En su primer encuentro con autoridades del Congreso Judío Mundial, a pocos meses del inicio de su papado, hace seis años atrás, Francisco inició su vínculo con la comunidad con un chiste. Era sobre un cura que realizaba un comentario antisemita en el sermón, por lo que Jesús se bajaba de la cruz en plena misa, la miraba a la Virgen y le decía: "Mamá, vámonos, parece que aquí no nos quieren".

Hace unos días, el Papa calificó el antisemitismo como un "pecado" y un acto "depravado" ante representantes de asociaciones judías de los Estados Unidos. El mismo Bergoglio que en Buenos Aires recibía a la comunidad regularmente y con las puertas abiertas, tanto que hoy todos nos sentimos "amigos del Papa", no nos decepciona a la hora de hacer valer su rol para luchar por la coexistencia en el mundo.

Esta condena al antisemitismo de hace unos días puede sonar como una declaración más, o hasta una mera expresión de corrección política, pero no lo es. En tiempos en los que las comunidades judías, especialmente en Europa y Estados Unidos, presencian un alza en el odio, el apoyo del jefe de la Iglesia Católica no es solo un llamado de atención al mundo. También marca una continuidad de aquello que a esta altura podemos entender como una política de Estado del Vaticano de los últimos años, y personal de quien fuera arzobispo de Buenos Aires.

"Contra el odio y antisemitismo, es importante el diálogo interreligioso", resaltó Francisco hace unos días en la misma reunión. Y eso no es simplemente una declaración, es una agenda de trabajo. La misma que mantenía aquí con nuestra comunidad y tantas otras. El Papa toma la posta del diálogo entre los credos siguiendo la tradición del trabajo que se viene realizando a nivel latinoamericano desde hace décadas. Bergoglio es consciente y fue protagonista de la buena coexistencia de la región, que entendiendo su valor y su potencial, la exporta.

El diálogo interreligioso es un camino que Latinoamérica recorre con éxito y como ejemplo en el mundo. Iniciativas como la Declaración de Latinoamérica y el Caribe como zona de convivencia interreligiosa, que los líderes de las principales representaciones de culto de la región ya firmaron en varios países, así lo demuestran. Pero en otras latitudes no parece ser tan fácil, incluso es cada vez más complicado ser judío en varias partes del mundo. Por eso es importante que Francisco saque el encuentro entre los cultos de las oficinas, de las fotos y lo lleve a la agenda pública. Debemos aprender del Papa que el diálogo interreligioso tiene una función social.

La mayor parte de la población mundial pertenece a alguna religión. Si además de la práctica de la fe, el encuentro con el otro sigue creciendo en las prioridades de la agenda de los pueblos y los cultos, el odio va a tener cada vez menos lugares por donde inmiscuirse. El diálogo es el camino y Francisco, un verdadero amigo de los judíos y de la coexistencia, lo sabe.

El autor es director ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano y representante del Congreso Judío Mundial ante la Santa Sede.