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Las ciudades del futuro no se parecerán a las que conocemos

Durante más de cinco décadas trabajé para demostrar que un edificio podía producir su propia energía, captar su propia agua y tratar sus propios residuos. Hoy, la verdadera pregunta ya no es si eso es posible, sino cuánto tiempo podremos seguir construyendo como si el planeta fuera infinito

Michael Reynolds, sobre una de sus construcciones realizadas con materiales de desecho

Hace más de cincuenta años empecé a experimentar con una idea que entonces parecía extravagante: construir edificios capaces de funcionar en armonía con la naturaleza, utilizando materiales descartados y aprovechando los recursos disponibles en el lugar. En aquella época casi nadie hablaba del cambio climático, de la escasez de agua o de la vulnerabilidad de las infraestructuras. Sin embargo, yo sentía que algo se acercaba.

Siempre digo que, por entonces, veía unas nubes en el horizonte. La única diferencia con aquel momento es que hoy esas nubes ya están sobre nosotros.

Todo aquello que observaba hace cinco décadas terminó ocurriendo. El cambio climático dejó de ser una advertencia para convertirse en una realidad cotidiana. La presión sobre los recursos naturales aumenta cada año. Los sistemas que abastecen de energía, agua y saneamiento muestran fragilidades crecientes. Seguimos produciendo enormes cantidades de residuos y todavía tratamos de esconderlos en lugar de resolver el problema.

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Lo sorprendente es que el desafío nunca fue únicamente ambiental. También fue arquitectónico. Durante décadas construimos edificios completamente dependientes de infraestructuras externas, como si esos sistemas fueran eternos. Hoy sabemos que no lo son.

La buena noticia es que existen otras maneras de construir. Después de más de sesenta años de ensayo, error y aprendizaje, puedo decir que es posible diseñar edificios capaces de generar su propia energía, captar agua de lluvia, producir alimentos, tratar sus aguas residuales y reutilizar materiales que la sociedad considera basura. Lo que hace décadas parecía una utopía, hoy funciona en miles de edificios alrededor del mundo.

He tenido el privilegio de construir Earthships (construcciones bioclimáticas, autónomas y ecológicas diseñadas principalmente con materiales de desecho) en más de cuarenta países, atravesando culturas, economías y climas completamente diferentes. Y esa experiencia me enseñó algo mucho más importante que cualquier técnica de construcción. Me enseñó que todos somos exactamente iguales.

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Con el tiempo terminé reduciendo a todos los seres humanos al mismo denominador común: somos, simplemente, sacos de agua.

Puede sonar provocador, pero detrás de esa expresión hay una enorme verdad. No importa el país donde vivamos. No importa si somos ricos o pobres. Todos necesitamos exactamente las mismas cosas para vivir: un refugio confortable, agua, energía, alimentos, saneamiento y una forma responsable de gestionar nuestros residuos.

Esas necesidades no cambian entre una gran ciudad latinoamericana, una comunidad rural africana o un pueblo del desierto estadounidense. Cambia el contexto. Cambian los recursos disponibles. Pero las necesidades humanas son universales.

Por eso creo que el futuro de la arquitectura no consiste en construir edificios más sofisticados, sino edificios más independientes. Edificios que puedan responder por sí mismos a esas necesidades básicas y reducir su dependencia de sistemas cada vez más vulnerables.

Muchas personas siguen pensando que las Earthships son una curiosidad arquitectónica o un experimento alternativo. Yo no las veo así. Las veo como una plataforma para imaginar cómo podrían funcionar las ciudades del futuro.

Durante años me preguntaron si este tipo de construcción sólo podía aplicarse a una vivienda aislada. Mi respuesta siempre fue la misma: la diferencia entre una Earthship y una ciudad de Earthships es mucho menor de lo que la mayoría imagina.

Cada Earthship posee su propia infraestructura. Produce energía. Gestiona el agua. Trata los residuos. Eso significa que, en lugar de construir enormes redes centralizadas para sostener miles de edificios, es posible pensar ciudades donde cada unidad contribuya al funcionamiento del conjunto.

No estamos hablando de ciencia ficción. Estamos hablando de ampliar una idea que ya funciona.

Durante décadas perfeccionamos este modelo. Hoy incluso imaginamos desarrollos urbanos donde cientos o miles de edificios puedan integrarse respetando esos mismos principios.

Lo complejo no es la tecnología. Lo verdaderamente difícil es cambiar la forma en que pensamos las ciudades. Y ese cambio de mentalidad es, probablemente, el mayor desafío de nuestro tiempo.

Con frecuencia me preguntan si creo que el mundo está reaccionando lo suficientemente rápido frente a la crisis climática. Mi respuesta siempre utiliza la misma imagen: imaginen un caracol intentando escapar de un guepardo. Eso somos hoy. El guepardo corre hacia nosotros a toda velocidad y nosotros seguimos avanzando con la lentitud de un caracol.

Necesitaríamos movernos tan rápido como ese guepardo simplemente para mantenernos delante de él. Y, sin embargo, seguimos discutiendo si debemos cambiar. No soy pesimista, pero sí soy realista.

También veo personas, organizaciones y comunidades en distintos lugares del mundo que decidieron dejar de esperar soluciones externas y comenzaron a construirlas por sí mismas. Esos lugares existen. Son pequeños todavía, pero demuestran que otro camino es posible.

Después de dedicar mi vida a construir edificios, comprendí que existe un desafío igualmente importante: formar a las personas que tendrán que diseñar las ciudades del futuro.

Por eso considero especialmente significativo que, por primera vez, el método Earthship pueda estudiarse íntegramente en español a través de una diplomatura universitaria oficial desarrollada desde nuestra Earthship Biotecture Academy con Aula Abierta y la Universidad Tecnológica Nacional de Argentina. Nos entusiasma acercar estas herramientas a miles de profesionales y estudiantes de habla hispana en todo el mundo, con acompañamiento pedagógico y por primera vez de nivel universitario, y de la mano de un gran equipo de profesionales que he formado a lo largo de estos años como docentes.

No espero que el mundo copie exactamente lo que hemos hecho durante estos años. Lo que espero es algo mucho más importante. Que empecemos, de una vez por todas, a construir pensando en las próximas generaciones y no únicamente en el próximo proyecto.

Porque las nubes que hace cincuenta años apenas aparecían en el horizonte ya están sobre nosotros. Y el momento de actuar no es mañana. Es ahora.