El peronismo enfrenta un desafío más profundo que cualquier resultado electoral. Es la pérdida de centralidad en la interpretación del cambio social. Después de tres años en la oposición, la pregunta ya no es qué pasó, sino con qué proyecto se para frente a lo que viene.
Muchos hablan del peronismo, pero pocos lo entienden, y aun menos lo ejercen. El Justicialismo fue y sigue siendo una filosofía de vida profundamente argentina, que armoniza libertad, justicia social y dignidad humana. No divide por etiquetas: une por destino nacional. Lejos de ser anacrónicas, sus ideas son más actuales que nunca. Fue, y sigue siendo, una tercera posición frente a los extremos: ni el mercado sin alma, ni el Estado sin límite.
Qué no es el peronismo
Algunos lo reducen a populismo; otros lo confunden con progresismo. Pero el peronismo no fue, ni es, ninguna de esas cosas.
No es asistencialismo, porque cree en el trabajo como fuente de dignidad. No es garantismo, porque defiende al inocente pero exige responsabilidad. No es ideología de laboratorio, porque nace de la experiencia concreta del pueblo argentino.
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Y no es progresismo, aunque a veces haya gobernado con su nombre. El progresismo le habla a minorías; el peronismo, al pueblo. Uno fragmenta a la sociedad en identidades que compiten; el otro la integra en una comunidad que comparte destino. Uno tutela desde la carencia; el otro promueve desde la dignidad. Cuando el movimiento confundió una cosa con la otra, dejó de representar a los suyos y empezó a hablarles a unos pocos.
Tampoco concibe la libertad como aislamiento ni al mercado como un fin en sí mismo. Cree en el desarrollo productivo, pero entiende que el mercado solo cumple su función cuando genera bienestar colectivo y no exclusión.
Trabajo, orden y comunidad
El peronismo no es la doctrina del subsidio: es la doctrina del trabajo. Perón dividió el país en dos: los que trabajan y los que viven de los que trabajan. Un peronismo que organiza su poder alrededor del subsidio y no del trabajo termina, sin quererlo, del lado equivocado de esa línea: representando a quien administra la carencia, no a quien la sufre.
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Su mayor logro histórico fue convertir a millones de trabajadores en propietarios, estudiantes y profesionales. La justicia social, bien entendida, no achica al que progresa; lo multiplica.
La economía necesita dirección. El Estado necesita autoridad. La sociedad necesita propósito. Solo la articulación entre empresas, trabajadores y Estado puede garantizar crecimiento sostenido y redistribución equitativa.
Pero esa articulación no se sostiene en el aire: necesita orden. El justicialismo no es permisivo ni promueve el desastre: defiende la ley y respeta a quien cumple con su deber. Una sociedad que percibe ausencia de autoridad no reclama menos Estado; reclama un Estado que funcione. El orden no es autoritarismo: es justicia en acción y cumplimiento de la ley.
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Para el peronismo, la comunidad no es consigna sino modo de vida. En La Comunidad Organizada, Perón explicó que el individuo se realiza dentro de la comunidad y que el Estado solo tiene sentido si la sirve.
La comunidad es el equilibrio entre el individualismo liberal y el colectivismo estatista, el punto donde el hombre actúa libremente pero orientado al bien común.
En tiempos de vínculos frágiles y sociedades fragmentadas, el peronismo tiene allí una ventaja que casi nadie advierte. Es de los pocos que todavía piensan la sociedad como un todo y no como una suma de partes que compiten.
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Identidad y destino
Actualizar la doctrina no es traicionarla: es cumplir su mandato. El propio Perón advirtió que el esquematismo y la rutina son atraso, y que a la doctrina había que adecuarla al momento histórico con nuevas formas de ejecución. Ser fiel al peronismo es hacer hoy lo que él hizo entonces: leer la época y responderla.
En la Argentina, dijo Perón, no debía haber más que una sola clase de hombres, los que trabajan por el bien nacional. Entonces el trabajador tenía un rostro claro. La fábrica, el sindicato, el convenio. Ese trabajador sigue existiendo, pero ya no está solo. A su lado creció otro que la doctrina todavía no terminó de nombrar. El repartidor que trabaja para una aplicación sin patrón visible, el monotributista que factura servicios sueltos, el joven que produce contenido y no figura en ningún registro. No son emprendedores por elección: son trabajadores sin las protecciones que el peronismo conquistó para los de antes. Y son, en esencia, el mismo sujeto histórico.
Ahí hay una vacante que el peronismo tiene la obligación de ocupar. La justicia social del siglo XX se escribió en paritarias y convenios; la del siglo XXI tendrá que escribirse también para quien trabaja sin convenio, sin sindicato y a veces sin un empleador que responda ante la ley argentina. La bandera es la misma; lo que cambió es a quién hay que cobijar bajo ella.
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Esa comunidad organizada también cambió de forma. Antes se tejía en el barrio, en la unidad básica, en el club; hoy también en redes que reúnen a la gente por afinidad. Cambió el lugar de encuentro, no la necesidad de pertenecer. Porque el algoritmo conecta, pero no articula: reúne a la gente por afinidad, pero no le ofrece un destino común. Esa tarea —la que distingue a la masa de la comunidad organizada— es hoy una vacante que nadie ocupa. El peronismo no llega tarde a la era digital: es el único que sabe la diferencia entre juntar gente y organizar un pueblo.
El desafío
El peronismo todavía posee una tradición doctrinaria, una base social y una experiencia histórica que ningún otro espacio político argentino tiene. Pero la historia no garantiza vigencia. Puede volver a ser mayoría si interpreta el nuevo clima social sin renunciar a su identidad, o volverse irrelevante si confunde lealtad con inmovilidad y memoria con proyecto.
No necesita reinventarse desde cero. Necesita volver a ordenar prioridades. Porque en política, quien no define su rumbo termina siendo definido por otros.
El justicialismo no es un recuerdo. Es una posibilidad y una esperanza. Depende de si decide, finalmente, discutir su futuro con la misma claridad con la que definió su origen.
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