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Los juegos del hambre

Guillermo Sueldo

Si bien es el título de una conocida novela de Suzanne Collins llevada al cine, en nuestra realidad se trata de una vergonzosa situación producto de la impericia, la inmoralidad y también la criminalidad organizada de grupos que se sirvieron de la política para un impúdico enriquecimiento personal y familiar.

Han jugado a la política seria pero no con seriedad, sino con eslogan y dogmatismos ideologistas (devenidos en ideologitis), mientras muchos se enriquecían y millones se empobrecían. Una inmoralidad nacional que nos insta a tomar conciencia de nuestra realidad y evadir el juego perverso del fundamentalismo ideológico, sea del estatismo o el liberalismo, para ponerse a trabajar con seriedad, coherencia, criterio y sentido común, ante la situación de emergencia social que vive hoy nuestra nación.

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Esa situación nos compele a dejar de lado egoísmos, dialécticas distorsivas, eslóganes, parches y pérdidas de tiempo en iniciativas que no suman y que, además, están más destinadas a la corporación política que a la sociedad. Se juega, así, con la necesidad más urgente de la Argentina; se pone en riesgo no sólo el futuro a largo plazo, sino el más cercano y sobre el cual algunos resultados de semejante pobreza ya están entre nosotros.

La política consiste en administrar escasos recursos para satisfacer múltiples demandas, pensando qué tipo de sociedad pretendemos para vivir y ejecutando acciones que brinden bienestar material y espiritual al ser humano, con sentido de desarrollo integral. Ese ha de ser el objetivo de las políticas de Estado. Un líder político no puede depender de la inestabilidad del humor social para manifestar su idea, debe proponer él su idea de sociedad. Pero cuando se apela casi sistemáticamente a la frase hecha y la simpleza, se atenta en forma directamente proporcional al desarrollo integral, se aumenta la desidia, el desinterés y el palabrerío vacío de contenido profundo y programático.

Millones de personas están hoy en la Argentina en grave situación de pobreza, a lo que debemos sumar otra clase de pobreza sobre la que aún no se ha tomado conciencia, que es la pobreza intelectual. Miles de jóvenes llegan al nivel terciario sin comprender textos, con un exiguo manejo del idioma y, por ende, con un condicionamiento severo al momento de expresar algo en forma verbal y más todavía por escrito. Es obvio: a menor capacidad de lenguaje, menor será la capacidad de pensar. Ya no cabe preguntar qué clase de país dejamos a la nuevas generaciones, sino qué nuevas generaciones estamos dejando para nuestro país.

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Millones excluidos por la pobreza estructural y cientos de miles que no se sabe qué tipo de trabajo de calidad podrán adquirir con tan bajo nivel de conocimiento; todo ello genera cada vez más una fisura mayor entre quienes tienen cierto privilegio educativo y quienes dependen de sostenerse como puedan de la pobreza estructural generalizada.

Resulta imperativo pensar qué tipo de sociedad debemos construir, qué tipo de Estado y qué papel debe cumplir. La Argentina tiene hambre de retomar la senda de un país con una sólida clase media y bien instruida que alguna vez brilló; y de una sociedad con sentido de comunidad, que asume el compromiso de trabajar por el bien común.

La sola solidaridad momentánea no alcanza. Se necesita declarar la emergencia alimentaria y sanitaria de una importante porción de la población, destinar recursos económicos y humanos a una gran tarea humanitaria para modificar el entorno de los más desposeídos, para brindares la dignidad de que ellos mismos sean artífices de sus hogares y de sus trabajos; asentar escuelas, centros de salud y lugares para prácticas de deportes. Pero mientras se siga perdiendo el tiempo en discusiones banales y con proyectos legislativos que en nada modifican la gravísima situación social, la política como herramienta de pensamiento y proyección de acciones se degradará aún más, dejará a la población a merced de sus propias acciones para sobrevivir. Se trata de un imperativo moral que no debemos eludir.

El autor es abogado, docente y dirigente de la Democracia Cristiana.

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