La frase del epígrafe se ha convertido en una muletilla para referirse al programa económico del gobierno que de tanto repetirse pareciera un pronóstico de concreción inmediato. Con pocas palabras o frases breves, se intenta transmitir una advertencia sobre el fracaso inevitable de las medidas adoptadas para estabilizar la macroeconomía que de no modificarse conducirían a una crisis de características similares a las ocurridas en el pasado con sus consecuencias perversas sobre la actividad económica, empleo y salarios. Los “cataclismos” anteriores provocaron también transferencias de ingresos, desvalorización de las inversiones y evaporación de ahorros. El pronóstico aventura una hecatombe similar a las situaciones de 1975, 1982, 1989/90 y 2002 caracterizadas por devaluaciones y altas tasas de inflación que provocaron pérdidas para muchos y ganancias para pocos.
Sin embargo, por algunos propósitos no del todo claros pareciera que se pone mayor énfasis en el programa de estabilización de la convertibilidad implementado a partir del 1 de abril de 1991 cuando se fijó 10.000 australes igual a 1 dólar. El 1 de enero del año siguiente se introdujo el peso convertible. Esta paridad duró hasta el 6 de enero de 2002 cuando se aprobó la Ley de Reforma del Régimen Cambiario. Este plan estuvo precedido por tasas de inflación de 387 en 1988, 307 en 1989 y 2314% en 1990 con un déficit fiscal del 8% del PBI; comenzó con la confiscación de los ahorros y terminó con una pesificación asimétrica.
Los diagnósticos sobre las razones que llevaron al abandono del régimen de convertibilidad son diversos; mucho depende de la orientación de los analistas respecto a la importancia del gasto público, el cumplimiento de los compromisos internacionales y la ausencia de flexibilidad de la política monetaria. En el período 1996/2001 la tasa de inflación fue mínima, incluso hubo deflación en 1999, 2000 y 2001; como contrapartida el déficit fiscal aumentó de un 2,8 en 1996 a 3,7 en 1999, 3,4 en 2000 y 5,4% en 2001 que fueron cubiertos con endeudamiento externo ante la rigidez monetaria. La cuenta corriente de la balanza de pagos también registró saldos negativos de 14.730 millones en 1998; 12.444 en 1999 y 9.361 en el 2000.
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La situación internacional tampoco acompañó la continuidad de regímenes cambiarios rígidos. En 1994 tuvo lugar la “crisis del tequila” desencadenada por una abrupta devaluación del peso mexicano, y una masiva fuga de capitales; la crisis asiática de 1997, que comenzó en Tailandia, se originó en el abandono de la paridad fija cuando se agotaron las reservas frente a los ataques especulativos, y la “crisis rusa” de 1998 que forzó la caída del rublo, el desconocimiento de la deuda externa y el colapso del sistema financiero. En América Latina, Brasil ajustó el valor del real el 1° de enero de 1999 derivado de las sucesivas crisis que exacerbaron los embates contra las monedas de cambio fijo y restringieron los movimientos de capitales. Esta situación global obligó al abandono definitivo de las políticas económicas basadas en las paridades fijas para entrar en una etapa de flexibilidad de los tipos de cambio para que los capitales especulativos asuman el riesgo de los cambios de la coyuntura.
La intención de asemejar la situación económica actual a la de los años noventa requiere de un gran esfuerzo de imaginación ante la ausencia de déficit fiscal, importante superávit de la balanza comercial, un progresivo equilibrio de la cuenta corriente, estabilidad en el endeudamiento externo y flotación del tipo de cambio que ha permitido al Banco Central recomponer, aun en niveles exiguos, parte de sus reservas. En este contexto la repetición de las advertencias sobre los riesgos de una nueva crisis como las vividas por el país en los últimos cincuenta años, pareciera responder a sentimientos magnánimos tendiente a desalentar a aquéllos que aún conservan una visión optimista sobre esta coyuntura para evitarles pérdidas futuras.