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Las palabras (ay, las palabras)

Javier Milei afirmó livianamente, en una entrevista televisada, que el país deportó a 30 mil terroristas y que él sufrió siete golpes de Estado. Lo hizo sin más detalles, ni pruebas, ni nombres, ni explicaciones

Javier Milei denunció supuestos hechos de terrorismo en el país con irresponsable vehemencia

Sufrimos y pusimos en cierta sordina nuestros oídos al escuchar la recurrencia presidencial en el uso de la grosería en dos palabras, su “mierda humana”, repetida hasta que la vergüenza dejó de ser sorpresa y tornó en asco. “Son solo palabras”, dijeron algunos.

Escuchamos alegorías reiteradas a detalles sexuales expresados, sin recato alguno, delante de niños y menores. “Son solo palabras”, repitieron varios.

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Toleramos. ¡Sí, toleramos!... y es un enorme déficit de valentía democrática y republicana que el Presidente apode de manera vulgar y sin ninguna gracia a empresarios, periodistas, economistas y políticos. “Son solo palabras”, era la justificación de algunos.

En el Presidente, la procacidad se convirtió en usanza, tornó a una repetitiva tendencia a proferir ofensas. Procacidad deriva del latín “procacitas”, que señala a quien viola normas de decoro en forma habitual. Eso ocurre. A nuestra vista y a nuestros oídos.

Hay un excelente y poco conocido término: “escurril”. Aplicado al idioma, refiere a la bufonada muy grosera, a lo vulgar como costumbre. El Presidente usa lenguaje escurril.

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Pero estos ejemplos mencionados se ubican dentro de alguna patología que merece otro tratamiento, más personal, más profesional. Hacen, desde ya, a la absoluta carencia de decoro y de capacidad para comprender el alto cargo que ocupa. Nada menos que el lugar institucional de mayor importancia en el país.

Pero llamar “Chatarrín”a un empresario, “Lali Depósito”a una cantante, “Tinturelli” a un periodista o “Chantanian” a un economista no afecta cuestiones de seguridad nacional. No pone en riesgo bienes y vidas de ciudadanos. Solo caen en la desafortunada creencia presidencial de ser una persona graciosa y agrega pobres validaciones a su ya débil estructura intelectual.

Son palabras. Como dijo Neruda, “entidades vivas que cantan, brillan, poseen peso y textura”. Claro que cada una de estas condiciones se perciben, en el caso del Presidente, como que cantan mal, brillan poco, pesan nada y su textura es endeble.

Pero hay palabras que sí deben preocuparnos. Y mucho.

Cuando asevera que en dos años su gobierno deportó “treinta mil terroristas” sin poder explicar qué acto terrorista cometieron y de qué pais eran originarios, y a renglón seguido pone en nuestro conocimiento que tuvo que soportar “siete golpes de Estado” -ambas afirmaciones convertidas en novedad de tono ficcional para todos los argentinos, ya que salvo la agitada mente presidencial, nadie supo jamás de terroristas, de deportaciones y de golpes de Estado-, sí pone en riesgo el sosiego público, la normalidad democrática, la “Pax Augusta”, pues esas palabras, arrojadas con irresponsable vehemencia, no nos explican cómo convivimos, ni cuánto tiempo, ni qué peligro corrimos al ser contemporáneos y compartir territorio con “treinta mil terroristas”. O cómo ocurrieron “siete golpes de Estado” sin que haya responsables identificados, detenidos y juzgados.

Acá, las palabras dejan de ser un patrimonio de quien las dice y se convierten, al decir de Ludwig Wittgenstein, en un “juego del lenguaje”. Las palabras cobran significado según quién las dice, según el uso que se les da y el contexto en que aparecen. Y si las dice el Presidente, ya superan el mero marco de su libertad de decir lo que desea y se convierten, como bien aclara el artículo 71 del Código Penal argentino, en la denuncia de delitos que el Estado debe investigar de oficio a través del Ministerio Público Fiscal sin depender de la voluntad de la víctima.

Lo que se llama un delito de acción pública.

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