A 248 años del nacimiento del general José de San Martín

Vida y obra del Padre de la Patria, desde su nacimiento en Yapeyú, hasta su muerte en Francia, en un triste exilio

Los restos del general San Martín descansan en la Catedral de Buenos Aires, custodiados por sus granaderos a caballo

En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo: Digo yo José de San Martín, Generalísimo de la República del Perú y Fundador de su libertad, Capitán General de la de Chile, y Brigadier General de la Confederación Argentina, que visto el mal estado de mi salud, declaro por el presente Testamento[...] hecho en París a veintitrés de Enero del año mil ochocientos cuarenta y cuatro, y escrito todo él de mi puño y letra...”.

El Libertador vivirá treinta y cuatro años, y siete meses más, pero retrocedamos a la fecha de su cumpleaños: un 25 de febrero de 1778, nació en Yapeyú, en las misiones correntinas, José de San Martín. El cuarto varón de cinco hermanos, hijos de Juan de San Martín y Gregoria Matorras. Sus padres, ambos españoles de pueblos vecinos de la región de Castilla, quiso el destino que unieran sus corazones aquí, en Buenos Aires.

Sin mucho futuro en su carrera militar en el Virreinato del Río de la Plata y con una familia numerosa y con adolescentes y niños, San Martín padre resolvió volver a la madre patria para presentar los servicios brindados en las posesiones españolas y probar mejor suerte.

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En 1784, la familia San Martín desembarcó en Cádiz, España. Luego de meses de penuria en Madrid, sin respuesta a los pedidos del capitán Juan San Martín, llegó la preciada Nota Real en la que no se le reconoció el grado de teniente coronel, pero se lo destinó a la guarnición de Málaga. Todos los hermanos varones se incorporaron al ejército español.

José ingresó como cadete al Regimiento de Infantería de Murcia, que a la sazón estaba acantonado en Málaga (1789). Tiempos cálidos de amor de hogar, de cercanía con la familia y de formación militar española.

Tres hechos signarían la vida de San Martín en España: la conducta del rey Carlos IV y de su hijo Fernando VII; la exportación de la revolución francesa a todo Europa; y el poder salvar su vida frente a un levantamiento popular en la isla de León, que dio con la vida del general Solano y que él la salvó gracias a la acción de un fraile capuchino.

Para el joven oficial americano, todo era experiencia y ganancia: combatiendo en Argelia, en la guerra de montaña, en los Pirineos; prisionero de los británicos en la fragata real Santa Dorotea.

España se rebeló contra Francia y el joven capitán observó otra nueva forma de hacer la guerra: la de guerrillas. Edecán del general Antonio Malet, Marqués de Coupigny, en un puesto comando en batalla en Portugal, fue la forma en la que se capacitaba un oficial en la táctica y en la estrategia.

Sin embargo, para San Martín, todos sus afectos estaban perdidos. Su padre, falleció en 1796; su madre, se encontraba próxima a una Madrid ocupada; su hermana María Helena, estaba casada con un oficial español pro francés; sus hermanos militares, rodeados por las tropas galas…

Las noticias de la emancipación sudamericana lo hipnotizaron junto a otros oficiales criollos.

Solicitó un permiso para atender intereses personales en Lima (que no existían), pasó por Londres, donde adquirió su famoso sable corvo de suaves y perfectas líneas moras, y puso rumbo a Buenos Aires (1811).

Teniente coronel, jefe del regimiento de granaderos a caballo (1812). Instructor, formador y líder de una unidad militar de élite en Buenos Aires. Remedios de Escalada fue su amor incondicional y Merceditas, su hija única, sus ojos y su corazón a partir del retiro.

San Martín padecía de tres patologías importantes: una afección úlcero-péptica que le ocasionaba intensos dolores y que le produjo más de una hemorragia digestiva, asma y reumatismo.

Por su problema gástrico, ulceroso, tomaba láudano y opio (Coronel Med. R. José M. Buroni, Prof. UBA y Acad. Nro. INS).

Ostentaba el empleo de coronel mayor. Empezaba a crecer y a brillar su estrella. Su personalidad y su conducta irradiaban confianza y seguridad en la causa independentista. Sus ideas de libertad contagiaban todo lo que tocaba. Diseñó un plan estratégico para derrotar el poder español en el Perú.

En paralelo con este crecimiento, sus detractores buscaron incansablemente apagar esa luz o eclipsarla.

