carreteras destruidas o las hectáreas de cultivo perdidas. Pero pocas veces hablamos de lo que viene después, del agricultor que se endeudó para sembrar y perdió su cosecha, de la comerciante que ya no puede abastecer su puesto o de la familia que encuentra cada semana los alimentos más caros en el mercado.

Esta es también la realidad de nuestra seguridad alimentaria. No podemos seguir hablando de hambre como si fuera un problema separado del ambiente, de la agricultura, del agua o de la pobreza. Todo está relacionado. Cuando una familia agricultora pierde su cosecha, no solamente disminuye la disponibilidad de alimentos: también pierde ingresos para comprar aquello que no produce. Cuando suben los precios en los mercados, quienes tienen menos recursos son los primeros en verse obligados a reducir la variedad y calidad de su alimentación.

Platos gourmet de ceviche junto a un trofeo a la izquierda, y personas agrupadas en torno a una olla común en un asentamiento a la derecha.
Una composición expone la coexistencia de la alta cocina galardonada y las dificultades de acceso a los alimentos en sectores vulnerables de Lima. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Y mientras estas dificultades persisten, seguimos enfrentando problemas de malnutrición que deberían avergonzarnos como sociedad. En 2025, la anemia afectó aproximadamente a uno de cada tres niños peruanos de entre 6 y 35 meses de edad. Una cifra que, más allá de sus múltiples causas, nos recuerda cuánto nos falta por hacer para garantizar que nuestros niños crezcan en condiciones adecuadas.

Porque alimentarse no significa simplemente quitarse el hambre. Significa poder acceder a alimentos seguros, variados y nutritivos. Significa que una niña pueda desarrollarse plenamente, que una persona adulta mayor no tenga que elegir entre comprar medicamentos o alimentos, y que una familia pueda sentarse a comer sin sentir angustia por lo que costará la siguiente comida.

Por eso me preocupa que, año tras año, el Día Mundial de la Alimentación termine convertido en una sucesión de actividades conmemorativas mientras los problemas estructurales continúan esperando soluciones.

Una reportera sostiene un micrófono dentro de un mercado rodeada de estantes con verduras, frutas y dos comerciantes organizando papas
Una reportera informa desde el mercado La Paradita sobre el desabastecimiento de papas y el alza de precios causados por el fenómeno El Niño en Perú.

Necesitamos proteger mejor a nuestros agricultores, prevenir los incendios forestales, fortalecer la gestión del agua, prepararnos frente a las inundaciones y asegurar que las emergencias no terminen profundizando el hambre de las familias más vulnerables.

El Perú tiene una riqueza alimentaria extraordinaria, pero esa riqueza pierde buena parte de su sentido cuando no se traduce en bienestar para su población.

El Día Mundial de la Alimentación debería recordarnos que no hay nada que celebrar plenamente mientras el hambre siga formando parte de la vida cotidiana de millones de personas.

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