
El comienzo de este 2026 da cuentas de un gobierno que atraviesa una situación política a todas luces impensada en aquellos no tan lejanos momentos de zozobra tras la sorpresiva y contundente derrota frente al peronismo en las elecciones bonaerenses de septiembre del pasado año.
Tras la tan oportuna como providencial asistencia financiera de los Estados Unidos ante la crisis de incertidumbre desatada tras dicho resultado y, más aún después de la asombrosa recuperación que acabó en el categórico triunfo libertario en las elecciones nacionales de medio término, Milei pasó en muy poco tiempo de coquetear con el abismo a encontrarse con un terreno yermo en el cual avanzar casi sin obstáculos ni resistencias, tanto en su agenda política de reformas en el Congreso, como en su programa económico, e incluso en un drástico viraje de política exterior.
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Luego de uno de los diciembres más tranquilos de los últimos tiempos, y un enero apacible donde Milei combinó baños de popularidad (Jesús María y Mar del Plata) con protagonismo internacional (Davos), a la par que acumuló datos positivos en el frente macroeconómico y financiero, el Presidente acelera con una ambiciosa agenda que aborda temas que hasta hace no mucho tiempo atrás eran casi tabú: desde la reforma laboral, a las modificaciones al Código Penal y la baja de edad de imputabilidad.
Con un presidente fortalecido por el respaldo electoral, la moderada renovación de expectativas y los importantes niveles de apoyo que aún conserva y, más aún, con un peronismo y, consecuentemente su expresión sindical, sumido en una de sus crisis más profundas desde el retorno a la democracia, con el resto de la oposición oscilando entre la intrascendencia o la integración a las filas libertarias, y un grupo importante de gobernadores -incluidos varios peronistas- dispuestos a negociar con el gobierno, Milei encara el 2026 no solo habiendo alcanzado ya objetivos importantes sino con renovados bríos para encarar los desafíos inminentes.
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Como evidencia de esta gravitante soledad que Milei ostenta en el escenario político, y ante la pérdida de centralidad de Cristina Fernández de Kirchner o Axel Kicillof, otrora elegidos como adversarios, un presidente acostumbrado a la estrategia de confrontación política no solo para alimentar su narrativa rupturista sino para construir poder, subió al ring a personajes ajenos -al menos formalmente- a la política partidaria, como Claudio “Chiqui” Tapia o, más recientemente, Paolo Rocca de Techint.
La virulencia de los ataques presidenciales en el caso del industrial más poderoso del país, quien en su momento supo elogiar las políticas que hoy padece, en el marco de una polémica suscitada por una contratación entre privados para la provisión de insumos para un gasoducto en Vaca Muerta (no una licitación pública) no debería ser leída en clave de un encono personal sino como un mensaje de disciplinamiento para un sector del empresariado argentino.
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Si bien es cierto que en el marco de su posición aperturista y pro mercado Milei ya desde la campaña electoral prometió dejar de proteger a ciertos sectores industriales a costa de precios más altos y calidad inferior que productos importados (como la industria textil o la electrónica), no todos los sectores están en condiciones de bajar sus costos y mejorar su eficiencia de un día para el otro. Más aún, si el gobierno no genera las condiciones para mejoras competitivas, por ejemplo, bajando impuestos, invirtiendo en infraestructura o adaptando las reglas de juego al nuevo escenario.
Aunque en el corto plazo pueda imponerse su narrativa aperturista, con foco en el precio de los productos más que en la mano de obra o el valor agregado local, en el mediano plazo no se vislumbra una discusión estratégica y consensuada respecto a cuál será el perfil de la matriz productiva de nuestro país.
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¿Realmente Milei está convencido de que Argentina puede crecer exclusivamente por la exportación de productos primarios? Y, vinculado a ello, ¿realmente está convencido de que el Estado no tiene ningún rol en el desarrollo estratégico del país más que el que velar por la estabilidad macroeconómica, la salud fiscal o el orden monetario?
Todo ello, en el marco de una paradoja evidente: la apertura indiscriminada que propugna Milei convive con un contexto en el que su gran aliado estratégico levanta las barreras proteccionistas más altas en siglos y lleva sus guerras comerciales más allá de lo imaginable. ¿Sabrá Milei que su amigo Trump le impuso un arancel antidumping del 50% a la empresa india que ganó la licitación con precios un 40% inferiores a los que ofrecía Techint? ¿No tendrá a la vista que aunque seguramente la empresa que construye el gasoducto tendrá menores costos y, por ende, mayores márgenes de rentabilidad, la diferencia entre los tubos de la India o los producidos en una planta del conurbano reside en que ésta paga impuestos nacionales y provinciales, tasas municipales y cargas sociales, tienen que ver con el valor agregado y el empleo local?
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Resulta, como mínimo, difícil pensar que de persistir en este camino no comiencen a asomar nuevamente en Argentina los viejos fantasmas del desempleo. No debe olvidarse, en este sentido, que ya en el último trimestre del año se registró un empeoramiento en el índice de desocupación, consistente con el creciente cierre de empresas, y que podría haber sido aún mayor si no hubiese crecido la informalidad y el cuentapropismo.
Lo cierto es que aún en un contexto de una sociedad adormecida y descreída de los liderazgos que animan los espacios políticos tradicionales, de no percibirse en el mediano plazo una mejora concreta en la economía real, el clima social podría mutar muy rápidamente y desatar una tormenta impredecible.
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Una cosa es que la oposición naufrague en la más profunda intrascendencia o en debates que atrasan, y otra muy distinta que ello implique que esta ventaja estratégica con la que cuenta Milei le permita eludir las demandas y necesidades cada vez más urgentes de amplias capas de la población, incluso de muchos de sus propios votantes.
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