Javier Milei cierra su paso por Davos sentado a la derecha de Donald Trump, suscribiendo su ingreso a la Mesa de la Paz. Una posición estelar en el organismo que el presidente norteamericano creó a su imagen y semejanza, con el pretendido objetivo de encauzar y contener el proceso de normalización de la Franja de Gaza, y que sobre la marcha hizo extensivo a la contención de todos los conflictos a nivel global.
Trump se nombra a sí mismo presidente de por vida del Board of Peace y tiene amplia autoridad para decidir quién entra, por cuánto tiempo y cómo se usa el dinero. La membresía es por invitación y se paga: los países que aporten US $1.000 millones obtienen permanencia; los que no, tienen períodos de tres años.
Varios de los países convocados aceptaron ser miembros —incluyendo Argentina, Emiratos Árabes Unidos y Hungría—; otros han rechazado o se mantienen cautelosos, como Francia, Noruega, Suecia e Italia; otros grandes, como Reino Unido, China, Alemania y Rusia, aún no se comprometieron públicamente. Los detractores lo definen como un “club de Trump” pensado para desplazar a la ONU.
El mega evento inaugural coloca a Trump en el centro de una escena generada por el mandatario después de una semana signada por el atropello discursivo que lo llevó a confrontar con los líderes europeos por la cuestión de Groenlandia.
Ofuscado por no haber sido reconocido con el Premio Nobel de la Paz, el presidente norteamericano arremetió contra el primer ministro de Noruega en un mensaje que lo mostró con el inconsciente a la intemperie.
“Querido Jonas: teniendo en cuenta que su país decidió no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido ocho guerras o más, ya no siento la obligación de pensar en la paz…”, le escribió al premier noruego. “Ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos”.
El arrebato discursivo, tan nítido como picante, con el que enfrentó al primer ministro noruego marcó un punto de inflexión y lo expuso en una fase de creciente imprevisibilidad.
El mensaje a Jonas Gahr Støre fue solo el preludio de una escalada retórica que alcanzó su momento cúlmine en el discurso frente al foro de Davos.
Convencido de que logró detener “ocho guerras” desde que asumió en 2025 y apremiado por una irrefrenable pulsión narcisista, Trump va por todo.
Autorreferencial hasta lo exasperante, el republicano se empeña en decir todo lo que siente y piensa sin freno inhibitorio alguno, en orden a diseñar el mundo de acuerdo con sus alucinaciones.
La idea de la paz deja de ser, en la versión de Trump, un imperativo ético y moral para redefinirse como una herramienta transaccional en orden a satisfacer su ego. La responsabilidad histórica cede.
Trump reconfigura la noción del Nóbel como herramienta de su propia narrativa política. No haber recibido el premio es, para él, una herida narcisista. Por eso la respuesta no es diplomática sino emocional: “Si no me reconocen, no juego más”.
En su presentación ante el World Economic Forum apareció desbocado. Dedicó buena parte de su tiempo a reivindicar su decisión de quedarse con Groenlandia a como dé lugar y a fustigar, de a uno en uno, a los líderes que se oponen a que EE. UU. avance sobre el territorio y la soberanía. “Solo quiero un pedazo de hielo”, llegó a simplificar, luego de humillar a casi todos.
“¿Por qué no tenemos eso?”, se preguntó en una entrevista en 2021. “Soy un desarrollador inmobiliario, miro una esquina… y digo… tengo que conseguir esa tierra para el edificio que estoy construyendo”. La obsesión por la inmensa isla del Ártico viene de lejos.
La matriz de desarrollista inmobiliario también se expresa en el caso de Gaza, dónde Trump sueña con una riviera nivel premium. Un delirio que ya plasmó en imágenes con IA generativa.
Trump va siempre por la propiedad. “Eso es importante psicológicamente para mí”.
Hay quienes dicen que es una cuestión de estilo: aprieta para después negociar. Esta vez tuvo que ceder.