La organización del ejército de Los Andes y el decisivo apoyo a la declaración de la independencia lo mostraron pleno de carácter, firmeza y resolución para lograr la aprobación en el Congreso de Tucumán y garantizar el éxito de la magna empresa (1816).

En Cuyo, contó con la confianza del pueblo, de su gente, que se entregó en cuerpo y alma a la causa patriota. San Martín todo lo lograba, todo lo conseguía, todo lo solicitaba, al límite de la exigencia.

Miles de hombres marcharon a sus órdenes y entregaron su vida en pos de los ideales de libertad y emancipación. También lo recibieron como un hijo más cuando regresó del Perú, seis años después. Mendoza y los mendocinos lo adoptaron de por vida. La Virgen del Carmen protegió e iluminó el camino hacia la victoria del ejército.

Chacabuco y Maipú: en dos años, cayó el poder realista y Chile fue libre e independiente. Se consolidó la amistad con el brigadier trasandino Bernardo O´Higgins. La empresa rumbo al Perú partió cuando las Provincias Unidas se encontraron envueltas en la guerra civil (1820). Sus enemigos políticos se aprovecharon de esta situación para subrayar siempre este hecho.

Llevar la guerra con éxito al centro mismo del Perú, con el apoyo militar y financiero de Chile, las críticas y desaires del Lord Cochrane, fueron producto de la genialidad del general San Martín.

Fiebres tercianas y un sinnúmero de contratiempos obligaron a ralentizar la campaña.

El general José de San Martín proclamó la independencia del Perú el 28 de julio de 1821. “El Perú es, desde este momento, libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende”.

Sin embargo, la campaña de cuatro años no ha podido doblegar al ejército realista, lo cual permitió inferir que el tiempo de lucha y sacrificio estaban mellando sus ánimos. Era el comienzo del fin.

Luego de apoyar la campaña al Ecuador (Riobamba y Pichincha - 1822) con una división peruana y reunirse en Guayaquil con su par, el general Simón Bolívar, San Martín da cuenta que su paso por el Perú tiene los días contados. Finalmente, las campañas de Venezuela y Colombia no se han visto reforzadas con ejércitos españoles del Perú en los últimos tres años.

En pocas semanas regresó a Santiago de Chile (1823), donde tomó conocimiento de los primeros ataques difamatorios que tejían sus detractores, aprovechando su nueva situación de retiro.

Mendoza lo cobijó como a un niño, pero el fallecimiento de su esposa, Remedios, y la reunión con su hija aceleraron todos sus tiempos en el país.

San Martín partió para Inglaterra con Mercedes, con la esperanza que en muy poco tiempo podría volver a reunirse con sus amistades en Mendoza (1824). Nunca más pudo hacerlo. Desde Europa, asumió el rol de defensor de la emancipación hispanoamericana. Bélgica y Francia fueron sus principales hogares.

También, con la misma esperanza con la que partió en 1824, regresó en 1828. Pero el país, tras la contienda con el Brasil, estaba en manos de uno de sus mejores oficiales del cuerpo de granaderos: el general Juan Lavalle. El país se encontraba nuevamente enfrascado en la guerra civil. No desembarcó en Buenos Aires, no lo recibió a Lavalle y prefirió trasladarse a Montevideo. Triste, regresó a Europa.

Fiel a su promesa, su sable jamás se manchó con la sangre de sus paisanos. Fue atacado, calumniado y lastimado por sus enemigos, que jamás pudieron emular su magna obra, ni lograr el amor y la admiración del pueblo argentino. Falleció en Boulogne-sür-Mer, Francia, el 17 de agosto de 1850.

Sus restos regresaron al país el 28 de mayo de 1880 y hoy descansan en la Catedral de Buenos Aires, custodiados por sus granaderos a caballo. La Nación, año a año, acomoda mejor los laureles de gloria adquiridos por el Padre de la Patria, reconociendo, tributando y recordando sus acciones militares, sus frases, sus consejos, sus máximas, su humildad, su generosidad, su intachable conducta como hombre de bien.

Hoy se habla de la gesta sanmartiniana y eso nos lleva a reflexionar en dos sentimientos: el homenajear al más grande de los argentinos por formar y consolidar nuestra nación y a aquellos que lo siguieron, ofrendando su vida en pos de los ideales de libertad, orden e independencia patrios.

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