Existen muchos interrogantes sobre el futuro de la expansión de las grandes potencias. ¿Qué ocurrirá con Estados Unidos y China, o entre Europa y Rusia? Para analizar estos dilemas es necesario revisar los conceptos de los grandes geopolíticos, que se estudian en las academias militares, pero resultan imprescindibles para comprender el mundo actual.
Paul Kennedy (“El Auge y caída de las grandes potencias”) advierte sobre los peligros de la “extensión estratégica”, indicando que “el que mucho abarca, poco aprieta”: el costo militar asfixia la economía y, en consecuencia, comienza el declive. Para Friedrich Ratzel, el Estado es un “organismo vivo” y cada potencia necesita un Lebensraum (espacio vital), una extensión necesaria para alcanzar autonomía estratégica. Halford Mackinder menciona el “heartland” (el centro de Eurasia) y las ventajas relativas del poder terrestre (Imperio ruso) y del poder marítimo (Imperio británico), así como el control de los espacios clave por razones de recursos estratégicos. Jared Diamond, geógrafo y antropólogo (“Colapso”), sostiene que expandirse hacia territorios poco fértiles, con climas hostiles o carentes de recursos naturales, es un grave error y altamente perjudicial. Ibn Jaldún, historiador musulmán, geógrafo, demógrafo y filósofo nacido en Túnez en el siglo XIV, introdujo un concepto muy vigente: explicó que los imperios se expanden mientras mantengan cohesión social o solidaridad de grupo (teoría Asabiyyah). Cuando un imperio se asienta en el lujo y la comodidad, esa cohesión se debilita; los gobernantes corruptos se distancian del pueblo, lo que permite que grupos periféricos con una Asabiyyah más fuerte los venzan.
La caída del Imperio Romano en el siglo V se debió a diversas causas: económicas (pérdida de ingresos, inflación, falta de mano de obra esclava); inestabilidad política (guerras internas, corrupción); la división del imperio entre Oriente y Occidente; crisis militar (falta de disciplina y reclutamiento de extranjeros sin lealtad a Roma); invasiones germánicas (bárbaros); factores sociales (pérdida de la moral cívica, brecha entre ricos y pobres, pérdida de población por epidemias) y resquebrajamiento de la cohesión social. Un buen resumen de casi todos los argumentos geopolíticos.
Volviendo al presente, el aporte de cada uno de estos autores facilita la comprensión de buena parte de los cambios ocurridos en las últimas décadas y de los conflictos desatados.
Europa
La guerra civil interna sufrida por Europa (Segunda Guerra Mundial) terminó en su ocupación por parte de las potencias vencedoras (Estados Unidos y la URSS). Vivió épocas prósperas (Estado de bienestar) y descuidó su futuro. La Unión Europea nunca consolidó su cohesión cultural interna. Se obsesionó con el mercantilismo y perdió poder nacional durante la financiarización globalista. Actualmente carece de un rumbo claro. El poder marítimo (Gran Bretaña antes, Estados Unidos ahora) siempre buscó impedir la consolidación de una alianza del poder terrestre en el centro de Eurasia, entre Rusia (con enormes recursos energéticos y minerales) y Alemania (con capacidad industrial y tecnológica). Hoy, Europa termina perjudicándose al importar energía cara de Estados Unidos en lugar de la barata que recibía de Rusia, perdiendo competitividad.
Rusia
Desde la época imperial, Rusia siempre se sintió encerrada y buscó reiteradamente salidas al mar, especialmente en aguas cálidas. Ese cerco la impulsó a controlar regiones periféricas o a tener como vecinos países aliados, usados como contención primaria ante una amenaza externa. De ahí su gran extensión geográfica. Sin embargo, la URSS no pudo financiar un territorio tan vasto, desde Berlín hasta Vladivostok y los confines del espacio exterior. Su aparato militar le restó inversiones en la modernización industrial y tecnológica, lo que llevó a su implosión en 1989 y a la pérdida de gran parte de su espacio vital. Con Putin, desde 2000, intenta recuperar parte de su influencia y proteger su lebensraum, aunque actualmente está perdiendo presencia en Medio Oriente (Siria). Es erróneo pensar que representa un peligro para “conquistar” Europa; le resulta difícil incluso tomar Ucrania.
