Durante décadas, el mapa del viajero peruano en tierras colombianas trazó una ruta casi inamovible. La pulsante vida urbana de Bogotá y el encanto amurallado de Cartagena acapararon la mayoría de las agendas de vacaciones, dejando poco margen para la exploración de otras latitudes de la costa caribeña.
Sin embargo, las cifras oficiales del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo de Colombia (MinCIT) reflejan hoy un fenómeno consolidado: con un flujo anual que ronda los 200 000 visitantes no residentes, el Perú se mantiene firme en el top cinco de los principales países emisores de turistas hacia territorio colombiano. Más allá de las capitales habituales, este volumen de viajeros ha comenzado a diversificar sus rutas en busca de turismo de playa y experiencias donde el mar no compita con la multitud.
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Existe una búsqueda distinta en la mentalidad del viajero peruano contemporáneo: la necesidad de escapar del bullicio urbano y reconectar con la naturaleza en un entorno de descanso. En esa búsqueda, Santa Marta ha emergido como un destino vacacional privilegiado, convirtiéndose en un refugio donde la calidez del mar Caribe se funde con la presencia imponente y mística de la Sierra Nevada.
Esta creciente preferencia nacional se percibe con claridad en la dinámica hotelera de la zona de Bello Horizonte. En propiedades de alta gama como el Santa Marta Marriott Resort Playa Dormida, los viajeros peruanos han escalado posiciones de forma acelerada hasta consolidarse dentro del top tres de sus visitantes internacionales, atraídos por una propuesta de hospedaje de lujo que combina el confort contemporáneo con una inmersión profunda en la cultura ancestral de la región.
La experiencia
En una propiedad concebida desde sus cimientos para el segmento de playa, bienestar y descanso, la arquitectura y el interiorismo trascienden lo meramente estético para convertirse en una narrativa viva sobre la región. Jefry Quintana, supervisor de mercadeo del resort, nos recibe para guiar el itinerario por las instalaciones y explicar cómo la infraestructura mantiene un diálogo constante con la cultura local y las cuatro comunidades indígenas originarias de la zona: los Kogui, Wiwa, Arhuaco y Kankuamo.
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Al ingresar al área del vestíbulo principal, Quintana nos invita a observar el techo y la cuidada iluminación dorada que lo baña. “La iluminación de nuestro Great Room está pensada para evocar el trabajo artesanal y la orfebrería de la cultura Tairona”, explica Quintana durante el recorrido. A medida que caminamos por el salón, el ejecutivo resalta la presencia de la vegetación nativa y el uso de maderas nobles en la estructura. “Buscamos que el visitante sienta desde el primer minuto que ha entrado en la atmósfera térmica y visual de la Sierra Nevada”, señala Quintana.
El componente cultural y humano cobra una dimensión aún más explícita al acercarnos a la exhibición central del lobby, donde reposan diversas mochilas tradicionales tejidas por manos autóctonas. “Cada una de estas mochilas es elaborada íntegramente a mano por mujeres de las comunidades de la Sierra, en un proceso artesanal minucioso que puede tomar hasta seis meses de dedicación”, destaca Quintana. Mientras muestra el detalle de los entramados de hilo, Quintana puntualiza que “los patrones geométricos no son adornos casuales, sino que funcionan literalmente como una especie de huella digital o ADN de la artesana que la tejió”. En esa misma línea de interpretación cultural, el supervisor de mercadeo muestra la representación del poporo, recipiente ceremonial utilizado tradicionalmente para el mancebeo de la hoja de coca, así como el tutu, el gorro blanco característico que distingue a los Mamos o líderes espirituales de la región.
Al desplazarnos hacia las áreas de relajación del lobby, la arquitectura vuelve a rendir tributo a la historia del litoral costeño. Quintana señala la gran estructura central de caña flecha que cobija el lounge y comenta que “este espacio imita las estructuras de las antiguas cabañas de los pescadores de la zona, honrando los primeros asentamientos que habitaron la costa de Santa Marta”.
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La propuesta gastronómica del resort también responde a una intención clara de rescate histórico e identidad del departamento del Magdalena. Al ingresar al restaurante principal, Quintana nos explica el origen de su denominación. “El restaurante 1525 lleva ese nombre en homenaje directo al año de fundación de Santa Marta, la ciudad más antigua de Colombia y de toda América del Sur”, afirma el ejecutivo. Quintana enfatiza que la carta del restaurante fue pensada para integrar de forma armónica los productos de la despensa local con técnicas internacionales de alta cocina, citando como ejemplos insignias el risotto de coco acompañado de langostinos o las creaciones reposteras elaboradas con queso costeño y guayaba.
Posteriormente, al descender hacia la franja costera, Quintana presenta el restaurante Cayeye, ubicado a pocos pasos de la arena. “Le pusimos así porque es el plato más representativo de nuestra tradición gastronómica local, hecho a base de guineo verde majado con queso costeño”, comenta Quintana, agregando que la propuesta culinaria de este espacio frente al mar se enfoca en resaltar la frescura de la pesca del día, los mariscos y las cazuelas tradicionales.
Espacios
Para complementar la perspectiva explicada durante el recorrido, los datos técnicos de la propiedad detallan una oferta de alojamiento compuesta por 168 habitaciones y suites, todas provistas de balcón privado y vista abierta al mar Caribe. En la oferta destacan 14 Junior Suites dotadas de salón de estar, escritorio de trabajo y dos baños, además de 14 Suites de categoría superior que incorporan terrazas frontales de gran formato con tina de hidromasaje o jacuzzi privado.
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En el apartado de bienestar y esparcimiento, el resort alberga el Seishua Spa, un espacio diseñado con cabinas de tratamiento individuales y dobles, baño turco, jacuzzi y terraza panorámica frente al océano. Las instalaciones se complementan con un gimnasio de la línea Matrix con atención las 24 horas, un Kids Club / Gamer Room enfocado en el ocio de niños y adolescentes, y un complejo de piscinas al aire libre que integra el Sinku Pool Bar y el Chiringuito ubicado directamente sobre la playa.
En materia de corporativo y eventos, el complejo ofrece 570 metros cuadrados de salones interiores modulables bautizados con nombres de las etnias indígenas locales como Tayrona, Kogui, Wiwa y Arhuaco. A esto se suman más de 530 metros cuadrados de áreas exteriores como la Terraza Caribe, habilitada para recepciones y bodas al aire libre. La propiedad se sitúa en el sector costero de Bello Horizonte, a escasos 5 minutos del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y a 35 minutos del Centro Histórico de Santa Marta.
El mix corporativo - placer
Dentro de la presencia proyectada por el grupo hotelero en la ciudad, la propuesta vacacional de Playa Dormida se complementa de forma estratégica con el hotel Courtyard by Marriott Santa Marta.
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Mientras que el resort de Bello Horizonte está enfocado en el turismo de descanso prolongado, el bienestar familiar y la realización de eventos sociales o corporativos frente al mar, la marca Courtyard atiende un perfil del viajero centrado en la operatividad urbana y la dinámica de negocios. La infraestructura del Courtyard prioriza la eficiencia funcional, ofreciendo espacios de trabajo equipados, conectividad ininterrumpida y una localización que facilita el desplazamiento directo hacia los centros comerciales, administrativos y logísticos de Santa Marta.
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