Asistimos a una campaña de desprestigio de la Argentina, a partir de la performance de nuestra Selección, que es tan vil como ridícula.
Se trata de hacer daño, de estigmatizar.
Una acción que se sostiene en personajes lejanos, desconocidos para la mayoría y sin influencia real aquí entre nosotros que ignoran absolutamente nuestra historia y realidad.
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Pero no son ingenuos ni espontáneos. Tampoco voces aisladas y desarticuladas. Menos aún innovadores.
Responden a un modelo de pensamiento de izquierda, son representantes del wokismo, acostumbrados a levantar las banderas de los derechos humanos a la vez que los mancillan y vacían con sus conductas y actos. Mienten y lo saben sin vergüenza alguna.
No es nuevo.
En 2018, siendo yo secretario de Derechos Humanos de la Nación, estuve con mi equipo en Ginebra, en el Consejo de Derechos Humanos representando al Estado Argentino ante el Comité de Derechos Civiles y Políticos. Recuerdo bien que, ya promediando la larga tarde de exposiciones, muchas de ellas carentes de sustento, por parte de comisionados de distintos países que repetían, sin verificación alguna, argumentos de organizaciones de la sociedad argentina alineadas más en una oposición férrea al gobierno de entonces que en la defensa de los temas que les son propios a su misión, cuando el comisionado de un país africano nos preguntó por qué no había jugadores negros en la Selección Argentina de fútbol.
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La respuesta fue contundente. Fue fundada debidamente en nuestra historia, en la composición plural de nuestra sociedad, en el mérito personal, en la libre competencia, y siendo enfáticos que bajo ningún punto de vista era admisible para nosotros un cuestionamiento sobre la existencia de políticas que sostuvieran, avalen o alienten conductas discriminatorias en el fútbol, en ningún deporte, ni en cualquier actividad laboral y/o profesional por motivos étnicos, por credo, o nacionalidades.
No le satisfizo. Recuerdo que, ofuscado nos recriminó a los gritos, sin tener uso del micrófono, por qué los escondíamos. Una locura que sucediera, pero ocurrió.
Lo dicho es un ejemplo que nos permite ahondar el análisis más allá de lo que hoy nos indigna con esta repudiable campaña. Subyace esa mirada y ese sentimiento en muchos sectores del mundo.
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Existen entre nosotros, por supuesto, como en toda sociedad, actos discriminatorios. Por ello también tenemos mecanismos para sancionarlos y es oportuno señalar que no todos los países tienen una ley antidiscriminatoria. Argentina si, desde el año 1988.
Pero sin duda aquellos que levantan su voz y dedo acusador hoy, deberían mirar hacia sus sociedades donde el antisemitismo, la violencia al inmigrante, las persecuciones religiosas, los discursos de odio, ocupan lugares de privilegio en la agenda pública. Incluso en muchos casos alentadas desde el mismo poder del Estado.
Les afecta que Argentina es un modelo de integración, respeto, convivencia pacífica. Tiene una democracia consolidada, y la libertad es un bien innegociable. Sin duda ello produce envidia y enojo. Generar odio y división para algunos es un negocio y un modo de vivir. Son autoritarios y antidemocráticos.
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Que nuestro país sea diferente a tantos, un faro que ilumina, es resultado de una larga historia y una continua construcción colectiva con muchos actores que lo hacen posible.
Es el Estado en primer lugar que desde el Primer Triunvirato se abrió a la inmigración; son las múltiples organizaciones e instituciones de la sociedad civil y su tarea diaria. Es el trabajo de políticos, intelectuales, artistas, profesionales, hombres y mujeres comunes que permanentemente abonan la cultura del encuentro y el pluralismo cultural.
Digo siempre y vuelvo hoy a repetirlo: Argentina es un mosaico de identidades. Nuestra sociedad brilla por sus múltiples orígenes y sus culturas y cada una de ellas es fundamental en nuestro devenir. Fue, es y será un país de puertas abiertas como pocos.
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En febrero de 2019, con un grupo de 40 dirigentes representantes de todas las colectividades que aquí viven y junto a refugiados, fuimos recibidos por el Papa Francisco en Roma. Esa foto que refleja la unión que nos identifica recorrió el mundo. Mostramos cómo somos, cómo vivimos y cómo queremos seguir viviendo. Sería bueno que las vean los que vociferan y vean si ellos pueden imitarla.
Las descalificaciones y acusaciones de racismo que estamos recibiendo, sólo están en la cabeza y sentimiento de quienes sin conocernos insultan. Y ese insulto habla de ellos. No de nosotros.
Somos ejemplo. Orgulloso de ser argentino.