La decisión de Javier Milei de ponerse al frente de la “sagrada causa” Malvinas puso en valor el rol del Estado. Los anuncios mostraron al Presidente decidido a desplegar todos los mecanismos administrativos y legales disponibles para sostener la demanda frente al mundo.
El libertario que, al menos hasta aquí, renegó de las funciones del Estado al punto de presentarse a sí mismo como “un topo que viene a destruirlo desde adentro”, hoy parece dispuesto a articular todas las medidas que hagan falta para sostener la densidad política y discursiva de lo anunciado.
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Mantener viva la causa Malvinas también le permite a Milei retener el control de la agenda que en los últimos meses se le había escapado de las manos.
La arremetida tiene un fuerte costo para el líder anarcocapitalista. En orden a implementar las acciones que presentó, el jefe de Estado deberá resignar algunos de sus fundamentos ideológicos.
Los recursos necesarios para sostener lo anunciado no solo demandan movilizar todas las capas de la administración en una rápida y efectiva acción para identificar las empresas a ser sancionadas, sino que también a destinar recursos económicos en un momento de restricciones para sostener el equilibrio fiscal.
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Lejos del proclamado no intervencionismo económico del que Milei hace un culto, la sanción a empresas privadas y la creación de un nuevo organismo, el Consejo de Seguridad Nacional, choca de frente con el ideario del libertarianismo.
El resguardo de la soberanía de Malvinas, la causa más transversal para la identidad nacional, obliga a Milei a correrse de varios de sus patrones ideológicos y en la práctica lo expone atrapado entre fuertes contradicciones.
Una de las cuestiones más delicadas está en relación con las empresas que prestan servicio o colaboración a Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum, en cabeza de las cuales está el proyecto Sea Lion.
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Las sanciones que impedirán a las señaladas ir adelante con negocios en territorio argentino, de aplicarse, dejarán afuera a importantes compañías ya instaladas e incluso beneficiadas por las exenciones fiscales y aduaneras del RIGI.
El proceso de evaluación de las compañías a sancionar está siendo prolijamente observado por la oposición, en orden a identificar aquellas que tienen negocios con los kelpers y que también operan en Argentina y no están siendo denunciadas.
Hay quienes ya ponen el foco en Starlink, la compañía estrella de Elon Musk, que presta servicios en Malvinas y seguramente proveerá de comunicación a las plataformas petroleras que operan en el Atlántico Sur. Cuesta imaginar cómo podría hoy un liberal libertario desprenderse de los servicios de una tecnología de vanguardia que ya interconecta a los argentinos.
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Las decisiones presupuestarias indispensables para poner en acto lo anunciado también afectan la narrativa mileísta.
Si lo que se pretende es mantener a rajatabla el “déficit cero”, pilar de la política económica, el Gobierno deberá reasignar partidas. O sea, sacar plata de algún lugar para destinar partidas a Defensa. Un tema que también promete traer ruido.
El alto perfil que imprimió a sus decisiones priva también a Milei de algunos destellos con los que se solaza a nivel global. Las tensiones con Reino Unido lo obligaron a cancelar el viaje a Londres previsto para el 21 de octubre, en el que tenía previsto disertar en la Universidad de Oxford.
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Del impacto en el mapa de los inversores se irá sabiendo a medida que se conozca la letra chica del proyecto sobre el que el Ejecutivo está trabajando y cuya redacción se demora, según algunos, con la intención de extender la centralidad de tan sensible cuestión para la piel nacional.
Bienvenido sea el empeño del oficialismo de emprender acciones concretas y firmes por la causa Malvinas y bienvenida la impronta gubernamental que instala el jefe de Estado, que da señales de empezar a ocuparse de políticas públicas que están más allá de sostener con mano de hierro el control de la macro.
La enorme carga emocional e identitaria que sacudió el viraje soberanista del Gobierno no alcanzó, no obstante, para sacar de la conversación pública otros asuntos que fatigan la agenda del mileísmo y a las que probablemente haya reactivado el giro de nacionalismo malvinero y, a su modo, estatista que pegó Milei.
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Esta semana la oposición parlamentaria retomó la iniciativa. Dos temas malditos que irritan al oficialismo volvieron a ganar espacio en pantallas: endeudamiento y morosidad, y discapacidad.
La causa Malvinas une los corazones pero no alcanza para mitigar las penurias económicas.
Los números puros y duros regresaron a los portales y dan cuenta de una realidad que no permite alentar la épica economicista.
El dato de la inflación que cayó a 1,7%, el registro más bajo de los últimos 14 meses, fue celebrado por el oficialismo y recibido con alivio por propios y extraños, pero quedó lejos de los pronósticos del 0%, que supo vaticinar el mismísimo Milei para el pasado agosto.
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Tanto la canasta básica alimentaria como la canasta básica total subieron 2,6%. Esto significa que una familia, para no ser considerada pobre, debe reunir un ingreso mensual de, al menos, $1.605.497. El dato mete más presión en la relación precios-ingresos, un asunto que está primero en las preocupaciones de los que viven y sienten en el metro cuadrado.
El próximo jueves se conocerán los números de la pobreza del primer semestre. Los registros estadísticos basados en ingresos no permiten esperar buenas noticias.
Los datos duros del INDEC muestran a la industria y a la construcción profundizando la caída. El retroceso en julio estuvo en torno al 5% para la producción industrial manufacturera y en el 4,5% para la construcción.
Resulta a esta altura irrelevante analizar si Milei se abrazó al mástil del nacionalismo soberanista por mero oportunismo o alentado por las declaraciones de Trump. Por el momento es imposible evaluar qué impacto tendrán estas acciones en el camino que nos separa del objetivo por todos deseado de la recuperación de las islas.
Anclar la agenda en la cuestión Malvinas obligará inexorablemente a Milei a abandonar la zona de confort de su eje dogmático para navegar por las siempre turbulentas aguas del pragmatismo.
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