La discusión no es el desempleo, es la educación

Cada vez que sube el desempleo, la Argentina entra en pánico. Pero el verdadero problema no es cuántos trabajos faltan, sino si estamos preparando a las personas para los trabajos que van a existir

El problema, entonces, no sería solo el desempleo. El problema es otro: qué va a pasar cuando la Argentina necesite trabajadores que hoy no está preparando (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada vez que sube el desempleo en Argentina, el debate público reacciona como si se tratara de una catástrofe inminente. Pero cuando uno mira los números en términos históricos, la situación no es tan dramática: hoy el desempleo ronda el 7%. En 2002 llegó al 20%. En 2011 estaba en 6,7%. Los números no son muy distintos, pero el contexto sí lo es: hace 15 años la Argentina tenía condiciones externas muy favorables, con crecimiento, consumo en expansión y viento de cola internacional. Hoy el escenario es mucho más desafiante.

Hay además un fenómeno técnico que pocas veces se explica: cuando la economía empieza a recuperarse, más personas salen a buscar trabajo. Cuando aparecen oportunidades, el costo de buscar —desplazarse, preparar el CV, hacer entrevistas, aguantar el no— se vuelve tolerable, ya que crece la expectativa de conseguir un trabajo. En los peores momentos de la crisis, muchos directamente dejan de buscar y así no aparecen como desempleados. Cuando llega la recuperación, reaparecen. Por eso un aumento leve del desempleo puede ser incluso una señal de que algo se está moviendo.

El problema, entonces, no sería solo el desempleo. El problema es otro: qué va a pasar cuando la Argentina necesite trabajadores que hoy no está preparando.

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Si el país logra atraer inversiones en sectores como energía, minería, agroindustria o servicios tecnológicos, la pregunta no es si se van a crear empleos. La pregunta es con qué fuerza laboral vamos a responder a los empleos que se creen. Y ahí aparece el verdadero problema estructural: la brecha entre lo que el sistema educativo forma y lo que el mundo laboral necesita.

Hoy hay empresas que no logran cubrir puestos, incluso en trabajos que no requieren título universitario, porque muchos candidatos no tienen habilidades básicas: comprensión lectora, capacidad de seguir un procedimiento, habilidades digitales elementales, trabajo en equipo. Ese es el verdadero cuello de botella del desarrollo argentino: el capital humano.

Este problema debe abordarse desde dos enfoques muy distintos. Por un lado, está el presente: jóvenes que terminan la secundaria sin herramientas para trabajar y adultos que pierden su empleo porque su oficio cambió o desapareció. Para ellos no alcanza con una reforma educativa que tarde diez años en dar resultados. Necesitan formación rápida, concreta, articulada con el sector privado y orientada a habilidades reales.

Pero el segundo enfoque es todavía más importante: los chicos que hoy están en el jardín y en la primaria. Ellos van a trabajar en empleos que todavía no existen, pero que sin duda estarán atravesados por la tecnología. Para eso, van a necesitar pensamiento crítico, resiliencia, habilidades digitales, capacidad de aprendizaje continuo, adaptación y trabajo en equipo. Y el sistema educativo que los está formando fue diseñado para una economía que ya no existe.

Por eso es importante que la transición incorpore a más actores. El Ministerio de Capital Humano está acompañando este proceso con políticas activas de formación y empleo articuladas con el sector privado. Pero el Estado, por sí solo, no puede cerrar la brecha entre lo que el mercado necesita y lo que el sistema educativo produce. La articulación entre educación, trabajo y sector productivo no es una teoría: es la única forma realista de responder a una demanda laboral que cambia más rápido que cualquier burocracia.

Por eso importa que la transición no sea abandono. Y en ese sentido hay señales concretas: el Ministerio de Capital Humano está acompañando este proceso con políticas activas de formación y empleo articuladas con el sector privado, reconociendo que el Estado solo no puede resolver la brecha entre lo que el mercado necesita y lo que hoy existe. Esa articulación público-privada no es una concesión ideológica: es la única forma realista de responder a una demanda laboral que cambia más rápido que cualquier burocracia.

Y acá es donde la discusión se vuelve incómoda pero inevitable: el sistema educativo argentino está organizado con una lógica centralista que hace que las escuelas tengan muy poca autonomía para adaptarse a su propia realidad. La escuela conoce a sus alumnos, conoce su comunidad, conoce sus problemas. Pero las decisiones se toman lejos, en estructuras burocráticas que funcionan igual para realidades completamente distintas.

Por esos motivos, la discusión sobre la autonomía escolar no es ideológica, es práctica. Se trata de que la escuela pueda tomar decisiones, innovar, adaptar su proyecto educativo y hacerse responsable por los resultados. El Estado tiene que garantizar los recursos y las herramientas, establecer estándares, auditar y acompañar, pero no puede seguir siendo un sistema centralizado que decide todo desde arriba y después se sorprende cuando los resultados no son los esperados.

Lo que está en juego acá es simple, aunque difícil: que la escuela sea una herramienta de desarrollo personal y profesional, y no solo un sistema que entrega certificados sin garantizar aprendizaje.

Porque el desempleo de hoy puede subir o bajar. Pero si el sistema educativo no evoluciona, la próxima generación va a llegar al mercado laboral todavía menos preparada que la anterior.

Y ese problema no aparece en los índices mensuales. Pero es un problema que puede definir el futuro de un país.

La pregunta entonces no es cuánto desempleo tenemos hoy. La pregunta es mucho más incómoda: ¿estamos preparando a las nuevas generaciones para el mundo que viene o para un mundo que ya dejó de existir?

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