Milei, del veranito político al “all in” con EEUU

El Gobierno prioriza los acuerdos externos y las transformaciones estructurales, mientras se profundizan las dudas sobre el impacto real en el empleo y la producción local

El presidente Javier Milei

El Gobierno ya acelera de cara a un 2026 plagado de desafíos, de incógnitas por develarse y decisiones trascendentales que potencialmente podrían introducir cambios (cuasi) irreversibles en la estructura económica, con las consecuencias que ello implicaría a nivel social e incluso político.

Por lo pronto, está claro que el apacible “veranito” de Milei, un oasis de relax y tranquilidad tanto a nivel político como económico para un presidente que combinó baños de popularidad local con protagonismo internacional, llegó a su fin, y que la agenda marca no solo algunos desafíos muy importantes en lo político y económico, sino también demandas y urgencias que tendrá inevitablemente que gestionar.

Como una evidencia más de la velocidad con que todo sucede en esta Argentina de por sí vertiginosa, ahora aún más acelerada por el ritmo que le imprime Milei, el presidente pasó casi sin solución de continuidad de la blancura invernal del idílico cantón suizo de Davos al lodazal local.

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Así en la antesala de la discusión de la reforma laboral, uno de esos hitos en la agenda que se autoimpuso el gobierno, con frenéticas negociaciones en curso con los gobernadores y un final abierto en lo que respecta a la aprobación completa de la ley y su capítulo impositivo, el presidente y algunos de sus más envalentonados adláteres y exegetas como Sturzenegger y Toto Caputo no resistieron la “tentación” narcisista de hacer “una de más” y generar evitables e inoportunas heridas autoinfligidas.

Desde la intervención en un conflicto entre privados que derivó en un virulento ataque -con descalificaciones personales- contra el presidente de Techint y referente indiscutible de un sector industrial que pese al impacto de la apertura venía acompañando la mayoría de las políticas del gobierno, pasando por la salida de Marco Lavagna del Indec luego de la decisión de retrasar indefinidamente la publicación del nuevo índice de precios en razón de -como confesó sin tapujos Caputo asumiendo la manipulación de las estadísticas oficiales- que compromete el proceso de desinflación, hasta el más reciente lanzamiento de la polémica oficina presidencial de “respuesta oficial” que desnudan una vez más el complejo vínculo entre el gobierno, el periodismo independiente y la libertad de expresión.

Tres “grageas” que dan cuenta del retorno de un estilo desmesurado, pendenciero y narcisista, con inocultables tufillos autoritarios, que se potencia no tanto ante la recuperada centralidad de Milei tras las elecciones intermedias sino fundamentalmente ante la carencia de oposición. El peronismo atraviesa una de las crisis más profundas desde el retorno a la democracia, sin recomposición de liderazgos a la vista, en un proceso que arrastra también a una desdibujada CGT y al sindicalismo en general. El resto de la oposición oscila entre la más profunda intrascendencia (UCR y centroizquierda) o la integración a las filas libertarias (PRO).

No llama la atención, en este contexto, que en las vísperas del debate de una ley que modifica estructuralmente la legislación laboral en argentina, con mayor profundidad que en otros momentos históricos, alterando incluso la propia lógica protectora del derecho laboral ante la asimetría entre empleadores y trabajadores, el debate pase más por el capítulo impositivo y su impacto en las provincias, que por la desarticulación de otros institutos históricos.

Lo cierto es que el presidente confía en construir desde este 2026 un camino hacia la campaña presidencial de 2027 -y la reelección- basado en dos años de crecimiento económico, desinflación, orden monetario, y disciplina fiscal. Una expectativa que, a todas luces, parece muy alta para un voluntarista como Milei, aún con la asistencia de las “fuerzas del cielo” y su amigo Donald Trump.

Es que el crecimiento del 4% previsto para este año es difícil que impulse mejoras concretas en lo depreciados salarios reales, el deprimido consumo y la estancada actividad económica. Tampoco está muy claro lo que pueda pasar con la inflación, que Milei volvió a prometer que en agosto arrancará en 0, luego de haber borrado de un plumazo una nueva metodología que reflejaba más fielmente los hábitos actuales de consumo y ponderaba con mayor fidelidad el peso de los servicios. Ni hablar del impacto de una reforma laboral que difícilmente impacte positivamente en la generación de empleo, en un contexto donde se pierden asalariados en detrimento del cuentapropismo y la informalidad.

En este contexto, pareciera que casi todas las expectativas están puestas en la relación con los Estados Unidos, y no en una mejora de la competitividad de la economía argentina. La reciente confirmación del acuerdo comercial con Washington, del que se conocieron los lineamientos generales, da cuentas de esta apuesta tan arriesgada como de dudosas consecuencias.

Hablamos de un alineamiento que va si dudas bastante más allá de las “relaciones carnales” que supo mantener Menem con Bush padre y con Clinton, por varias razones. No solo por el vínculo personal y la afinidad ideológica de Milei con Trump y su indisimulada voluntad de emular el particular modo de relacionarse con el mundo y las instituciones multilaterales de Washington, sino por las diferencias significativas de la nueva situación global respecto a aquellos años de la hegemonía neoliberal y el reinado del Consenso de Washington.

Mientras el Gobierno imagina un acuerdo que motorice una forzada reconversión económica a la luz de la apertura económica, que potencie al sector exportador y lo lleve a incorporar empleo, que beneficie a los consumidores con productos llegados de Estados Unidos con mejores precios y más calidad, y a las empresas con insumos modernos para potenciar sus cadenas productivas, muchos ya alertan por el impacto en sectores que no tendrán la capacidad para reconvertirse (como las PyMES), en industria locales que generan empleo y tributan localmente, o en ramas específicas como el de los laboratorios.

Todo ello, con el agravante de un acuerdo que depende del siempre impredecible presidente estadounidense, que privilegia sectores estratégicos que no son los que más demandan mano de obra intensiva, y que en función del texto conocido da cuentas de un grosero desbalance en la reciprocidad entre ambas naciones.

Así las cosas, en un contexto donde la falta de competitividad de la economía argentina es a todas luces evidente en todos los frentes, y en donde el gobierno ha dado muestras de que no hará nada que comprometa el proceso de desinflación, ni siquiera a costa de la actividad económica, la apuesta a Washington es “all in”.

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