“Hoy es orilla de tanta gloria el olvido…” (Borges)
María Antonia de Paz y Figueroa fue un cisne negro. Un acontecimiento improbable que irrumpió en la historia cuando nadie lo esperaba y transformó para siempre los destinos y el paisaje espiritual de lo que hoy llamamos Argentina. En Buenos Aires y en el vasto territorio del entonces Virreinato en la segunda mitad del siglo XVIII, su vida produjo un impacto difícil de exagerar. Mujer, provinciana, indómita frente al rey —y muchas veces también frente a los hombres de Iglesia—, creyente hasta la médula y, por eso mismo, rebelde. Única.
Se habló mucho de ella aquí y en Europa; incluso durante su propia vida se escribió por aquellas lejanas tierras una biografía suya y en francés. Fue celebrada, observada, discutida. Y sin embargo, como suele ocurrir con las figuras verdaderamente incómodas -y más todavía si son mujeres- la historia terminó por relegarla a un margen discreto, casi invisible. ¿Cómo se explica que tanta vida, tanta gloria, tanto reconocimiento, hayan caído en el olvido? ¿Dónde fue a parar ese fuego? ¿Adónde van las cosas cuando parecen desaparecer?
María Antonia de Paz y Figueroa vivió en Buenos Aires solo veinte años, los últimos de su vida. Llegó casi anciana para los parámetros de la época; llegó mujer, sola, sin poder ni recursos. Y sin embargo fue una explosión. Contra todo pronóstico, sostuvo y difundió los Ejercicios Espirituales de San Ignacio cuando la Compañía de Jesús había sido expulsada de los territorios de España y luego hasta suprimida por el mismo Papa. Toda esa obra parecía destinada a extinguirse. Pero Mama Antula no dejó que eso pasara. Caminó miles de kilómetros a pie, organizó, predicó, convocó, incomodó. Hizo lo que muchos hombres con cargos, títulos y ejércitos no se animaron a hacer.
Por la Casa de Ejercicios que ella fundó en Buenos Aires (edificio que aún permanece en pie en Avenida Independencia y Salta) pasaron miles de personas. Entre ellas, buena parte de la elite criolla que, pocos años después, pensaría y gestaría el nacimiento de la Argentina. No es exagerado afirmar que Mama Antula fue una de las grandes formadoras del alma de la patria: allí se educaron conciencias, se templaron decisiones, se aprendió a discernir. Antes que proclamas políticas, hubo silencios, oración, examen interior. Antes que discursos, hubo convicción personal. Y de ese humus olvidado nacieron muchos de los protagonistas de nuestra historia.
¿Por qué recordarla hoy? Porque la Argentina atraviesa una crisis que no es solo económica o institucional, sino profundamente espiritual y cultural. Falta horizonte, falta sentido, falta interioridad. La figura de Mama Antula, la primer santa argentina, nos recuerda que no hay verdadera nación sin sujetos en paz por dentro; que no hay transformación duradera sin compromiso interior; que el verdadero cambio comienza cuando alguien se atreve a seguir a su propia conciencia antes que a las reglas de la mera conveniencia o al poder.
Rescatarla del olvido no es un gesto piadoso ni arqueológico. Es una urgencia y una esperanza. En tiempos de incertidumbre, su fe lúcida; en tiempos de fragmentación, su capacidad de tejer encuentros; en tiempos de resignación, su audacia. Tal vez la pregunta no sea adónde fue a parar todo aquel fuego, sino ser capaces de encontrar su rescoldo en alguna parte de nuestra identidad argentina y dejarnos alcanzar por él.
Algunas glorias no desaparecen: esperan. Y Mama Antula, nuestra primera santa, sigue allí. Esperando que la Argentina sea esa patria de grandes ideales, de grandes corazones, de grandes hombres y mujeres capaces de hacer mejor la patria y el mundo.
Por eso Santa Maria Antonia de Paz y Figueroa, la primera santa argentina, hoy nos es tan necesaria y esencial. Rescatar su figura del olvido es volver a apostar por aquella grandeza interior que nos hizo ser nación.
María Antonia de Paz y Figueroa, Santa Mama Antula, nació en Santiago del Estero en 1730 y murió en Buenos Aires el 7 de marzo de 1799. Fue declarada santa por el Papa Francisco el 11 de febrero de 2024. Sus restos hoy descansan en la Basilica de La Piedad, Mitre y Paraná, Ciudad de Buenos Aires.
[El autor es sacerdote del clero de Buenos Aires, párroco de la Basilica de La Piedad y director del Instituto Universitario Papa Francisco de la Universidad Católica Argentina]