Mark Rutte, secretario general de la OTAN, logró encauzar el despropósito que amenazaba con hacer volar por los aires la Alianza Atlántica al proponer un acuerdo marco que amplía la disponibilidad de EE.UU. en relación con las bases militares y le da acceso a recursos naturales, un atractivo que parece estar excitando más a Trump que las cuestiones de seguridad que dice lo movilizan.
En geopolítica, “paz” no significa armonía ni ausencia de conflicto. La paz, entendida en términos globales, es ausencia de guerra abierta entre Estados. Nada más. Es un concepto mínimo, práctico y frágil. Es la paz como “no guerra”, la que sostiene la diplomacia real.
La paz internacional es un estado de tensión controlada. Es un pacto implícito para no cruzar el umbral de la guerra total.
Trump llega a Davos 2026 como factor de conflicto. No discute ideas: discute poder. No argumenta: impone. Convoca a un Board for Peace, pero lo hace acicateando conflictos, en modo beligerante.
“Canadá existe gracias a Estados Unidos: la próxima vez que hagas declaraciones, recuerda eso, Mark”, le espetó Trump al premier canadiense, a quien le retiró la invitación a ser parte del consejo por la paz en represalia por el discurso con el que lo precedió en Davos.
“Si no estamos en la mesa, somos el menú”, había advertido Mark Carney en una pieza oratoria que marcó el encuentro.
Frente al histrionismo desbordado de Trump, Carney opuso precisión y advertencias.
Definió al presente global como un tiempo de ruptura e instó a las potencias intermedias a protegerse de la escalada de rivalidad entre las superpotencias generando nuevas alianzas y coaliciones: una tercera vía con peso propio.
Trump reculó, pero a nivel narrativo, Carney se lo comió.
Políticamente astuto, el primer ministro polaco llamó a confrontar con los divagues de Trump. “La táctica del apaciguamiento siempre es señal de debilidad. Europa no puede permitirse ser débil, ni contra los enemigos ni frente a sus aliados. El apaciguamiento no da resultados, solo humillación”, sintetizó.
Trump ha dado suficientes pruebas de avanzar sobre los débiles, de ensañarse muy especialmente con los genuflexos.
La semana de Davos mostró a Trump enredado en sus contradicciones. La vibrante exposición mediática que supuso el lanzamiento del Board for Peace no alcanzó a satisfacer su necesidad de hegemonizar. A poco de levantarse de la mesa de la paz que él mismo tendió, retomó la retahíla de sus provocaciones.
“Los comentarios de Trump son insultantes y francamente espantosos”, dijo Keir Starmer, al tiempo que reivindicó lo aportado por el Reino Unido en el despliegue en Afganistán, una presencia militar que costó la vida a 457 militares británicos.
El premier británico reaccionó frente a los dichos despectivos del presidente norteamericano acerca de que las fuerzas del Reino Unido y los aliados de la OTAN “han permanecido un poco alejados de las líneas del frente… EE. UU. nunca los necesitó”. Más leña al fuego.
La reacción incluyó hasta al príncipe Harry, quien salió fuerte a replicar a Trump.
La paz global no se sostiene sobre ideales. Se sostiene sobre cuatro pilares duros: equilibrio de poder, derecho internacional, instituciones multilaterales e interdependencia económica.
Engolosinado con su propia narrativa, es probable que Trump no registre los daños que está generando. Lo suyo no parece ser la paz; lo que parece moverlo es el poder, su propia centralidad, la idea de instalarse como el factótum de un nuevo orden mundial.
Esta semana, en Davos, la retórica de Trump emergió recargada.
Milei, en cambio, optó por emitir su mensaje de características muy sui géneris: entre el tono de una clase magistral y el de una homilía profética, el líder libertario desplegó su catecismo fustigando al socialismo en todas sus presentaciones y dedicandole una parrafada a la cuestión woke, pero, contenido y pragmático, evitó dejarse arrastrar por el frenesí de su ahora, muy incómodo, referente global.
Ni tan cerca que queme ni tan lejos que hiele, Milei pasó por Davos sin mayor relumbre, pero salvando la piel del paso del tsunami trumpista.