La presencia de canibalismo ritual en prácticas de algunos grupos del crimen organizado en México ha sido documentada y analizada por académicos e investigadores, quienes advierten que estas acciones constituyen una ruptura deliberada con la moral dominante.
El fenómeno responde a una lógica de violencia y está vinculado a la construcción de una espiritualidad propia y pactos de poder dentro de los cárteles.
El antropólogo Claudio Lomnitz, profesor en la Universidad de Columbia, explicó que ciertos cárteles han desarrollado una especie de teología criminal.
El canibalismo como rito y pacto criminal
El culto dirigido por Adolfo Constanzo incorporó el sacrificio humano y la ingesta ritual de partes del cuerpo como protección mágica para miembros del Cártel del Golfo.
Posteriormente, el canibalismo se utilizó en rituales de reclutamiento: los nuevos miembros, especialmente quienes integraban los grupos de sicarios, eran obligados a ingerir restos humanos como prueba de lealtad y sometimiento absoluto. Esta práctica buscaba asegurar el silencio y la complicidad, creando una barrera entre los iniciados y el resto de la sociedad.
El fenómeno también se relaciona con la consolidación de cultos religiosos alternativos, como la Santa Muerte o San Judas Tadeo, deidades adoptadas como figuras espirituales por diversos cárteles.
Según Lomnitz, estos cultos permiten a las organizaciones criminales establecer una soberanía paralela y justificar su sistema de valores al margen del Estado mexicano.
Figuras como Nazario Moreno, fundador de La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios, intentaron crear una moral propia inspirada en una visión distorsionada de la caballería medieval. También llevaron a cabo estos casos grupos delictivos como Los Zetas.
En estos grupos, los rituales extremos y la transgresión ética se convierten en símbolos de poder y pertenencia.
La estructura moral interna, ajena a la ley y la ética tradicional, legitima acciones extremas como el canibalismo, que funcionan como mecanismo de cohesión y secreto dentro de las organizaciones. Lomnitz advirtió que “el canibalismo es una transgresión al fundamento mismo de la moral pública” y que “no hay una abominación mayor que esa”.
El primer registro de narcocanibalismo
El primer caso documentado data de 1989, cuando la desaparición de Mark Kilroy, estudiante de la Universidad de Texas en Austin, derivó en el descubrimiento de asesinatos rituales vinculados al narcotráfico. El hallazgo de al menos 12 cuerpos en el rancho Santa Elena reveló la conjunción de prácticas religiosas extremas y la economía ilícita del contrabando de drogas.
La investigación identificó como figura central a Adolfo de Jesús Constanzo, un “brujo” cubano-estadounidense radicado en México, líder de una red responsable de varios asesinatos.
Testimonios confirmaron que algunos cuerpos fueron desmembrados y utilizados en rituales, donde partes como la columna vertebral, el corazón y el cerebro se cocinaban para preparar brebajes consumidos por los miembros de la organización.
Este episodio se distingue porque los actos fueron cometidos colectivamente por una “secta religiosa” y no por individuos aislados, y no estuvieron motivados por la supervivencia o la venganza personal.
El sacrificio de Kilroy y otras víctimas formó parte de un mecanismo para sellar pactos de complicidad y proteger secretos dentro de una economía criminal en expansión, donde el terror y el misticismo complementaban al dinero como herramientas de lealtad.
Los narcosatánicos y la ritualización de la violencia
El crecimiento del narcotráfico en la frontera, impulsado por la cocaína como mercancía principal, exigió nuevas redes de confianza y lazos entre organizaciones delictivas, autoridades y contactos internacionales.
En este contexto, la violencia ritualizada operó como un dispositivo para mantener la cohesión y el silencio dentro de los grupos, reforzando una cultura de secrecía alimentada tanto por el miedo como por el simbolismo religioso.
El caso de los “narcosatánicos” expuso la complejidad de las fronteras entre criminalidad, religión y cultura popular en México. El término encapsuló esa dualidad, donde el culto satánico resultaba más aterrador y transgresor que el propio narcotráfico, y la maldad podía ser instrumento y fin.
El sacrificio humano y el canibalismo dejaron de ser interpretados como prácticas de la antigüedad para convertirse en dispositivos contemporáneos de control y complicidad en el crimen organizado.