Soplan vientos de cambio en Occidente. Luego de varios años de asistir al avance de las ultraderechas, de discursos de odio, de crueldad, de liderazgos con sesgos autoritarios y un descreimiento creciente en la democracia, comienzan a aparecer señales de reacción en las sociedades. Lo que parecía un proceso inevitable, empieza a encontrar límites. Y esos límites los ponen, una vez más, los pueblos.
Las elecciones legislativas en Estados Unidos representan un punto de inflexión. Donald Trump sufrió una contundente derrota política que lo pone definitivamente en condición de “pato rengo”. Su Partido Republicano perdió el control de ambas Cámaras del Congreso, y los demócratas lograron resonantes triunfos en estados tradicionalmente conservadores como Texas, Kansas, Georgia, o Iowa, entre otros.
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El resultado no significa solamente una derrota a mitad de mandato. Es un fuerte cuestionamiento a una forma de ejercer el poder que convirtió la violencia verbal, la confrontación permanente, la mentira y la agresividad en instrumentos centrales de la política.
Durante los últimos años, Trump, Bolsonaro, Orban, Milei y otros “matones” de esta derecha radical interpretaron una parte importante del malestar en nuestras sociedades. Millones de personas frustradas con el funcionamiento de la democracia que no conseguía resolver sus problemas cotidianos, y decepcionadas con sus representantes, encontraron en estos personajes la forma de canalizar su indignación.
Cuando la política y la democracia no ofreció respuestas, la antipolítica encontró su oportunidad. Y allí aparecieron los “matones” prometiendo dar soluciones mediante la provocación, el conflicto y la destrucción de lo existente. Pero aquí existe una contradicción fundamental que comienza a quedar al descubierto: los intereses de las sociedades que votaron en su momento a estos personajes, no son necesariamente los mismos de quienes los gobiernan.
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Las mayorías sociales quieren vivir dignamente. Quieren salarios que alcancen, precios que no aumenten, empleos de calidad, acceso a la vivienda, educación para los hijos, salud, y un horizonte de progreso. Sin embargo, detrás de la retórica antisistema, los proyectos políticos de la extrema derecha terminan consolidando la concentración de la riqueza, debilitando los mecanismos de protección social y favoreciendo a los sectores más poderosos de la economía. Se presentaron como rebeldes defendiendo la libertad, y ejercen el poder con rasgos autoritarios, consolidando alianzas con las élites económicas a las que se sumaron los tecnomagnates.
Cuando sus promesas comenzaron a chocar con la realidad como vemos en Estados Unidos o Argentina, han necesitado aumentar la intensidad del conflicto. Para ellos, siempre debe aparecer un nuevo enemigo: los inmigrantes, otro país, los trabajadores, los estudiantes, los científicos, los periodistas. El odio además de ser un recurso electoral, pasa a ser un método de gobierno.
El despertar de las sociedades
La experiencia brasileña y ahora le elección en Estados Unidos mostró que es posible derrotar a la extrema derecha, a pesar de las ventajas que el universo digital hoy le otorga. El triunfo de Lula, claramente excedió las fronteras de Brasil. En ambos países ha quedado demostrado que determinados procesos políticos no son irreversibles y que la democracia conserva recursos para defenderse cuando consigue convocar y articular a sectores diversos de la sociedad.
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El malestar económico , el aumento del costo de vida, los precios de los alimentos y de la energía, el rechazo a la política exterior, la guerra con Irán, el apoyo al régimen de Netanyahu son las principales motivaciones del voto estadounidense. Sin embargo, no podemos ni debemos anunciar prematuramente el final de la ultraderecha. Sus bases sociales culturales y económicas van a seguir presentes. Pero la enseñanza es que ninguna sociedad está condenada a permanecer atrapada en la confrontación permanente y el resentimiento.
El desafío de no volver al pasado.
Hay un error que las fuerzas democráticas y populares no debemos cometer. Creer que alcanza con el fracaso de estos matones de la ultraderecha para recuperar la confianza ciudadana. El descontento social que llevó a posturas antisistema no desaparece. Las desigualdades, la precariedad, la pérdida de expectativas siguen allí. Las sociedades que reclamaron cambios profundos aquí, en Brasil o en Estados Unidos no van a conformarse con una vuelta al pasado. Es fundamental recuperar la capacidad de escuchar y ofrecer una nueva perspectiva de desarrollo, bienestar y convivencia. La democracia necesita recuperar su capacidad de transformación.
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La libertad y la justicia social deben ser valores complementarios porque el progreso individual y el bienestar colectivo no son objetivos contrapuestos. La prosperidad de una sociedad se da cuando el desarrollo de cada persona contribuye al fortalecimiento de la comunidad y esa comunidad crea las condiciones para que todos puedan realizarse.
Argentina 2027. La esperanza como fuerza transformadora
Los vientos de cambio que comienzan a sentirse en distintas partes del mundo nos recuerdan que los pueblos pueden revisar sus decisiones, recuperar la iniciativa y abrir nuevos caminos. Pero la esperanza no puede confundirse con una espera pasiva. No alcanza con indignarse con Trump, Milei o Bolsonaro. En el caso nuestro, hace falta construir una alternativa superior a lo que se pretende reemplazar.
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Javier Milei llegó al gobierno interpretando un malestar auténtico. Pero ese enojo en lugar de llevarnos a un país mejor, nos está dejando hoy en grandes dificultades. El ajuste permanente y el gobierno para pocos, fracasó.
Así como sucedió en Estados Unidos, en Brasil, en varios países de Europa o en Israel, quedó claro que el futuro no pertenece a los más violentos, a los que gritan más fuerte, o a quienes defienden los intereses de los más poderosos. Pertenecen a las sociedades que consiguen organizar sus aspiraciones, canalizar la indignación en participación y convertir sus esperanzas en un proyecto de país.
En 2027, la Argentina tendrá su oportunidad de demostrarlo, con la democracia como herramienta y la esperanza como fuerza transformadora.
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