Vivir más es una de las grandes conquistas de nuestra época. Antes, llegar a los 60 o 70 años significaba, con frecuencia, acercarse al límite de la vida y enfrentar numerosas enfermedades. Hoy el panorama es distinto: somos una sociedad más longeva y, precisamente por ello, debemos plantearnos una pregunta que pocas veces aparece al planear nuestro patrimonio: ¿estamos acumulando dinero suficiente para una vida más larga o estamos construyendo una vida en la que podamos elegir durante más tiempo?
Hace algunos años, pensar en llegar a los 90 podía parecer excepcional. Hoy, la longevidad está cambiando esa perspectiva. Sin embargo, mientras celebramos la posibilidad de vivir más, hay una cuestión que rara vez forma parte de nuestras conversaciones financieras: ¿estamos preparando nuestro patrimonio para acompañarnos durante tantos años?
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Porque vivir más cambia casi todo.
Cambia el tiempo durante el cual necesitaremos generar ingresos y el periodo que deberán durar nuestros recursos. También transforma la manera en que pensamos la salud, la vivienda, el trabajo y, por supuesto, el retiro.
El retiro ya no es el final
Durante mucho tiempo nos enseñaron a pensar en el retiro como una meta: llegar a cierta edad, dejar de trabajar y comenzar a disfrutar de lo que habíamos construido. Pero ¿qué sucede si, después de retirarnos, todavía tenemos por delante 20, 25 o incluso 30 años?
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El retiro deja entonces de ser el final de una etapa y se convierte en el comienzo de otra. Eso modifica por completo la conversación patrimonial. Ya no basta con preguntarnos cuánto dinero necesitamos para retirarnos; debemos comenzar a cuestionarnos cómo queremos vivir los años posteriores y qué patrimonio necesitamos para sostener esa vida.
No es lo mismo llegar al retiro con recursos suficientes para cubrir lo básico que hacerlo con la posibilidad de elegir: continuar trabajando o no, emprender un proyecto, estudiar, viajar, cambiar de ciudad, apoyar a nuestros hijos, cuidar a nuestros padres o cuidarnos a nosotros mismos.
También puede significar tener la tranquilidad de que nuestras decisiones no estarán determinadas únicamente por la necesidad de obtener un ingreso.
Un patrimonio que sostenga decisiones
Es ahí donde el concepto de patrimonio adquiere otra dimensión. El patrimonio no debería existir únicamente para acumularse, sino para sostener decisiones a lo largo del tiempo.
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Cuando la vida se prolonga, también se amplía el horizonte durante el cual necesitamos conservar esa capacidad de elegir. Por eso, pensar solamente en cuánto tenemos hoy puede resultar engañoso.
La pregunta verdaderamente importante es durante cuánto tiempo podrá acompañarnos lo que hemos construido. Un patrimonio puede ser grande y, aun así, no estar preparado para una vida larga: quizá está concentrado en un solo activo, no contempla determinados riesgos, depende de que sigamos trabajando o no considera las necesidades que surgirán en las distintas etapas de la vida.
También puede ocurrir lo contrario: una persona quizá todavía no posea un patrimonio enorme, pero puede estar construyendo algo mucho más valioso: la capacidad de elegir en el futuro.
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Por eso creo que necesitamos cambiar la manera en que hablamos del retiro. Tal vez no se trate solamente de retirarnos del trabajo, sino de llegar a un momento en el que trabajar sea una elección y no una obligación.
Para lograrlo, debemos pensar en el patrimonio no como una cifra final, sino como una herramienta capaz de acompañarnos durante las distintas etapas de nuestra vida.
La riqueza también se mide en tiempo
La longevidad no solo está extendiendo nuestra existencia; también está ampliando el horizonte de nuestras decisiones financieras. Durante años hemos medido la riqueza por lo que tenemos: propiedades, inversiones, cuentas o negocios. Pero también deberíamos aprender a medirla mediante algo menos visible: los años de libertad que nuestro patrimonio puede ayudarnos a construir.
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Al final, la verdadera riqueza no necesariamente consiste en dejar de trabajar, sino en poder decidir qué hacer con nuestro tiempo cuando trabajar ya no sea una obligación.
Y si vamos a vivir más, quizá la pregunta financiera más importante ya no sea cuánto dinero necesitamos para retirarnos, sino cuántos años de libertad queremos construir con el patrimonio que estamos formando hoy.
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