¡Moderado las pelotas!

El presidente Alberto Fernández defendió su supuesta moderación para luego rifarla con gritos y acusaciones a la Corte Suprema. ¿Se hace el duro para seducir a Cristina o para sobrevivir?

El presidente argentino Alberto Fernández llega al Congreso para dirigirse a la nación, seguido por la vicepresidenta Cristina Fernández

En apenas dos horas de discurso ante la Asamblea Legislativa, Alberto Fernández destacó su moderación y, al mismo tiempo, les gritó (con dedito levantado y todo) al presidente y vice de la Corte, a quienes, con deliberado esmero, sentó prácticamente a su lado. Como dijo Michael Corleone y antes Sun Tzu en El arte de la guerra: mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca.

La cosa empezó casi con autoindulgencia. “En este tiempo escuché cómo una y otra vez criticaban mi moderación”, dijo el Presidente. Fue una versión actual del famoso “dicen que soy aburrido” de Fernando de la Rúa. Dicen que soy moderado, pero con esta moderación no sabés todo lo que puedo hacer (emoticón de montoncito). Con esta moderación enfrenté a los acreedores privados. Con esta moderación le puse el pecho a la pandemia. Con esta moderación defendí la democracia en la región. Bueno, en Nicaragua, Cuba y Venezuela no, pero la Patria Grande es, precisamente, grande. No se puede todo, no sean perfeccionistas.

Todavía con la vincha de la moderación puesta, Alberto metió un rebaje adicional y dijo: “Miren, muchachos, hice lo mejor que pude para servir a mi pueblo, reconozco que en algunas cosas me equivoqué, pero prefiero ser presidente de un gran país antes que un gran presidente y yo, al menos, me voy a ir sin acusaciones de enriquecimiento, no como otras, ejem, ejem”. Algo así dijo.

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A partir de ahí la cosa se puso, cómo decirlo, espesa. Fueron larguísimos minutos en los que una voz monocorde se dedicó a leer fechas, números, leyes, obras, programas y planes. En el medio, bastante bien calculado para evitar que a quienes lo escuchábamos se nos cayera el osito y nos durmiéramos definitivamente, coló a personas de carne y hueso beneficiarias de políticas públicas. Es lo que suelen hacer los presidentes estadounidenses en los discursos del estado de la Unión y que acá hizo varias veces Cristina. Pero ya se sabe que los gringos son los reyes del show y que Cristina puede ser muchas cosas, menos aburrida. No es el caso del presidente.

Bueno, bien, dije yo. Moderación, hastío y sopor. Puedo vivir con eso.

Pero no. De pronto, no sé qué le pasó, si Cristina lo pateó por debajo de la mesa, le metió un codazo en las costillas o qué cuernos, pero en determinado momento el hombre se paró arriba del escritorio, tiró la vincha a la tribuna, se abrió la camisa de un tirón (dicen que el diputado Fernando Iglesias se calentó porque le pegó un botonazo en el ojo), desplegó el pecho peludo y se puso a gritar que la Corte atropelló las instituciones republicanas, atentó contra la Constitución y tomó por asalto el Consejo de la Magistratura.

Por eso, dijo Alberto Ángel Fernández, no hay suficientes tribunales en Santa Fe para combatir el crimen organizado. Se ve que los 14 tiros al supermercado de los padres de Antonela Roccuzzo y la amenaza a Lionel Messi en Rosario son culpa de la Corte. Y por eso, por este atropello del tribunal, continuó el Presidente todavía en cueros mientras Iglesias salía del recinto para que un médico le sacara el botón del ojo, es que pedimos el juicio político de los cortesanos.

Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz (Gustavo Gavotti)

Ah, mirá, hubieran avisado antes, che. Yo estoy re en contra del juicio a la Corte, pero con Messi no se jode. ¡Hay que sacarlos a patadas! Y ojo porque los tipos no se van a ir así nomás, eh. Son más duros que el adamantium de Wolverine. El Presidente los invitó a la Asamblea Legislativa, los sentó a su lado, les gritó, les levantó el dedo y, sin embargo, se mantuvieron impávidos. Son dignos merecedores de un Oscar. De hecho, si no fuera por las dos o tres veces que pestañearon, hubiera jurado que los habían traído del Madame Tussauds.

