Durante décadas, las sociedades desarrolladas discutieron cómo crecer. Hoy enfrentan una pregunta más incómoda: si quieren continuar.
Las cifras son conocidas, pero rara vez se las mira de frente. En la mayoría de los países desarrollados —y en buena parte de los emergentes— la tasa de fecundidad está por debajo del nivel de reemplazo. No se trata de un fenómeno coyuntural ni de una crisis económica pasajera. Es una tendencia persistente.
El nivel de reemplazo demográfico se ubica en torno a 2,1 hijos por mujer. Sin embargo, gran parte de Europa se mueve entre 1,2 y 1,6. En algunas ciudades, incluso por debajo de 1. América Latina, que durante décadas fue sinónimo de expansión poblacional, también ha descendido abruptamente. El proceso es global.
La tasa de fecundidad está por debajo del nivel de reemplazo. No se trata de un fenómeno coyuntural ni de una crisis económica pasajera. Es una tendencia persistente
Las consecuencias son conocidas en el plano económico: envejecimiento poblacional, presión sobre los sistemas previsionales, menor dinamismo productivo. Pero reducir el problema a una cuestión fiscal es no comprender su profundidad.
No es una cuestión solamente económica. Es principalmente cultural.
Las sociedades que no se reproducen no están simplemente ajustando su tamaño. Están expresando una transformación más profunda en su relación con el futuro. Tener hijos implica una apuesta por la continuidad, una decisión de transmitir identidad, lengua, historia y valores. Cuando esa decisión se diluye de manera masiva, el fenómeno deja de ser individual y se vuelve civilizatorio.
Un país no es su infraestructura. No son sus rutas, sus edificios o su moneda. Un país es su gente, su memoria, su cultura compartida. Si esa comunidad no desea proyectarse en el tiempo, ninguna política económica puede reemplazar esa voluntad.
En muchas grandes ciudades el fenómeno es visible. Departamentos cada vez más pequeños, hogares unipersonales en aumento, maternidad postergada indefinidamente, parejas que eligen no tener hijos como opción permanente. No se trata de condenar decisiones individuales, sino de observar su efecto agregado. La suma de decisiones privadas produce consecuencias colectivas.
Algunos sostienen que la inmigración puede compensar el declive. En términos numéricos, puede atenuarlo
Según las últimas estadísticas demográficas oficiales, en la Argentina los casamientos no han caído al mismo ritmo que la natalidad, lo que revela que el fenómeno no responde únicamente a la disolución de la institución familiar. En la última década, los nacimientos se redujeron en más de un 40%, una caída abrupta y sin precedentes en tiempos de paz. Aun cuando el vínculo formal persiste, la decisión de proyectarse en el tiempo se debilita. La cuestión ya no es si las personas se unen, sino si desean proyectarse.
Algunos sostienen que la inmigración puede compensar el declive. En términos numéricos, puede atenuarlo. Pero la cuestión no es meramente cuantitativa. Integrar personas provenientes de otras culturas requiere un marco sólido de identidad y continuidad. Si la sociedad receptora tampoco tiene claridad sobre su propio proyecto histórico, la integración se vuelve frágil.
Las sociedades que sostuvieron su continuidad en el tiempo fueron aquellas que fortalecieron la institución familiar como núcleo de transmisión cultural y responsabilidad entre generaciones.
El suicidio demográfico no es un acto dramático. Es un proceso silencioso. No ocurre en un día ni en una generación. Es la acumulación de decisiones individuales que, sumadas, producen una renuncia colectiva.
No es un fenómeno económico. Es una cuestión existencial.
Porque cuando una sociedad deja de proyectarse en el tiempo, no enfrenta un destino inevitable: elige, lentamente, su propio suicidio demográfico.
El autor es abogado y escritor