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Maduro: un juicio justo para un genocida

Cuando fui preso político, entre abril y mayo de 2014, primero me dispararon, me golpearon y me llevaron herido al Fuerte Tiuna, ese de donde extrajeron ahora a Maduro. Que tenga una larga vida para que pague, dentro de una celda, tanto daño y desidia

El capturado presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, asisten a su comparecencia para enfrentarse a cargos federales estadounidenses que incluyen narcoterrorismo, conspiración, blanqueo de dinero y otros, en el Tribunal Daniel Patrick Moynihan de los Estados Unidos en Manhattan, Nueva York, EE.UU. (imagen: Reuters/Jane Rosenberg

Desde que el dictador Nicolás Maduro está capturado por Estados Unidos se lo ha visto con distintas prendas de ropa, como un look deportivo gris, o con una campera azul, o después, en los tribunales de Nueva York, con un uniforme naranja típico de los presos.

A Maduro lo llevaron a una sala de audiencias, le leyeron sus derechos, le permitieron designar un abogado, pudo declarar. Dijo ser “no culpable” y se autodenominó “prisionero de guerra” porque según él es “un presidente” y un “hombre decente”.

Alegaría que su cuadro médico no sería el mejor. Y se sabe que su próxima audiencia será el 17 de marzo, por lo que se le vienen poco más de dos meses encerrado a la espera.

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Cuando fui preso político, entre abril y mayo de 2014, primero me dispararon, me golpearon y me llevaron herido al Fuerte Tiuna, ese de donde extrajeron ahora a Maduro. Gracias a periodistas y fotógrafos que había donde me detuvieron pude gritar mi nombre, para que alguien pudiera hacer circular el mensaje de que yo estaba detenido. En esas primeras horas no me permitieron hacer una llamada, por lo que no pude avisar nada a mi familia, ni tampoco hablar con un abogado.

En un principio los militares querían arrojarme a una celda. Uno, entre varios, vio que me desangraba, así que “negoció” con sus compañeros para que me trasladen a un hospital dentro del mismo Fuerte Tiuna. El médico que me revisó las heridas fue el que me prestó su celular para, escondido y en segundos, yo poder llamar a mi familia. Al rato, un fiscal y varios militares me sacaron una declaración forzada para que yo negara que habían sido los militares quienes me habían disparado, golpeado y torturado. Y así forjaron un expediente falso para instalar, en tribunales, que a mí me había mordido un perro y que ellos solo eran gente que me había llevado a un hospital para que me asistan.

El mes que estuve preso en la cárcel común de Yare lo pasé sin acceso a asistencia médica. En la enfermería apenas tenían alguna pastilla. Los antibióticos me los llevaron mis familiares. De no ser por ellos, la dictadura no me iba a dar ni el saludo. Los informes médicos que sugerían un traslado urgente a un hospital los ignoraron completamente. Y las operaciones y fisioterapias corrieron por mi cuenta después de que me liberaron.

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Con todo, tuve una suerte mejor a la de otros miles de presos políticos, de todas las edades, a los que pese a padecer diabetes, hipertensión u otras enfermedades, nadie los atiende. A muchos torturados, luego los dejan así, destruidos. Porque a muchos presos políticos los amarran, los electrocutan y les hacen cada cosa horrible e inenarrable que duele hasta escribirlo.

Otros caen en una espera eterna, con audiencias que no se realizan nunca. Porque no había luz, porque no llegó el juez, porque la secretaria se fue a almorzar y no regresó. Así pueden pasar años con un expediente que no avanza jamás.

Cuento y pienso en estos casos porque Maduro, ahora preso, probablemente recibirá un juicio justo —como corresponde— y no una condena injusta como las que su dictadura genocida le aplicó a miles de inocentes.

Escuché y leí en las últimas horas a personas en distintos países del mundo —prácticamente ninguno era venezolano— defender a Maduro como si fuera un presidente democrático de un país normal. Y no hay nada más alejado de la realidad ni más oscuro que, sea por sesgo ideológico, por ignorancia o por maldad, que querer limpiarle el rostro a un genocida.

Son tantas las atrocidades que ha hecho Maduro, durante tanto tiempo, que de ahí la alegría de millones de venezolanos en todo el mundo al ver preso al dictador.

Que tenga un juicio justo y una larga vida para que pague, dentro de una celda, tanto daño y desidia. Él y el resto de su cúpula, que tiene que caer para que Venezuela pueda recuperar su democracia.

*El autor es periodista

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