El Presidente es una suerte de Jekyll & Hyde. Lo ha sido durante todo su mandato. ¿A favor o en contra de Nicaragua en la Organización de Estados Americanos? No sabemos. ¿Existe el lawfare? A veces sí y a veces no. ¿Romper todo para tratar de salvar a Cristina de las causas de corrupción o fingir demencia? Nadie sabe.

La falta de coraje para tomar decisiones hacia uno u otro lado es lo que explica la absoluta inverosimilitud del plan “A23″ con el que algún trasnochado empapeló la Ciudad de Buenos Aires para instalar la reelección. El albertismo no existe. Nunca existió. Y no porque no haya habido intentos alrededor del Presidente, sino porque él mismo se encargó de hacerlos desistir.

Tampoco hubo nunca un plan, una línea ideológica, política o económica. Es innegable que las posibilidades de programar la gestión de gobierno fueron afectadas por el contexto de la pandemia y de la guerra. Pero hoy Alberto Fernández sigue conduciendo un barco sin destino claro. No digo destino adecuado. No digo que él quiera ir a la playa y yo prefiera (con toda razón) la montaña. Digo que cuando le preguntamos qué prefiere, se pone el traje de baño y los esquíes a la misma vez.

Alberto Fernández (Presidencia)

Sin plan, sin albertismo y, sobre todo, sin abrazarse o separarse del cristicamporismo, el operativo reelección es un bluf, por más esfuerzos que hagan el siempre leal Aníbal Fernández (lo digo sin ironía) o el repentinamente más albertista que Alberto, Luis D’Elía. Y, por cierto, cualquiera de las dos opciones sería, a esta altura, extemporánea. Era antes, cuando Wado y sus amigos amenazaron con renunciar. Pero hubo temores (a mi juicio fundados) de ingobernabilidad. Ojo, hay que estar en esos zapatos. ¿Un presidente sin apoyos propios, sin territorio, cascoteado de frente una y otra vez por Cristina y sus acólitos en el medio de semejante crisis económica? Yo me voy a mi casa llorando, eh.

La gobernabilidad. Este es el punto central. Esta es la respuesta a la pregunta que todos nos hicimos después del discurso y que nos hemos hecho tantas otras veces. ¿Por qué, en un lapso de dos horas, se muestra moderado y hasta autocrítico, pero de repente se desata en un discurso violento? ¿De dónde viene esa ciclotimia? ¿Lealtades encontradas? ¿Aprietes? ¿Malos consejeros? ¿Falta de creatividad?

Yo creo que, especulaciones al margen, el discurso encendido no es para seducir a Cristina. Es para gobernar hasta el final del mandato. No es una estridencia típica de la fe de los conversos. Es el golpe de puño de De la Rúa en el programa de Mariano Grondona cuando el conductor le dijo “el presidente es un tipo que le pega a la mesa”. Esto explica que la reacción no sea siempre a favor de CFK, sino algunas veces (las menos) en su contra. Alberto Fernández guapea a diestra y siniestra. Porque no tiene que ver con Cristina, sino con una exigencia del sistema.

¿Qué sistema? El hiperpresidencialismo. Como dijo Alberdi en las Bases, tenemos un presidente constitucional que, en caso de ser necesario, puede asumir las facultades de un rey. Pero ojo, porque a los reyes les suelen cortar la cabeza, ¿viste? Un presidente con tantos poderes jurídicos y fácticos no solo es blanco de adversarios políticos, sino que se constituye siempre, quiera o no, en depositario de todas las esperanzas y demandas de la sociedad. Si tiene mayorías propias es Gardel. Pero si no, está al horno. Y si, además, no puede reelegir, ya sea por impedimentos legales o porque no le da la nafta, es un pato rengo. Al horno y con fritas.

Para ser presidente de la Argentina y sobrevivir hay que ser, ante todo, un líder fuerte, carismático y personalista. El video de Horacio Rodríguez Larreta contra la grieta (les dejo una rima para la campaña) es saludable, pero probablemente ineficaz. No hay post-grieta sin moderación y no hay supervivencia política con moderación. Una cosa es ser un candidato moderado. Ser presidente, al menos en estas tierras, es otra cosa. Por eso, ¡minga!, dijo el presidente. ¡Moderado las pelotas!

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