¿Por qué comemos palomitas de maíz en el cine?

Desde cuevas en México hasta antiguas vasijas en Perú, las rosetas son parte esencial de la dieta y cultura desde hace más de 6 mil años

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Desde cuevas en México hasta antiguas vasijas en Perú, el grano estallado ha sido una parte esencial de la dieta y cultura desde hace más de 6 mil años (Freepik)
Desde cuevas en México hasta antiguas vasijas en Perú, el grano estallado ha sido una parte esencial de la dieta y cultura desde hace más de 6 mil años (Freepik)

Los orígenes de las palomitas de maíz se remontan a tiempos ancestrales, donde los nativos americanos de Centro y Sudamérica encontraron en este pequeño grano una fuente esencial de alimento.

Hace más de 6 mil años, en las cuevas de México y Perú, estas rosetas ya formaban parte vital de la dieta de antiguas civilizaciones, quienes descubrieron cómo hacerlas explotar mediante el calentamiento de los granos en una vasija con agua sobre el fuego.

Sin embargo, fue Hernán Cortés quien, en 1519, documentó por primera vez su consumo, mientras se gestaba la conquista de las civilizaciones precolombinas. Este encuentro entre América y Europa marcó un intercambio cultural que llevó a que la popularidad de las palomitas “explotara” en el viejo continente.

La revolución en la preparación de las palomitas llegó de la mano del inventor estadounidense Charles Cretors en 1885, cuando desarrolló la primera máquina comercial para fabricarlas. Utilizando aire caliente para calentar los granos, esta invención produjo una explosión más uniforme y eficiente, lo que llevó a una rápida popularización de las palomitas en las calles de Estados Unidos.

Charles Cretors desarrolló la primera máquina comercial para fabricar palomitas en 1885 (Freepik)
Charles Cretors desarrolló la primera máquina comercial para fabricar palomitas en 1885 (Freepik)

Origen de las palomitas de maíz en el cine

El cine, en sus primeros días, era un lujo exclusivo para las clases altas debido a sus altos costos. Sin embargo, con la llegada de las películas mudas y la alta tasa de analfabetismo en la clase trabajadora, muchos optaban por disfrutar de las funciones desde afuera, aprovechando la practicidad de las palomitas de maíz, crujientes y fáciles de comer en la oscuridad, sin dejar manchas difíciles de limpiar.

En los albores del siglo XX, entre 1905 y 1915, con la llegada de los nickelodeons, lugares de proyección de películas económicos, las salidas al cine adquirieron una dimensión adicional. Afuera de estas modestas salas, los vendedores ambulantes aguardaban, ofreciendo una variedad de dulces y botanas, entre los que destacaban las palomitas de maíz.

Sin embargo, dos obstáculos se alzaban en el camino de los amantes del maíz tronado: las películas mudas, que requerían la lectura de tarjetillas para seguir la trama, y la estricta prohibición de ingresar alimentos debido al ruido que generaban al ser consumidos. Además, las elegantes salas de cine no estaban exentas de este veto, buscando mantener la limpieza y la elegancia del recinto.

Los cines inicialmente prohibían las palomitas para mantener la elegancia y limpieza de las salas (Freepik)
Los cines inicialmente prohibían las palomitas para mantener la elegancia y limpieza de las salas (Freepik)

Según el historiador culinario Andrew Smith, autor de “Popped Culture: A Social History of Popcorn”, las salas de cine rechazaban las palomitas, buscando emular la distinción de los teatros tradicionales.

A pesar de estas restricciones, algunos espectadores lograban introducir clandestinamente palomitas a las funciones, molestando a otros asistentes al levantarse constantemente para reabastecerse.

La crisis

Fue durante la Gran Depresión, en la década de 1930, cuando Julia Braden vislumbró una oportunidad única. Con los precios de los alimentos en alza y los costos de entretenimiento a la baja, convenció a los encargados de los cines para permitir la venta de palomitas dentro de las instalaciones. Este acuerdo fue un éxito rotundo y sentó las bases para la relación inseparable entre el cine y las palomitas de maíz.

En medio de la crisis económica, el entretenimiento cinematográfico se convirtió en una de las pocas distracciones accesibles para las familias estadounidenses, con boletos que costaban apenas 25 centavos de dólar.

Julia Braden convenció a los cines para permitir la venta de palomitas durante la Gran Depresión (Freepik)
Julia Braden convenció a los cines para permitir la venta de palomitas durante la Gran Depresión (Freepik)

Para entonces, las máquinas de Cretors habían estandarizado la producción de palomitas, que se vendían a precios asequibles, entre 5 y 10 centavos la bolsa. La situación económica favoreció este fenómeno, que se vio potenciado por la introducción del sonido en las películas a finales de la década de 1920.

A medida que el sonido se establecía en el cine, la prohibición de alimentos en las salas se flexibilizaba, ya que el ruido quedaba eclipsado por los diálogos y la música de las películas. Esto allanó el camino para que las palomitas se convirtieran en el snack por excelencia de los cines.

Y así llegaron las palomitas como las conocemos hoy en día

En la década de los 80, este vínculo se fortaleció aún más con el surgimiento del boom en la venta de palomitas para microondas.

Con la comodidad de unas simples pulsaciones y el zumbido familiar del microondas, el ritual de disfrutar palomitas se trasladó del oscuro recinto del cine a la acogedora intimidad del hogar. Ya no era necesario salir de casa para saborear este icónico snack mientras se disfrutaba de una película; bastaba con encender el servicio de streaming preferido y dejarse envolver por las maravillas del cine desde el sofá.

La introducción del sonido en las películas ayudó a flexibilizar la prohibición de alimentos en los cines (Freepik)
La introducción del sonido en las películas ayudó a flexibilizar la prohibición de alimentos en los cines (Freepik)

Sin embargo, a pesar de la comodidad que ofrecen las noches de cine en casa, las salas de cine comerciales supo mantener viva la tradición de las palomitas. Se estima que los mexicanos consumen alrededor de 2,700 millones de bolsas de palomitas al año, con una capacidad de un litro cada una, lo que evidencia la perdurable atracción que este delicioso bocadillo ejerce sobre las audiencias.

Hoy en día, este delicioso bocadillo sigue siendo el compañero perfecto para disfrutar de una película en la gran pantalla, manteniendo su posición como la opción preferida por encima de los nachos o los hot dogs que se ofrecen en las dulcerías cinematográficas.