Estados Unidos
El país se expandió de norte a sur y de este a oeste por compras, guerras y anexiones territoriales (México, España, Francia, Rusia), además de protectorados en Occidente (Europa) y Oriente (Japón, Corea del Sur). Los enormes gastos fueron compensados con ventajas geopolíticas y económico-financieras. La expansión ha sido tan grande que alcanzó su punto de maduración y ahora comienza el declive. Además, es llamativo que las últimas guerras donde Estados Unidos ha intervenido estén relacionadas con el petróleo: Medio Oriente (Irak, Irán, Arabia Saudita, Emiratos), entre otros. Ahora, Venezuela. Tampoco es casual su relativo desinterés en las energías llamadas limpias (eólica, solar). Todo tiene un fundamento. Estados Unidos consume alrededor de 22 barriles de productos petrolíferos per cápita al año. El consumo mundial promedio es de aproximadamente 5 barriles per cápita; China 8, India 1,5, Alemania 9, Rusia 10 y Brasil 6. El alto consumo personal estadounidense se explica por su vasto territorio, ciudades extensas y de baja densidad, y zonas residenciales separadas de los centros productivos: todo diseñado para el uso de automóviles y camiones. Esta infraestructura ha generado una estrecha vinculación cultural con el automóvil, y las culturas no cambian rápidamente. Si se restringiera el uso del auto, habría una crisis social y política de gran magnitud. El petróleo está ligado a la esencia misma del estadounidense promedio. A diferencia de Europa o Asia, Estados Unidos tiene redes ferroviarias marginales y antiguas (no existe el tren bala), lo que dificulta la reconversión masiva del transporte público. Además, el ciudadano promedio percibe el uso del tren o autobús como un descenso de estatus y autonomía. Influenciados por la cultura cinematográfica y televisiva, se cultiva la velocidad. Volverse más “lento” o “verde” es solo una opción para una minoría intelectual. Por eso, el petróleo seguirá siendo un asunto antropológico-político para Estados Unidos. Para no depender de fuentes externas (Medio Oriente, Libia, Sudán), desarrolló la industria del shale oil (petróleo de esquisto), que es más costosa que el convencional y requiere inversiones permanentes y crédito barato. Si el precio internacional baja de 50 dólares el barril, el negocio deja de ser rentable y las inversiones caen. Estratégicamente, Estados Unidos busca siempre controlar fuentes de petróleo convencional porque no puede reducir su consumo sin crisis social y no puede sostener su producción actual sin precios altos. Necesita controlar el precio del mercado. La dependencia absoluta del transporte privado, su consumo energético per cápita desproporcionado y su incapacidad cultural para aceptar la reducción constituyen un problema estratégico para Estados Unidos, que Trump intenta mitigar con la actual ola de intervencionismo global. Esto no debe verse como una expansión imperial clásica, sino como una lógica de supervivencia.
China
Con una fuerte Asabiyyah, aprovechó la coyuntura tras la caída de la URSS y el relajamiento del control político de Estados Unidos sobre su poder financiero, que se expandió globalmente con criterios cortoplacistas. Esto facilitó la llegada de capital y tecnología a China, que supo aprovecharlos gracias a un proyecto nacional claro y la firme decisión de recuperar el brillo de su imperio. Su expansión se basa en la industria y el comercio global (es una nueva Gran Bretaña), habiendo creado múltiples corredores conocidos como la Ruta de la Seda. Su alcance militar, por ahora, se limita al Mar de China (Taiwán) y áreas aledañas. Su preocupación principal es la provisión de insumos para su rápido crecimiento, aunque enfrenta un problema serio a futuro por el decrecimiento poblacional, resultado de la política del hijo único (1980-2015), que generó envejecimiento poblacional, desequilibrio de género y declive de la fuerza laboral, lo que afectará la cohesión social.
China utiliza petróleo convencional (producción propia e importaciones), pero también carbón, como Estados Unidos y Europa. Los autos eléctricos buscan reducir la contaminación en grandes ciudades y potenciar sus exportaciones. Además, su consumo per cápita de petróleo es mucho menor, debido a la alta densidad urbana, una cultura ferroviaria consolidada, el uso masivo de transporte público y la movilidad en motos y bicicletas eléctricas, junto con la electrificación progresiva del transporte urbano. El precio del combustible importa, pero no es tan crítico. Hace cincuenta años, la sociedad china utilizaba medios de bajo consumo energético, por lo que el transporte público moderno es visto como un gran avance; no tener auto privado no representa un conflicto de estatus. Pese a esta menor dependencia relativa, la cuestión energética siempre será estratégica, por lo que China opondrá resistencia a la intervención de Estados Unidos en Irán, uno de sus principales proveedores, para evitar que Washington logre un control hegemónico incompatible con un orden multipolar.
Tanto para Estados Unidos, China y Rusia, los conflictos actuales, más que buscar un nuevo orden mundial, intentan evitar el colapso descontrolado del orden existente. Cada conflicto, guerra, sanción o intervención es un intento de redistribuir los costos, desplazándolos hacia las periferias y los más débiles. Ese es, precisamente, nuestro gran problema.