El 17 de octubre de 1945 fue el día en que los humildes asumieron la responsabilidad de conducir a la patria. Repito siempre la frase de un obrero que me dijo: “Después de aquel día nunca más tuve que bajar la vista frente al patrón y al policía”. Su dignidad estaba en juego y, por primera vez, era respetada.
Es reiterativo, aunque necesario, referirse a la discriminatoria apelación de “aluvión zoológico” que llenó, entonces, la Plaza de Mayo exigiendo la liberación del coronel Perón, detenido en la isla Martín García, concepto que desgraciadamente sigue vigente, no solo en alusión al peronismo. El grupito de libertarios liderados por Santiago Caputo lo aplica desde su más profunda ignorancia, “mutatis mutandi”, a toda la comunidad musulmana. La contracara de esta aberrante visión es el concepto de Raúl Scalabrini Ortiz, ese gran pensador nacional, que lo denominaría “subsuelo de la patria sublevado”. Otro gran pensador de la misma tendencia, Arturo Jauretche, había participado activamente en la lucha por el derecho al voto, por el radicalismo, por Yrigoyen, y será él con FORJA —agrupación política a la que no homenajeamos como lo merece— quien planteará la riqueza de un pensamiento nacional constante en la conciencia aunque no en la realización.
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Habrá que esperar a la llegada de Perón ese 17 de octubre para comprender que su concepción de las necesidades del país para ser nación y no colonia representó el punto más alto del sentido de patria. El principio de soberanía política, junto con los de independencia económica y justicia social, son la esencia de toda política que integre al conjunto de la sociedad. El desconocimiento y el menosprecio que estos fundamentos del Justicialismo reciben hoy de parte de los adoradores del becerro de oro, que gobiernan para sus poderosos amigos, nos indigna y nos desgarra.
Desde aquel momento y hasta 1976, la Argentina se convirtió en una nación en crecimiento, ocupando un lugar preferencial en el continente comparable al de Brasil, país al que superábamos por desarrollos como la energía atómica o la aeronáutica. Aquella industria, nacida con Perón, daba trabajo a la totalidad de los habitantes y nos convirtió en vanguardia de la región, con un nivel de integración similar al de los países europeos. Digo hasta el 76, porque la autodenominada revolución Libertadora de 1955, aunque sangrienta, no terminó con la concepción de patria que se impuso en tiempos de Perón, y que tendría vigencia incluso en gobiernos militares, como el de Lanusse o Levingston.
Por otra parte, parece olvidarse que el general Perón obtiene para su tercer mandato en 1973 el 62% de los votos y cuando muere en 1974, lo despide como a un amigo, no ya como a un adversario, Ricardo Balbín, el representante de la minoría en la Argentina. Esa patria había logrado la unidad nacional, aunque la violencia de la oligarquía y de la demencia guerrillera la estuvieran cuestionando.
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Volviendo a aquel peronismo naciente, habría que definirlo como el nervio, junto con el radicalismo, de esa cultura de dignidad nacional que terminaría con la instauración del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional en 1976, golpe brutalmente represivo, antidemocrático y neoliberal. Los derrocamientos de Perón en el ’55, de Frondizi en el ’62, de Illia en el ’66, de Isabel en el ’76, revelan que un sector de la sociedad se creía dueño de nuestra realidad y sin haber asumido nunca ni la democracia ni el desarrollo industrial. Ni siquiera hizo un esfuerzo por entenderlos porque sus intereses eran otros y las fuerzas antidemocráticas los satisfacían plenamente mediante la tan mentada renta financiera, en particular, durante la dictadura de Videla y de Martínez de Hoz.
A veces nos cuesta entender que países hermanos, como Brasil, Uruguay o Chile, mantengan su dignidad como esencia indiscutible, mientras nosotros tenemos una fractura con un gran sector de la sociedad que se arraiga en los negocios, pero nunca lo hizo en el amor a su tierra ni en el reconocimiento de que todo lo que posee se lo debe al país donde nació, creció, se educó y se curó en forma gratuita si así lo deseaba o lo necesitaba, formó una familia, se desarrolló y enriqueció económicamente. Son los que prefieren huir al Uruguay para estar exentos del pago de impuestos con los que se financian, entre otras cosas, salud y educación públicas. Es que la ignorancia, la mala fe y el cinismo también los caracterizan.
