El gasto militar en el mundo y el mercado de armas convencionales atraviesa una fase de expansión en 2026, impulsada por las guerras en curso y un contexto internacional cada vez más delicado.
Informes del Instituto Internacional de Investigación de Estocolmo (SIPRI) destacan que los presupuestos militares han alcanzado el récord de 2.718 millones de dólares y que el volumen de transferencias de armas ha crecido en forma exponencial en los últimos cinco años, consolidando una tendencia que ya se perfilaba desde mediados de la década pasada. Este rearme plantea un ciclo de super defensa que se extiende en casi todas las regiones.
En este escenario, según datos del SIPRI (2021-2025), Estados Unidos es el principal exportador de armas convencionales, con el 42% del mercado. Francia lo sigue con el 10% y detrás están Rusia, con el 7%, y Alemania y China, con el 6%. Europa se ha convertido en el principal importador, triplicando sus adquisiciones tradicionales (representa el 33% del total global), en gran medida en virtud de la guerra en Ucrania. Medio Oriente es la región que sigue en importancia. En America Latina, Brasil es el principal motor de las compras de armamentos, concentrando cerca del 60% de todas las importaciones de la región.
La mayor parte del rearme está dominada por una combinación de sistemas tradicionales y nuevas tecnologías. Los aviones de combate de última generación continúan siendo el eje del poder militar. A esto se suman los misiles y drones de precisión, capaces de impactar objetivos con gran exactitud, lo que ha redefinido las operaciones militares contemporáneas.
A diferencia de los ejércitos convencionales del siglo XX, el proceso actual de rearme refleja un acento en la guerra tecnológica, donde la precisión, la movilidad, la propulsión nuclear naval y la disuasión tienen particular peso estratégico.
Las características de la arquitectura militar global responden, en gran medida, al contexto actual de graves tensiones y rivalidades geopolíticas.
Sin embargo, no se debería considerar como si fuera un fenómeno inevitable. Hubo momentos del siglo XX en los que se pudo controlar el llamado dilema de seguridad, donde las acciones defensivas de un Estado son percibidas como amenazas por otros, alimentando un espiral de rearme.
Aunque en las actuales circunstancias alcanzar un equilibrio que reduzca esas percepciones es más difícil por la inestabilidad internacional de los grandes conflictos, es importante que la cuestión vuelva a ser una prioridad de la agenda multilateral.
Lamentablemente, en las últimas décadas la diplomacia internacional ha mostrado debilidad y ha quedado atrás frente a la carrera de armamentos.
Mas allá del Tratado sobre el Comercio de Armas Convencionales (ATT), que regula parcialmente el comercio de armas, y otros instrumentos que prohíben armas inhumanas (bombas racimo, minas antipersona, armas laser cegadoras y armas incendiarias contra civiles), no existen instrumentos multilaterales capaces de limitar la compra masiva de tanques, artillería, aviones, drones y misiles.
Los acuerdos históricos como el Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa o la Convención Interamericana sobre Transparencia en las Adquisiciones de Armas Convencionales, han perdido fuerza y carecen de mecanismos vinculantes.
Consecuentemente, es hora de volver a movilizar la diplomacia multilateral, como se hizo en plena Guerra Fría cuando se convocó en Naciones Unidas a la Primera Sesión Especial de Desarme (SSOD I), que marcó un hito al abordar de forma integral los problemas de armamentismo y seguridad de la época. Es urgente celebrar una nueva Sesión Especial (SSOD IV) para recuperar protagonismo en la regulación de armas y evitar que la carrera armamentista tecnológica continúe creciendo sin freno.
Sin liderazgo diplomático robusto, el mundo enfrenta un escenario militar cada vez más inseguro, volátil y peligroso.