En principio, una decisión estatal tomada dentro de los parámetros de la competencia que le es propia al órgano que la emite y cumple todos los requisitos para su sanción, es obligatoria para los ciudadanos. Ahora bien, lo que la hace realmente eficiente es su legitimidad. No solamente la de la autoridad de que emana la norma, sino de esta última en sí.
La aceptación pública tanto del presidente Alberto Fernández como del Jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta es indiscutible. Todas las encuestas de opinión, resaltan el modo en que sus imágenes se han consolidado durante esta pandemia. Por ende, sus atributos como líderes gobernantes son claros, su legitimidad es contundente, pero esa legitimidad no la trasladan a todas sus medidas.
Claramente, las normas de cuidado personal y distanciamiento social mantienen legitimidad. La simple observación en la vía pública de la conducta de los ciudadanos lo demuestra.
Pero queda claro que las normas de aislamiento obligatorio han perdido legitimidad, siguen vigentes como norma, pero los habitantes la arrasaron, salieron de todos modos, no hay legitimidad en la medida.
La sociedad ya no está en cuarentena. Digan lo que digan las estadísticas, las calles están repletas de gente, las arterias viales tienen similares problemas de tránsito a los que pudieron observarse en el mes de febrero, y además los controles estatales han relajado sustancialmente. Ya no se detiene a la gente ni se secuestran vehículos.
Cuando una medida es ilegítima, el Estado pierde el poder de policía sobre los ciudadanos. No puede llevarse preso a diez millones de personas o secuestrarse todo el parque automotor. La medida del encierro ha perdido la legitimidad, condición imprescindible siempre, para que un Estado pueda imponerla.
La posición psicológica de la sociedad frente a la enfermedad también cambió. Lo hizo justamente por el éxito sanitario de la medida de aislamiento, pero cambió. Trescientos y algo más de muertos en dos meses y medio, generan la sensación de que uno tiene más posibilidades de que lo pise un auto que de morir por Coronavirus, sin evaluar que una salida masiva a las calles puede disparar la curva de contagios, precipitar el “pico” y desbordar nuestro precario sistema sanitario. Todo esto puede ser cierto, pero la gente ya no lo percibe y por ende, no teme.
De modo tal que más cuarentena, parece conducir a un Estado sin autoridad ni legitimidad para imponer las reglas, lo cual es severamente peligroso. Pude recordarse al inicio del aislamiento al Presidente haciendo saber enérgicamente, que enviaría a prisión a quien salga sin permiso. Eso ya no ocurre, es claro que resultaría imposible, la gente en masa, desafió las reglas y salió. No habría donde detenerlos a todos.
Kemal Ataturk creó la Turquía moderna. Separó la religión del Estado y adoptó legislaciones de países occidentales. En 1926 sancionó un nuevo Código Civil, basado en el de Suiza y mixturándolo en algún aspecto con el italiano. Entre otras cosas, y por la lógica de su inspiración extranjera, en materia de matrimonio limitó la poligamia, que la ley islámica autorizaba, hasta cuatro esposas por hombre, siempre que este pudiese mantenerlas económicamente a todas ellas.
¿Cuál fue el resultado? Durante decenios, Turquía debió sacar todos los años leyes de amnistía para quienes seguían en matrimonio con más de una mujer. La norma no tenía legitimidad, y el gobierno no podía encarcelar a todos los hombres.
Esa es la consecuencia de una norma ilegítima, no es posible hacerla cumplir y el Estado que la impone se arriesga a perder prestigio, el gobernante a disminuir su imagen y las consecuencias políticas de ello son inevitables.
Tienen por delante tanto el gobierno de Alberto Fernández como el de Horacio Rodriguez Larreta, un panorama complejo. Si abren la cuarentena, se dispara la curva y el sistema sanitario no resiste, su imagen se desmorona. Si no lo hacen y la gente desborda las calles de todas formas, corren la misma suerte. Es tiempo comprender que el Estado pone las reglas, pero con cada vez mayor intensidad, gobierna con la gente. Poder articular con la “cintura” necesaria las medidas sanitarias, la educación ciudadana en materia de salud, y la apertura que se producirá de todos modos, son condiciones para la legitimidad y por ende la gobernabilidad.
*Consultor @minottih