Luego de su derrocamiento en el 55 y durante los 18 años de su exilio y proscripción, Perón va a trabajar denodadamente para recomponer su relación con cada uno de los sectores con los que los vínculos se habían dañado: desde los empresarios hasta la Iglesia, desde las Fuerzas Armadas hasta los universitarios. En su retorno, se daba la coincidencia de un Parlamento, hijo de la rebeldía y con un nivel de debate y de representantes que ya nunca habríamos de repetir. Recuerdo que uno de los pocos pedidos que nos hizo a los diputados fue que votáramos en contra del juego, y así lo hicimos, al tiempo que planteaba el proyecto de la Ley LIOTA, del Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS) que no pudo imponerse por la confrontación de los sectores sindicales, beneficiados por obras sociales que habían recibido del gobierno de Onganía. Por lo demás, Perón alentó un Estado eficiente, impidiendo que se expandiera innecesariamente, y priorizó una burguesía nacional.
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Fue en el gobierno de Onganía, aquel intento de réplica del de Franco, cuando los dirigentes universitarios dejamos de discutir sobre las necesidades universitarias y se distribuía el libro de Régis Debray Revolución en la Revolución. Ese gobierno distanció al infinito la salida política y generó la enfermedad de la violencia que tanto daño nos hizo. Ya he señalado en otro artículo que cuando en el 63 inicié mi etapa como dirigente universitario, no existía el peronismo en las universidades, salvo un pequeño grupo en Filosofía y Letras. El resto estaba dividido entre socialcristianos o socialdemócratas y tendencias marxistas. Abundaban los intelectuales en todos los sectores, izquierdas y derechas, cuando aquel gobierno del general Perón iniciaría su proceso buscando sumar a Amadeo Sabattini, líder radical, intento que no logra concretarse, aunque en toda la administración peronista se encuentran conservadores, como Hipólito Jesús Paz o socialistas, como Ángel Borlenghi. Todas las ideologías estaban representadas, fundadas en el respeto por las diferencias y por el nivel intelectual de los convocados. Recordemos que antes de su regreso al país, Perón se dirigió a los tres periodistas de mayor renombre de entonces, Jacobo Timerman, Roberto Maidana y Sergio Villarruel, para que lo entrevistaran. Ese debate muestra el nivel de formación de un político de raza que tenía conocimientos sólidos de estrategia, economía, literatura, es decir, una concepción que, como él mismo decía, no debía ser ni sectaria ni excluyente.
Hay una expresión del peronismo hasta el ’55 y otra en el retorno del General, cuyo desafío era incorporar a toda esa guerrilla nacida de la opresión de las dictaduras. Ofrece a sus militantes y adherentes cargos, gobernaciones, ministerios, y apuesta a ese hecho concreto que termina en un fracaso, no porque le haya faltado grandeza al líder, sino porque esas agrupaciones guerrilleras estaban marcadas por el signo del suicidio y la confrontación sin sentido.
Fui testigo y parte del intento de la fórmula Perón-Balbín, frustrada por el error de mi generación, convencida en su mayoría de que la democracia era solo un escalón hacia la revolución, mientras Perón les demostraba y les reiteraba, que ninguna estructura militar había sido derrotada por una sublevación. El ejemplo de Cuba era una isla y nada tenía que ver con el resto de la realidad.
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Reivindico en el 17 de octubre del tercer mandato peronista la expresión de la conciencia nacional y en el final del general Perón, la convocatoria a la pacificación y la unidad, todavía pendientes. Reivindico al Peronismo como pensamiento traicionado por Carlos Menem y por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y creo que debe ser capaz de quebrar su pasado menemista y kirchnerista para generar nuevamente un frente patriótico con otras fuerzas relevantes donde el Peronismo sea tan solo un nombre del nervio que significa el “patriotismo”.
Dejemos en claro que no hay renacimiento como partido ni como recuerdo, solo como convocatoria a todos aquellos sectores que aman a la patria por encima de su egoísmo, de la codicia de sus negocios y de la inexistencia de la más mínima solidaridad con el resto de la sociedad. La patria es la integración del colectivo social, y la fractura es siempre una tendencia colonial. Pero somos colonia, prueba de ello acaba de dar el voto de abstención de nuestro país en la ONU contra el colonialismo.
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