El 15 de agosto de 2007, la costa sur del Perú fue sacudida por un terremoto de magnitud 7,9, que provocó la muerte de 596 personas, destruyó el 80% de la ciudad y dejó una huella indeleble en la gestión del riesgo sísmico nacional. A casi dos décadas del evento, expertos del Instituto Geofísico del Perú (IGP) y de la Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra del Perú advierten que el riesgo sísmico sigue latente en la costa central peruana, donde la autoconstrucción y el crecimiento urbano sobre suelos poco estables mantienen una amenaza constante.
El sismo, que ocurrió a las 18:41 de aquel miércoles, afectó principalmente a las provincias de Pisco, Chincha e Ica, además de zonas de Lima y Huancavelica. Según el IGP, el epicentro se ubicó a 60 kilómetros al oeste de la ciudad de Pisco y a 40 kilómetros de profundidad, en un área de intensa actividad tectónica por la interacción de las placas de Nazca y Sudamericana. La duración inusual de la ruptura sísmica, con dos fracturas principales y más de tres minutos de vibración, determinó la magnitud de la tragedia.
La noche en que Pisco cambió en pocos minutos
Pisco experimentó una transformación total en cuestión de minutos. El terremoto se distinguió por la prolongada liberación de energía, que se extendió durante cerca de 210 segundos. En ese lapso se produjeron dos fracturas aisladas entre Chilca y Pisco. La primera ruptura duró aproximadamente 70 segundos, seguida de un intervalo de entre 20 y 30 segundos de relativa calma, para luego registrar una segunda fractura de gran intensidad.
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De acuerdo con el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI), la hora en que se produjo el sismo fue determinante: muchas personas se encontraban en tránsito hacia sus hogares o alistando la cena, lo que les permitió reaccionar y buscar refugio. No obstante, la magnitud del desastre desbordó la capacidad de respuesta local, y la plaza Mayor de Pisco se convirtió en un improvisado espacio de identificación de víctimas ante la falta de recursos y gestión.
Casi 600 muertos y decenas de miles de viviendas destruidas
La dimensión humana y material del sismo de Pisco quedó marcada por sus cifras. Fallecieron 596 personas, 1.292 personas resultaron heridas y 431.313 quedaron damnificadas. El impacto estructural fue descomunal: 91.240 viviendas colapsaron y miles de familias perdieron su hogar en cuestión de minutos. El mayor número de víctimas se concentró en la iglesia San Clemente de Pisco, donde 148 personas murieron mientras participaban en una misa de difuntos.
El sacerdote José Emilio Torres Mota, quien oficiaba la ceremonia, relató la experiencia en distintos medios: “Vino aquel ruido y supe que era un terremoto. Me dio tiempo de pedirles a los fieles que mantuvieran la calma. Luego ya no vi más porque se fue la luz”. El sacerdote español Alfonso Berrade, también de la iglesia, describió la escena en la plaza principal tras la emergencia: “Los cuerpos eran demasiados. No había lugar donde ponerlos. Se decidió que a los hospitales sólo irían los heridos”.
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Tsunami, licuación de suelos y los otros efectos que dejó el terremoto
Además del colapso de edificaciones, el terremoto generó un tsunami que afectó especialmente la bahía de Lagunillas, en Paracas. Olas de baja altura llegaron hasta el Callao, provocando inundaciones en la carretera Costanera y en diversas calles. Según la Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra del Perú, el evento sirvió para implementar sistemas de monitoreo y comunicación más robustos, así como mapas de rutas de evacuación ante tsunamis.
El sismo también produjo fenómenos de licuación de suelos en varias zonas, lo que agravó los daños estructurales y complicó las labores de rescate. Los efectos se extendieron a Yauyos y Cañete en Lima, y a Castrovirreyna y Huaytará en Huancavelica, donde se reportaron daños menores pero significativos.
La respuesta internacional fue inmediata. Países de América, Europa y Asia enviaron hospitales de campaña, plantas potabilizadoras, medicamentos y alimentos para atender la emergencia.
Diecinueve años después: ¿qué aprendió el Perú del terremoto de Pisco?
A pesar de que la tragedia de Pisco impulsó cambios en las normas de edificación y en la gestión del riesgo, la cultura de prevención sigue siendo una tarea pendiente. El presidente ejecutivo del IGP, Hernando Tavera, ha subrayado en reiteradas oportunidades que la población persiste en construir viviendas en los mismos lugares y condiciones, manteniendo niveles de riesgo elevados.
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En 2020, Tavera escribió en una columna que “la población ha persistido en construir sus viviendas en los mismos lugares y en iguales condiciones, lo que aumenta el nivel de riesgo de la ciudad de Pisco ante un futuro terremoto”. El Cinturón de Fuego del Pacífico, donde se encuentra Perú, concentra una de las mayores actividades sísmicas del planeta. El antecedente más reciente de sismo importante ocurrió el 15 de junio de 2025, cuando un movimiento de magnitud 6,1 sacudió Lima, causando un fallecido y daños materiales.
El IGP afirma que ahora puede identificar zonas con alta probabilidad de grandes eventos sísmicos, gracias a la instrumentación geofísica y el desarrollo de la ciencia aplicada. Sin embargo, el propio Tavera advierte que mientras la población y las autoridades no conviertan ese conocimiento en acciones concretas, el riesgo seguirá siendo alto.
Qué hacer ante un sismo de gran magnitud
Las autoridades peruanas insisten en la importancia de la preparación. El contralmirante Jorge Paz, director de la Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra del Perú, afirmó que la evaluación del tsunami de 2007 motivó el desarrollo de 102 cartas de inundación con rutas de evacuación y zonas de refugio, disponibles para consulta pública.
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Hoy se realizan ejercicios de evacuación diurnos y nocturnos para familiarizar a la población con los protocolos de salida y resguardo ante sismos y tsunamis. “La educación es el mejor sistema de alerta para afrontar los tsunamis”, resumió Paz al presentar las nuevas estrategias de prevención.
El IGP recomienda identificar previamente las zonas seguras de cada vivienda, tener una mochila de emergencia con agua, alimentos, medicinas y linterna, y participar en simulacros comunitarios. La experiencia de Pisco y el silencio sísmico que persiste en la costa central son recordatorios de la necesidad constante de preparación en un país donde la acumulación de energía frente a la costa puede desencadenar un nuevo gran terremoto en cualquier momento.
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