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La infancia se volvió materia prima

Detrás de las apuestas, del grooming y de la sobreexposición de datos hay un mismo mecanismo: la atención de nuestros hijos convertida en negocio. La pregunta ya no es si van a usar la tecnología, sino si podrán hacerlo sin quedar a merced de quienes explotan su vulnerabilidad

El delito digital apunta a los adolescentes más desprotegidos y entra a su vida cotidiana a través de dispositivos y plataformas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Durante cuarenta años de trabajo en investigación criminal aprendí una regla que rara vez falla: el delito no busca al más rico ni al más visible, busca al más desprotegido. Esa lógica no cambió con la llegada de las pantallas. Lo que cambió es la distancia. Un depredador ya no necesita merodear una plaza ni ganarse la confianza de un barrio para acercarse a un chico. Hoy entra, sin resistencia, en la habitación de un adolescente de doce años a través de un dispositivo que nosotros mismos le pusimos en la mano.

Me resisto a llamar a esto “el mundo digital”, como si fuera un territorio aparte al que nuestros hijos van de visita. No lo es. Es el lugar donde transcurre buena parte de su vida cotidiana, donde estudian, juegan, se enamoran, discuten y construyen su identidad. Y es también el lugar donde, con una naturalidad que debería alarmarnos, quedan expuestos a sistemas diseñados para retener su atención el mayor tiempo posible y a personas dispuestas a aprovechar esa exposición.

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Conviene empezar por una idea incómoda. La mayor parte de las plataformas que usan nuestros hijos no cobran una entrada. Son gratuitas por una razón sencilla: el producto no es el servicio, es el usuario. Y cuando ese usuario es un niño, lo que se recolecta, sus horarios, sus búsquedas, sus vínculos, aquello que lo entretiene y aquello que lo angustia, tiene un valor comercial concreto. No es una sospecha ideológica. Este mismo año, una de las mayores plataformas del mundo aceptó pagar 400 millones de dólares en Estados Unidos para cerrar una causa por haber recolectado datos de menores de trece años sin consentimiento de sus padres. El dato importa menos por la cifra que por lo que revela: la información de la infancia se transformó en materia prima.

Sobre esa base se construye todo lo demás. Los mismos algoritmos que aprenden qué video retiene a un adolescente aprenden también qué contenido lo inquieta, qué lo excita, qué lo vuelve vulnerable. La personalización que hace “adictiva” a una aplicación es la misma que permite ofrecerle, con precisión quirúrgica, aquello a lo que es más difícil resistirse. Y esa maquinaria no distingue entre un producto lícito y un anzuelo.

Ahí aparece el primer frente que como especialistas en seguridad seguimos con más preocupación: el grooming. En la provincia de Buenos Aires, uno de cada cuatro expedientes iniciados durante 2024 por delitos de esta naturaleza correspondió específicamente a la figura de grooming; en total, los organismos judiciales bonaerenses trabajaron sobre más de tres mil investigaciones penales vinculadas a la explotación sexual infantil facilitada por medios digitales, y recibieron más de cuatro mil reportes internacionales de material de abuso. Detrás de cada número hay un patrón que conozco de memoria: un adulto que se hace pasar por par, que construye confianza con paciencia y que opera, casi siempre, dentro de los mismos videojuegos y redes donde los chicos creen estar jugando.

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Los datos de campo son elocuentes. Se estima que seis de cada diez chicos en la Argentina pasan al menos siete horas diarias conectados, y que cerca de la mitad conversó alguna vez con un desconocido en redes sociales. No hace falta ser investigador para entender lo que significa esa combinación: una superficie de contacto enorme, sostenida en el tiempo, con muy pocos adultos mirando. Nuestro Código Penal tipifica el grooming desde hace más de una década, la figura del artículo 131, incorporada por la Ley 26.904, pero una ley que castiga después del hecho no evita el daño. Solo lo nombra.

Podría detenerme aquí y el diagnóstico ya sería grave. Pero sería un error, porque dejaría afuera un fenómeno que crece con la misma lógica y que todavía no tomamos con la seriedad que merece: las apuestas online entre adolescentes.

Las mediciones difieren en la magnitud, algunos estudios hablan de uno de cada seis adolescentes que ya apostó dinero en internet; otros, de uno de cada cuatro, y las mediciones regionales trepan a uno de cada tres, pero todas coinciden en un piso alarmante y en algo más inquietante todavía: la edad de inicio ronda los trece años. Ocho de cada diez adolescentes declaran haber estado expuestos a publicidad de apuestas, la mitad la vio recomendada por influencers o figuras que admiran, y más del ochenta por ciento accede directamente desde su propio teléfono, muchas veces a través de billeteras virtuales. Uno de cada ocho ya arrastra deudas.

