La peligrosa tentación de eternizarse en el poder

Evo Morales en México (REUTERS/Carlos Jasso)

El ex presidente de Uruguay José “Pepe” Mujica suele decir: “Naturalmente, el hombre es un bicho bastante vanidoso, y es fácil a quien le toca el liderazgo caer en la miopía de creerse que el centro de la historia es él y no compone otra cosa que un episodio de historieta. La enfermedad existe, porque es hija de la vanidad humana".

Se refiere sin duda a una de las razones por las cuales los líderes políticos, en particular los latinoamericanos, se aferran tanto al poder político y buscan afanosamente perpetuarse en el ejercicio de sus gobiernos, hasta el día de su muerte.

Esas determinaciones están imbuidas de ambición desmedida, adicción al poder, y se continúan dejando emerger finalmente aspiraciones dictatoriales. “Quedarse eternamente en el poder” supone contar con un carácter de ese calibre y estrategias muy sofisticadas para justificar los fines menos santos.

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Convencidos de emprender un proyecto de liberación, ya sea de derechos postergados a causa de yugos diversos, trabajan denodadamente para alcanzar el poder en una lucha sin tiempo que conducirá a la felicidad del pueblo.

Sin embargo, esa lucha, honesta en un principio, no tiene en cuenta las consecuencias que pagan los pueblos por las decisiones individuales de los líderes en los momentos críticos, cuando convocan al deber de “continuar con el proyecto”, avisan que “la lucha del pueblo recién comienza”, o que hay que “defender los derechos conquistados con la vida si es preciso”. En las arengas revolucionarias aparecen vocablos como lucha, guerra, conquista, enemigo, arrebato del poder. El lenguaje no es casual en las concepciones de la política como un campo de batalla. Bien militar.

La reflexión no sólo viene a cuento de los últimos acontecimientos en países vecinos, ocurridos a raíz del deseo de quedarse para siempre en el sillón presidencial. Evo Morales quiso hacerlo y terminó exiliado en México. Hugo Chavez gobernó desde 1999 hasta 2013 en Venezuela. Nicolás Maduro desde entonces hasta la fecha resiste hasta el presente tras expulsar a cinco millones de venezolanos y cargar miles de muertes en sus espaldas. Néstor y Cristina Kirchner gobernaron 12 años seguidos. Daniel Ortega en Nicaragua estuvo en el poder desde 1985 a 1990 y volvió en 2007 para continuar hasta el día de hoy. Carlos Saúl Menem gobernó diez años en Argentina y quería ser re-re-reelegido. Cristina Kirchner gobernó dos mandatos consecutivos y volvió a presentarse como vicepresidenta. Lula Da Silva ya anunció que continuará en la lucha para volver al poder brasilero. Rafael Correa reaparece puntualmente para no desaparecer en el exilio y esperar el momento de retornar a Ecuador.

Fuera de Latinoamérica, Francois Miterrand y Ángela Merkel son una muestra europea de la misma debilidad. El primero condujo los destinos de Francia durante 14 años hasta 1995 y murió apenas un año después, la segunda lleva 15 años gobernando Alemania y dirigiendo los destinos de la Unión Europea con un temblequeo corporal que está avisándole del fin de su carrera.

La lista es larga pero la intriga es la misma: ¿por qué los líderes políticos latinos quieren quedarse en el poder hasta morir? Chávez murió ejerciéndolo, Néstor Kirchner murió llevando las riendas del primer mandato de su mujer Cristina Fernández. Alan García se suicidó en Perú. Salvador Allende se suicidó o lo mataron los militares chilenos. Getulio Vargas se suicidó o lo mataron en Brasil. Juan Domingo Perón murió durante su tercera presidencia, Fidel Castro murió virtualmente ejerciendo el poder a través de su hermano Raúl. En República Dominicana, Antonio Guzmán Fernández se suicidó poco antes de finalizar su mandato.

Todos, de una u otra manera quisieron perpetuarse en el poder, atornillados, salvo excepciones como las de Nelson Mandela que cumplió su turno presidencial de cuatro años y no reformó la Constitución de Sudáfrica para su reelección. Su interés personal no fue perpetuarse en el poder.

La tendencia humana de extender los mandatos presidenciales hasta la eternidad no es nueva, viene desde el fondo de la historia y los dirigentes actuales la reiteran, se equivocan, pero no aprenden. El colmo encarna en la figura de Simón Bolívar que fue Presidente de Venezuela, Presidente de Colombia, Presidente de Bolivia y autoproclamado Dictador de Perú.

Con el paso del tiempo dejan de escuchar a la gente, no aprenden a identificar los fines de ciclo ni los momentos oportunos para retirarse con todos los honores. Tampoco preparan herederos que no sean sus propios hijos porque la desconfianza es enorme y las traiciones fuertes.

Casi todos los liderazgos, especialmente si son carismáticos o disruptivos, proponen cambios de paradigmas y son atractivos. Muchos, incluso, provocan caos y admiten el desorden por sus características populares, al principio. Pero hay un momento de quiebre en la construcción y es cuando el líder deja de tener las características que lo convirtieron en modelo, la curva comienza a descender y antes de llegar al final el desorden da por tierra con toda buena gestión. Entonces, el líder ya no puede frenar el caos, que es su función principal.

La ausencia de reglas claras para limitar la línea temporal de las experiencias de liderazgo presidencial obstaculiza el recambio de los líderes, tanto de izquierda como de derecha. El sistema político tal como está no permite esta saludable alternancia en las democracias de Latinoamérica, no sólo de partidos sino también de personas.

La vida en sí misma, la naturaleza en su proceso de nacimiento, desarrollo, decaimiento y muerte, demarcan a diario que no sólo todo cambia todo el tiempo, sino que el fin de las cosas, de las relaciones, de los sistemas, de los proyectos, de los gobiernos, de las épocas y de los liderazgos, es inexorable.

El autor es legislador porteño (Vamos Juntos)

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