Vaya por delante que no trata aquí de un análisis especializado, sino de un testigo, como millones, de los dos partidos que la Selección ha jugado hasta ahora. Con muchos partidos vistos –y jugados en el conjunto del colegio secundario, con singular torpeza-, se trata, sí, de ver y contar a partir de un punto de vista solitario, con placer, de tan maravilloso juego que mente y cuerpo trabajan juntos y en poco tiempo para resolver una situación. El fútbol es la lingua franca, la llave que abre el entendimiento y la comunicación entre culturas: un jugador uruguayo “habla” en un partido con el rival, imaginemos, senegalés, sin el menor obstáculo.
El DT Lionel Scaloni había llegado al equipo invicto desde que tomara el empleo hasta la derrota con Arabia Saudita, un fiasco que bajoneó a los jugadores, en gran medida por haber subestimado al otro, con el agregado de una actitud floja, descafeinada: la Selección no se pudo poner de pie ni armonizar en pases y ánimo ofensivo. Y se quedó con la cabeza baja después de noventa minutos con una selección mediocre aunque dura, rápida, con las espaldas protegidas por un arquero importante.
Scaloni es un entrenador diferente que no asume con emociones y gimoteos, una característica melodramática del fútbol argentino –la música y rimas parten del François Villon, anónimo, rico en cánticos, algunos fijos, otros creados en el momento-: llorar. Lloran cuando ganan y lloran cuando pierden. Permite también la aproximación y los periodistas -mejora el miedo, ¿o desdén?-: los jugadores idolatrados huyen de los hinchas, no saludan ni siquiera con un gesto, una mano alzada. Lionel Scaloni modificó la petulancia paranoica de los argentinos, que puede verificarse en la llegada o la salida de los estadios en los partidos domésticos. Fue muy irritante, en otro orden, la contractura total de la Scaloneta, fríos, cobardes para jugársela todo el tiempo. Estupendos jugadores y Messi -una categoría aparte, sus ritmos de cambio y sorpresas extraordinarias, con un alto coeficiente intelectual-, generoso al sentir a los demás como pares, ver que no ponían espíritu guerrero en lugar de pases anodinos. A mi juicio, en ese orden es un buen planificador, sereno, pero no un cacique ganador como el Coco Basile, o un personaje grotesco como Sampaoli. Parece ser, en cambio, un creador de buen clima y de unión.
Amor a la mexicana
Pasaron los días y de la Selección emanaba depresión y falta de seguridad.
Razonable, porque el país se encuentra en un punto candente, revelador, sobre los mitos patrioteros y digeridos en décadas: los más cultos, los más elegantes, las mujeres más bonitas del mundo, los hombres más atractivos, los más elegantes, una gran superficie europea insertada en el sur de América Latina, el Himno más conmovedor –los otros son descripciones de sitios maravillosos y lugares comunes, con una sorda admisión cuando se trata de La Marsellesa-, los mejores actores, la mejor carne, los mejores de fútbol incomparables. El cuento de la superioridad se terminó. Somos buenos, no se discute, pero el fútbol se hace horizontal y abarcador y son muchos los buenos al incorporar cada vez con más presencia y negocio al abrir la puerta a Asia.
Somos buenos, pero ya no tanto. El partido con México fue malo y al borde de un ataque de nervios. El bombazo de otro planeta -Messi- y el golazo que hizo Enzo Fernández se produjeron cosas de Mandinga: tras el primer tiempo de un plantel estreñido, saltó el tapón y la tribuna, no menos temerosa de fracasar, se lanzó al ruedo, intervino y lo hizo quizás con un efecto esencial.
Pero, como quiera que sea, se recuperó la estima de jugadores sin estrellas a la espera de que la supernova Lionel Messi, el verdadero jefe, abriera el frasquito de las esencias. Hay que decirlo: si la hinchada no grita lo suficiente y todo el tiempo, ¿tenemos una desventaja clavada? No es el ideal de una Selección potente. No se puede ganar a los alaridos, hacen falta otras cosas que, aunque se pueda ir en ascenso, en esta copa se producen batacazos todo el tiempo, hay jugadores temibles, Modric, Morata, Mbappé, el chico de 19 años Billingham en Inglaterra como aparición deslumbrante al lado de Harry Kane, Danny Alba, unos señores de Marruecos que no son pavada. Hasta ahora, el mejor partido, bueno en serio, fue España-Alemania. Si se jugara cualquiera de ellos con la Scaloneta tendría grandes dificultades, aunque nadie puede firmar nada. La balada de la Selección es de tonos melancólicos y expresa el peso de la responsabilidad que cataliza angustia, que serrucha talento y produce rigidez: la imagen de Pablo Aimar, la cara atravesada por la tensión y la inseguridad -miedo, sin más- alcanza y sobra.
La gran locura que nos enamora, el Mundial, está integrada por días especiales, trastornados. Campeón o afuera, el seleccionado, la Scaloneta no cambiará una realidad mayor. Queremos ganar, sí, como queremos pasarla bien, prenderse a tope, ilusionarse. ¿Difícil? Desde luego, muchísimo. Entretanto, ¡vermú con papas fritas y good show!
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