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¿Estamos con tiempo para encontrarnos?

Llamar en lugar de reaccionar con un símbolo, dejar el teléfono durante una comida o visitar a quien atraviesa un mal momento reubica prioridades y propone una disciplina sencilla para volver a mirarnos

La prisa y el uso del teléfono desplazan encuentros personales que solo sirven para estar y compartir el tiempo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Vivimos rodeados de gente. Recibimos mensajes durante todo el día, participamos de grupos de WhatsApp, vemos historias de Instagram, sabemos dónde están nuestros amigos, qué están haciendo, dónde fueron a comer o qué película vieron. Podemos comunicarnos con alguien que está a miles de kilómetros en cuestión de segundos. Y, sin embargo, cada vez escuchamos con más frecuencia una frase que parece contradictoria con esta realidad: “Me siento solo”.

La paradoja es evidente. Nunca tuvimos tantas posibilidades de estar conectados y, al mismo tiempo, parece que cada vez necesitamos más volver a encontrarnos.

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Un estudio reciente realizado entre jóvenes encontró que casi uno de cada cinco no tiene con quién hablar cuando atraviesa un problema personal. Y otro trabajo realizado este año por investigadores de la Universidad Nacional de La Plata mostró que determinadas experiencias muy cotidianas en las redes sociales pueden producir un aumento inmediato de la ansiedad: publicar algo y no recibir reacciones, encontrarse con comentarios negativos, mirar imágenes idealizadas de la vida de otros o sentirse ignorado por los propios amigos.

Pero quizás el problema no sea solamente cuánto nos comunicamos, sino qué tipo de comunicación estamos teniendo.

Podemos estar sentados alrededor de una mesa y, sin embargo, cada uno estar pendiente de su teléfono. Podemos salir a comer con amigos y pasar buena parte del tiempo mirando una pantalla. Podemos preguntar “¿cómo estás?” y escuchar como respuesta un automático: “bien, todo bien”, sin detenernos a averiguar qué significa realmente ese “bien”.

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Porque encontrarnos no es lo mismo que interactuar.

Interactuar es intercambiar mensajes, información, comentarios, fotos. Encontrarse supone algo más: estar disponible para el otro.

Hace poco conocí una historia que me llamó la atención. Una persona le dijo a un amigo que no tenía ganas de salir, que prefería quedarse en su casa. Su amigo podría haberle respondido con un mensaje, haberle mandado algún video gracioso o simplemente haber aceptado la decisión. En cambio, dejó lo que estaba haciendo, fue hasta su casa y se quedó con él. No necesitó solucionar nada. No tuvo que decir una frase extraordinaria, simplemente estuvo.

Y a veces eso es lo que más necesitamos: que alguien esté.

Hay formas de compañía que no necesitan demasiadas palabras. Dos amigos pueden sentarse juntos y hablar durante horas, pero también pueden compartir el silencio. Cada uno puede estar leyendo un libro distinto, haciendo sus cosas, y sin embargo saber que el otro está ahí. No todo encuentro tiene que ser productivo. No todo encuentro tiene que servir para algo.

Quizás también necesitamos recuperar la gratuidad de los vínculos.

Vivimos con tanta prisa que muchas veces hasta nuestros encuentros parecen tener una finalidad. Nos vemos porque tenemos algo que resolver, porque necesitamos pedir algo, porque hay un asunto pendiente, porque tenemos que hablar de trabajo. Y cuando aparece un rato libre, rápidamente buscamos llenarlo con algo, no con alguien.

Sin darnos cuenta, podemos terminar perdiendo esos encuentros que no sirven para nada útil.

Los que simplemente sirven para estar.

También nos cuesta preguntar de verdad cómo está alguien. No porque no nos importe, sino porque quizás intuimos que una respuesta verdadera puede llevar tiempo.

Porque, ¿qué significa estar bien?

Una persona puede estar bien con su pareja y estar atravesando un problema en el trabajo. Puede estar contenta por sus hijos y sentirse sola en alguna amistad. Puede estar entusiasmada con un proyecto y, al mismo tiempo, llevar una preocupación que no sabe cómo resolver.

