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Argentina debate

Este domingo será la primera vez, desde el comienzo de la campaña, en que Sergio Massa, Javier Milei y Patricia Bullrich se encuentren cara a cara

Mañana será el primer debate presidencial

Desde que en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1960 se produjeran los célebres primeros debates televisados entre Richard Nixon y John F. Kennedy, las campañas electorales no se conciben sin tener en cuenta el “entorno mediático” en el que ineludiblemente se despliega toda estrategia de persuasión.

La televisión se constituyó desde entonces en el elemento clave de la comunicación política, transformando fuertemente los atributos y estilos de liderazgo para adaptarlos al nuevo formato del “espectáculo”. Si bien hoy el espacio mediático se ha complejizado y ensanchado, y la televisión tradicional ya no ostenta la hegemonía de antaño, los procesos de espectacularización de la política no cesaron de profundizarse. Sus consecuencias son ampliamente conocidas: la primacía de la “imagen”, la creciente personalización de la política y las campañas, la centralidad de las “emociones” en detrimento de la argumentación racional, entre otros procesos.

En este contexto, los argentinos presenciaremos por tercera vez un debate presidencial, el segundo obligatorio desde que el Congreso de la Nación sancionara 27.337 en noviembre de 2016, aunque en un país en el que la verdadera “cultura del debate” no ha logrado consolidarse definitivamente aún.

Sin embargo, más allá de las especulaciones y análisis que se generan en esa suerte de tensión entre el “show mediático” y el ejercicio deliberativo, no debe soslayarse su impacto positivo para nuestra democracia. Más aun teniendo en cuenta que este primer debate obligatorio del proceso electoral 2023 tendrá lugar en un particular contexto de alta negatividad signado por el fuerte rechazo de amplios sectores de la opinión pública hacia la dirigencia política.

Aún sin existir un consenso entre los especialistas e investigadores en el campo de la disciplina de la comunicación política respecto al impacto de los debates sobre el comportamiento electoral, hoy parece estar claro que el debate es importante por múltiples razones. En primer lugar, porque los debates legitiman el proceso democrático a través de la exhibición de una discusión abierta y plural, donde quienes aspiran a representar al pueblo exponen ante el público. En segundo lugar, porque generan compromisos a los candidatos que finalmente son electos, lo que favorece los mecanismos de rendición de cuentas (accountability). En tercer lugar, porque promueve la equidad entre los candidatos, al ofrecerles a todos -independientemente de favoritismos y volumen de financiamiento de sus campañas- iguales posibilidades de exponer sus ideas y comunicar sus mensajes. Y por último, en un listado de razones que no pretende ser exhaustivo, porque aunque convertido en razón de las limitaciones que impone el formato en un evento mediático, contribuye a mejorar el conocimiento que los ciudadanos tienen de los candidatos, de sus propuestas y de los asuntos públicos en general.

Conscientes de estas “oportunidades”, y en el marco de una elección de tercios con final abierto y altos niveles de incertidumbre, los principales candidatos y sus equipos parecen haberse tomado muy en serio la convocatoria y, como nunca había sucedido en nuestro país, definen estrategias, trabajan con equipos especializados en la preparación de sus intervenciones, simulan situaciones con dirigentes que ofician de “sparrings”, y delinean diversos escenarios para estrategias de ataque y defensa.

Hay un dato que no es menor: será la primera vez, desde el comienzo de la campaña, en que Sergio Massa, Javier Milei y Patricia Bullrich se encuentren cara a cara, procurando ofrecer al electorado sus “razones para el voto”. Sin dudas, será Javier Milei, como ganador de las PASO y favorito, quien no sólo concitará la mayor atención, sino quien a priori es quien más tendría para ganar o perder en función de su performance.

Sin embargo, los restantes candidatos también se juegan paradas importantes. Massa, confiado en sus chances de llegar al ballotage, promete algunos golpes de efecto a través de anuncios y compromisos, buscará confrontar con Milei sin atacarlo personalmente ni ofender a sus votantes a través del “contraste” entre dos modelos de país, y procurará proyectar una imagen diferenciadora que combine la “firmeza” con la vocación “negociadora”. Patricia Bullrich, por otro lado, entiende que tiene en el debate una gran oportunidad para recuperar el protagonismo perdido como referente de la oposición tras la fulgurante irrupción de Javier Milei, y si bien procurará poner el énfasis en lo propositivo y proyectar una imagen de una dirigente con experiencia en la gestión, seguramente no evitará el combate cuerpo a cuerpo ni con Massa ni con Milei.

Está claro que el formato establecido, con reglas claras, temas acotados y tiempos televisivos que son siempre escasos para explayarse, plantea importantes desafíos para los candidatos. Sin embargo, ninguno dejará de aprovechar el evento para consolidar su posición o ganar mayor protagonismo. Sabiendo, como decía Joseph Napolitan -decano de la consultoría política moderna- que los debates no se ganan en el set de la televisión sino en los livings de los hogares, el lunes comenzará a valorarse el impacto de este primer evento.

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