Mientras los panameños intentan recuperar la normalidad en medio de las réplicas del terremoto de magnitud 7.5 provocado por la falla de Azuero-Soná, un nuevo movimiento telúrico registrado en Arraiján, Panamá Oeste, reavivó la preocupación por la actividad sísmica cerca de la capital, particularmente en la zona de la falla de Pedro Miguel, considerada una de las principales amenazas geológicas para la ciudad.
El Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá informó que el martes 4 de noviembre, a las 5:38 p. m., ocurrió un sismo de magnitud 3.9 en el área de Pedro Miguel, a siete kilómetros de profundidad. Aunque fue un evento de baja magnitud, su cercanía a sectores poblados permitió que fuera percibido con claridad, según explicó la institución en un reporte ampliado.
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El organismo científico precisó que el movimiento no guarda relación con la secuencia sísmica de Azuero, cuyo evento principal ocurrió el 9 de octubre. Ambos se registraron en sistemas de fallas diferentes, separados por más de 150 kilómetros. Hasta la publicación del informe, no se habían identificado réplicas del temblor ocurrido en Panamá Oeste.
La explicación está relacionada con la profundidad del movimiento, la distancia al epicentro y las características del suelo. Un terremoto pequeño, pero superficial y cercano, puede sentirse con mayor intensidad que otro más potente ocurrido lejos. Por ello, la magnitud no determina por sí sola cómo percibe la población las sacudidas.
El Instituto de Geociencias también divulgó un histograma con 79 sismos registrados en el área de Pedro Miguel entre 2019 y el 4 de noviembre de 2026. El año con mayor actividad fue 2022, con 16 movimientos, seguido de 2026, con 13, y 2020, con 12. La mayor magnitud del período fue 4.3, registrada en 2022.
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Los antecedentes de esta zona adquieren relevancia por su proximidad a la capital. Luis Pinzón, director de Investigación de la Universidad Católica Santa María La Antigua (USMA), explicó que las fallas de Pedro Miguel, Miraflores, Gatún y Limón fueron estudiadas mediante investigaciones paleosismológicas vinculadas a la ampliación del Canal de Panamá, que permitieron determinar su potencial sísmico.
Según el especialista, los estudios identificaron evidencias de un terremoto de magnitud superior a 7 ocurrido en 1621, asociado con la falla de Pedro Miguel y con importantes daños en Panamá la Vieja. También encontraron indicios de otros movimientos anteriores, lo que permitió estimar intervalos de recurrencia de entre 500 y 600 años para grandes eventos.
Pinzón señaló que la falla de Pedro Miguel se encuentra a unos 10 kilómetros de la ciudad de Panamá y tiene capacidad para producir aceleraciones considerablemente superiores a las registradas durante el terremoto de Azuero.
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El investigador explicó que, durante el terremoto del 9 de octubre, los acelerógrafos registraron aproximadamente 0.04 g en Ciudad de Panamá, un nivel bajo frente a las exigencias del diseño estructural.
En contraste, un evento cercano originado en Pedro Miguel podría generar aceleraciones próximas a 1 g, una situación considerablemente más exigente para las edificaciones.
Aunque las construcciones altas de la capital no sufrieron daños estructurales generalizados por aquel terremoto, Pinzón advirtió que eso no significa que hayan sido sometidas a su máxima exigencia sísmica.
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Por esa razón, considera necesario revisar hospitales, escuelas y otras instalaciones esenciales, especialmente aquellas construidas antes de las actualizaciones de los criterios sismorresistentes.
La USMA desarrolla además un estudio de riesgo sísmico en el Casco Antiguo, que contempla un posible terremoto en Pedro Miguel y evalúa la vulnerabilidad de las estructuras, la exposición de la población y los efectos de resonancia. El objetivo es anticipar daños y orientar medidas preventivas, en lugar de esperar a que ocurra una emergencia.
El especialista insistió en que Panamá necesita fortalecer la evaluación de su infraestructura y ampliar las redes de monitoreo. El reciente temblor en Panamá Oeste, aunque independiente de Azuero, vuelve a poner sobre la mesa una realidad geológica: la capital está próxima a fallas activas cuyo potencial debe incorporarse permanentemente a la planificación y prevención de riesgos.
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