No estamos hechos de un solo estado de ánimo.

Por eso, cuando preguntamos “¿cómo estás?”, quizás deberíamos estar preparados para escuchar una respuesta que no pueda resumirse en una palabra.

Y también deberíamos animarnos a responder con un poco más de sinceridad.

A veces no contamos lo que nos pasa porque pensamos que al otro no le interesa. O porque no queremos cargarlo con nuestros problemas. O porque estamos acostumbrados a mostrar que todo está bien. Hay una especie de imperativo silencioso que nos invita permanentemente a estar bien, a divertirnos, a seguir adelante, a mostrar una vida sin demasiadas fisuras.

Pero todos tenemos días en los que no estamos bien.

Y quizás una amistad verdadera comienza justamente cuando podemos dejar de aparentar que todo está bien.

Hay una escena del Evangelio que siempre me conmueve: después de la muerte de Juan el Bautista, Jesús busca un lugar apartado. Sus discípulos vuelven de su misión y necesitan contarle lo que hicieron. Jesús les dice: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto y descansen un poco”.

Hay algo profundamente humano en esa invitación: vengan, estemos juntos, descansemos.

No siempre hace falta hacer algo. A veces necesitamos que alguien nos acompañe en el cansancio.

Y, sin embargo, hay una soledad que ninguna amistad puede eliminar completamente. Podemos tener una familia que nos quiera, amigos que nos acompañen y personas con las que podamos compartir nuestra vida, pero existe en cada uno de nosotros un espacio íntimo al que nadie puede entrar del todo.

No necesariamente es una soledad triste. Es parte de nuestra condición humana.

En lo más profundo, cada uno se encuentra consigo mismo.

Y quizás allí, precisamente allí, puede comenzar también el encuentro con Dios.

Porque cuando se acallan un poco los ruidos, cuando dejamos de correr y de llenar todos los espacios, puede aparecer esa pregunta que llevamos dentro: ¿hay alguien que me conozca verdaderamente? ¿Alguien que me acompañe incluso cuando nadie más está?

Para quien tiene fe, la respuesta es una certeza: Dios no se va.

Jesús lo prometió de una manera sencilla y definitiva: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

San Agustín comprendió profundamente esta experiencia. Al hablar del amor y de la amistad en sus Confesiones, escribe: “Feliz el que te ama a ti, y a su amigo en ti”. Para Agustín, amar a Dios transforma también nuestra manera de amar a los demás. Porque cuando amamos en Dios, descubrimos que nuestros vínculos no dependen únicamente de la cercanía física ni de la posibilidad de tener siempre al otro delante. Amamos en aquel que no se pierde.

Quizás por eso necesitamos las dos cosas: la presencia de los demás y la presencia de Dios.

Necesitamos al amigo que deja todo y viene a nuestra casa. Necesitamos a quien se siente a nuestro lado sin pedirnos nada. Necesitamos una conversación en la que podamos decir realmente cómo estamos. Necesitamos también aprender a ofrecer esa misma presencia a quienes nos rodean.

Llamar en vez de mandar solamente un emoji. Visitar a alguien que sabemos que está pasando un mal momento. Dejar el teléfono cuando estamos comiendo con otra persona. Preguntar “¿cómo estás?” y tener la paciencia suficiente para escuchar una respuesta que dure más de diez segundos.

Y también aprender a disfrutar de esos momentos en los que no sucede nada extraordinario: caminar juntos, tomar un café, leer cada uno su libro, compartir un silencio.

Porque quizás el desafío de nuestro tiempo no sea solamente estar más conectados, sino estar más presentes.

Tenemos miles de contactos, pero necesitamos vínculos. Tenemos muchas conversaciones, pero necesitamos encuentros. Tenemos acceso permanente a la vida de los demás, pero necesitamos volver a mirarnos a los ojos.

Y quizás, en medio de tanta conexión, recuperar la presencia sea uno de los gestos más sencillos, y más revolucionarios, que podamos hacer.

A veces no hace falta decir nada. A veces alcanza con estar.

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