Quiero subrayar un dato clínico que debería estar en boca de todos, porque cambia por completo la escala del problema: si a un adulto desarrollar una adicción al juego puede llevarle años, a un adolescente le alcanza con mucho menos. El cerebro joven, todavía en formación, es exactamente el terreno que estos sistemas encuentran más fértil. No es un defecto de carácter del chico que apuesta. Es el resultado previsible de una arquitectura pensada para engancharlo.

Y aquí está el hilo que une mundos que solemos analizar por separado. El grooming, la sobreexposición de datos y las apuestas no son problemas distintos que casualmente afectan a la misma franja etaria. Son expresiones del mismo modelo: capturar la atención de un usuario joven, medir su comportamiento, personalizar el estímulo y monetizar la conducta compulsiva que ese estímulo produce. Cambia el objeto, un contenido, un contacto, una apuesta, pero el mecanismo de fondo es idéntico. La economía de la atención descubrió que la vulnerabilidad de las nuevas generaciones es, además de un problema social, un modelo de negocio.

La Argentina llega a esta discusión con herramientas dispersas. En materia de apuestas, la regulación está fragmentada en veinticuatro jurisdicciones que legislan cada una por su cuenta, lo que deja enormes zonas grises y un mercado ilegal que se mueve, precisamente, donde no hay control. En el Congreso hay más de diez proyectos para limitar la publicidad y el acceso de menores; hasta ahora, apenas uno consiguió media sanción. Mientras tanto, la publicidad sigue llegando a los chicos por los mismos canales donde pasan el día. No es un vacío técnico: es una decisión, por acción o por omisión.

Frente a este escenario, la conclusión que saco después de cuatro décadas es una sola, y es la que quiero dejar planteada. No podemos seguir organizando la protección de la infancia alrededor de la reacción. Hoy actuamos cuando ya hay una denuncia, una víctima identificada, una extorsión consumada, una

deuda que estalló en una familia o un adolescente que dejó de dormir. Es decir: actuamos cuando el daño ya ocurrió. Y la prevención, por definición, es todo lo que sucede antes de ese punto.

Esa convicción es la que orienta nuestro trabajo. Desde Fidelem Security Advisors nos dedicamos al análisis de riesgos, la seguridad corporativa y la protección frente a amenazas que evolucionan más rápido que nuestras capacidades de respuesta. Y hace tiempo entendimos que la amenaza que hoy corre más rápido que ninguna otra es la que enfrentan los más chicos. Por eso trabajamos junto a Grooming Argentina, una de las organizaciones con mayor trayectoria del país en este campo, en el desarrollo de acciones de prevención, capacitación y concientización.

No se trata de dar charlas para tranquilizar conciencias. Se trata de poner herramientas concretas en manos de quienes están cerca de los chicos todos los días: familias que aprenden a leer señales de alerta antes de que sea tarde, escuelas que incorporan protocolos claros de actuación, clubes y pensiones deportivas, donde muchos adolescentes viven lejos de sus casas y quedan especialmente expuestos, que dejan de mirar para otro lado, y comunidades que saben a dónde acudir cuando algo no cierra. Lo hemos visto funcionar: cuando un adulto sabe qué mirar, la mayoría de las situaciones se detiene antes de convertirse en un caso policial o en una adicción instalada.

Detección temprana, señales de alerta, protocolos, canales de denuncia, acompañamiento. Suenan a tecnicismos, pero son, en el fondo, la diferencia entre anticiparse y lamentar.

No estoy proponiendo que alejemos a las nuevas generaciones de la tecnología. Sería inútil y, además, injusto: la tecnología también los educa, los conecta y les abre el mundo. El verdadero desafío es otro, y es más exigente. Consiste en garantizar que puedan habitar estos entornos sin quedar a merced de sistemas, conductas y actores que hicieron de su vulnerabilidad un negocio.

Porque la seguridad de nuestros hijos no puede seguir dependiendo de la velocidad con la que reaccionamos ante el daño. Tiene que empezar a depender de nuestra decisión de anticiparnos a él. La denuncia llega siempre tarde: es la prueba de que fallamos antes. La próxima generación no necesita que aprendamos a responder mejor. Necesita que aprendamos a llegar primero.

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