Hace poco, durante una conversación sobre retiro, alguien me dijo: “Creo que ya podría dejar de trabajar”. Lo expresó como si fuera una buena noticia. Sin embargo, unos segundos después agregó: “El problema es que no sé qué haría después”.
Nos cuesta trabajo definir qué vamos a hacer más allá de los 60 o 70 años. Incluso cuando contamos con los recursos necesarios, muchas veces preferimos no pensarlo.
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Muchas personas pasan décadas preparándose financieramente para dejar de trabajar, pero muy pocas se preparan para la vida que comenzará después. Y es que, durante buena parte de nuestra vida adulta, el trabajo organiza nuestros días.
Muchas veces simplemente nos dejamos llevar. No tenemos que decidir demasiado porque el trabajo nos da una rutina, nos conecta con otras personas, nos plantea objetivos y, en muchos casos, también nos proporciona reconocimiento y una parte importante de nuestra identidad.
Cuando alguien nos pregunta quiénes somos, con frecuencia respondemos diciendo a qué nos dedicamos: soy médico, soy empresario, soy abogada, soy directora.
Nuestro trabajo termina convirtiéndose en una manera de explicarnos ante los demás y, muchas veces, ante nosotros mismos. Es una respuesta cómoda, conocida, que hemos construido durante años.
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Por eso, la idea del retiro puede generar una sensación contradictoria.
Cuando el trabajo deja de definir quiénes somos
Por un lado, el retiro representa libertad: la posibilidad de recuperar nuestro tiempo y dejar atrás horarios, obligaciones y responsabilidades que durante años ocuparon una parte importante de nuestra vida.
Pero también puede abrir una pregunta incómoda: ¿quién soy cuando ya no tengo que hacer aquello que durante décadas definió quién era?
Creo que ésta es una de las conversaciones más importantes que debemos tener antes de retirarnos, porque el retiro no es solamente una decisión financiera; también es una decisión relacionada con el ego y la identidad.
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Podemos tener un patrimonio suficiente, haber construido fuentes de ingresos y contar con una estrategia que nos permita vivir sin depender de un salario y, aun así, no sentirnos preparados para dejar de trabajar.
El problema no siempre es el dinero. A veces, es no saber qué hacer con la libertad que durante tanto tiempo nos dedicamos a construir.
Tal vez por eso necesitamos cambiar la manera en que pensamos sobre el retiro.
Durante años nos enseñaron a imaginarlo como un punto de llegada: trabajar durante décadas, ahorrar, invertir y, finalmente, dejar de trabajar. Pero ésa es una definición demasiado limitada.
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Trabajar por elección y no por obligación
El verdadero objetivo de una buena planeación patrimonial no debería ser simplemente dejar de trabajar. Debería ser llegar a un punto en el que trabajar sea una elección y no una obligación.
Y esa diferencia puede cambiarlo todo.
El escenario del retiro también debería responder a preguntas como: ¿queremos seguir trabajando?, ¿en qué proyectos queremos participar?, ¿qué horarios deseamos tener?, ¿con quién queremos trabajar?, ¿cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicar?, ¿qué responsabilidades queremos conservar?
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Y, sobre todo, ¿qué actividades queremos dejar atrás?
Ahí también existe un duelo para el cual debemos prepararnos.
El patrimonio, en ese sentido, no debería obligarnos a abandonar aquello que nos apasiona. Al contrario, debería darnos la libertad de elegir qué queremos seguir haciendo.
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Hay personas que encuentran sentido en continuar con su profesión durante toda su vida. Otras descubren nuevos intereses. Algunas quieren emprender, enseñar, viajar, crear o dedicar más tiempo a su familia.
Muchas veces, el retiro termina llenándose precisamente de aquello que durante años dejamos pendiente, incluso cuando nos apasionaba.
¿Qué harás cuando tu tiempo vuelva a ser tuyo?
Lo importante no es retirarse a determinada edad. Lo importante es no llegar a esa etapa sin haber pensado cómo queremos vivirla.
Cuando hablamos de retiro solemos hacernos preguntas financieras: ¿cuánto dinero necesito?, ¿cuánto debo ahorrar?, ¿cuánto tiempo debe durar mi patrimonio?
Y sí, todas esas preguntas son importantes.
Pero quizá deberíamos empezar a responder otra: ¿cómo quiero vivir cuando mi tiempo vuelva a ser verdaderamente mío?
La respuesta puede cambiar por completo la manera en que planeamos nuestro patrimonio, porque una cosa es calcular cuánto necesitamos para dejar de trabajar y otra muy distinta es diseñar los recursos que necesitamos para vivir la vida que realmente queremos.
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Quizá algunas personas descubran que no quieren retirarse por completo. Tal vez quieran trabajar menos, cambiar de profesión, emprender algo que antes no podían intentar o simplemente recuperar tiempo para aquellas actividades que siempre estuvieron al final de la lista.
Eso también es libertad financiera.
Porque el retiro no se trata de tener la libertad de no hacer nada, sino de tener la libertad de decidir.
Al final, una buena estrategia patrimonial no debería preparar únicamente nuestros recursos para el futuro; también debería prepararnos a nosotros para vivirlo.
Durante años podemos dedicar nuestro tiempo a construir patrimonio.
Pero llegará un momento en el que tendremos que preguntarnos qué queremos que ese patrimonio nos permita construir para nosotros mismos.
Y quizá la pregunta más importante sobre el retiro no sea cuándo podremos dejar de trabajar, sino: ¿quién queremos ser cuando ya no tengamos que hacerlo?
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